No les voy a hablar de cuántas miles de víctimas hubo como consecuencia
de las bombas de Nagasaki (más de 250.000 muertos) ni de Hirosima (más de
80.000) así como durante los años siguientes, como derivación de las consecuencias
monstruosas de aquél acto genocida de los Estados Unidos.
A estas alturas de la Historia (esta vez con mayúscula), cuando el ejército imperial japonés
había sido derrotado antes del lanzamiento de esas terribles armas de asesinato
masivo, del mismo modo en que la Alemania nazi lo había sido antes del salvaje
bombardeo de Dresde (25.000 muertos), por parte de la RAF y de la USAAF, con su devastadora tormenta de fuego, el
lanzamiento de ambas bombas corresponde a objetivos bastardos y terroristas del
Imperio USA con el fin de consolidarse como gran poder mundial tras la Segunda
Guerra Mundial.
No se trataba de acortar la guerra en ninguno de los 3
casos ni de disminuir su número total de víctimas. Mentira. Japón y Alemania estaban derrotados. Esos asesinatos en masa no
acortaron la guerra. Hacía tiempo que los dos países del Eje aún continuadores
de la guerra (Italia ya se había rendido) intentaban desesperadamente su
rendición mediante diversos interlocutores con USA e Inglaterra, ya que no con
un comunismo de la URSS que hubiera podido cambiar el mundo de la postguerra
aún más de lo que lo hizo y en mejor sentido. Y no fueron USA ni Inglaterra especialmente facilitadoras
de la rendición de ambos países. Los norteamericanos buscaban el agotamiento de la URSS en el número de muertos que hubo de poner para derrotar
al nazismo. No lo consiguieron tanto como
deseaban.
Se ha cumplido hace
meses el 70 aniversario de la destrucción de Desdre, en Alemania. Dada la
amabilidad de la señora Merkel con los pueblos más endeudados de Europa, ha
pasado desapercibido para el resto del mundo.
Pero que entre el 6
y el 9 de Agosto se produjera el mismo aniversario de la destrucción de Hirosima
y Nagasaki y casi haya sido ignorado o menoscabado por parte de la inmensa
mayoría de los medios de comunicación del mundo, además de por la prensa progre
y de la llamada izquierda, degenerada o “auténtica” y fetén, sólo indica el
nivel moral de una especie, la humana, cuya dudosa supervivencia es tan mececida
como su memoria.
Destruir el fascismo,
el nazismo y el imperialismo japonés era una exigencia de todo humanista que
luchase por un mundo que sobreviviera a la locura. Producir decenas y hasta centenares
de miles de civiles innecesarios para lograr dicha derrota era sólo un acto genocida destinado a dejar claro quién
marcaba el ritmo del mundo desde el momento del lanzamiento de las bombas. Si algo me duele especialmente de estas tres masacres (Dresde primero, Hirosima y Nagasaki luego) es que los medios del capital hayan tenido menor dosis de "olvido" de ese terrible dolor humano que las llamadas izquierdas que tan difíciles me resultan cada día que pasa de integrar en mi pensamiento comunista. La población civil, sea en Guernika, en Madrid o en esas tres ciudades, no merece un sometimiento a tal dolor. Afortunadamente para las ideas de la izquierda, o simplemente del pensamiento humanista, el movimiento pacifista japonés continúa siendo, desde hace muchos años, hoy también frente a Shinzo Abe y su militarismo agresivo y apoyado en Estados Unidos, un elemento muy activo que ha reunido en estos días a decenas de miles de de japoneses contra la guerra y por la continuación del rol pacífico nipón. Y muchos de los líderes de este movimiento contra la guerra en Japón son comunistas. Un partido con un peso enorme en dicho país. A pesar de que sea eurocomunista, es un factor de paz y progreso en dicho país.
