Tranquilos, el día de Reyes todos los votantes giliprogres, de rojos nada, recibirán su juego de mesa “Házle un Varoufakis a la decencia política”.
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
30 de diciembre de 2015
"HACER UN VAROUFAKIS", EL REGALO POLÍTICO DE ESTAS NAVIDADES
Por
Marat
A
Yanis Varoufakis ya pocos le recuerdan. Entre la socialdemocracia
realmente existente -parece inútil recordar al personal que la
socialdemocracia ya no la representan los PPSS, puesto que se han
reconvertido desde los 90 en social-liberales, sino los excomunistas,
con o sin cambio de nombre, y el populismo “ni de izquierdas ni
de derechas”- se ha extendido una suerte de Alzheimer selectivo
que le ha llevado a olvidar a todo lo que tenga que ver con Syriza y
hasta con Grecia.
Muy
lejos, aunque muy cerca en el tiempo, quedan los actos conjuntos
entre miembros de IU y de Podemos con su homólogo griego y los
abrazos con Tsipras y otros dirigentes del partido del oxi (no)
transformado en nai (sí) a los dictámenes del capital europeo. Esta
amnesia es tan profunda como la desvergüenza y cinismo de dirigentes
y gran parte de las bases de ambas franquicias españolas respecto al
que consideraban su gran referente europeo. Pasaron del amor a la
indiferencia sin autocrítica alguna respecto a porqué habían
instituido a Syriza en su modelo político en un pispás (“Es
tan breve el amor y tan largo el olvido”. Pablo Neruda). A
Varoufakis intentaron estirarle unas semanas más como héroe
resistente y rebelde con causa tras la caudicación de su partido y
del gobierno del que formaba parte hasta entonces, simplemente por su
postureo como “enfant terrible” para la hinchada y por
haber dimitido como Ministro de Finanzas griego; dimisión que fue en
realidad un cese fulminante ejecutado por su amigo Alexis Tsipras
para corroborar que el orden reinaba en Berlín y mucho más en
Atenas.
Pero
Varoufakis no era un héroe. Sólo un bufón en manos de un monigote,
Tsipras, al que el capital manejó a su antojo incluso antes de ganar
las elecciones, cosa que muy pocos han querido saber en todo este
tiempo.
Poco
antes de sus horas amargas, tuvo cierto éxito una expresión: “hacer
un Varoufakis”. Para cada uno de quienes han empleado esta
expresión significa algo distinto. Y es lógico que así sea, en la
medida en que uno acomoda los conceptos a su propia ideología.
Para
ciertas personas de derecha, “hacer un Varoufakis” es insultar a
quienes pueden prestarte el dinero que necesitas y luego pedírselo.
Para cierta “progresía” es dimitir, vulgarmente “darse el
piro” y hacerlo con elegancia. Para mí es puro postureo.
Vestirse de Leónidas el espartano para comportarse finalmente como
Arquíloco, el poeta soldado:
“Un
sayo ostenta hoy el brillante escudo
que
abandoné a pesar mío junto a un florecido arbusto.
Pero
salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo?
Peor
para él. Uno mejor me consigo”
Ya
nadie reivindica a Varoufakis, como tampoco a Tsipras o Syriza, salvo
los necios.
Pero
Varoufakis se resiste a ser olvidado. Como les sucede a otros
antiguos protagonistas -Aznar, González, Blair,…-, Varoufakis
quiere sacar la cabeza de la ingrata losa con la que le ha cubierto
la historia como, por otra parte, les sucede a casi todos los que
ayer fueron alumbrados por los focos de la mercadería política,
atentos ahora a otros productos y marcas personales.
Varoufakis
se ha descolgado apenas hace dos semanas con una propuesta de “red
o movimiento progresista europeo” que democratice Bruselas.
Afirma
el ex Ministro griego que “hay que meter a la gente que
desprecia la democracia bajo control de los ciudadanos”. Y en
línea con las tonterías que nos suelen regalar en España Iglesias
o Errejón añadió: "es mejor prender una pequeña vela que
maldecir la oscuridad".
