Por
Marat
“Los calendarios miden el
tiempo, pero no como relojes. Son monumentos de una conciencia
histórica, de la cual en Europa, desde hace cien años, parece
haberse perdido todo rastro. Todavía durante la Revolución de Julio
se registró un episodio que mostraba a esa conciencia saliendo
por sus fueros. Cuando cayó la noche del primer día de combate
ocurrió que en muchos lugares de París, independientemente y al
mismo tiempo, hubo disparos contra los relojes de las torres”.
(“Sobre el concepto de
Historia”. Walter Benjamin)
1.-BREVE VIAJE DEL
NACIMIENTO A LA MUERTE:
Como sugiere Benjamin, el
inicio de cada proceso revolucionario es un disparo contra los
relojes perennes del tiempo; contra la inexorable dictadura de un
bucle eterno, en el que la caída de cada hoja del calendario solo es
una muesca más en la permanencia del poder establecido.
En toda revolución, derrotada
o triunfante, anida la aspiración a un tiempo nuevo, al fin de la
dominación de la clase subalterna por la dirigente. De lo contrario,
el intento se queda en mera revuelta que no pretende subvertir el
orden sino un cierto reequilibrio de poderes; en el peor de los
casos, una mera llamada de atención sobre unas condiciones de vida
insuficientes.
Cuando el sector más
consciente y políticamente más capaz de traducir el movimiento de
protesta en propuestas que conecten con las necesidades populares y
en anhelos de “un tiempo nuevo”, el descontento se transforma en
agitación social y ésta en revolución política.
Esto es así incluso cuando el
malestar y la insurrección tengan una fuerte causa social y
económica pero su desenlace sea el de la mera sustitución de las
élites en el poder político.
1789 es el origen de la
izquierda; una mera cuestión de emplazamiento dentro de la asamblea
nacional francesa determinó los conceptos de izquierda y derecha
políticas. A la derecha de la asamblea se colocaron los partidarios
de que Luis XVI tuviera el derecho a veto sobre las futuras leyes que
aprobaran los representantes de la nación. A la izquierda, quienes
se oponían a tal derecho a veto. Fueron llamamos Tercer Estado
(burguesía y pueblo llano). Pero la izquierda, burguesa ya en su
origen, marcó su futuro. Se definió más por los límites que
establecía, cambiar el aparato del Estado y crear una nueva
legalidad, la de la nueva clase dirigente, que por lo que parecía
prometer cambiar. La igualdad y la fraternidad pronto fueron
proclamas frente a la que aquella izquierda burguesa habría de
enfrentarse a los artesanos, los campesinos pobres, la incipiente
clase obrera (600.000 personas, el 2,14% de la población francesa de
entonces) y sus grupos políticos, los “cordeliers” y
los “sans-culottes”, que fueron fueron
definiendo sus aspiraciones igualitarias reales, materiales, y no
meramente enunciativas.
Pero esa izquierda, nacida
burguesa, que se separó desde su nacimiento de las clases
desposeídas, a pesar de todo, marcaba el tiempo: el triunfo de las
ideas nacidas previamente de la Ilustración y la Razón frente a
dios y el derecho real a heredar la cabeza del Estado, enterrando, a
su vez, la sociedad estamental y estableciendo otra dividida en
clases sociales.
La izquierda, en la que tantos
se reconocen, marcaba el tiempo. Ella dictó siglos posteriores en
los que la burguesía ha sido hegemónica.
En 1871 la Comuna de París
inaugura un tiempo nuevo y distinto. El proletariado y las clases
populares inician una revolución democrática, en el sentido de
control político y social, con el objetivo del poder popular. Fue
derrotada a sangre y fuego. Entre 20.000 y 25.000 parisinos, si
tomamos como referencia los datos más conservadores, perdieron la
vida en aquella gesta heroica de las clases obrera y populares.
Pero aquel desastre, del que
Marx extraería conclusiones claves respecto a la necesidad de
destruir el Estado burgués y sustituirlo por otro proletario,
marcaría el futuro de otras revoluciones con signo obrero
(Revolución de Octubre, húngara, espartaquista, de 1934 en
Asturias), campesino (revolución china) e incluso del complejo
concepto de “popular y antiimperialista” (Vietnam, Nicaragua).