Hoy, 70 años después
de una guerra mundial cuyo coste se acercó a los 70 millones de seres humanos,
debe importarle nada a mucho ignorante que piense que, al fin y al cabo,
vivimos en el mundo más de 6.000 millones. 70 millones de seres humanos son el
compost suficiente para iluminar la ciudad de Nueva York durante decenas de
años. Pero si estos desmemoriados, desinformados, ignorantes, faltos del menor
sentido de humanidad, dados a colocarse voluntariamente con el soma de “un
mundo feliz” del fútbol, el consumo los programas de telerrealidad y sus
propios vicios de sociedad enferma tuvieran un mínimo de empatía con el dolor ajeno, pensarían en que
esta barbarie no puede volver a repetirse. Esa empatía, aunque no pueda convertirse en una memoria histórica para siempre, al menos debiera haber dejado
al mundo una cierta conciencia de que una Tercera Guerra Mundial es posible y
de que hay que evitarla como sea porque esta vez la destrucción de la humanidad
sería inevitable. Su inconsciencia no parece preocuparles ni en relación a sus
vidas ni a la de sus hijos. Lo cierto es que la mayoría del mundo desarrollado
ya no quiere tener hijos sino perros… o gatos que sacar en las alienadoras
redes antisociales.
Comprendo la
impotencia del ser humano ante el poder total. Tantas veces me he sentido así…Pero
lo que ni comprendo, ni disculpo ni acepto es esa actitud de indiferencia que
actúa como si no comprendiera lo que pasa en el mundo. Hipócritas y cómplices
criminales en su propia indiferencia.
En los años 90, en
medio de la guerra en la antigua Yugoslavia, los poderes económicos,
comunicativos y políticos del mundo decidieron quienes eran los culpables,
echaron todo el peso de la violencia de un lado y escondieron el que se produjo
del otro. Fue un primer aviso. A casi nadie pareció importarle. Y ciertas “izquierdas”
demostraron no serlo con su comportamiento absolutamente decidido contra Serbia
y el socialismo yugloslavo, actuando de comparsa de los intereses alemanes y
estadounidenses.
La desaparición de
la URSS ha ido seguida de un rosario de “revoluciones de colores” (Georgia,
Bielorrusia, Ucrania,…). En Ucrania nos han vendido al mundo capitalista
occidental, y dado a comerse lo que le echen de pitanza informativa, que allí
había una terrible dictadura, primero bajo la “liberadora” “revolución naranja”,
luego con la del “Maidan”, protagonizada por grupos nazis y con gobiernos
subsiguientes proOTAN y absolutamente favorables a un enfrentamiento con Rusia.
La acusación de que la rebelión del Donbass es puramente una operación rusa es
la manipulación del intento de ocultar la memoria antifascista frente al pasado
nazi de sectores ucranianos en la II G.M. de Stepán Bandera.
El papel de USA en Siria contra el gobierno democrático, laico y legítimo
sirio del Presidente Bashar recuerda otras acciones del imperialismo en Irak y
en Libia en el pasado. Esos gobiernos, más allá de un contenido izquierdista,
eran el punto de racionalidad en un mundo de locura iniciado tras
la dictadura islámica talibán impulsada por el imperialismo en Afganistán.
Estar con esos gobiernos era estar con la razón frente a la demencia del
islamofascismo que ahora se llama Daesh (Ejército Islámico), antes Al- Qaeda en
todas sus franquicias, siria, iraquí, argelina, yemení, somalí y que se
extiende ya por la mitad de África pero que, sospechosamente, ha sido promovida
por países aliados de Estados Unidos como Pakistán, Turquía, Arabia Saudí y que
se lleva especialmente bien con Israel.