Para
el gran falsario Varoufakis el mal no está en el capitalismo que se
apropia de lo público, destruye las conquistas históricas de la
clase trabajadora, empobrece a millones de personas y establece una
nueva forma de acumulación por desposesión.
Para
los charlatanes y farsantes como Varoufakis o Iglesias el origen del
dolor social no tiene que ver con una formación social y económica
concreta que refleja una estructura de clases profundamente desigual,
la cual en las crisis capitalistas se desvela con toda su crudeza.
Para
lo que están donde les han colocado sus amos -sólo los majaderos y
los ignorantes creen que los políticos alcanzan un lugar concreto
mediante el sufragio- es para señalar al espantajo institucional
(euro, Banco Central, Troika, Eurogrupo o lo que toque en cada
momento) y escamotear de la vista pública al poder real: el de las
grandes corporaciones industriales y financieras capitalistas que
dictan las políticas generales.
Por
eso este tipo de mamarrachos hablan de déficit democrático europeo.
“Odian la democracia, la tratan con menosprecio” dice el
curilla Varoufakis, refiriéndose a las instituciones de la UE.
Pretende este sujeto que todos ignoremos el carácter profundamente
oligárquico de origen de la democracia, sí, de la ateniense, la
primera. ¿Acaso votaban los ilotas (esclavos) o los metecos
(extranjeros) en Atenas? ¿Acaso no eran una minoría, ciudadanos
atenienses, libres y con propiedades quienes votaban y eran elegidos?
La democracia desde entonces a hoy es la democracia de una clase, por
mucho que ahora el derecho de sufragio sea universal (no para la
mayoría de los extranjeros en un país) y para una clase. ¿Qué
dicen al respecto la gran mayoría de los partidos con representación
parlamentaria? Que representan el interés general, a todos los
ciudadanos. Aludían Marx y Engels en “La ideología alemana”
a esa tendencia a disfrazar de colectivo lo particular al señalar
“la forma tergiversada bajo la que la beata e hipócrita
ideología del burgués proclama sus intereses propios y específicos
como intereses generales”.
Y
es que, en el fondo, Varoufakis no engaña, o sólo a lo hace a los
que quieren ser engañados: “Los problemas y las luchas de los
europeos son tan comunes que se puede crear una identidad paneuropea.
Si no lo hacemos, la UE se romperá. Somos la mejor oportunidad para
que la UE sobreviva”. Lo dejó
claro este autodefinido como “marxista errático”,
en el fondo un neokeynesiano que pide para la UE un nuevo New Deal,
cuando afirmó aquello de "La
cuestión que concierne a los radicales es esta: ¿deberíamos darle
la bienvenida a esta crisis del capitalismo europeo como una
oportunidad para reemplazarlo por un mejor sistema? ¿o deberíamos
estar preocupados respecto a como embarcarnos en una campaña para
estabilizar al capitalismo europeo?".
Y por si había dudas sobre el sentido de la respuesta a tal
disyuntiva, se respondió a sí mismo: "Para mí, la
respuesta es clara: Es menos probable que la crisis europea de a luz
a una mejor alternativa al capitalismo a que desate peligrosamente
fuerzas regresivas que tienen la capacidad de ocasionar un baño de
sangre humanitario, al mismo tiempo que extinguen las esperanzas de
movimientos progresivos para las generaciones futuras." En
román paladino, para
que no venga algo peor, apuntalemos a este capitalismo. Por
si alguno de ustedes creen que no es esa la intención que subyace
bajo sus palabras, el ex Ministro se empeña en que se le entienda de
modo suficientemente claro, para que no haya duda alguna
respecto a lo que quería decir:
"defender a un repugnante capitalismo europeo cuya implosión, a
pesar de sus muchos males, debe ser evitada a toda costa". Algo
así como qué asco me da usted pero me sacrificaré y le haré todo
lo que me pida y algún extra de regalito. De
ahí su obsesión con salvar sus instituciones europeas: la UE, la
unión de los mercaderes del capital.