Triunfantes o derrotadas, el principio de democracia de base, de
destrucción del capitalismo y de construcción del socialismo eran
la orientación de aquellas rebeliones. Otra cosa distinta es cuáles
fuesen sus destinos posteriores.
Incluso si se admite el
concepto de “izquierda” como válido para encuadrar a quienes
creen en la construcción socialista mediante el asalto para la
destrucción del aparato del poder capitalista, cabe preguntarse en
quiénes piensan en esa izquierda que han de estar a su cabeza. Si se
admite con Lenin que una cocinera no está preparada para dirigir un
Estado no capitalista, tal y como él afirmó, eso no niega el hecho
de que “cada cocinera debería aprender a gobernar el Estado”.
Al no ser así, y perderse la democracia de base, pronto el
socialismo sería sustituido por una nueva clase, la de los
“apparáttchik”, que usufructuarían el poder económico y
que finalmente fueron la nueva casta que mafiosa que a partir de
1991 convirtió lo público en negocio privado, ante la ausencia de
democracia plural socialista que se opusiera a ello.
En este punto, cuando se fue
descubriendo, más allá de un grado de represión política
absolutamente injustificable, que eso que aún se identifica a sí
misma como izquierda, porque se autopercibe más en la revolución
política que en la social, fue cuando se inicio un período
histórico en el que la izquierda ya no marcaba el tiempo.
A pesar de todo, y de que Marx
nunca se definió como de izquierda porque para él la toma del poder
político solo era el medio para lograr la transformación económica
y social de la sociedad mediante una dictadura del proletariado, que
nunca enunció de partido sino de clase, a la vieja izquierda le
quedaban el mundo de la universidad, la cultura y los valores
igualitarios. Y ahí todavía era muy potente, aunque esa potencia
estuviera reducida a la comprensión de la realidad del mundo. Esa
llama intelectual estaba imposibilitada para elaborar un proyecto
revolucionario y muchas veces de modo ajeno a las organizaciones que
se proclamaban de clase pero eran incapaces de recibir esas
aportaciones como elementos para una reflexión colectiva, primero,
la elaboración de un programa político después y, finalmente, la
acción política consecuente.
Más temprano que tarde también
las ideologías de “izquierdas”, porque son plurales, sucumbieron
ante la transformación de la clase trabajadora, la incapacidad para
unir ideológicamente su composición fragmentada, la crisis de la
conciencia de clase, la ausencia de organizaciones políticas que
sustentasen un proyecto poderoso de revolución social, la muerte del
horizonte socialista y el embate poderoso de reacción liberal, la
negación ideológica de lo colectivo y la paulatina destrucción de
las viejas conquistas económicas y sociales de los trabajadores.
Del mismo modo en que aquella
izquierda conocida como “la Montaña” de la que habla Marx en “El
18 Brumario de Luis Bonaparte” “lo había perdido todo, hasta el
honor” en el golpe de Estado napoleónico, las izquierdas de
hoy han perdido su lugar en el mundo y en un tiempo presente y
especialmente futuro del que ya no forman parte.
Los últimos vestigios de unas
izquierdas en descomposición ya no marcan un nuevo tiempo histórico,
no disparan contra los relojes.
No se trata de establecer una
fecha de defunción de la izquierda pero, si admitimos que tanto la
izquierda compasiva, antes socialdemócrata, como la corriente
comunista que se inscribe en la izquierda, han sufrido una derrota
histórica sin paliativos y que carece de proyecto, podremos concluir
que en el tiempo que media entre 1789 y 2025, en el que tan solo han
pasado 236 años, han sido superadas históricamente. Han muerto como
configuraciones políticas de futuro.
2.-INTERLUDIO:
Probablemente muchas personas
sientan la tentación de aludir al presente como una máquina de
tren sin frenos que se precipita enloquecidamente hacia el futuro.
Otros nombrarán el presente
social con distintas palabras: sociedad digital/de la
desinformación, global, del riesgo, de los individuos, del
darwinismo liberal, del miedo al futuro, pasiva,…
Una parte de esas definiciones
remiten a las causas, otras a las consecuencias. He optado por las
consecuencias porque nos señalan dónde estamos y estaremos en
breve.
