17 de noviembre de 2019

EL GOBIERNO DE COALICIÓN SERÁ UN NUEVO ZAPATERISMO: SOCIAL EN LOS SIGNOS, LIBERAL EN LA PRÁCTICA

Por Marat

A estas alturas dar especial atención a las incoherencias de Sánchez y sus insomnios y de Iglesias y sus desconfianzas hacia Sánchez frente al ultrarápido abrazo de Vergara es jugar en el campo que le interesa al capital y a los partidos que no formarán gobierno, el de la politiquería, la espuma de los días, en palabras de Boris Vian, que oculta el movimiento más profundo de las aguas.

Lo primero que supimos del acuerdo exprés es que no se habló de cuestiones programáticas. Fue un viejo intelectual político, Tierno Galván, el que señaló hace muchos años que “las promesas electorales están para no ser cumplirse”. Pero cuando ni siquiera tuvieron en la breve campaña electoral del 10-N relevancia alguna, ni en los mítines ni en los debates televisivos, y no se planteó en la gran noticia del acuerdo de gobierno de izquierdas (sí izquierda, porque la izquierda es la realmente existente, no la que quiere que sea el izquierdista con sentimiento de cornudo apaleado por ella) cuestión programática alguna, hubieran debido saltar todas las alarmas desde una perspectiva de clase. Pero como en la izquierda no existe tal cosa, salvo la de ciertos sectores de la mal llamada clase media que piensa en clave ideológica de clase media real, lo que ha sonado es el discurso conservador del secretario general del PSOE y Presidente en funciones preocupado por dar estabilidad al país, y una mezcla de “alarma antifascista” y atención a la justicia social por parte de Iglesias para explicar las razones por las que ha mutado desde el sentirse traicionado a asumir, sin tiempo de negociar cuestiones de relevancia política real, su anhelada entrada en el ejecutivo “socialista”.

Pero si no fuera suficiente para desconfiar del programa oculto sobre el que sin duda hay ya acuerdos, siquiera bosquejados, la carta de Iglesias a los inscritos de Podemos debiera ser lo bastante significativa respecto a cuál será la orientación programática del futuro gobierno de coalición.

En una especie de encíclica a los fieles, Iglesias ya no afirma que el cielo se tome por asalto (la expresión de Marx aludiendo a la necesidad de tomar por la fuerza y destruir el aparato del Estado burgués para sustituirlo por uno de la clase trabajadora) sino “con perseverancia” lo que, traducido al momento político español, significa mediante el BOE o, lo que es lo mismo, ya no tomando el Estado capitalista sino ocupando marginal (solo algún ministerio) y temporalmente (lo que da de sí el período hasta que una crisis de gobierno le saque de él o unas elecciones les desalojen a ellos y a sus socios) ejecutivo. La vieja tesis reformista de los Bernstein que en el mundo han sido se repite cínicamente una vez más.

Concretando mucho más, Iglesias llega a afirmar en la misiva que "Vamos a gobernar en minoría dentro de un Ejecutivo compartido con el PSOE, en el que nos encontraremos muchos límites y contradicciones, y en el que tendremos que ceder en muchas cosas"

Meses atrás, a finales de julio, el Santander (banco) urgía a formar gobierno, tras el fracaso de la investidura del presidente en funciones, Sánchez. Al ser éste el único que contaba con alguna posibilidad de alcanzar el gobierno, las declaraciones del consejero delegado del banco ("La certidumbre siempre da estabilidad y favorece las inversiones. Ese escenario es más fácil con un Gobierno estable que sin Gobierno"), José Antonio Álvarez, no podían ser interpretadas de otro modo que como un apoyo tácito al mismo. En ningún momento se pronunció en contra de que Podemos se integrase en su gobierno.

Que el PNV, partido de derechas y neto representante de los intereses de una gran corporación energética como Iberdrola, haya sido uno de los más activos y entusiastas alentadores de la recién firmada coalición, junto con los sectores más posibilistas de ERC (Junqueras y Rufián), la pequeña burguesía catalana, debiera dar alguna pista de por dónde irán las políticas públicas del futuro gobierno progresista.

El propio ex banquero y tecnócrata liberal Macron, a través de una fuente acreditada del Palacio del Elíseo ha dado sus bendiciones al acuerdo PSOE-Unidos Podemos: “Todo lo que vaya en el sentido de la estabilización y la capacidad de actuar con una mayoría fuerte es más bien un buen signo”. No le preocupa la entrada podemita en el gobierno Sánchez: “No, no nos inquieta. Lo más importante es que, en un país que es socio europeo, haya un Gobierno cuanto antes”. Sigue la línea de pronunciamiento. El presidente francés sigue la línea marcada por Bruselas unos días antes: “Lo importante es que España tenga un Gobierno con plenos poderes cuanto antes”. Fuentes de la UE concluyen: “La sensación de urgencia que han querido dar Sánchez e Iglesias apunta en la buena dirección”.

Este no es un planteamiento que deba leerse en términos políticos de izquierda-derecha sino de los intereses antagónicos entre el capital y el trabajo. Ambas dualidades no son equivalentes porque lo objetivo (la clase) no se traslada mecánica y directamente a la conciencia -la cantidad de trabajadores que son de derecha y/o votan a la derecha lo demuestra- y la izquierda ya no es una corriente de pensamiento de una clase social concreta, lo que demuestra cuando se empeña en afirmar que su papel en el gobierno es el de representar a los intereses del conjunto del país. La derecha lo tiene mucho más claro. Diga lo que diga sobre esa cuestión tiene muy claro que su función es la de representar los intereses del capital. La izquierda hace lo mismo pero lo disfraza tras el discurso del “interés general”, justo lo que Marx denuncio hace más de 150 años como el ardid ideológico de la burguesía que presentaba sus intereses particulares como clase bajo la apariencia de intereses de toda la sociedad.

Con todos estos antecedentes cabe sospechar que ni el IBEX es el gran enemigo de los podemitas, como estos pretenden hacernos creer, ni estos lo son del capital. El león de Atenas, Tsipras, del que los sectores de la izquierda que le reivindicaban ya no se acuerda, dejó bien claros los límites de la acción antiausteridad progre.

Aún recuerdo a Podemos defendiendo a los “empresarios patrióticos”, la pequeña y mediana empresa -como si en ella no se diera el comportamiento necesario para el beneficio empresarial, la explotación laboral, casi siempre con mayor desprotección sindical que en la grande- y a un sujeto que fue dirigente de Podemos en Madrid y empleado de Botin afirmando que hay banqueros con sensibilidad social como la saga que desde hace tantos años dirige el Santander.

Que después de todo esto, los rebuznos de los parafascistas de Vox y su chulopiscinas y matón de discoteca Pachá, Abascal, hablen para gilipollas acusando al futuro gobierno de comunista bolivariano (una mixtura tan coherente como el agua y el aceite salvo para algún simple que jamás leyó a Marx) es como para explicarles por el método expeditivo a ellos y a los escritores de panfletos de La Razón, ABC, Libertad Digital, Periodista Digital y otros vomitorios de la extrema derecha que insultar a los comunistas acusando a tamaña patulea de progre-liberales, con “sensibilidad social”, de tales no sale gratis.

Será divertido ver cómo los podemitas y su miniyó, IU-PCE, cabalgan la contradicción de estar en el gobierno de un partido, PSOE, que lleva en su programa la mochila austriaca, que se niega a retirar la reforma laboral (que es la que aplicó Rajoy, no la suya) y la de las pensiones de Zapatero, que mantendrá el artículo 135 de la Constitución, introducido por Zapatero para consagrar la prioridad del pago de la deuda sobre la protección social, que no ha hecho nada por imponer la regularización (todavía lo está estudiando) de los trabajadores que los modernillos llaman “riders” (Deliveroo, Glovo,...), que en la lucha del sector del taxi pasó la patata caliente de limitar las licencias a las VTC a comunidades autónomas y ayuntamientos, que ha lanzado un ERE contra cerca de 900.000 empleados públicos interinos, que no ha hecho nada para blindar las pensiones (salvo subirlas este año, sin garantizar su futuro) mediante su vinculación a los Presupuestos Generales del Estado y el aumento de las cotizaciones empresariales y que deberá obedecer a los recortes que el capital europeo ya le está sugiriendo

Si algo positivo podría aportar el gobierno Sánchez sería la desinflamación, intentada anteriormente, del problema catalán. Pero, puesto que ello sería una grave noticia para la derecha y el capital porque pondría en primer lugar del debate y la preocupación colectivas la cuestión económica de la desigualdad, la pérdida de derechos sociales, la pobreza y la precariedad, va a ser algo enormemente difícil porque necesitan asegurar que las cuestiones de clase no aparezcan como un tema prioritario. En ello encontrarán cierta colaboración de la izquierda, que centrará su agenda en cuestiones como la igualdad sexual, sin distinción de clase, la transición ecológica y la ley de eutanasia.

El gobierno progre-liberal que se forme, porque se formará, dado que el capital sabe, y es muy consciente de, que la derecha clásica y la nueva ultraderecha no están aún preparados (necesitan tiempo para recuperarse unos y fortalecerse aún más otros) para asumir el desgaste que supondría enfrentar una nueva etapa tan complicada como la que se avecina, además de no estar en condiciones de sumar para formar gobierno.