Eso
son hoy los Varoufakis, los Tsipras, los Iglesias, los Errejones, los
cantamañanas como Monedero, títeres de refresco del capital ante
otras opciones ya quemadas. Y lo mismo cabe decir de los grupos
-IU/UP- que plantean la posibilidad de la salida del euro pero no de
la UE, como si ambos no representasen exactamente lo mismo.
Por
extensión, en nuestra realidad nacional hay muchos otros casos que
ejemplifican bien lo que es “hacer un Varoufakis”.
Es
“hacer un Varoufakis” reunirse en campaña de las generales, como hicieron los concejales
podemitas de Ahora Madrid, con los trabajadores en lucha de Coca-Cola
de Fuenlabrada, con los cuáles la marca se ha negado a cumplir las
obligaciones a las que estaba obligada por resolución judicial,
permitir luego el ayuntamiento podemita madrileño la colocación del
obsceno árbol navideño de la misma marca y responder, ante las
críticas de dichos trabajadores, de manera infame, mentirosa y
desvergonzada que creían que el conflicto ya se había resuelto,
cuando al visitarlos sabían que no era así.
“Hacer
un Varoufakis” es que la señora Carmena dijese al poco tiempo de
tomar posesión como alcaldesa de Madrid que se planteaba
remunicipalizar la limpieza viaria, salir luego con el globo sonda de
encargar dichas tareas a diversos colectivos de mujeres, mantener
después los acuerdos del PP de Ana Botella con las empresas
concesionarias privadas del servicio de limpiezas, proponer un
servicio social de trabajo universitario para que esos jóvenes
ayuden a limpiar la ciudad, con el consiguiente ahorro de puestos de
trabajo, para, finalmente, acabar sorprendiéndose ante un ERTE de
OHL y Valoriza-Sacyr, dos de las empresas concesionarias de la
limpieza municipal, que suspenderá temporalmente de empleo a 300
trabajadores. La firmeza de la Tierna Carmena ya la conocemos:
concesiva y claudicante de manera absoluta con el capital y flexible
hasta la nausea con el dolor de los trabajadores.
“Hacer
un Varoufakis” es presentarse como alguien que quiere hacer desde
el ayuntamiento políticas de igualdad y acabar practicando la
caridad de la iglesia católica invitando a cenar el día de
Nochebuena a unos 200 indigentes con la ONG Mensajeros de la Paz,
como ha hecho la señora Manuela Carmena, al igual que antes hacía
su predecesora Ana Botella del PP. Ni a socialdemócrata llega la
primera, pues son políticas socialdemócratas las que intentan
disminuir las desigualdades sociales desde una cierta “justicia
reparadora” frente al humillante “siente un pobre a su mesa en
Navidad” o, peor aún, vaya a acompañarle un rato a cenar que,
luego cuando acabe de hacerlo, ya sabe él cuál es su sitio: la fría
noche de la calle o el triste y humillante albergue.
“Hacer
un Varoufakis” es plantear en campaña que no se cedería ante los
intereses especulativos de desarrollos urbanísticos como la
“Operación Chamartín” para luego ir modulando el discurso desde
el “así no” hasta el “queremos trasladarle nuestra
voluntad de desatascar la operación. Fomento debe trabajar de la
mano con el Ayuntamiento en las cosas discutibles del proyecto, la
cifra de edificabilidad total del ámbito y el coste de las
infraestructuras, en el que el Ministerio tiene mucho que decir”
en palabras del Concejal de Desarrollo Urbano “Sostenible” (las
palabras lo aguantan todo), el señor don Ladrillo José Manuel Calvo
(de Ahora Madrid).
Por
en medio quedan las fotos de Manuela Carmena retratándose del
bracete de Cristina Cifuentes, tras comer juntas y “acabar” con
desacuerdos Comunidad de Madrid-Ayuntamiento o de la señora Carmena
en el palco del Real Madrid con el gran especulador inmobiliario y
del ladrillo Florentino Pérez, Presidente del Real Madrid, del grupo
constructor ACS y comprador de políticos en cada temporada.
