Por Marat
El 13 de enero de 2026 -23 azar de 1404 del calendario persa- la prensa española anuncia el descenso de la ola revolucionaria iraní tras más de 700 asesinados según Iran Human Rights, que cree que el número de muertos podría ascender a varios miles (más de 2.000 según el régimen) y cerca de 20.000 detenidos por el islamofascismo del país, una parte delos cuáles podría ser condenado a muerte,
Llamativamente esta afirmación sucede de forma inmediata a la movilización en Teherán de miles de partidarios de la dictadura de la clerigalla chiita.
Cuando una dictadura cree haberse bañado en sangre suficientemente, y empezar a controlar la rebelión social, saca a manifestarse en apoyo al sistema político a los sectores más motivados de su base social, principalmente a miembros del núcleo duro de su funcionariado, de su lumpenburguesía, beneficiada por la corrupción del Estado, e incluso de una fracción de los desclasados que viven de la marginalidad, el delito o la beneficencia privada o pública. Las clases más privilegiadas prefieren el anonimato antes que exhibir públicamente su imagen. Si cambia el viento de la historia ellos acompañarán, salvo que la revuelta tome un nuevo impulso y éste amenace su posición de clase.
Desde el 28 de diciembre del pasado año gran parte de la población iraní, inicialmente los comerciantes del Gran Bazar de Teherán y otros centros comerciales de la capital, iniciaron protestas contra la feroz y corrupta teocracia que gobierna el país, al grito colectivo de “azadi” (libertad en farsi). Pronto se unieron a las movilizaciones unas 250 localidades de 27 provincias.
Aunque la protesta, pronto convertida en levantamiento popular, la inició la pequeña, mediana y gran burguesía tradicional de los bazares, rápidamente se extendió entre estudiantes y trabajadores, mujeres y hombres, lo que resulta lógico, ya que la situación afecta de un modo mucho más marcado a las clases populares.
La profundización de la crisis económica iraní, acentuada por las sanciones económicas de EEUU, que se concretó en la subida de los precios de los alimentos (72%), la depreciación del rial (81% en un año) y una inflación del 42%, unida a la crisis hídrica que ha agotado el 60% de los acuíferos del país, explica en buena medida el detonante de las protestas de esta fase de la revuelta en el país.
Pero esos datos estarían incompletos si olvidásemos el modo en el que la crisis económica del país afecta a la población. Según expresa en su artículo “La miseria de Irán” el economista marxista británico Michael Roberts en un artículo de junio de 2025, cuando aún no había tocado fondo la situación económica
“Aproximadamente el 33% de los iraníes vive por debajo del umbral oficial de pobreza. La tasa de desempleo juvenil se acerca al 20%, y la mitad de los hombres de entre 25 y 40 años están desempleados y no buscan trabajo activamente”
“El expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad afirma que el 60% de la riqueza nacional está controlada por tan solo 300 personas, la mayoría de las cuales trasladan su patrimonio al extranjero para comprar bienes raíces en el extranjero o guardarlo en cuentas secretas. Según la Base de Datos Mundial sobre la Desigualdad, el 1% de los iraníes con mayor riqueza posee el 30% de toda la riqueza nacional, el 10% más rico posee casi dos tercios, mientras que el 50% más pobre posee solo el 3,5%”.
“Antes del diluvio de la guerra, el malestar laboral había ido en aumento a medida que los trabajadores exigían salarios más altos para mantenerse al día con la inflación. El Consejo Superior del Trabajo propuso recientemente un salario vital de referencia de 23,4 millones de tomanes , pero los trabajadores argumentaron que el costo real de la vida es de al menos 29 millones de tomanes. El salario mínimo propuesto por el gobierno de 14 millones de tomanes ha provocado indignación, ya que está muy por debajo de la línea de pobreza. Según la agencia de noticias estatal ILNA , una petición que exigía un aumento salarial del 70% había reunido más de 25.000 firmas de los trabajadores. Ali Moqaddasi-Zadeh, jefe de los Consejos Islámicos del Trabajo en Jorasán del Sur, advirtió en febrero pasado: "Con una estimación del costo de vida de 23 millones de tomanes, los trabajadores se verán obligados a vivir en barrios marginales y sin hogar. El próximo año será uno de inflación extrema y penurias a menos que el gobierno tome medidas".
Debemos saber también, según la misma fuente que
“El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) controla aproximadamente un tercio de la economía iraní a través de filiales y fideicomisos. El CGRI cuenta con más de cien empresas con ingresos anuales de 12 000 millones de dólares. Recibe la mayor parte de los grandes proyectos de infraestructura. En 2024, el CGRI recibió 12 id000 millones de euros, equivalentes al 51% de todos los ingresos del petróleo y el gas”.
Y también que
“En 2005, los activos gubernamentales se estimaban en 120.000 millones de dólares. Pero desde entonces, la mitad de estos activos han sido privatizados. El resultado es que la economía está siendo vaciada por los mulás y la élite militar, mientras que la inversión de los sectores capitalistas es escasa o nula”.
Se trata de un régimen corrupto, genocida y plutocráticamente capitalista dispuesto a morir matando.
Lo interesante y, a su vez peligroso, es que que el sujeto inicial de las protestas haya sido el grupo social de los comerciantes del Gran Bazar de la capital y otros bazares de Teherán y provincias.
Este segmento inicial de la revuelta ha sido históricamente fiel a la dictadura teocrática “ayatolá” desde la involución (que ellos llaman revolución) islámica.
El hecho de que en esta ocasión ellos hayan sido quienes tomaron en las revueltas indica hasta qué punto el poder de los clérigos está resquebrajándose, ampliándose con ellos, más cualitativa que cuantitativamente, la desafección de los partidarios.
El peligro se encuentra en que la burguesía de los bazares es una clase, con sus propias fracciones de clase, mucho más cohesionada en la conciencia de sus propios intereses (el mantenimiento de sus privilegios dentro de un sistema capitalista), posiblemente, a medio plazo, capaz de articular una hoja de ruta propia, que las organizaciones políticas y sindicales de la clase trabajadora iraní, diezmada por decenios de clandestinidad, represión, cárcel y muerte y profundamente desunida.
Aunque la estructura de clases iraníes deba tomarse con precaución si se pretende un análisis marxista de las mismas, dado el factor etnoreligioso que articula el poder social y político, la composición de clases sería la siguiente:
La clase alta del poder religioso y sus aliados del gran capital. Representa el 7% de Irán. Su alianza se romperá cuando se descomponga el sistema de poder. El gran capital aceptará la mentira democrática porque permitirá su dictadura de clase.
La clase media de profesionales y pequeños comerciantes. Antes del caos social, provocado por la actual crisis económica eran el 32% de la población. Hoy son una clase en descomposición. Son una fuerza potencialmente reaccionaria hacia el pasado si no encuentran alianzas transformadoras a as que unirse.
La clase trabajadora formada por el 45% de la población. Casi una mayoría social. En esta circunstancia social, en la que hay que disparar contra los relojes podemos preguntarnos si debe despreciarse a ese lumpenproletariado de los basijs y de los que viven en la calle.
A pesar de la cohesión que muestra la burguesía comercial iraní, y por la debilidad de las organizaciones de trabajadores, las revueltas aún carecen de una dirección tanto programática como de liderazgo político que continúe impulsándolas hacia unos objetivos políticos concretos, más allá de la protesta por el encarecimiento de los precios, la corrupción del gobierno y el fin del régimen, que se ha concretado en el grito de “Muerte a Jamenei” y”Muerte a la dictadura”.
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