El mundo capitalista más
desarrollado hoy sufre de terribles males. Uno de los peores es el de
la nostalgia. Sobre ella se edifican ingentes cantidades de mentiras
y autoengaños que cualquier tiempo pasado fue mejor, obviando la
realidad tal cual era entonces, deteniendo el tiempo de su duración
real en el mejor vivido, obviando los tremendos tiempos de antes y
después del breve período de bienaventuranzas entre 1948 y 1973
(esto te lo dice hasta la estúpida IA de Google) y mintiendo a los
jóvenes que no pudieron conocerlo sobre
ese pasado idealizado como gran conquista social.
La nostalgia, cuando no conduce
directamente al fascismo, lo hace hacia la amargura, la impotencia
política o la aceptación de la realidad tal como es.
El primer camino es el de la
aberración, el odio y la patología individual y social.
Los otros son inútiles si no
hay un mínimo de voluntad de superar “el estado de cosas
actual”
3.-UN FUTURO QUE YA SE
HACE PRESENTE PERO SIN IZQUIERDA/S:
Si algo sitúa a la izquierda
fuera y lejos del tiempo no es la falta de explicación a las
respuestas que no dio sobre su pasado. Ese tren ya partió.
Lo que la sitúa fuera del
tiempo es su incapacidad de responder a un futuro que en gran medida
es presente. Si lo hiciese, seguramente emergería lo mejor de su
pasado.
Los interrogantes a los que la
izquierda no da respuestas, probablemente por incapacidad intelectual
para pensar colectivamente y actuar estratégicamente, y porque tal
vez ello cuestionase radicalmente su propia existencia presente y
futura como tal, al tratarse de cuestiones cuyas consecuencias solo
pueden agravarse con el tiempo. En algunos temas ese futuro es
inmediato o directamente es ya un presente pavoroso.
A continuación se exponen,
algunos de ellos como meros apuntes, dada la limitada competencia del
autor de este texto para desarrollarlos.
Seguramente queden aspectos que
aquí no son señalados, como es el caso del desastre antropocénico
que podría acabar con la existencia humana en el planeta o devolver
a los restos de la humanidad a un estado de barbarie distópico.
Hasta ahora, la izquierda y
otros sectores de dudosa adscripción a la misma se han limitado al
dibujo de un dantesco escenario futuro y la denuncia de cómo un
capitalismo enloquecido conduce al planeta a su cataclismo. Hay
quienes incluso acompañan a un “capitalismo verde” en su
justificación mediante medidas y cachivaches tecnológicos, cuyo fin
no es salvar la casa de todos sino colocar en el mercado señuelos
que le permitan hacer caja y continuar esquilmándola y
destruyéndola.
La vieja respuesta de que con
el socialismo, en el que desgraciadamente la izquierda no cree, a
menos que se admita como cierta la falacia de fascistas y
anarcocapitalistas de que socialismo es lo que hacen las izquierdas
cuando gobiernan, se solucionarían todos los grandes problemas de la
humanidad, es seguir corriendo, ya fuera de campo, y disparando el
balón cada vez más lejos, además de ignorar que los experimentos
que intentaron construir el socialismo fracasaron, entre otras muchas
razones por no ser capaces de avanzar con sus entonces presentes y
dar salidas positivas a los desafíos que se apuntaban en aquellos
momentos en sus sociedades.
Si se quiere cambiar el mundo
no basta saber lo que no se quiere. Se necesita saber lo que se
quiere y, al menos, tener cierta noción de cómo se quiere. De lo
contrario el mundo verá a quienes dicen querer cambiarlo como
resentidos quiméricos y poco fiables.
3.1.-SOBREEXPLOTACIÓN
DE LA CLASE TRABAJADORA COMO REGLA GENERAL:
No hay día en el que no
conozcamos varios casos de sobreexplotación laboral, en cualquier
país en el que vivamos cada uno de nosotros, de un hombre o una
mujer asalariados.