Resuelta
la cuestión legal que impedía la edificabilidad de viviendas en más
de tres alturas por el PP de la Comunidad de Madrid, al derogar la
anterior Ley del Suelo, unos días después del amigable paseo de las
dos madres de la patria madrileña, ya sólo quedan detalles menores
por parte de los podemitas municipales, como la propuesta de que se
construya un menor número de viviendas dentro del proyecto-pelotazo
“Operación Chamartín”. Eso sí, Ramón Espinar hijo de un padre
corrupto y tarjeta-black del PSOE, pudo tirarse el rollo en el
Parlamento Autónomo de que “se va a mercadear en grandes
operaciones como Chamartín o Mahou-Calderón porque una parcela con
una edificabilidad de ocho o diez alturas vale mucho más que una de
tres alturas”. En cada institución dicen una cosa opuesta para
consumo de forofos del partido de los círculos y de su adorada
alcaldesa. Quiero recordar que sobre la eventualidad de que la señora Carmena y su ejército de ediles saltimbanqui-podemitas se apuntaran al pelotazo de la Operación Chamartín ya escribí hace 6 meses. La evolución de los acontecimientos parece darme la razón.
“Hacer
un Varoufakis” es ir de empresario de la comunicación
progre-trotsko-podemita, como el señor Roures (sí, el de Público y
La Sexta, las sedes oficiosas de Podemos) o como la señora Ada
Colau, alcaldesa en cuya ciudad continúan los desahucios pero ahora
con sordina, que decía que los derechos de las personas deben estar
por encima de los intereses económicos particulares, lo que en su
boca era una mentira indecente, al defender la dación en pago, y
acabar siendo ambos socios circunstanciales en una operación
especulativo-urbanística con el intento de venta en Noviembre pasado
del edificio Imagina de Barcelona (70% del edificio es propiedad de
Imagina Media Audiovisual, 30% restante es del Ayuntamiento). De
haberse consumado, el pelotazo hubiera significado un montante de 30
millones de euros, a repartir como buenos socios. Habrá segundo
intento.
Por
cierto, “hacer un Varoufakis” por parte del señor Roures es ir
de empresario progresista y ser un moroso que debe a Hacienda a
través de Mediapubli, la antigua editora de Público, 1.622.516,62
euros. Eso sin contar el dinero que aún adeuda a los antiguos
trabajadores del panfleto digital.
No
sé si finalmente Pablo Iglesias hará un Varofakis con su propuesta
de referéndum para Cataluña -¿sólo para Cataluña? ¿Por qué no
también para Euskadi y Galicia? ¿Acaso no hay allí fuerzas
soberanistas?- pero, de momento, ya ha anunciado que su prioridad es
la Ley 25 de emergencia social, a sabiendas de que sin la derogación
del artículo 135 de la Constitución y muy especialmente de la Ley
Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera
(LOEPFS), cuyo contenido está vinculado directamente al Pacto Fiscal
Europeo, es otro brindis al sol en línea con el programa económico
podemita. Y esa derogación no se producirá porque Bruselas ya le ha
dicho que alegrías económicas ninguna. ¿Acaso alguien es tan
cínico de afirmar que Iglesias haría algo distinto a Tsipras? El
propio Iglesias ya aclaró hace tiempo que Syriza hizo lo único que
se podía hacer. Y remachó: "Cuando en política no tienes
poder, no tienes nada, porque no cuentan las razones", y "un
Estado del sur de Europa tiene muy poquito poder".
De
momento Iglesias gana tiempo, pone un señuelo, que por la situación
económica y social de millones de personas puede que le funcione
relativamente bien, por delante del referéndum, la ley de emergencia
social y juega a favor de la repetición de unas elecciones en las
que sólo el PP y Podemos saldrían beneficiados. Pero para entonces
estaríamos ya en Mayo y, bien podría empezar a difuminarse su propuesta de
referéndum, no tanto para que le haga perder muchos votos en
Cataluña, Euskadi y Galicia pero suficiente para que en la España
profunda, una, grande y libre no le castiguen por separatista, como
dicen los barones del PSOE. Y es que tuvo un buen maestro en aquel
Felipe González del 76 que estaba a favor del derecho de
autodeterminación de los pueblos de España y luego acabó por ser
un puntal sólido de dicha “unidad patria”.