Ese gobierno PSOE-Podemos será un regreso al zapaterismo. Para entendernos, una política liberal con medidas sociales. Recortes, legislación laboral regresiva, contención salarial y de las pensiones y pequeños gestos de gasto social, muy estudiados para buscar impacto y medidos en su cuantía para no irritar a Bruselas con la deuda y al empresariado nacional con unos impuestos a la gran empresa y las grandes fortunas que, de darse, serán mínimos. Volvemos a Zapatero pero con coleta.

La nueva fase de la ya muy larga crisis capitalista, iniciada en 1973, con los inicios de una crisis de acumulación, puede agitar el panorama social, al igual que le ocurrió al PSOE a partir del 2008, iniciando una nueva fase de movilizaciones que no tendrá por protagonistas a la izquierda organizada sino a la autoorganización de sectores de la clase trabajadora y populares, ajena a cualquier sector parlamentario (Podemos estaría incapacitado para influir en dichas movilizaciones tras su descrédito al participar de un gobierno que deberá aplicar recortes sociales y nuevas privatizaciones e IU ha muerto), similar a la abierta en Francia por los chalecos amarillos.

Conviene hacer un pequeño alto en este análisis para referirnos al primer aniversario de una explosión social, que es síntoma de la creciente pérdida de la legitimación política de la democracia burguesa, la de los chalecos amarillos. Las manifestaciones de este movimiento el sábado 16 de Noviembre han sido débiles y se han producido en un contexto de reflujo y decepción por los límites con los que aquél se ha encontrado. Pero se olvidan algunas cosas: el momentáneo triunfo de Macron sobre ellos, tras poner en jaque a su gobierno y hacerle retirar la ley de los impuestos sobre los carburantes, que iniciaron la protesta, ha necesitado más de 10.000 detenidos, unos 3.100 condenados, 2.448 manifestantes heridos y 600 encarcelados. Han dado voz a un malestar de sectores de las clases trabajadoras que no estaban en las reivindicaciones de los sindicatos ni de los ciudadanistas de “La Nuit Debout”, han puesto en evidencia el viejo sistema de representación y liderazgo de las demandas sociales desde una izquierda que ya no les representa, han demostrado que cuando la clase trabajadora, y sus sectores aliados próximos (segmentos de la pequeña burguesía en descomposición), se organiza es capaz de hacerse presente frente a un discurso que la niega y han alimentado a una corriente subterránea de ira social que mutará pero que no desaparecerá porque no pueden hacerlo las razones que les han llevado a expresarse: la necesidad del capital de acumular beneficio mediante la desposesión de la clase trabajadora.

Frente a la condena clásica de los sectores más retrógrados e incapaces de entender las nuevas realidades de contestación social que genera el capitalismo en su etapa de hiperconcentración (absorción del mercado de los pequeños autónomos y salarización de los mismos) y de búsqueda desesperada del “beneficio marginal” (el que ya no se obtiene del crecimiento sino de una transferencia acelerada de las rentas del trabajo al capital), explosiones espontáneas como la chilena y autoorganizaciones de la clase como la de los chalecos amarillos serán cada vez más frecuentes, a pesar de los límites que encontrarán en conciencia, organización y entendimiento de sus necesidades subjetivas pero se encaminan hacia un principio de negación, e incluso de identidad, que la izquierda ya no representa.

La demanda de comunismo puede volver a tener toda su vigencia si quienes nos reclamamos marxistas somos capaces de analizar y comprender el fenómeno, organizarnos e insuflar nuestras aspiraciones dentro las necesidades inmediatas de la clase trabajadora y los sectores que están siendo proletarizados. Ello exige de nosotros los comunistas el abandono de cualquier forma de dogmatismo y la vuelta a las fuentes originarias de nuestro pensamiento: la dialéctica antagónica capital-trabajo y la necesidad de su superación emancipatoria de la clase, realizada por ella misma y no por ningún ente clarividente en su lugar.

De no abrirse un giro hacia las posiciones de clase dentro del debate nacional, estamos ante el riesgo del “aggiornamento” de la extrema derecha representada por VOX que podría darle nuevos bríos. De hecho ya está ensayando este escenario por la vía de reunirse con los representantes de la ultraderecha de apariencia más social como Salvini o Le Pen y lo verbaliza últimamente con sus citas, no del señorito repeinado José Antonio, sino de quien fue el enlace entre el fascismo sindicalista de las JONS y la izquierda nazi de los hermanos Strasser, Ramiro Ledesma Ramos. El viraje está siendo lento y sutil, de forma que no chirrié para que no les ocurra como a C´s por sus bandazos ideológicos, pero se está produciendo, aunque muy pocos lo detecten.

Entonces estaríamos ante el enorme riesgo de un prefascismo popular de apariencia social; el peligro de una extrema derecha que penetre aún más profundamente dentro de estratos inferiores precarizados y de la pequeña burguesía. Empezarían a conformar unas fuerzas de choque del fascismo mucho más amplias y peligrosas de las que hasta ahora nos amenazan en las calles.

11 de noviembre de 2019

VOX, TERCER PARTIDO PARLAMENTARIO. AHORA SÍ QUE SOMOS EUROPEOS


Por Marat

Con algo más de 3.640.000 votos, un 15,1% del voto emitido y 52 diputados, VOX se ha convertido en la tercera fuerza del Parlamento español en estas elecciones del 10 de Noviembre de 2019.

La excepción española ha desaparecido. La normalización que los medios de comunicación habían venido realizando con la extrema derecha nacional, la polazarización entre los nacionalismos catalán y español, el coqueteo de las izquierdas con el nacionalismo español y en con el catalán (una vela al diablo y otra también), según supuestas conveniencias de cada una de las corrientes que la componen y la ausencia en esas izquierdas de eso que los progres llamaban hasta no hace mucho “relato” propio (y práctica), centrados en una perspectiva de clase, han dado sus frutos.

El giro a la derecha hoy es un giro hacia la extrema derecha, a un cuarto de hora, en términos de tiempo histórico, de ser abierta y declaradamente fascista. Su discurso xenófobo, nacionalista, identitarista y patriotero, autoritario y cargado de violencia verbal ya lo es.

No podía ser de otro modo. Las enormes fuerzas antidemocráticas desatadas a nivel mundial (Trump, Putin, Bolsonaro, Modi, Erdogan, Duterte) y europeo (Le Pen, Wilders, Orbán, Salvini, Kaczynski, Strache, Akesson Meuthen, Gauland, Halla-aho) han alcanzado un apoyo popular impensable para la gran mayoría hace solo 20 años. En términos históricos muy poco tiempo.

Han venido empujados, no ya por el simplista argumento de las fake-news y las grandes redes sociales (esos eran solo un medio y un síntoma) sino por un magma social de descontento y miedo a la gigantesca crisis civilizatoria, social y cultural que se está produciendo, impulsado por una ya muy larga (con distintas fases desde 1973) y creciente crisis capitalista (agotamiento de un modelo de acumulación), que está impactando de manera brutal en forma de creciente deslegitimación del sistema de democracia liberal mundial. Ese magma social se asienta no solo en las amenazadas clases medias sino en sectores crecientes de la clase trabajadora.

Cualquier análisis que se limite a explicar el ascenso vertiginoso de los nacionalismos e identitarismos a niveles nacional, europeo y mundial como una apuesta de las élites para dar respuesta a la crisis capitalista mundial será parcial e incompleto, al olvidar que cuando cala en sectores que van mucho más allá de las clases medias y altas es porque falta la explicación del porqué un número creciente de quienes son víctimas de la clase capitalista optan por apoyar a corrientes políticas que en el pasado les utilizaron como carne de cañón en sus crisis y en sus guerras.

Del mismo modo, atribuir a VOX el ser depositario del franquismo sería un enorme error. No estamos ante los fascistas casposos y ridículos, ni ante un grupo de viejos nostálgicos, VOX es la reproducción a escala nacional del prefascismo europeo y norteamericano. Mucho más sutil, más capaz de conectar con los temores y las necesidades de amplios sectores sociales de vomitar sus odios y frustraciones sociales sobre quienes no puedan defenderse: parados, perceptores de ayudas sociales, inmigrantes sin papeles,...  

En tiempos de cambios vertiginosos, de desajustes radicales entre una economía que colapsa repetidamente y unas instituciones políticas nacionales y supranacionales (UE) cuyas credibilidades comienzan a desmoronarse, en unos tiempos en los que la seguridad económica, política, ideológica y de valores es cosa del pasado, vuelven los fundamentalismos irracionalistas de la familia tradicional, el identitarismo étnico o sexual y la nación (siempre frente a otras naciones) como falsos cobijos que parecen ofrecer un manto protector a quienes creen que pueden perderlo todo y necesitan las certezas de lo que creen perenne.

Se atribuye al intelectual conservador Samuel Johnson la frase “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Yo añadiría que el nacionalismo es la bandera de quienes no encuentran nada a lo que agarrarse y el valor supremo de quienes no hayan cualidades y razones que den sentido en sí mismas a sus vidas.