Se conoce como sobreexplotación
laboral una serie de comportamientos empresariales en los que un ser
humano esta sometido a horarios laborales por encima de la
legislación de un país, a horas de trabajo no pagadas, a tareas por
encima de su cualificación no abonadas de acuerdo al trabajo
realizado, sin contrato laboral y/o cotización empresarial a su
seguridad social o a la correspondiente a su categoría profesional,
a un esfuerzo físico y mental que sobrecarga sus capacidades
normales, a chantajes y amenazas por parte del empleador,…
En España es un fenómeno de
sobra conocido en la hostelería y en la agricultura que contrata
inmigrantes con y sin papeles, estos últimos, en muchos casos, en
condiciones de semiesclavitud. Se conoce menos en las plataformas
digitales de la economía por encargo, el telemarketing o el trabajo
doméstico, la economía de la dependencia o en los talleres
clandestinos, por citar solo algunos ejemplos. Nos limitamos solo al
caso de España.
En EE. UU. empresas como Tesla,
las grandes redes sociales, los principales desarrolladores de
Inteligencia Artificial (IA) o Amazon, ya exigen a sus empleados que
entreguen el máximo de tiempo de sus vidas al trabajo y que
entiendan que pueden ser despedidos en cualquier momento,
independientemente de la escala laboral en la que se encuentren: el
futuro ya está aquí. Nadie está a salvo, salvo los CEOs y miembros
de los Consejos de Administración de megacorporaciones con despidos
de indemnizaciones millonarias.
En el primer mundo esto es
frecuente y creciente. En el resto es lo habitual. No se limita a las
categorías inferiores. Alcanza gradualmente a otras superiores.
A lo que no es sobreexplotación
laboral los marxistas lo llamamos explotación. Es cuando el
trabajador vende su fuerza de trabajo por un valor menor al producido
(plustrabajo). De ahí obtiene la empresa su beneficio. La diferencia
entre la duración de la jornada de trabajo y el tiempo de salario
incorporado en el trabajo es la plusvalía que obtiene la empresa. El
cociente entre la plusvalía y el tiempo de trabajo que incorpora un
bien salarial es la tasa de explotación del trabajador.
La mayoría de las izquierdas
no reconocen la explotación laboral y hablan, en su lugar, de
trabajo digno y salario justo. Es su modo cínico de aceptar y
justificar el capitalismo.
Las izquierdas están muy lejos
siquiera de olfatear el modo en el que la sobreexplotación de la
clase trabajadora a nivel mundial, y la desregulación futura total
impactará sobre sus condiciones de vida, su capacidad de
organización sindical y política y los horizontes futuros que
pueden abrirse tanto en un sentido reaccionario como progresivo.
Para ello, todas las
tradiciones que se reivindican de izquierdas necesitan un análisis
del mundo que se avecina y del que carecen, lo que les impide
reorientar sus estrategias.
3.2.-EL
CAPITAL NO PUEDE SOBREVIVIR SIN TRABAJADORES:
Dejemos, por un momento, al
marxismo y sus análisis sobre que es solo el trabajo humano el que
incorpora valor a la producción.
Pensemos que la amenaza de
sustitución de quienes perciben una retribución por su trabajo por
la robotización y la Inteligencia Artificial (IA) se impusieran de
forma general, como afirman algunos de sus profetas.
¿Imaginan ustedes un mundo con
miles de millones de pobres sin apenas capacidad de consumo? ¿Cómo
podría entonces sostenerse el capitalismo? ¿Reduciendo al mínimo
su producción y el consumo? ¿Cómo y sobre qué bases sostener
innovación, costes tecnológicos de producción y competencia?
El invento de la Renta Básica
Universal (RBU) la han defendido desde liberales hasta progres,
pasando por anarcocapitalistas ¿De donde saldrán los fondos para
aplicarla? ¿De una clase trabajadora envejecida, incluso si no se ve
reducida, que habrá perdido pensiones y prestaciones de desempleo?
No parece que salgan las cuentas de protección social, consumo y
RBU. Últimamente se habla menos de esta renta. Entonces, ¿del
subsidio privado al consumo por parte de las grandes fortunas y
corporaciones? ¿Por qué? ¿Qué ganaría el capital sosteniendo un
consumo detraído de sus beneficios?