Por
último, “hacer un Varoufakis” es proclamar, como hizo el
candidato de IU-UP que Podemos se ha derechizado, que es la UCD
actual y que con un partido con esa evolución IU no hubiera buscado
la unidad popular, cuando lo intentó con un partido que estaba ya
muy derechizado hasta el último minuto antes de iniciarse el cierre
de las listas, y acabar planteando la necesidad de recuperar esa
misma “unidad popular” al día siguiente de las elecciones. IU
acabará integrada en dicho partido, con los dirigentes que acepte
Podemos, como el que selecciona con desgana las partes apetecibles de
un plato y casi todas sus bases embarcando en el populismo
derechizado y sostén del capitalismo. Muchos de los “disidentes”
de la actual dirección de IU subirán al barco por la pasarela, como
hicieron yendo a votar a tal coalición con el carné en la boca. Pero, eso sí, muy indignados.
Tranquilos, el día de Reyes todos los votantes giliprogres, de rojos nada, recibirán su juego de mesa “Házle un Varoufakis a la decencia política”.
Tranquilos, el día de Reyes todos los votantes giliprogres, de rojos nada, recibirán su juego de mesa “Házle un Varoufakis a la decencia política”.
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29 de diciembre de 2015
LA MUERTE, EL CUELLO BLANCO Y EL CUELLO AZUL
Barbara
Ehrenreich/Tom Engelhardt. TomDispatch
Estados
Unidos a los obreros blancos: ¡moríos!
Estamos
en la mala estación. Mejor no hacerse preguntas sobre ella. Racismo.
Xenofobia. Palizas a los refugiados. La aparentemente desvergonzada e
interminable sucesión de asesinatos (y otros tipos de maltrato) de
ciudadanos negros a manos de la policía. Todo ello a la vista de
cualquiera que quiera denunciarlo... o aplaudirlo. Y en los mítines
de todo el país, los candidatos republicanos –sobre todo Donald
Trump– son ciertamente vitoreados (y quienes se manifiesten en
contrario, expulsados, escupidos y apaleados) por multitudes casi
totalmente blancas por decir cualquier barbaridad en esta cuesta
abajo al infierno. Incluso en la derecha algunos comentaristas y
expertos están empezando a pronunciar la horrible palabra "fascismo"
cuando se trata de posibles registros federales de datos personales
de musulmanes estadounidenses y otras personas por el estilo.
Ahora
sabemos que las elecciones de 2016 son cada vez más un portal
abierto a una edad dorada del lado oscuro de la esclavitud
estadounidense; de la represión, el internamiento y el rechazo a
cualquier ‘-ismo’ que no podría ser más nefasto. Y detrás de
todo eso, cruzando como una autopista interestatal de un lado a otro
de nuestra historia, está la tradicional y profundamente arraigada
idea del privilegio ligado a la piel blanca, que alcanza incluso a
quienes están relativamente despojados de poder. En estos días se
está prestando mucha atención a la próxima declaración
escandalosa –cualquiera que sea– que salga de la boca de Donald
Trump, Ben Carson o Ted Cruz. Mucha menos atención se presta a
quienes los aplauden en su locura colectiva o a los medios que desde
la matanza de París están machacando cada hora de cada día de la
semana, cuando se trata de la amenaza del terrorismo islámico que,
desde el 11-S de 2001 han sido unos de los peligros menores en la
vida de Estados Unidos. Esencialmente, las ‘noticias’ –una
máquina de crear miedos– se han convertido en –a pesar de los
ataques de Donald Trump contra ellos– en una máquina de promoción
de los de su ralea.
