SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
14 de abril de 2013
¿POR QUÉ FOUCAULT SE ESTUDIA TANTO EN LA ACADEMIA?
John
Zerzan (*
). Grupo Antimilitarista Tortuga
En 1985, el sida se llevó a la influencia más
ampliamente conocida del posmodernismo, Michel Foucault. Llamado a veces "el filósofo de la muerte del
hombre" y considerado por muchos como el mayor de los discípulos
modernos de Nietzsche, sus amplios estudios históricos (por ejemplo, sobre la
locura, las practicas penales o la sexualidad), lo hicieron bien conocido,
aparte de que éstos por sí mismos sugieren diferencias entre Foucault y el
relativamente más abstracto y ahistórico Derrida. Como hemos dicho, el
estructuralismo había devaluado con energía al individuo a partir de
fundamentos mayormente lingüísticos, en tanto que Foucault caracterizaba al "hombre (como) sólo una invención reciente, una forma que no ha cumplido aún los
doscientos años, un simple pliegue de nuestro conocimiento que pronto
desaparecerá". Su énfasis está puesto en la explicación del "hombre" como aquello que se
representa y se produce como un objeto, específicamente como una invención
implícita de las modernas ciencias humanas. A pesar de su estilo personal, las
obras de Foucault se hicieron mucho más populares que las de Horkheimer y
Adorno (por ejemplo, la Dialéctica de la Ilustración) o las de Erving
Goffman[1], en la misma línea de descubrir el programa secreto de la
racionalidad burguesa. Foucault señaló que fueron las tácticas "individualizadoras" puestas
en juego por las instituciones clave a comienzos del siglo XIX (la familia, el
trabajo, la medicina, la psiquiatría, la educación), con sus roles
disciplinarios y normalizadores dentro de la modernidad capitalista emergente,
las que crearon al "individuo"
por y para el orden dominante.
Típicamente posmodernista, Foucault rechaza el
pensamiento originario y la noción de que hay una "realidad" detrás o
por debajo del discurso prevaleciente de una época. Además, el sujeto es una
ilusión creada esencialmente por el discurso, un "yo" constituido más allá de los usos lingüísticos
imperantes. Y así, ofrece sus detalladas narraciones históricas, llamadas "arqueologías" del saber, en
lugar de concepciones teóricas, como si ellas no llevaran consigo ninguna
ideología o supuestos filosóficos. Para Foucault no hay fundamentos de lo
social que puedan ser aprehendidos más allá del contexto de los variados
períodos, o epistemes, como los denomina; los fundamentos cambian de una
episteme a otra. El discurso dominante, que constituye a sus sujetos,
aparentemente se da forma a sí mismo; es éste un planteamiento bastante inútil
para la historia, que resulta sobre todo del hecho de que Foucault no hace referencia
alguna a los grupos sociales, sino que se centra por completo en sistemas de
pensamiento. Otro problema surge de su concepción de que la episteme de una
época no puede ser conocida por aquellos que actúan dentro de ella. Si la
conciencia es precisamente la que, según el propio Foucault, no logra ser
consciente de su relativismo, o saber lo que podría tener en común con
epistemes precedentes, entonces la propia conciencia elevada y abarcadora de
Foucault resulta imposible. Esta dificultad es reconocida al final de La
arqueología del saber (1972), pero permanece sin respuesta, como un problema
inocultable y obvio.
El dilema del posmodernismo es este: ¿cómo es
posible afirmar la categoría y validez de sus enfoques teóricos, si no se
admiten ni la verdad ni los fundamentos del conocimiento? Si eliminamos la
posibilidad de fundamentos o modelos racionales, ¿sobre qué base podemos
operar? ¿Cómo podemos entender qué clase de sociedad es aquella a la que nos
oponemos y, menos aún, llegar a compartir semejante entendimiento? La
insistencia de Foucault en el perspectivismo nietzscheano nos traslada al
pluralismo irreductible de la interpretación. Sin embargo, Foucault relativizó
el conocimiento y la verdad sólo en cuanto estas nociones se vinculan a
sistemas de pensamiento distintos a los suyos. Cuando se lo presionaba sobre
este punto, admitía que era incapaz de justificar racionalmente sus propias
opciones. De tal modo, el liberal Habermas declara que los pensadores modernos
como Foucault, Deleuze o Lyotard son "neoconservadores",
al no ofrecer ninguna argumentación coherente para orientarnos en una dirección
social antes que en otra. La adopción posmodernista del relativismo (o "pluralismo") significa
también que no hay nada que pueda impedir la perspectiva de que una tendencia
social reclame el derecho a imponerse sobre otra, ante la imposibilidad de
determinar los modelos.