Es así como opresor/explotador y víctima/trabajador o pequeño burgués que ve peligrar sus limitados privilegios disuelven la contradicción esencial en la idea de la nación.

Del mismo modo en el que los últimos tiempos de la República de Weimar fueron los del descoyuntamiento político, ideológico y cultural de un país, la crisis española, mucho más allá del “problema catalán” expresa el agotamiento de un tiempo de esperanzas, manifiesta con toda su crudeza el pesimismo hacia el futuro y parece buscar el castigo ante un “exceso” de libertad de pensamiento y vida cotidiana, que no política porque en lo público ya hacía tiempo que había comenzado la represión (Código Penal, peticiones de penas a 600 sindicalistas, Ley Mordaza) contra la disidencia más social que política.

Un sistema político que se iba haciendo cada vez menos liberal en las libertades y más ultraliberal en la economía política (la que afecta a las vidas de las personas) no podía menos que allanar el camino hacia un fascioliberalismo. Con la excepción de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, el resto de las extremas derechas europeas y mundiales son turboliberales y darwinistas en economía. Represión hacia el pobre porque se lo merece.

No es algo local. No forma parte de la idiosincrasia española. Quien quiera encontrar en el concepto España las justificaciones de una condena moral respecto a una identidad esencialmente reaccionaria se equivoca. Cualquiera que conozca algo de la historia de países como Alemania, Inglaterra o EEUU encontrará miles de ejemplos de condena. Cada nación tiene sus fantasmas fundacionales y posteriores.

Lo que en realidad vivimos aquí y en muchos lugares del mundo es el agotamiento político del sistema democrático de la burguesía sin apenas discusión sobre el sistema económico del capitalismo. En realidad uno y otro están ligados.

Pero el político está al alcance de la pedrada más cercana mientras la estructura del capitalismo está cada vez más mundializada y se va haciendo más difusa, excepto si se trata de la empresa en la que se trabaja, donde la disidencia tiene un duro coste personal, o los pocos nombres conocidos de grandes empresarios, también inalcanzables, pero cuyo cuestionamiento no supone en absoluto el del sistema. Baste ver cómo Podemos anuló cualquier atisbo de anticapitalismo limitando su crítica al IBEX, cuando hablamos de un sistema en su conjunto y en cada una de sus manifestaciones cotidianas en el mundo del trabajo.

Es en esa fisura entre institucionalidad política y poder real (el capitalismo y sus estructuras económicas globales) donde nace el neofascismo. Ya no se disfraza de anticapitalista porque no necesita enfrentarse a un movimiento comunista que ha muerto. Ahora es simplemente antidemocrático, antihumanista, antisocial.

La fase de concentración capitalista a nivel mundial ante la que nos encontramos requiere un poder crecientemente dictatorial, aunque mantendrá la carcasa democrática mientras le sea necesario. Ello es así porque el grado de sacrificio social que el capitalismo necesita ahora es tan grande que prevé múltiples explosiones sociales a nivel mundial. Están controladas en tanto que no existen una conciencia de clase colectiva entre los explotados como tampoco organizaciones de esa clase de carácter emancipatorio y socialista (comunista)

Disculpen que me importen un bledo cómo les haya ido al resto de las fuerzas políticas, la formación del gobierno, su signo y demás. Todas ellas forman parte del estado corporativo del capital y ninguna de ellas haría nada distinto en el gobierno ante las medidas que el capitalismo nacional e internacional les dictase. Al fin y al cabo, ¿alguna de las opciones de gobierno que se formen, que se formarán, estaría dispuesta a aplicar la ley de partidos para ilegalizar a un partido antidemocrático y propagador del odio, del mismo modo en el que ese partido estaba dispuesto a ilegalizar a otros? A algunos se les habrá pasado que VOX se proponía también prohibir a partidos comunistas.

PD: Sería bueno preguntarse en qué consistía el centrismo de los votantes de C´S, estimulado por el propio partido, cuyo batacazo mortal se ha traducido en el subidón brutal de VOX. 

2 de noviembre de 2019

EXTINCIÓN PLANETARIA, DOMINACIÓN IDEOLÓGICA Y EMPOBRECIMIENTO DE LA CLASE TRABAJADORA


Por Marat

De entre los múltiples problemas que afectan al capitalismo actual -incremento exponencial de la deuda mundial, financiarización de la economía, guerra comercial, baja inversión en maquinaria y equipos en la industria manufacturera mundial, baja productividad, descenso del consumo, agotamiento del ciclo expansivo de los últimos años,...- el de las dificultades para colocar el beneficio en sectores productivos en los que la inversión sea lo bastante rentable para facilitar una acumulación de capital que eleve la ya declinante fase de crecimiento experimentada en los últimos años no es uno de los menores sino posiblemente el que esté teniendo una mayor importancia en el encadenamiento de esta nueva fase de la crisis capitalista. El propio Warren Buffet es un ejemplo de ello. Ésta es la tesis que el economista marxista Michael Roberts ha venido a sugerir en uno de sus recientes trabajos publicados en su interesante blog.

Aunque Roberts no explicita textualmente dicha “dificultad” sí que expone con claridad, como los índices PMI (Purchasing Manager´s Index o Índice de Gestor de Compras) vienen desde hace tiempo señalando la desaceleración económica mundial en la industria manufacturera (sin la cuál el sector financiero carece de otro objetivo que no sea la acumulación monetaria, ya que necesita materializarse en la producción a través de la inversión). Y tiende a generalizar este comportamiento a los principales sectores de la economía mundial. En una espiral-bucle malditos el dúo rentabilidad-inversión en la gran mayoría de los sectores productivos se retroalimenta, de modo que el descenso de la inversión capitalista, que es producto de la diferencia entre ganancias esperadas y ganancias obtenidas, acentúa el descenso de la rentabilidad del capital invertido. Dicho en términos marxistas clásicos, si la tasa de ganancia cae, el capital se vuelve conservador en cuanto a inversiones y tiende a reducirlas.

El problema subyacente muy probablemente sea que actualmente no existe un sector locomotora lo bastante potente como para tirar de la economía mundial en su conjunto, estimulando al resto de los sectores y favoreciendo una recuperación de la rentabilidad y de la inversión.

En los primeros años de la crisis capitalista se llevaron a cabo en los distintos países afectados por la misma políticas de contracción del gasto público, con fuertes recortes de salarios indirectos (gastos sanitarios y en educación pública) una congelación de los diferidos (pensiones), además de los recortes salariales (salario directo) como forma de frenar lo que el capital entiende como gasto improductivo, en el sentido de que no le genera rentabilidad. La estrategia subsiguiente del capital fue la de entrar en los sectores que quedaban parcialmente abandonados por lo público (sanidad, educación, pensiones, dependencia,...) para conquistarlos para el mercado. El éxito ha sido parcial, dado que el empobrecimiento de amplias capas de la población (clase trabajadora) a causa del desempleo, los bajos salarios o la pérdida de cobertura pública no permitía a una importante parte de la ciudadanía pagarse servicios privados.

El breve lapso de tiempo de la fase de recuperación de la economía mundial, a partir del primer trimestre de 2016 fue debido a una combinación de factores: la intervención de los bancos centrales de EEUU y la UE inyectando ingentes cantidades en la economía, el papel de China en el mercado mundial, un moderado incremento del consumo, la desaparición de una parte de las empresas menos competitivas, favoreciendo la concentración del capital y la contención de los costes fijos de producción, fundamentalmente los salarios, que experimentaron crecimientos muy limitados.

Pero esta recuperación tenía necesariamente que sufrir sus propios límites. Junto con una deuda mundial que seguía creciendo y que afectaba tanto a las empresas como a las familias, el consumo continuaba siendo globalmente insuficiente para una recuperación sostenida (lo drenaban el paro, la contención salarial y el empobrecimiento de importantes sectores de la población) y la inversión de capital en equipos era insuficiente para garantizar una ganancia a largo plazo. Los sectores que habían sostenido el consumo eran fundamentalmente los manufactureros (donde el automóvil era un sector clave) y de los servicios (TIC, ocio) y, secundariamente el inmobiliario.

Sorprendentemente nada nuevo aparecía en el horizonte de los sectores estratégicos para salir de una crisis del capitalismo que desde 1973 demuestra tener un carácter estructural, debido a la aceleración histórica con la que se producen una acumulación de crisis crecientemente más prolongadas, de alcance más mundial y de períodos de recuperación cada vez más cortos.

Cuando nada nuevo aparece como “solución” a una crisis de modelo de acumulación capitalista, cuando la financiarización se ha encontrado con los límites evidentes de un capital flotante, que no encuentra sectores productivos lo bastante dinámicos y regeneradores sobre los que aterrizar y que le permitan una valorización del mismo con pulso fuerte y sostenido, el capitalismo tiene un problema serio.

Y aquí es donde aparece la amenaza del apocalipsis antropocénico como gran justificación ideológica de una nueva revolución energética, de los transportes y su concepción del uso, industrial y postindustrial. En definitiva, una nueva era dorada para el capitalismo en el que tanto las infraestructuras de la producción y la distribución, así como las energías que la harán posible y el propio diseño de los transportes se verán afectados.