Eso solo sería realizable en
una sociedad comunista, que aún no hemos conocido, que hubiese
superado sus necesidades de subsistencia y en la que los bienes
producidos serían redistribuidos en función de las necesidades de
cada uno.
El capital, sus posibilidades
de sostenimiento y su tecnología siguen haciendo necesaria a la
clase trabajadora y sus salarios. Otra cuestión pendiente en el
análisis de las izquierdas.
Desde el inicio del despliegue
tecnológico de la revolución industrial han existido los voceros
del fin del trabajo humano por las máquinas. La realidad es que tras
cada innovación han desaparecido puestos de trabajo que han sido
sustituidos por otros. Tras cada nueva tecnología ha aparecido
siempre una nueva realidad del “trabajo vivo”.
Si la robotización y la IA
permitieran cerrar el círculo de la producción bajo el capitalismo,
hasta el punto de que las máquinas se fabricasen a sí mismas, y la
I+D+i autogenerase sus propios procesos, incluso imaginando que el
coste energético fuese 0, ¿cómo imaginar un capitalismo que
convirtiese en precios de mercado productos y servicios generados sin
coste de producción para una sociedad carente de medios económicos
de subsistencia al estar desempleada?
Tenemos, por tanto, que sin
trabajo humano no es factible la creación de valor trasladable a
precio final que haga posible la creación de ganancia, de
acumulación capitalista y de reproducción ampliada del capital.
La clase trabajadora no puede
desaparecer bajo el capitalismo, o éste colapsaría. Inevitablemente
se transformará pero seguirá siendo explotada, mediante la
extracción de plusvalía relativa (al adoptarse cada vez más
tecnología) y/o absoluta, ampliando los tiempos de producción y
desregulando las formas contractuales, lo que ya se está produciendo
en el primer mundo y es habitual en el segundo y tercero.
En la medida en la que lo que
lo que suceda en los países centrales del capitalismo marcará el
futuro de las condiciones de trabajo y vida de la clase trabajadora
mundial, comprender sobre qué sectores laborales impactará el
salto tecnológico, en qué categorías laborales, cómo unificar sus
luchas y cómo hacer que en esas luchas no se impongan los intereses
particulares del segmento superior de los asalariados (lo que en el
pasado se llamó “aristocracia obrera”) sobre el resto, hecho en
el que tantas veces han caído las políticas de izquierda y que le
ha ido sustrayendo crecientes segmentos de asalariados en beneficio
en los últimos tiempos de la extrema derecha, es fundamental para
liderar los nuevos tiempos.
3.3.-HACIA EL FIN
DE LOS SALARIOS INDIRECTOS Y DIFERIDOS:
Llamamos salario indirecto a lo
que constituye el pago indirecto de la fuerza de trabajo que se
recibe en forma de servicios de protección social, usualmente
transmitida a través del Estado y sus administraciones públicas.
Incluye cuestiones como la sanidad y enseñanza públicas, el
transporte público, las prestaciones y subsidios por desempleo, etc.
Para entendernos, las áreas de protección social más importantes,
a parte de las cuáles el fascioliberalismo llama “paguitas”, y
que son consecuencia tanto de las luchas reivindicativas de la clase
trabajadora como de la economía capitalista en periodos históricos
concretos para “liberar” parte del salario directo (los sueldos)
para incrementar el consumo.
El salario diferido está
formado básicamente por las pensiones de jubilación.
Desde hace decenios asistimos a
un proceso de voladura, más o menos controlada, más o menos
acelerada, de ambos tipos de salario en los países capitalistas.
Cuando gobierna la izquierda el
proceso de destrucción de estos derechos es más lento pero no se
detiene ni se invierte. Cuando gobierna la derecha el proceso se
acelera.
Un caso particular es el de las
pensiones. En España la edad de jubilación ha subido de los 65 años
a los 67. En algunos países de Europa (Dinamarca, gobierno que dice
ser de izquierda) ya ha escalado hasta los 70. Esa es la aspiración
de expertos y planes de pensiones privados de fondos de inversión
que, mediante la siembra del miedo al fin de las pensiones públicas,
pretenden promover las privadas.