El tema del poder, de hecho, fue central para
Foucault y los modos en que lo trató son reveladores. Escribió sobre las
instituciones significativas de la sociedad moderna como unidas por una
intencionalidad de control, un "continuum
carcelario" que expresa la lógica final del capitalismo, de la cual no
hay escape. Pero el poder en sí mismo, determinó, es una red o campo de
relaciones donde los sujetos son constituidos como los productos y los agentes
de aquél. Todo participa así del poder, y de tal forma nada se obtiene
intentando descubrir un poder opresivo, "fundamental",
para luchar en contra de él. El poder moderno es insidioso y "viene de todas partes". Como
Dios, está en todos los sitios y en ninguno a la vez.
Foucault no encuentra ninguna playa debajo de los
adoquines, ningún orden "natural"
en absoluto. Sólo existe la certeza de regímenes de poder sucesivos, a cada uno
de los cuales se debe resistir de algún modo. Pero la aversión típicamente
posmodernista de Foucault a la entera noción de sujeto humano hace muy difícil
ver de dónde podría provenir esa resistencia, no obstante su concepción de que
no hay resistencia al poder que no sea una variante del poder mismo. Respecto
al último punto, Foucault alcanzó un callejón sin salida adicional, al
considerar la relación del poder con el conocimiento. Llegó a verlos como
inextricable y ubicuamente ligados, implicándose directamente el uno al otro.
Las dificultades para seguir diciendo algo sustancial a la luz de esta
interrelación hizo que renunciara a la larga a una teoría del poder. El
determinismo implícito significó, en primer lugar, que su compromiso político
se hiciera cada vez más superficial. No resulta difícil entender por qué el
foucaltismo fue enormemente promovido por los medios, mientras que el
situacionismo, por ejemplo, era ignorado.
Castoriadis se refirió una vez a las ideas de
Foucault sobre el poder y la oposición a éste, como "Resistid si eso os divierte, pero sin una estrategia, porque
entonces ya no seréis más proletarios, sino poder". El propio
activismo de Foucault ha intentado encarnar el sueño empirista de una teoría -y
una ideología- libre de teoría, la del "intelectual
específico" que participa en luchas limitadas, particulares. Esta
táctica considera a la teoría sólo en su uso concreto, como un maletín de
herramientas ad hoc para campañas específicas. Sin embargo, a despecho de sus
buenas intenciones, la circunscripción de la teoría a una serie de "herramientas" inconexas y
perecederas no sólo rechaza una concepción general explícita de la sociedad,
sino que también acepta la división general del trabajo que está en el corazón
de la alienación y la dominación. El deseo de respetar las diferencias, el
saber particular y demás rechaza la sobrevaluada tendencia totalitaria y
reductiva de la teoría, pero sólo para aceptar la atomización del capitalismo
avanzado con su fragmentación de la vida en las estrechas especialidades que
son el ámbito de tantos expertos. Si "estamos
atrapados entre la arrogancia de analizar el todo y la timidez de inspeccionar
sus partes", como señalara adecuadamente Rebecca Comay, ¿de qué modo
la segunda alternativa (la de Foucault) representa un avance sobre el
reformismo liberal en general? Esta parece ser una cuestión especialmente
pertinente cuando se recuerda hasta qué punto la empresa total de Foucault
estuvo orientada a desengañarnos de las ilusiones de los reformadores
humanistas a lo largo de la historia. De hecho, el "intelectual específico" viene a ser un intelectual más
experto, un intelectual más liberal que ataca problemas específicos antes que
la raíz de éstos. Y al contemplar el contenido de su activismo, que se
desarrolló principalmente en el campo de la reforma penal, la orientación es
casi demasiado tibia como para calificarla incluso de liberal. En los años 80,
Foucault "intentó reunir, bajo la
égida de su cátedra del Colegio de Francia, a historiadores, abogados, jueces,
psiquíatras y médicos relacionados con la ley y el castigo", de
acuerdo con Keith Gandal. A todos los policías. "El trabajo que hice sobre la relatividad histórica de la forma
prisión", dijo Foucault, "fue
una incitación para tratar de pensar en otras formas de castigo".
Obviamente, aceptaba la legitimidad de esta sociedad y la del castigo; no más
sorprendente fue su descalificación final de los anarquistas como seres
infantiles por sus esperanzas en el futuro y su fe en las posibilidades
humanas.
(*) Fragmento del Ensayo La catásfrofe del posmodernismo (el título
del artículo no es el original)
13 de abril de 2013
EL GOBIERNO PREPARA UNA LEY QUE PERMITA PRIVATIZAR TAREAS DE SEGURIDAD Y ORDEN PÚBLICO
Vigilante jurado y policía, equiparados en pie de
igualdad
Manuel Arias.Diario Progresista
Después de privatizar la Sanidad, la Educación, los
Servicios Sociales, ahora le llega turno al Orden Público y la Seguridad. El
Consejo de Ministros ha aprobado el informe presentado por el ministro de
Interior, Jorge Fernández, sobre el Anteproyecto de Ley de Seguridad Privada,
que abre la puerta a transformar la seguridad ciudadana en un nuevo negocio
privado. Además de permitir nuevas actividades a las empresas, el Gobierno
establece la "complementariedad" entre seguridad pública y privada.