Si la revolución industrial del siglo XIX fue el mayor cambio histórico, social, económico y cultural desde el Neolítico, el proyecto de revolución energética, de los transportes, industrial y postindustrial pretende ser la transformación más importante de la historia humana. Veremos si lo logra.

En cualquier caso, para poner en marcha este objetivo de Gran Transformación el capitalismo necesitará de ingentes cantidades de ayuda pública de los Estados, inversiones en infraestructuras, subvenciones a las empresas “sostenibles” y de energías renovables, enormes gastos en comunicación institucional destinados a crear conciencia medioambiental, incentivos económicos a las empresas del automóvil que apuesten de forma decidida por el hidrógeno y la electricidad como medios motores, ayudas a la transformación de las empresas hacia equipos y formas de producción menos contaminantes, subvenciones a las familias para facilitar el ahorro energético en los hogares, sistemas de reciclaje más efectivo de los residuos, etc., etc.

Esos costes serán imputados antes a los ciudadanos que a las empresas y a las grandes fortunas. Bajo la lógica de que el respeto medioambiental debe equilibrarse con un funcionamiento eficaz de la economía, se pedirá a las clases más desfavorecidas crecientes y mayores sacrificios que durante la fase anterior de la crisis capitalista para salvar al Planeta, a la especie humana y las ballenas jorobadas. Así ha sido siempre y nada, ni la amenaza del Armagedón, va a cambiar esta pauta.

Pero los proyectos de la gran transformación capitalista no se detienen ahí. Con la amenaza de la emergencia climática se pretende cambiar los hábitos alimentarios de toda una civilización. Se culpa a los ganaderos y a los seres humanos omnívoros de las talas de árboles y destrucción de suelos en beneficio de la expansión de la ganadería. No se dice que las grandes corporaciones productos agrícolas obtendrían mayor beneficio con una alimentación basada sólo en verduras, hortalizas y frutas que los que obtendrían las grandes corporaciones de la carne. De lo que se trata es del mayor beneficio posible y no debe haber límites al objetivo de la acumulación capitalista. Una agricultura que nos presentan como permacultura respetuosa con el medio ambiente acabará por ser agricultura extensiva a la vez que intensiva, que empobrecerá tierras y destruirá bosques y selvas tropicales, aún más que los depredadores madereros en busca del beneficio.

En ese contexto, las deterioradas mentes que acusan de asesinos a quienes consumen carne y de que comer huevos es ser cómplice de las “violaciones que cometen los gallos contra las gallinas son las fuerzas de choque de negocios mucho más avispados . En tiempos de imbéciles las afirmaciones más idiotas tienen su razón de ser

Cuando los argumentos racionales sobre la posible hecatombe mundial debido al cambio climático se sustentan, antes que sobre sí mismos, sobre las emociones, pocas posibilidades de abrir otro debate sobre manipulación ideológica, pongamos por caso, o sobre quién pagará el coste de la Gran Transformación, pongamos también, carecen de posibilidades; lo que no significa que no deba enunciarse y hasta denunciarse el juego sucio que hay tras la apariencia de humanismo y lucha por la supervivencia de la especie. Cuando se ponen por delante a menores como Greta Thunberg, los escolares de medio mundo y a los niños cantores de Viena si es necesario, está claro que se está apelando antes a los sentimientos que a la razón y que cuando se hace esto se está practicando un juego de filibusterismo político digno de mejor causa destinado a infantilizar mentes supuestamente más adultas.

Todos los medios de comunicación un día sí y todos los demás también presentan escenarios de futuro dantescos, redenominan a las sempiternas gotas frías con nuevas nomenclaturas para hacerlas pasar como nuevos fenómenos (DANA) y a los viejos huracanes y ciclones como nuevos heraldos de la catástrofe climática que se avecina. Buscan la intimidación que remueva conciencias o que anule la capacidad crítica ante la Gran Transformación salvadora. Y si ello no fuera suficiente culpabilizan como criminal al que no recicla -todo porque el negocio de nuestra basura enriquezca cada vez más a empresas privadas como ECOENVES-, culpabilizan al consumidor que sigue empleando bolsas de plástico, aunque las grandes superficies que ahora se las venden, que no regalan, les entreguen kilómetros de papel con su ticket de compra y le interrogan sobre su huella de carbono. El culpable eres tú, consumidor, no el sistema capitalista en su conjunto, dentro del que 20 empresas generan el 35% de CO2 en todo el mundo. Y tú, disciplinadamente, asumes la culpa.

Entrar en la negación del cambio climático y de sus posibles efectos a nivel global o afirmarlo a partir de modelos predictivos y de efectos que estamos viendo en el presente de modo inmediato y sostener una u otra postura desde aprioris emocionales es la gran trampa a la que el capital pretende llevarnos para no abrir otro tipo de debate que es el de ¿quién va a pagar toda esta gran transformación, qué clases sociales van a verse beneficiadas por la misma y cuáles perjudicadas?

Los impuestos que sostengan la Gran Transformación energética, en los transportes y en la producción recaerán fundamentalmente en los sectores que no serán sus beneficiarios principales, sino que incluso serán excluidos de los mismos.

Vía Estado y mediante recaudación fiscal se financiará a los grandes inversores, a las industrias energéticas renovables y de la sostenibilidad, como antes se hizo con las eléctricas de generación no renovable, así como las nuevas infraestructuras, los equipos industriales, los servicios y los productos de uso individual que diseñen los fabricantes. la definición que hizo Marx del Estado bajo el capitalismo nunca ha sido tan cierta como ahora y eso que nunca dejo de serlo.

En la mesa redonda organizada por El Confidencial bajo el título Supervisar la lucha contra el cambio climático”, en la que han participado tanto personalidades del ámbito institucional (Ángel Estrada, director del Departamento de Estabilidad Financiera y Política Macroprudencial del Banco de España y Teresa Rodríguez Arias, coordinadora de Sostenibilidad de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), los cuáles no son propiamente Estado pero tienen gran influencia sobre él y sobre el gobierno de turno, del propio Estado (Ana García Barona, inspectora jefe del área de Regulación de la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones), como del privado (José López-Tafall, director de Regulación de Acciona y Cristina Sánchez, directora ejecutiva de la Red Española del Pacto Mundial.

En dicha reunión se enfatizaron las necesidades legislación que favoreciese la puesta en práctica de la transición ecológica, los incentivos económicos públicos al proyecto, facilitar la adaptación del sector financiero a los riesgos de catástrofes (seguros), replanteándose el concepto de las coberturas, la gran oportunidad de negocio de la transición (“nuevos servicios valorados en una horquilla de entre 125 y 140 billones de dólares al año, según la OCDE, un punto y medio más del PIB mundial”) y la traslación al consumidor de los costes de dicha transición (“El consumidor tiene que entender que coger un avión tiene sus consecuencias y costes en polución y que es imposible viajar a París por 40 euros. Todos tenemos responsabilidad y si queremos que la Administración Pública invierta, los consumidores también tenemos que asumir un gasto”)

La rebelión de los chalecos amarillos, que reaccionaron contra la fuerte subida del diesel en Francia, nació de los sectores populares que intuyeron la amenaza que se cernía sobre ellos. En un país en el que el vehículo es la opción principal de desplazamiento entre la casa y el lugar de trabajo ante la deficiente estructura de los servicios de transporte público en las poblaciones alejadas de la metrópoli parisina, ellos dieron la primera voz de alarma de lo que se le viene encima a la clase trabajadora y los sectores populares.

La revuelta en Ecuador contra el Impuesto Verde a los carburantes implantado por el gobierno de Lenin Moreno -conviene recordar que fue Vicepresidente cuando el país estaba bajo la dirección de su predecesor, Rafael Correa-, que empobrecía aún más a los sectores sociales de rentas más bajas, ha sido el segundo toque de atención ante unas políticas medioambientales que redundarán en una mayor desigualdad social.
Vendrán muchas más.

El Green New Deal que promete un sector de la izquierda del Partido Demócrata de EEUU es, como en la era Roosvelt, una gran inversión en infraestructuras y una promesa de salvación, esta vez frente al Apocalipsis. Y es que la izquierda norteamericana, europea y mundial todo lo más lejos que llega en economía es a ser keynesiana. Hace 50 años que no les importa la clase trabajadora. No les les preocupa lo más mínimo el abandono de ella que hicieron con su discurso transversal (gais, lesbianas, afroamericanos,...). Les queda la promesa de una salvación, tan propia de la sectas protestantes norteamericanas y a su sistema económico un pelotazo económico descomunal.

Bajo su aparente discurso anticapitalista solo queda la idea de que el dinero de los impuestos de los trabajadores norteamericanos vuelva a ser puesto al servicio del capital. Ahora bajo la apariencia de salvar al mundo. Cosas que hacen los progres.