Por
supuesto, en esta campaña de 2016, no podría estar más claro que
la versión multimillonaria de los privilegios blancos va con viento
en popa, sin embargo para los blancos de la clase trabajadora los
tiempos no son tanhalagüeños. Tal como Barbara Ehrenreich, editora
fundadora del Proyecto Penurias de la Información Económica (EHRP,
por sus siglas en inglés), lo escribe hoy, en Estados Unidos la idea
del privilegio blanco está en su momento más alto; esto no debería
sorprender a nadie. Un estudio reciente comentado por ella sugiere
que los blancos de mediana edad que solo han hecho la escuela
secundaria tienen un índice de mortalidad que, en los países
desarrollados, está muy cerca del último visto entre los hombres
rusos después del colapso de la Unión Soviética. En otras
palabras, muchos estadounidenses blancos tienen cada vez menos para
celebrar en su vida; esto podría explicar su aplauso público a
Trump et al.
*
* *
La
gran extinción del obrero blanco estadounidense
La
clase trabajadora blanca, que por lo general preocupa a los
progresistas por su habitual y paradójica inclinación a votar al
Partido Republicano, últimamente ha merecido la atención mediática
por algo más que eso: según la economista Anne Case y Angus Deaton,
ganador del último Nobel de Economía, los integrantes de este
sector social de entre 45 y 54 años de edad están falleciendo a un
ritmo en absoluto moderado. Mientras la esperanza de vida de los
blancos más adinerados continúa creciendo, la correspondiente a los
blancos pobres está disminuyendo. Como resultado de ello, solo en
los últimos cuatro años, la diferencia de esperanza de vida entre
los hombres blancos pobres y los más ricos ha aumentado hasta llegar
a cuatro años. El New York Times publicó el estudio de Deaton y
Case con este titular: “La brecha en los ingresos iguala a la de
la longevidad”.
No
se esperaba que pasara esto. Durante casi un siglo, la reconfortante
narrativa estadounidense decía que la mejor alimentación y el
cuidado de la salud garantizarían una vida más larga para todos.
Por eso, la gran extinción del obrero ha llegado cuando menos se la
esperaba y es, como dice el Wall Street Journal, “sorprendente”.
Sobre
todo, no se esperaba que pasara esto con los blancos –en relación
con los no blancos–, que habían tenido la ventaja de mejores
sueldos, mejor acceso al sistema sanitario, barrios más seguros y,
por supuesto, vivido libres de los insultos cotidianos y los daños
infligidos a los de tez oscura. Ha habido una importante diferencia
racial respecto de la longevidad –de 5,3 años entre hombres
blancos y negros y de 3,8 entre mujeres blancas y negras–, a pesar
de que esta diferencia, raramente notada, ha ido diminuyendo en los
últimos 20 años. Sin embargo ahora solo los blancos de mediana edad
son quienes están falleciendo en mayor número; este aumento de
muertes está vinculado con los suicidios, el alcoholismo y la
adicción a las drogas (generalmente, las opiáceas).
Hay
algunas razones prácticas de porqué los blancos suelen ser más
eficientes que los negros a la hora de darse muerte. La primera es
que aquellos tienen más probabilidad de ser dueños de un arma de
fuego y la preferencia del hombre blanco de un balazo como forma de
suicidio. La segunda es que los médicos, a partir sin duda del
estereotipo que marca a los no blancos como drogadictos, son más
proclives a recetar fuertes calmantes a base de opio a los blancos
que no a las personas de color (con los años, a mí me han ofrecido
bastantes recetas de oxycodona como para pensar en un pequeño
negocio ilegal).
El
trabajo manual –el de camarero hasta el del obrero de la
construcción– suele arruinar el cuerpo rápidamente, empezando por
las rodillas y continuando por la espalda y las muñecas: cuando
falla el Tylenol, el médico puede optar por un opiáceo solo para
que usted pueda seguir viviendo.
Los
salarios de la desesperación
Pero
aquí también está presente algo más profundo. Tal como lo
describe Paul Krugman, el columnista del New York Times, las
“enfermedades” que están detrás de este exceso de
muertes de trabajadores blancos son aquellas relacionadas con la
“desesperación”; algunas de las causas más obvias son
económicas. En las últimas décadas, las cosas no han ido bien para
las personas de clase trabajadora, independientemente del color de su
piel.