Sin complejos, como le
gustaba alardear al anterior jefe de la derecha, el siempre recordado José
María Aznar. El Gobierno pretende reforzar el papel de las empresas privadas de
seguridad, abriendo la puerta –de par en par- para la transformación de una
actividad tan tradicionalmente pública, como garantizar la seguridad, la vida y
las propiedades de los ciudadanos convirtiéndolo en un lucrativo negocio para
que sea explotado a conciencia por grupos empresariales.
El primer paso para sentar
las bases de esta privatización es alterar el status tradicional que ambas
entidades, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, por una parte, y las
compañías privadas de seguridad, por otra, mantenían desde 1992, cuando se
aprobó la normativa que regulaba los
servicios privados de seguridad. En aquella Ley, se establecía la subordinación
de lo privado a lo público. Ahora, el PP quiere poner en pie de igualdad los
dos estamentos y establece la “complementariedad” en pie de igualdad, de un
guarda jurado y un policía o guardia civil. Además, las empresas privadas
tendrán acceso a las investigaciones y ficheros de la Policía, ‘en justa
reciprocidad’ a que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado puedan
acceder a las investigaciones que realicen estas empresas.
Por si quedaba alguna duda,
la reseña del Consejo de Ministros establece que “el nuevo texto incorpora el principio de complementariedad entre la
seguridad privada y pública, considerando aquélla un recurso externo de ésta,
mientras que la normativa aún vigente pone el acento exclusivamente en el
principio de subordinación de la seguridad privada a la pública. En este
contexto, los principios de irrenunciable preeminencia de la seguridad pública
sobre la privada y de complementariedad, cooperación y corresponsabilidad
constituyen los ejes rectores de esta nueva norma”.
Además, una vez establecida
la equiparación, el ministerio de Interior, en su informe, establece lo que, a
todas luces, parece anticipar una amortización de funcionarios públicos. Así,
tras felicitarse por el extraordinario crecimiento que en los últimos años ha
experimentado el sector privado, el sector está compuesto por casi 1.500
compañías, con una plantilla de unas 90.000 personas y una facturación de 3.600
millones de euros, según los últimos datos disponibles correspondientes al
ejercicio 2011 y citados en el informe.
Tras recordar que estas
cifras sitúan a “España como uno de los países que lidera este sector”, el informe
lamenta que nuestro país es uno de los Estados de Europa con más policías por
habitante (528 agentes por cada 100.000 habitantes, frente a los 385 de media
de la Unión Europea). Mientras, el número de los vigilantes privados se sitúa
en unos 200 por cada 100.000 habitantes, 71 menos que la media de la Unión
Europea. Vamos, que blanco y en botella.
Nuevas "áreas de negocio"
Con la excusa de dotar de “mayor seguridad jurídica” a las
empresas privadas, la nueva Ley, según el informe, fijará el ámbito material y
la finalidad a la que sirve la seguridad privada y determina las actividades
compatibles con las propias de la seguridad privada. Además, incorpora la
investigación privada a las actividades de las empresas de seguridad y matiza
el principio de exclusión de la seguridad privada en espacios públicos,
excesivamente rígida y obsoleta. Traducido, los vigilantes jurados podrán
actuar en cualquier lugar y podrán desarrollar labores de investigación, algo
hasta ahora acotado a los servidores públicos.
Por si fuera poco, el
informe señala, a título de ejemplo y no como enumeración exhaustiva, algunos
de los nuevos negocios que se ofrecerán en bandeja de plata a las compañías
privadas, detrayendo esta funciones, como parece obvio de unos Cuerpos y
Fuerzas de Seguridad que el informe, recordemos, juzga como excesivamente
dimensionados.
Así, entre las nuevas
actividades que la Ley permitirá realizar a las empresas privadas, además del
amplísimo y nebuloso cometido ya citado de labores de investigación policial,
figura la gestión y respuesta a las alarmas en domicilios y empresas, hasta
ahora atendido por la Policía o Guardia Civil cuando el incidente podía cobrar
alguna importancia, la vigilancia integral de polígonos, urbanizaciones y zonas
comerciales peatonales y, como guinda, la vigilancia perimetral de las
prisiones. Gracias al ministro Fernández, los barrios y urbanizaciones exclusivas
ya podrán contar con su propia y exclusiva policía privada y, además, los
malhechores arrestados en estas privilegiadas zonas, también podrán ser
vigilados –caso de ser condenados a prisión- por estos cuerpos de seguridad
privados.
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