El gurú y asesor de gobiernos de derechas y de izquierdas (tanto monta, monta tanto), Jeremy Rifkin anuncia que el colapso del petróleo se producirá exactamente en 2028, sin aclarar con datos concretos en qué se basa para una afirmación tan específica a fecha exacta, mientras afirma que la tecnología y el “mercado” (el capitalismo, para hablar claro, ese que es el causante los males que ahora nos amenazan) serán los que nos salven de la extinción planetaria. Y, consciente de que la transición ecológica generará desigualdad y pobreza, propone impuestos al carbono cuyo montante líquido sería transferido a las familias más pobres para gastos en alimentación y transportes. He ahí la propuesta con la que, según señala, no se hubiera producido el movimiento de los chalecos amarillos en Francia.

Hay una mezcla de indefinición calculada y de falsa ingenuidad en sus propuestas.

Rifkin no aclara si el impuesto al carbono se aplicará a las empresas energéticas que lo consumen, a las corporaciones industriales y de servicios que utilizan energías que lo generan o al consumidor final. Parece obvio que la tendencia dominante va por el segundo caso y no por los dos primeros, especialmente en un mundo en el que las empresas energéticas y las grandes corporaciones industriales y de servicios ponen gobiernos amigos y quitan a aquellos que pretenden que el gasto social (que para ellos es simplemente gasto que no les reporta beneficios), que las administraciones públicas recortan y solo podrían llevar a cabo vía fiscal, recaiga sobre sus espaldas.

Una cosa es la propaganda política, en el peor sentido del término, y otra muy distinta lo que los hechos reales demuestran.

Veamos un ejemplo concreto.

A partir del 1 de Enero de 2020, apenas dentro de 2 meses, el Consejo Metropolitano de Barcelona, presidido por la alcaldesa progre filopodemita Ada Colau aplicará una tasa de 2 euros diarios a los vehículos que carezcan del distintivo medioambiental de la Dirección General de Tráfico (DGT) si quieren circular un día laborable entre las 7 y las 20 horas por la Zona de Bajas Emisiones (ZBE) del área de las Rondas de Barcelona. Ello tras darse de alta en la base de datos del Registro Metropolitano y lograr la autorización para circular por dicho ámbito.

Los vehículos sin etiquetas medioambientales son, en la mayoría de los casos, los más antiguos, según el tipo de carburante, de antes de 2001 o de 2004 ó 2006. Son los que no pueden circular, por ejemplo por Madrid Central y que tienen determinadas restricciones de uso cuando se activen determinados protocolos de alta contaminación. Son vehículos destinados al achatarramiento y la prohibición de circular en cualquier zona a partir de 2025.

Es indiscutible que hay que avanzar hacia medios de transporte menos contaminantes. También lo es que se hace necesario potenciar el transporte público como medio privilegiado urbano. Pero limitarse a estas afirmaciones sin profundizar más allá es convertir las mismas en mera consigna simplista, requisito imprescindible para la manipulación y la demagogia.

Si exceptuamos a los usuarios que tienen un aprecio especial a su viejo coche, a los que lo conservan en un estado magnífico y a los tacaños que estiran su vida por encima de lo que dicta la lógica, cabe deducir, sin demasiado riesgo de equivocarse, que quienes mantienen su viejo vehículo lo hacen porque no pueden permitirse uno nuevo, mucho menos uno eléctrico, cuyo precio oscila entre 12.000 y 14.000 euros más que otro de gasolina o diesel de su misma gama.

Hablamos, por tanto, de que la nueva tasa de la señora Colau se aplicará sobre todo a personas y familias de rentas bajas, a clases trabajadoras y a autónomos, que emplean sus vehículos para su trabajo.

Si usted vive en una gran ciudad verá el gran número de furgonetas pequeñas y medianas antiguas que circulan por ella. Se trata de autónomos de rentas bajas, frecuentemente con situaciones no muy por encima de la supervivencia económica, que no pueden permitirse el lujo de comprar lo que los ridículos afectados llaman vehículos “eco-friendly”.

Afortunadamente, la progre alcaldesa de Barcelona ha pensado, al estilo de la vieja caridad de los conventos, en los límites que excluyen el pago de la tasa de 2 euros diarios a los carentes de la pegatina de la DGT. Los afortunados beneficiarios de tal generoso dispendio en la gratuidad de las autorizaciones serán quienes tengan una renta inferior al Iprem, por debajo de los 538 euros, más un 10% del Iprem vigente. Es decir, lograrán dicho “privilegio” quienes estén por debajo en un más de un tercio de sus ingresos del salario mínimo interprofesional. Por ahí deben de andar quienes están por debajo del umbral de pobreza. Fastuosas políticas de igualdad para “la gente”.

Lo que hoy parece “cool” y moderno, como es el desplazamiento en monopatines, skates eléctricos, bicicletas eléctricas y normales y los cien artilugios de entorpecimiento del tráfico urbano, que demuestran su más elemental falta de respeto a las reglas del tráfico (calzadas) y del tránsito de los viandantes (aceras), es la vía de cambio hacia la pérdida del medio automovilístico por la clase trabajadora. La no tan vieja imagen de los chinos en bicicleta dejará de ser una estampa idílica para volver a convertirse, como ya lo es, de nuevo, la tartera en la realidad cotidiana de muchos trabajadores que se desplazan hacia sus empleos desde lugares en los que el transporte público sigue sin llegar.

Si usted cree que los costes sociales de la transición ecológica se limitan ala automoción se equivoca de lleno.

Baste algunos ejemplos para aclarar de qué estamos hablando:
  • En el período de transición ecológica se impondrán tasas al consumo de energía eléctrica sucia (procedente de las centrales de ciclo combinado y de la energía nuclear). Si a las comercializadoras y productoras de energía eléctrica se les aplicase esa tasa, esa repercutiría sobre los consumidores. Evidentemente a las rentas altas y medias ello no les supondrá mucho pero a las familias de rentas bajas de clase trabajadora les golpeará directamente.
  • La implantación de sistemas de ahorro energético tanto en los hogares (evitar fugas de calor, electrodomésticos ecológicamente más sostenibles, eficaces y ecológicos, encarecimiento del gas ciudad para calefacciones, sensores para ahorro de consumo de agua caliente, sensores y termostatos para controlar la temperatura ambiental del hogar en verano e invierno...) como en las comunidades de vecinos (aislantes en las fachadas, implantación de placas solares y fotovoltáicas,...) supondrán un dispendio para muchas familias de clase trabajadora no asumibles. Y los ayuntamientos y comunidades autónomas están lo bastante endeudados como para no asumir importantes niveles de subvenciones. Prepárense las comunidades de vecinos para derramas en cascada.
  • El servicio del agua en los hogares se encarecerá, dado que bajo el argumento de la desertización y el calentamiento global, los recursos hídricos disminuirán. No es previsible que los años de elevada publiometría el coste del agua disminuya en la misma proporción en la que crezca en los años de sequía.
  • Conviene preguntarse hasta qué punto el discurso de una secta tan extravagante y totalitaria como la vegana y animalista no es sino la voz regada de recursos económicos para justificar ideológicamente el abandono de la carne y el pescado por parte de un creciente número de familias. Baste la cifra de que 100.000 castellano-manchegos no pueden permitirse comprar carne ni pescado y que 3,6% no puede comer carne, pollo o pescado cada dos días para que sea posible entender el creciente protagonismo mediático que se está concediendo a quienes defienden extravagancias como la denuncia de que comer huevos es ser cómplice de las “violaciones” de las gallinas por los gallos o las vigilias veganas que dan el último adiós a los cerdos que van al matadero. Quizá se trate de una nueva religión de la renuncia basada en convencer a quienes no pueden comer siquiera panga o pollo de que son asesinos si lo hacen. Si no te conformas con tu destino eres antiespecista hoy, ayer anticristiano.

El efecto de depauperación de amplias masas de población será aún más grave en los países emergentes y en los del tercer mundo. Al tratarse de sociedades con un menor nivel de capacidad de implantación de tecnologías caras y con amplísimos sectores populares de rentas muy bajas, el desfase tecnológico les condenará a unos impactos del cambio climático más devastadores y, muy probablemente, a tener que ser los consumidores de las tecnologías, transportes e infraestructuras que desechen los países centrales del capitalismo, en consonancia con la vieja práctica de los países más ricos de comprar a los más pobres su cuota de contaminación o de que estos acaben siendo los vertederos del desarrollo capitalista mundial.

Asistimos a una gran transformación del capitalismo en la que bajo la coacción del apocalíptico fin del mundo se impone a una clase trabajadora desideologizada y desorganizada una nueva vuelta de tuerca a la dictadura de clase de la burguesía.

Desafiar el relato hegemónico sostenido por la progresía y destinado a lograr una fase de recuperación de la tasa de acumulación hasta hoy no alcanzada es algo que se enfrenta a la incomprensión, la indiferencia o el rechazo de quienes carecen del sentido crítico necesario para entender que dichos cambios dejarán muchos millones de nuevos empobrecidos.