Yo
me hice adulta en un país –Estados Unidos– en el que un hombre
con una espalda fuerte –y mejor aún, con un sindicato fuerte–
podía esperar razonablemente mantener una familia con su trabajo sin
necesidad de ser un graduado superior. En 2015, esos empleos hace
tiempo que han desaparecido y en su lugar solo están los trabajos
que antes estaban destinados a las mujeres o a las personas de color
y disponibles en sectores como el comercio minorista, la jardinería
o el manejo de un furgón de reparto de mercaderías. Esto quiere
decir que aquellos blancos que están en el 20 por ciento de menores
ingresos se enfrentan con circunstancias materiales similares a las
que sufren desde hace mucho tiempo los negros pobres, entre ellas
tener un empleo precario e irregular, y vivir en un lugar peligroso y
superpoblado.
Sin
embargo, el privilegio del blanco nunca fue solo una cuestión de
ventaja económica. En 1935, el importante estudioso
afro-estadounidense W.E.B. Du Bois escribió: “No debe olvidarse
que el sector de los trabajadores blancos, aunque reciba una paga
baja, estaba recompensado con una especie de complemento de sueldo:
el reconocimiento público y psicológico”.
Hoy,
algunos aspectos de este sueldo invisible suenan un tanto
pintorescos, como la afirmación de Du Bois acerca de que las
personas blancas pertenecientes a la clase trabajadora eran
“libremente admitidas como los blancos de otras clases en los
espectáculos y parques públicos, e incluso en los mejores
colegios”. Hoy en día, son pocos los espacios que no están
abiertos –al menos desde el punto de vista legal– a los negros,
mientras que los ‘mejores’ colegios están reservados para
quienes pueden pagarlos, en su mayor parte, blancos y estadounidenses
de origen asiático junto con algunos negros que brinden el toque de
“diversidad”. Mientras los blancos han ido perdiendo terreno en
la economía, los negros han conseguido beneficios, al menos desde el
punto de vista legal. Como resultado de ello, el “sueldo
psicológico” concedido al blanco se ha reducido.
Durante
la mayor parte de la historia de Estados Unidos, pudo contarse con el
gobierno para el mantenimiento del poder y el privilegio de los
blancos, primero mediante la imposición de la esclavitud y, más
tarde, la segregación. Mientras tanto, los blancos de la clase
obrera se vieron obligados a defender sus cada vez más reducidos
privilegios moviéndose hacia la derecha, acercándose a personajes
como el gobernador de Alabama (y más tarde candidato a la
presidencia) George Wallace y sus muchos seudopopulistas sucesores
hasta llegar al actual Donald Trump.
Al
mismo tiempo, la tarea cotidiana de conservar el poder blanco
trasladado desde el gobierno estatal al de cada estado y después a
los niveles locales, específicamente las policías locales, las
cuales, como sabemos, se han hecho cargo de ella con tanto entusiasmo
que la han convertido en un escándalo, tanto en el ámbito nacional
como en el internacional. Últimamente, por ejemplo, The Guardian
lleva la cuenta del número de estadounidenses (negros, en su mayor
parte) asesinados por miembros de la policía (1.209 en 2015, hasta
este momento); mientras tanto, los negros que se manifiestan en el
movimiento ‘La vida de los negros importa’ y una oleada de
demostraciones dentro de las universidades han recuperado ampliamente
el plano altamente moral que antes ocupaba el movimiento por los
derechos civiles.
Además,
poco a poco la cultura ha avanzado hacia la igualdad racial, e
incluso en algunos pocos ámbitos, hacia la supremacía negra. Si en
las primeras décadas del siglo XX la imagen estándar del “Negro”
era la del trovador, el papel del simplón rural de la cultura
popular fue asumido en este siglo [XXI] por los personajes de las
series de la TV estadounidense Duck Dynasty y Here Comes Honey Boo
Boo. Al menos en el mundo del espectáculo, generalmente el obrero
blanco no está tratado como un imbécil mientras que a menudo el
negro suele ser el listo del barrio, una persona que sabe expresar
sus ideas y a veces es tan adinerado como [el rapero] Kanye West. No
es fácil mantener la acostumbrada noción de la superioridad blanca
cuando algunos medios logran hacer reír con el contraste entre el
negro espabilado y el paleto rural blanco, como en la comedia de Tina
Fey Umbreakable Kimmy Schmidt. La persona blanca, presumiblemente de
clase media-alta, es imaginada en general a partir de esos personajes
y argumentos que, a la hija de una pareja trabajadora, como es mi
caso, hacen escocer con su condescendencia.