En muy pocos años asistimos a una multiplicación de los Estados fallidos,
a una alianza tácita del imperialismo con el islamofascismo, a un intento de
arrinconar a Rusia, colocándole misiles amenazantes en sus fronteras, a una política cada
vez más agresiva hacia China,…
Un imperio que se hunde en su crisis capitalista, que es el principal
causante de la destrucción medioambiental de planeta, que ha estado presente,
de un modo u otro, en la gran mayoría de las guerras locales y regionales
posteriores a 1945 y que ya no es capaz vencer militarmente en ninguna de las
guerras que libra (tras Vietnam sólo sabe crear devastación y muerte, y perder
las guerras en las que interviene), pero que implica al resto del mundo a
seguirle en su demencia, puede conducir a los seres humanos a su destrucción
más completa, sencillamente porque sus súbitos del primer mundo aún no han
tenido la dignidad de decirle NO. Creo que respecto a la conexión entre el pasado y el presente hay un desinterés general y una minusvaloración del riesgo de conflagración basado en la falsa tranquilidad que dan 70 años sin guerra aparente en Europa (probablemente nunca hayamos vivido tantos), una sensación de que estas cosas no se dan más que cuando el ruído prebélico es ensordecedor (como si las potencias fueran anunciando sus agresiones a terceros) y una profunda desinformación por la cuál debiéramos en algún momento pedir cuentas a los "articulistas" a saldo del poder económico que se esconde tras todas las guerras.
Seguir jugando a la ignorancia, a la indiferencia y a la consideración de
que toda denuncia de este tipo es servicio a otras potencias o exageración,
empieza oler a criminal complicidad.
Donald Trump se ha convertido, sin lugar a dudas, en un
interesante ícono mediático a propósito de las próximas elecciones
presidenciales en Estados Unidos. Desde una perspectiva comunicacional, la
pregunta queda planteada en los siguientes términos: ¿Cómo ha sido posible que
un personaje con tan escasos méritos políticos (y personales) haya alcanzado
tal protagonismo?
Es cierto, se trata
de un multimillonario díscolo, histriónico y con una amplia experiencia en
televisión, sin embargo, su visión política nacional e internacional no va más
allá que aquellas que se emiten, entre amigos, en la esquina de algún bar: un
cóctel de opiniones simplistas, no muy distintas de aquellos a quienes se
dirige. Al examinar el discurso básico de este personaje, constatamos que, al
igual que Le Pen al otro lado del Atlántico, se ajusta con precisión a
opiniones ampliamente difundidas en ciertos sectores de la población
estadounidense. Se trata de “groserías políticas” que instalan un discurso
tóxico ante un público que espera, justamente, a un personaje de esta ralea que
los represente.
Hay una clara
radicalidad de derecha extrema en sus afirmaciones –no exentas de ingenuidad–
como pretender acabar con el problema de los inmigrantes latinos construyendo
un muro en la frontera con México, financiado por el propio gobierno mexicano
(sic). Trump ha tenido la astucia de construir un nicho en la sociedad
norteamericana, de modo que habla para los suyos, un sector que ha demostrado
ser lo suficientemente significativo como para otorgarle un lugar estelar entre
los candidatos republicanos.
El caso Trump
demuestra que la política y los medios van de la mano en las llamadas
democracias occidentales. La “videopolítica” es el modo en que se construyen
hoy la mayoría de las figuras de la política en todo el mundo. Una era en que
lo importante no es la racionalidad de los argumentos ni la deliberación sino,
por el contrario, la espectacularidad de las intervenciones. En este sentido,
Donald Trump ha dado muestras de ser un “personaje mediático” de fuste. Cada
una de sus “performances” – mezcla de clown y líder de pacotilla -está calibrada para aumentar el “rating” de
los medios y ocupar las primeras páginas en todo el orbe.
La fórmula no es
nueva, ya otros han recorrido este camino. Hitler fue uno de los primeros en
utilizar el espantapájaros de una “amenaza interna” para aglutinar a las masas
en torno al temor y el odio. Bastará recordar a Goebbels: Toda propaganda debe
ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los
que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser
el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada
y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar. Después de
todo "Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en
verdad"
Ayer los judíos en Alemania, hoy los árabes en Francia y los
latinos en Estados Unidos. La pregunta que sigue pendiente es si acaso la
mentada “democracia americana” se ha degradado lo suficiente para soportar a un personaje de las
características de Donald Trump como aspirante a la Casa Blanca. Es prematuro
todavía adelantar una respuesta, pues la historia suele darnos sorpresas. Como
se ha dicho, un idiota es un idiota, dos idiotas son dos idiotas, pero unos
cuantos miles forman ya un movimiento político.