No se trata de poner en duda el hecho del cambio climático, ni la necesidad de frenar sus efectos, como tampoco de poner en marcha los medios que sean necesarios para paliarlos, pero lo cuestionable es el hecho de cómo la revolución energética y tecnológica que conllevará se dejará muchos millones de seres humanos por el camino, los cuales no podrán afrontar los costes económicos que ambas representan. Y si cabe alguna duda sobre que ello será así, las palabras cargadas de chantaje y de falsa dualidad de Rifkin lo aclaran: “¿Cómo puede haber otras prioridades cuando nos acercamos a la extinción?” Todos los objetivos supeditados a uno solo: que la salvación del planeta enriquezca aún más al capital, con el dinero de todos vía impuestos (que saldrán principalmente de los bolsillos de las clases trabajadoras, como siempre ha sido), financiación y legislación que imponga los cambios.

Lo mismo que la crisis capitalista la genera el propio capitalismo, la emergencia climática la ha generado un sistema económico depredador y contaminante del medio ambiente, un sistema para el que el beneficio es el único y sagrado deber. Es al capital al que debiera corresponderle pagar los platos rotos. Es a las grandes fortunas de la industria y los servicios, a las grandes corporaciones a las que habría que aplicarles los impuestos para que pagasen la necesaria transición ecológica.

Pero parece que no irán por ahí los tiros. Bajo el capitalismo no existe gobierno, del color que sea, que se enfrente a los objetivos de acumulación y ganancia del capital. Será el Estado, con nuestros impuestos, los de todos los ciudadanos, fundamentalmente con los de la clase trabajadora, el que financie el proceso de transición ecológica, cree estímulos fiscales e infraestructuras, avale a las grandes corporaciones industriales y de servicios implicadas en el nuevo gran negocio y compense sus pérdidas. Eso, y no otra cosa, es el Green New Deal, que tanto promueven Alexandria Ocasio y otros progres del Partido Demócrata. Hablan también de vincular la lucha contra el cambio climático a la lucha contra la pobreza y a sistemas de protección que compensen el desempleo que aparecerá con las empresas energéticas y contaminantes que desaparecerán. Pero lo mismo que es dudoso que desaparezcan hasta que dejen de producir suficiente beneficio, es mucho más dudoso que ese nuevo Estado del Bienestar que parecería promoverse con el Green New Deal no fuera otra cosa que dar con una mano lo que se quita con otra a las clases trabajadoras, pues, no nos engañemos, serán ellas quienes carguen con la enorme partida fiscal. Eso sin contar con que el apoyo del Estado a este “capitalismo verde” traerá un mayor gigantismo corporativo y concentración del capital. Ya ya sabemos cómo le va a la clase trabajadora cuanto más fuerte es el capital. En realidad, ese “renacimiento del welfarismo no es sino la zanahoria, el gancho con el que los progres buscan convencer a su clientela electoral de que sean ella quien pague la fiesta pero sin decírselo abiertamente. Este y no otro es el papel de la izquierda.

Defender el planeta en esta hora de enésima fase de la crisis capitalista que viene prologándose por más de cuatro decenios (crisis de 1973) no puede continuar siendo una razón para que los trabajadores continuemos siendo golpeados. Salvo que necesitemos muchos más golpes para despertar.

NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
Agradezco a uno de los habituales seguidores de mi blog (Hartmann) un comentario a un texto mío anterior, en el que abordé de pasada esta cuestión. Sus reflexiones sobre el modo en el que la estrategia global de transición ecológica -no olvidemos, de energías, infraestructuras, transporte, industria, servicios y, muy importante, ideológica) afectarán negativamente a las condiciones de vida de la clase trabajadora, bajo la coartada de frenar el cambio climático o, no es contradictorio, para “adaptarse” a él, me han sido de gran ayuda para desarrollar el presente artículo.

24 de octubre de 2019

SOBRE EL RE-ENTERRAMIENTO DE LOS RESTOS DEL DICTADOR FASCISTA FRANCO


Por Marat

Mucho se ha escrito sobre el oportunismo de Sánchez al sacar de Cuelgamuros el cadáver del genocida Francisco Franco. No voy a poner en duda las imputadas intenciones del presidente provisional del gobierno de España. No se trata de eso.

De lo que sí se trata es de que la permanencia del cuerpo de un traidor a un gobierno legitimamente constituido (el de la II República), que arrastró, junto con la peor tradición militar española y la oligarquía de la nación a una guerra civil que costó centenares de miles de muertos, alrededor de 100.000 ejecutados sumariamente por consejos de guerra militares según el historiador Hugh Thomas y en torno a 750.000 exiliados (todo eso en un país con alrededor de 25.000.000 de habitantes) en un mausoleo dedicado, no a la reconciliación como afirman los fascistas, sino a la glorificación de un criminal de guerra no juzgado es una anomalía histórica y democrática.

Ni los cadáveres de Salazar, Mussolini, Ante Pavelic, ni por supuesto Hitler, cuyos restos desaparecieron, han gozado de tal reconocimiento público. Las tumbas de tales monstruos, salvo la inexistente del führer, están ajenas a cualquier monumento de glorificación de sus crímenes.

Las democracias capitalistas son democráticas sólo en las formas, ni siquiera siempre. No lo son en absoluto para las clases trabajadoras que pagan las crisis del capital al que todos los gobiernos del signo que sean obedecen ciegamente. Pero las formas que sí mantienen son importantes porque significan que, al menos públicamente, abominan de las monstruosidades del más horrendo crimen contra la humanidad que representaron el fascismo y el nazismo. Esas y algunas otras cuestiones son las que distinguen la barbarie más indecente de cierto atisbo de dignidad y civilización humanas.

Que a estas alturas, 44 años después de que reventara la bestia, haya quienes se indignen, solivianten y agiten sus bestiales extremidades porque se traslade la momia del mayor asesino en serie de la historia de España desde esa especia de pirámide del sacrificio que constituyó para los condenados que la elevaron al mausoleo de su degenerada familia de herederos del latrocinio del dictador solo indica que nos encontramos ante la peor escoria que puede albergar un país.

Decir que no se respeta a un muerto que jamás respetó ni a los que asesinó ni a sus familias, ni a la memoria de las cunetas en las que yacieron sus víctimas es propio de la peor calaña subhumana.

Aludir a que trasladar el cuerpo, con el máximo respeto, desde lo público (basílica del Valle de los Caídos) a lo privado (panteón familiar en Mingorrubic fofnoso) -eso sí, pagado con fondos públicos- es reabrir las heridas de la guerra civil es la pataleta del fascista que se queda sin uno de sus lugares de patética peregrinación y afirmación histérica.

Pretender que hay muchas otras cuestiones más importantes para el país, (paro, crisis, pensiones,...) cuando se hace desde la basura mediática de El Mundo, La Razón, OKDiario y demás morralla de la Brunete “opinática” es una hipérbole cínica cuando son precisamente esos vertederos los que más se han empeñado en justificar las políticas de los gobiernos que decretaron la pobreza que exigía el capital para rapiñar como beneficio privado en el antiguo gasto social.

Que de todo ello haga su agosto electoral un partido fascista, cuyo líder lleva pistola, defiende la empresa privada pero siempre ha vivido de chupar de los chiringuitos públicos que le montaron los que organizaron la Gürtel, defensor divorciado de la familia y el matrimonio canónico, es como para preguntarse a qué juegan sus votantes y de qué material están hechos.

Que Iglesias haya planteado que se debiera haber retrasado el traslado de los restos de Franco hasta después de las elecciones porque le parece electoralista demuestra que su ataque de cuernos, tras no haber logrado ser Vicepresidente de la nada, tiene rasgos patológicos severos. Él sabe bien que era ahora o nunca porque lo que viene ya no irá por derrotero alguno de verdad, justicia y reparación.

No creo que Sánchez pase a la historia por muchas cosas, ni siquiera que renueve su mandato, no lo merece. Pero sí lo hará por haber hecho lo que sucesivos Presidentes del período “democrático” (Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero y Rajoy no hicieron), unos porque el de la mojama era su caudillo en el fondo, otros por cobardía. 

Si aquellos presidentes ante la obscenidad de que un asesino masivo de seres humanos permaneciese entronizado en su tumba hubieran querido no ser oportunistas con la cuestión podrán haber escogido el momento para trasladar su cadáver. No lo hicieron.

Sí, Sánchez es un oportunista que busca sumar votos donde quizá no encuentre tantos. Pero en tiempos en los que se blanquea al fascismo, se le normaliza y presenta casi como respetable opción dentro del parlamentarismo burgués, quizá ciertos antifascismos deban tomar nota y preguntarse si no la están cagando olímpicamente cuando defienden a las peores burguesías de ciertos territorios por eso de que es revolucionario romper un país mientras se inhiben de celebrar que un monstruo salga de su pirámide.  

Eso sí, si Sánchez hubiera sido mi Presidente no hubiera trasladado a la momia desde el mostrenco del Valle de los Caídos a Mingorrubio sino al vertedero de basuras de Valdemingómez.

20 de septiembre de 2019

HAY ALGO QUE NO ES COMO TE CUENTAN


Mural del artista urbano Pejac
Por Marat

Venía a decir Marx que la burguesía es esa clase social que viste sus intereses de clase como intereses colectivos o generales.