El gobierno español, que
también dice ser de izquierdas, ya estudia cómo y cuándo imponer
los 70 años para la jubilación ordinaria. El objetivo es aproximar
la edad de la jubilación a la de la muerte.
Los sectores de jóvenes de la
generación Z y los “milennials” que se han tragado el
cuento, propalado por “youtuberos” y “tiktokeros”
fascioliberales, muchos de ellos con residencia oficial en Andorra
para no pagar impuestos en España y de otras sabandijas opinadoras,
de que los “boomers” son los culpables de su incierto
futuro y de que viven mejor que ellos, son imbéciles a tiempo
completo. Su discurso refuerza la estrategia hacia el fin de las
pensiones públicas y ellos mendigarán sin pensiones por la estafa
combinada del capital y los políticos del sistema, que no buscan los
fondos del dinero donde abunda. El
51,3% del total de pensionistas cobran menos del salario mínimo
interprofesional de 1184 € brutos mensuales. Si a esos jóvenes
tragabulos no les suben los salarios, cuando los beneficios
empresariales están en máximos históricos, lo que les corresponde
es organizarse y luchar por mejorarlos, no culpar a quienes antes lo
hicieron, salvo que prefieran ser los brazos idiotas del capital.
Por criticable que resulte la
izquierda al gestionar las necesidades de un capitalismo para el que
la inversión del Estado en protección social es “costo”, porque
busca reducir al máximo los impuestos de las empresas y las grandes
fortunas y convertir en negocio (planes de pensiones, enseñanza y
sanidad privadas,…), lo más grave de todas las izquierdas que se
reivindican tales es su pasividad y su incapacidad para proyectar el
escenario social y económicamente espantoso para las clases
trabajadora y populares del futuro que se nos viene encima y
establecer estrategias a partir de ahí.
3.4.-NACIONALISMOS
Y AMENAZA DE
GUERRA MUNDIAL COMO FORJADORA DE “CONSENSOS” NACIONALES:
La nación, como entidad
unificadora que oculta la división de la sociedad en clases y crea
una ficción de sociedad unida bajo el mito de ciudadanía y pueblo
fue el gran invento de la revolución burguesa de 1789.
Una vez asentada la burguesía
en el poder, sus intelectuales crean todo un vocabulario de términos
ideológicos destinados a reavivar y fortificar la idea de nación:
“tradición”, “destino”. “identidad nacional”,
“soberanía”, “costumbres”, “cultura propia”. Se trata de
construir un artificio nacional inmanente y ahistórico, perenne e
inmutable que no duda en recurrir a la leyenda y la recreación
mítica como origen de un ideal de “demos” eternamente
fijado.
El fin de la globalización
neoliberal ha supuesto el repliegue defensivo hacia el interior de
las fronteras, hacia el binomio Estado-nación. El planteamiento
político que sustenta este objetivo es falaz por cuanto que en un
mundo interdependiente, en el que ninguna economía es autosuficiente
en cuanto a recursos materiales y en el que ninguna superpotencia, ni
país, es lo suficientemente fuerte para imponerse completamente al
mundo, el elemento Estado cae por su propio peso como determinante y
articulador de la “soberanía nacional”, sin la cual el
nacionalismo es una entelequia abstracta.
Pero funciona como ideología y
como movimiento en tiempos de “crisis estructural global del
capital” (la expresión es del filósofo marxista István
Mészáros). Las sucesivas crisis económicas del capitalismo (la
próxima tendrá como detonante el estallido de la burbuja de la IA y
su impacto económico y social estará más próximo a la de 2008 que
a la de las punto.com), con un crecimiento lento y una deuda mundial
impagable, unidas a la crisis social, derivada de la creciente
desigualdad, la medioambiental, la de representación política, la
geopolítica y la tecnológica, que por un lado, al incorporarse a un
creciente número de empresas, va haciendo descender la tasa de
beneficio del capital, precisamente por su generalización, y por el
otro, crea un enorme ejército de reserva de parados, provoca en las
clases medias y bajas una visión de mundo en caos y sentimientos de
desasosiego, alienación de la realidad, frustración e ira social.