Por
supuesto, también estuvo la elección del primer presidente negro de
Estados Unidos. Los estadounidenses nativos blancos han empezado a
hablar de “recuperar nuestro país”. Los más adinerados
crearon el Tea Party, los de medios más modestos suelen contentarse
con poner en su camioneta la calcomanía con la bandera de los
Estados Confederados.
En
la cuesta abajo de Estados Unidos
El
significado de todo esto es que el mantenimiento del privilegio de
los blancos, sobre todo entre los menos privilegiados, se ha
convertido en algo muy difícil y, por lo tanto, más urgente que
nunca. Los blancos pobres siempre tuvieron el consuelo de saber que
había algunos que estaban pasándolo todavía peor y que eran más
despreciados que ellos; la subyugación racial era el suelo que
estaba bajo sus pies, la roca sobre que se erguían, incluso mientras
su propia situación estaba deteriorándose.
Si
el gobierno –particularmente en el nivel federal– ya no es tan
confiable como para garantizar el privilegio blanco, aparecen las
iniciativas de base encarnadas por personas individuales o pequeños
grupos que ayudan a llenar ese vacío. Estas iniciativas pueden ser
las pequeñas agresiones que se producen en las universidades, los
insultos raciales gritados desde una furgoneta o, en el extremo más
letal, los disparos contra una iglesia frecuentada por negros y
renombrada por su trabajo en los tiempos de la lucha por los derechos
civiles. Dylann Roof, el asesino de Charleston que hizo justamente
esto, era un graduado universitario en el paro y un marginado de
quien se sabía que era un gran consumidor de alcohol y drogas
opiáceas. Incluso sin una sentencia de muerte esperándole, el
futuro de Roof está signado por una muerte prematura.
Las
agresiones raciales pueden proporcionar a sus perpetradores blancos
una fugaz sensación de triunfo, aunque también exigen un esfuerzo
especial. Hace falta un esfuerzo, por ejemplo, para apuntar con una
pistola a un negro que está corriendo o girar bruscamente un
vehículo para insultar a una negra; se necesita un esfuerzo –y un
estómago a toda prueba– para pintar un insulto racial con
excremento en una pared del baño de una residencia estudiantil. Los
estudiantes universitarios pueden hacer cosas como estas en parte
debido a su vulnerabilidad económica, porque saben que apenas se
gradúen empezarán a pagar el préstamo que han pedido para pagar
sus estudios. Sin embargo, más allá del esfuerzo realizado, es
especialmente difícil mantener un sentimiento de superioridad racial
mientras se está luchando por conservar una posición casi en el
fondo de una economía fiable.
Si
bien no hay evidencia médica sobre la toxicidad del racismo para
quienes lo expresan –después de todo, generaciones de acomodados
dueños de esclavos han sobrevivido bastante bien–, la combinación
del descenso en la pirámide social y el resentimiento racial puede
ser una potente invitación al tipo de desesperación que, de una u
otra forma, conduce al suicidio, sea por medio de las drogas o
mediante un balazo en la sien. Es imposible romper un techo de
cristal si uno está parado sobre el hielo.
A
la intelectualidad progre le es fácil sentirse justificada en su
repugnancia respecto del racismo de los blancos de la clase más
baja, pero la élite educada en la universidad que produce a esta
intelectualidad también está en apuros cuando los jóvenes tienen
unas perspectivas cada vez menores y una pendiente hacia abajo cada
vez más marcada. Llegados los tiempos malos, profesiones enteras
–desde la enseñanza universitaria hasta el periodismo y la
abogacía– han caído. Una de las peores equivocaciones que esta
élite relativa puede cometer es inflar su propio orgullo odiando a
quienes están cayendo todavía más rápidamente, sea cual sea su
color o raza.
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