Vivimos tiempos en los que frente a la realidad de una paulatina regresión de las condiciones de trabajo y de vida de las clases trabajadoras al pasado dickensiano del siglo XIX, los canales de transmisión del discurso ideológico dominante y sus siervos nos machacan con un “relato” -expresión tan del gusto de la izquierda y su hipócrita moral progre destinado a construir un neolenguaje que pervierta los hechos reales- paralelo que sirve para ocultar la realidad social.

Los ejemplos de la cuidada elaboración de un programa de distracción social son múltiples. Constituyen una muy bien elaborado simulacro de “realidad” que aparenta cerrar toda posibilidad de disidencia emancipadora desde una perspectiva de clase porque ésta queda enterrada bajo un impresionante manto de otras “urgencias” y de otras temáticas que el poder del capital, a través de sus creadores y divulgadores del sentido y del discurso hegemónico, ha convertido en asuntos de importancia pricipal.

Mientras nos aterran con un Armagedón de terribles desgracias que acabarían con una humanidad global que supuestamente es la causante del terrible cambio climático, ocultan que es la necesidad de beneficio del capitalismo el que destruye los pulmones arbóreos del mundo o licúa los hielos hasta ayer perennes.

Mientras nos presentan a heroínas de 12 años contra tan distópico futuro, desde organismos internacionales exhortan a los gobiernos de las naciones a actuar y los medios de desinformación apelan a la conciencia ciudadana a cambiar sus comportamientos de consumo, las estructuras de poder capitalista ocultan que es la necesidad de acumulación del capital la causante de la destrucción de la naturaleza y que las grandes corporaciones industriales ponderan cuál es el nivel de degradación medioambiental aceptable y compatible con un incremento sostenido del beneficio.

Mientras los gobiernos del capital -todos aquellos que aceptan gobernar bajo el sistema capitalista, sean del signo aparentemente diferenciado que digan ser- adoptan, o aparentan adoptar, medidas de contención de la contaminación y de la emisión de gases de efecto invernadero -siempre sin poner en cuestión el interés económico de las clases dominantes-, son las espaldas de la clase trabajadora las que soportan la llamada transición ecológica. Los 100.000 artilugios inventados de desplazamiento individual, la penalización y amenaza de retirada de los coches viejos de los parques móviles nacionales, los trabajadores de las plataformas de trabajo en bicicleta, que los cínicos prefieren llamar “riders” para disimular el descenso a los infiernos de sus condiciones de trabajo, la proliferación de carriles bici, la amenaza de alza de impuesto a los carburantes que intentó Macron, y que provocó la aparición de los chalecos amarillos, son unas primeras señales de este regreso al proletariado de los años 20 y 30 del pasado siglo pero ahora lo venden como “cool” y “trendi”, esas expresiones pijas de los imbéciles. Llamativamente, el nuevo ayuntamiento de derechas de Madrid se apunta al carmenismo de los carriles bici. Quizá hayan comprendido muy bien que los términos derecha e izquierda nada tienen que ver con las categorías de clase explotadores y explotados, por mucho que tanto ignorante voluntario o involuntario se empeñe en hacerlas homologables.

Mientras nos asustan con el envejecimiento de la población y la supuesta insostenibilidad, no ya de las pensiones sino del conjunto de “su” Estado del Bienestar, ocultan que el problema que nos presentan no es de falta de ingresos del Estado, que es, por definición bajo el capitalismo, capitalista, sino de la evidencia de que bajo el capitalismo ningún gobierno del signo que sea asumirá el papel de dejar de ser el consejo de administración de los intereses de la burguesía ni le impondrá el sostenimiento de las pensiones y de las formas de salario indirecto que conforman el ya sentenciado Estado del Bienestar. Y es que como dice Alberto Garzón, sin ruborizarse:

Sin embargo, convendría recordar que todo Gobierno, independientemente de su orientación ideológica, está sujeto a la dependencia estructural del capital o, dicho de otra forma, todo Gobierno bajo el capitalismo depende de que exista un beneficio esperado que estimule la inversión”.

Y, por si alguien se rompe las vestiduras ante tan sincera admisión del papel mamporrero que cumple la izquierda respecto al capital, conviene aclarar que lo dice en la web de IU

Mientras en España la opinión publicada por todo tipo de medios, conservadores, fachas, progres y mediopensionistas, se empeñan en poner a los políticos al pie de los caballos por su falta de respeto a los electores y su despreocupación por los intereses del país -de nuevo se reviste como intereses de todas la clases sociales los que solo son de una clase-, se les escapa a los voceros del capital, todos los medios, que la economía apenas se ve afectada por las crisis políticas y que tiene su propia dinámica. Si la sociedad y la economía belgas han sido capaces de sobrevivir hace ya algún tiempo durante más de 500 días, la española puede hacerlo. Pero generar ruido sobre la polítiquería ayuda a ocultar que se viene una nueva fase la crisis capitalista y que, gobierne quien gobierne, la cura de caballo que se aplicará de nuevo la pagará, como siempre, la clase trabajadora.

Mientras se nos presenta la nueva fase de la vieja crisis capitalista iniciada en 1973 como una variante de la supuesta crisis financiera que nos vendieron como explicación a sus causas en 2007, como un problema de deuda o de como una consecuencia del enfrentamiento entre proteccionistas (USA y Gran Bretaña) y librecambistas (UE) se está ocultando que la causa real se encuentra en lo que primero fue una crisis de sobreproducción y, enfrentada ésta durante los años que sucedieron a 2007, desde la privatización de lo público y la penetración del gran capital en los sectores antes ocupados por autónomos y PYMEs, y posteriormente en una dificultad para la realización del beneficio al no encontrar nuevos sectores de producción en los que llevarlo a cabo. En este sentido creo muy recomendable la lectura de dos partes de un mismo artículo de Rolando Astarita.

No importa demasiado para los creadores de la ideología del capitalismo que sus explicaciones sean falsas. Centrar en lo financiero la causa de la crisis capitalista ayuda a ocultar que es en el mundo de la producción, sea esta material (de productos) o inmaterial (de servicios), donde se produce la explotación y la sobreexplotación de la clase trabajadora, su empobrecimiento salarial creciente y la causa de una caída del consumo que nos ha ido conduciendo a donde estamos.

Mientras tanto, y respetando los progres el orden burgués, sigan vendiéndonos transversalidades inclusivas y el soniquete del “si se quiere, se puede” (ya hemos visto en qué ha acabado la "ilusión democrática") y los pseuodocomunistas, anticomunistas en su práctica política, la huida de la responsabilidad de organizar a la clase en donde viven, planteándonos la defensa de monarquías medievales orientales con ojiva nuclear o boliburguesías corruptas y criminales contra su pueblo y, en concreto, contra los sectores populares. Nos va a ir a todos de fábula y a esos impostores aún mejor.

Para terminar, creo haber expuesto varios ejemplos de falacias y lo que ocultan. Les sugiero que continúen mediante sus comentarios otras que ocultan la realidad actual de la lucha de clases, porque ésta existe aunque sea la burguesa la que se emplea a fondo en ella, y de la dominación capitalista.

1 de agosto de 2019

EL VÉRTIGO POLÍTICO DE UNOS PACTOS QUE NO FUERON


Por Marat

"Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo al abismo, también éste mira dentro de ti" (Friedrich Nietzsche. “Más allá del bien y del mal”)

A estas alturas explicar cómo fueron los juegos florales que precedieron a las dos últimas sesiones fallidas de investidura del candidato Sánchez o cuáles fueron los pasos que condujeron al doble fiasco sería ocioso. Quienes hayan seguido el proceso ya tienen sus propias configuraciones de los hechos en sus cabezas.

Me parece mucho más interesante tratar de entender cuáles fueron las motivaciones -frenos en realidad- que llevaron a los dos protagonistas, Sánchez e Iglesias, principales del frustrado pacto de investidura a hacerlo fracasar.

El argumento aireado desde ciertos columnistas de la prensa de derechas de que Iglesias podría merendarse cuando quisiera a Sánchez en un gobierno de coalición, dada su supuesta mayor altura política, es pintorescamente falaz, dado que el Presidente del gobierno tiene siempre la potestad de nombrar y, sobre todo, de cesar ministros y hasta vicepresidentes del mismo. Recuérdese el caso de Alfonso Guerra y de su salida del gobierno González. Lo del menos sería la argumentación de los motivos, dado que en política, algo que debiera saberse, las decisiones preceden a las justificaciones.

En cualquier caso, las crisis de gobierno para cambiar a miembros o partes del ejecutivo son situaciones que los Presidentes de gobierno prefieren no verse en la necesidad de afrontar, mucho más en una situación como la que nos ocupa en la que la derecha y sus medios se han ocupado de anunciar como de administración débil, dado los apoyos que necesitaría para su constitución.

Tampoco parece que el argumento sostenido por Podemos y su entorno, “reconocido” por el propio Sánchez en noviembre de 2017 en el programa “Salvados”, espolón de proa televisivo de as progresía, de presiones por parte del IBEX (parece no haber otro capitalismo que el que representan estas empresas cotizadas para los progres) para que Podemos no entrase en el gobierno.

Es obvio que el capital tratará siempre de potenciar las posibilidades para formar gobierno a las opciones políticas que más le aseguren la continuidad en la realización de sus beneficios y de poner obstáculos a su logro por aquellos que puedan poner en peligro su acumulación de capital. Pero éste, el de Podemos, no es el caso.

No lo ha sido en el caso de la Comunidad de Castilla-La Mancha, no lo ha sido en los gobiernos municipales de Barcelona o de Madrid. En el de Madrid, la dedicación de la hasta hace muy poco socia de Podemos, señora Carmena, a reducir el gasto, también sus partidas sociales y a apoyar el pelotazo urbanístico del plan Chamartín no parecen medidas que amenacen demasiado los intereses del capital.

Por otro lado, la constante rebaja programática de Podemos desde su constitución en marzo de de 2014 indica una constante e incansable busca de la respetablidad burguesa dentro del supermercado de marcas electorales.

Si esto no fuera suficiente, el ejemplo del león griego (como le denominó Pablo Iglesias en el cierre de la campaña de Syriza en septiembre de 2015) Tsipras deja claro lo que cabe esperarse de la denominada “izquierda alternativa”.

Podemos es, como Iznogud, el califa en lugar del califa. Para entendernos la socialdemocracia que viene a llenar el hueco dejado por el social-liberalismo del PSOE, como la llamada izquierda radical europea hace con respecto a los partidos socialistas. Esto, y no otra cosa, es la izquierda de la izquierda. Y a estas alturas de la historia ya debiera quedar claro cuál ha sido el papel histórico de la socialdemocracia y su desfase actual respecto a un capitalismo que ya no necesita pacto social alguno, que da por superada la etapa del Estado del Bienestar y que en realidad es el que gobierna con títeres interpuestos, sean estos del color asumido que sean.

Al menos a Podemos, a pesar de la puesta en escena gritona e hiperventilada de sus huestes (radicales de salón), cabe admitirle una mayor dignidad que la de la Izquierda Unida de antes de Garzón y con Garzón, muchos de cuyos miembros se autodenominan comunistas, insultando a tan digna ideología, al igual que hacen los cabestros de la extrema derecha cuando tildan de comunista a Podemos. Una formación cuya autodenominación es la de “la izquierda” no es otra cosa que socialdemocracia mal disfrazada que intenta legitimarse desde el voto y su presencia en el circo parlamentario del Estado burgués. A la altura del siglo XXI los intentos de justificar su “parlamentaritis” (cretinismo parlamentario para Marx) con el recurso a la presencia de los bolcheviques en la Duma rusa prerevolucionaria indica que ni han aprendido las elecciones posteriores de la historia en cuanto a la “utilidad” que dan las lecciones a los comunistas y que ellos de tal no tienen nada.

Así pues, el argumento de las presiones de la CEOE que dio Sánchez para la no presencia de Podemos en un hipotético gobierno PSOE hace algo más de año y medio suena a cuerno quemado y a anticipación de la fase de disculpas cambiantes de estos meses para no integrarle en el mismo.

En realidad, los ataques mediáticos a Podemos y a Iglesias desde los medios de la derecha y la extrema derecha no son tan diferentes a los que le hacen al PSOE y a Sánchez, a pesar de que este partido y la izquierda no son otra cosa que una de las patas de la legitimación del orden político y económico de la burguesía y Sánchez un cínico sin escrúpulos ni ideología pero con una autoconfianza digna de mejor causa. Y es que para que la ficción de un pluralismo real funcione es necesaria una apariencia de tensión sistémica donde todo es consenso respecto al sistema de dominación del capital, cuyo instrumento de legitimación es la democracia burguesa, que cada vez se niega más a sí misma.

El motivo por el que Sánchez y el PSOE han hecho todo lo posible para evitar un auténtico gobierno de coalición no es otro que el de cobrarse la pieza de Podemos y de su dirección, acabando con este partido, al arrastrarle a unas nuevas elecciones generales.

Unas elecciones generales que le pueden costar al PSOE y a su secretario general la presidencia del gobierno, al desmovilizar a parte de su electorado, harto del espectáculo de estos meses. Pero Sánchez, animado por esa especie de Rasputín palaciego que es Iván Redondo, ha visto la ocasión para que los votos perdidos primero por Zapatero, un patético correveidile de las izquierdas, y después por el fallecido Pérez Rubalcaba, y guarecidos en Podemos durante estos años, vuelvan ahora a lo que en el pasado llamaban “la casa común de la izquierda”, el PSOE. Podemos ya cumplió su papel de guardar los votos del PSOE y ahora Sánchez pasa a recogerlos....si le sale bien la operación.

Luego habrá factores coadyuvantes y añadidos a la decisión de frustrar el pacto de gobierno de coalición por la dirección “socialista”, tales como el carácter errático e inestable de Iglesias o la imagen que pueda contaminar a un gobierno el tener un socio en descomposición política. Pero todos ellos son de orden menor y no la razón principal de la teatralización del desencuentro desde el PSOE.

Asistimos a una lenta recuperación del bipartidismo, no por la confianza en los dos grandes partidos (PP y PSOE) sino por la creciente decepción que van generando los ya no tan nuevos partidos (C´s y Podemos). La dirección del PSOE añora los viejos tiempos sino de las grandes mayorías de González sí al menos la del último Zapatero y sabe que la estabilidad la logrará en buena medida, aunque no en exclusiva (vuelve a a amenazar una nueva fase de la ya eterna crisis capitalista en el horizonte, lo que acabará con cualquier veleidad de incremento del gasto público) mediante mayoría absoluta o suficiente para gobernar cómodamente. Es la hora de que los votos del PSOE, guardados durante estos últimos 5 años en Podemos vuelvan a casa. E Iglesias también lo sabe.

Desde la actuación de Podemos la razón principal del fracaso de las negociaciones ha estado en la tensión entre la necesidad de ocupar “poder” para parar la hemorragia en sus filas y retener el máximo posible del voto que se le escapa como arena entre los dedos, por un lado, y por el otro, la intuición de Iglesias de que por mucho ministerio social que lograse, con contenido o sin él, la podadora de Bruselas iba a recortar el gasto al máximo -y sin él no el no hay política social ni reversión de anteriores recortes que valgan- y los pocos éxitos que el gobierno pudiese materializar los iba a capitalizar Sánchez y el PSOE y no el coletas ni Podemos, pues el primero sería el Presidente (él concentra la valoración de una administración) y el PSOE, por conformar la mayoría de los ministerios.

Como la Penélope de la Odisea, que deshacía por la noche lo que tejía por el día, el Podemos negociador, favorable al pacto y hasta contemporizador, mostrándose flexible y haciendo concesiones una detrás de otra (el sacrificio del Mesías redimiendo a los suyos) era saboteada por poner la entrada en el gobierno muy por delante del acuerdo programático, las exigencias en público de ministerios concretos, la demostración ante su auditorio de la desconfianza en el candidato a socio y la actitud de vigía receloso que exhibe sus exigencias como modo de control al gobierno, papel que le está encomendada a la oposición en una sistema de democracia formal.

Ingenuo papel este último pues no hay mayor vigilante sobre el gobierno, sea monocolor o compuesto, que el poder fáctico del capital, de sus medios de opinión, de las instancias judiciales del Estado y de los poderes en la sombra de los altos estamentos del funcionariado.

La realidad es que Iglesias temía que, al asumir Podemos sus parcelas de gobernabilidad adquiriese también la factura del coste social de carecer de autonomía de lo político para llevar a cabo políticas sociales con presupuesto real y suficiente en un país semiintervenido en lo económico desde las altas instancias de la UE y del capital.

Como el asno de Buridán que muere por inanición al no saber elegir entre un montón de avena y un cubo de agua (la versión dominante habla de dos montones de heno), Iglesias (el “negociador” Echenique fue solo su brazo tonto o chico de los recados, lo que ha sido siempre) entró en catatonía y finalmente implosionó en un fracaso de unas negociaciones (ahora sigue atrapado en el bucle del gobierno de coalición sin encontrar la puerta de salida) que el tahúr Sánchez jamás se planteó llevar a buen puerto, pues solo ganaba tiempo para agotar los plazos y convocar nuevas elecciones, que ya veremos si no son un fiasco, no solo para Podemos sino también para el PSOE y el propio Sánchez.

En realidad, ninguno de los dos actores, Sánchez e Iglesias, cada uno por distinto motivo, tenía intención real de un pacto de coalición de gobierno pero, como son malos actores y abusaron de la sobreexposición de su teatro de vodevil, se les notó demasiado, lo que ha acabado con la paciencia de un tipo de votante que oscila entre el cinismo y la penosa ingenuidad de creerse que hay diferencias reales entre los gobiernos de derecha y de izquierda, máxime en tiempos de crisis capitalista, en la que el gasto es absolutamente antagónico con el beneficio y la elevación de la tasa de ganancia.

Otras consideraciones de carácter más psicológico, como la mala sintonía entre los dos machos alfa, la desconfianza mutua, la torpeza de los negociadores y otros “relatos” queden para los Peñafieles de la opinión publicada y el chascarrillo fácil.