En un momento histórico en el
que la clase trabajadora ha desaparecido como sujeto político, no
como realidad social y económica, en el que el horizonte del
socialismo se ha esfumado de la esperanza humana y gran parte de las
mentes de los explotados y sobreexplotados se han visto seducidas
por la extrema derecha, la regresión a la tribu, las identidades
excluyentes y las emociones han acabado por reforzar aún más la
perspectiva de los intereses de la clase dominante como interés
general. La izquierda participa en ello cuando se pliega a los
intereses de Estado, de un Estado siempre de la clase dominante,
como interés de TODOS, como si en ese TODOS no existieran las clases
sociales.
La geopolítica ha sido
entronizada, en su naturaleza de Estado, a través de la influencia,
los diferentes y cambiantes pactos económicos de las regiones del
globo (los BRICs son parte de la misma jugada de Estados capitalistas
que simplemente buscan un reposicionamiento más ventajoso a escala
mundial), la presión económica y militar y el chantaje por parte
de quienes puedan ejercerlos. Pero el resultado es siempre el mismo:
Estados capitalistas al servicio de su fracción nacional
capitalista que, irónicamente, siempre está participado del capital
internacional (estadounidense o últimamente chino).
EEUU se hunde. Su deuda supera
al PIB conjunto de China, India, Japón, Alemania y Reino Unido y
asciende a 37 billones de dólares, el 123% de su propio PIB. Esa
deuda es impagable. Japón y Méjico, dos socios comerciales claves
de EEUU acaban de deshacerse de una parte de la deuda norteamericana.
Si continúa haciéndolo China, uno de los mayores tenedores de la
misma y que lleva ya tiempo vendiendo a terceros parte de los bonos
de la deuda estadounidense, el mensaje a los mercados financieros
mundiales será muy claro: la deuda de EEUU ya no es un valor
financiero seguro ni deseable, con lo que muy probablemente otros
países tenedores de la misma seguirán este camino. El pánico se
apoderará de Wall Street. EEUU ya no podrá continuar
financiándose. EEUU estará acabado. Su economía está en recesión
y a la vez sufre un fenómeno de estanflación. Las caprichosas y
fluctuantes tasas impositivas a las exportaciones de productos de
terceros países hacia EEUU (aranceles a las importaciones) están
provocando en el país encarecimiento de los productos, mermando la
ya baja capacidad adquisitiva de los salarios de las clases
trabajadora y media, afectados en buena medida por los recortes de la
administración Trump a la asistencia social, inflación y posibles
efectos negativos a las cadenas de suministro; seguramente con un
efecto más negativo para los propios EEUU que para buena parte del
resto del mundo, ya que, por un lado EEUU es un país muy dependiente
de la importación de productos manufacturados y materias primas y,
por el otro, buena parte de sus socios comerciales están buscando
nuevas alianzas comerciales con China. Y no se trata solo de países
de Latinoamérica, África o Asia sino también de una parte de sus
socios europeos.
El nacionalismo proteccionista
de EEUU en lo económico tiene consecuencias en lo político. Cada
vez más antiguos socios ven a la antigua potencia hegemónica
mundial como un socio político no confiable. El vasallaje de los
Estados amigos de Norteamérica ha quedado mucho más la vista con la
política de chantaje arancelario de la administración Trump. La
presión del Presidente de EEUU para que Europa incremente su
contribución hasta un 5% en la financiación de la OTAN ha generado
descontento en las sociedades de los países de la UE, conscientes de
que ello acelerará el proceso de desmonte de sus Estados del
Bienestar e instala un proceso de desestabilización de sus
gobiernos, con crecientes dificultades para lograr mayorías amplias.
La diferencia en las posiciones
de los gobiernos de los países centrales de la UE y del gobierno de
EEUU respecto a la invasión de Ucrania por Rusia y de las decisiones
a adoptar respecto a los dos países beligerantes muestra que ya no
hay ni un diagnóstico ni una actuación compartidas a uno y otro
lado del Atlántico.
La percepción de Rusia desde
Europa, especialmente de los gobiernos de países como Alemania,
Polonia, Reino Unido, Francia, Dinamarca o Bélgica es marcadamente
más beligerante frente a Moscú -de ahí su compromiso con el
rearme, el aumento del gasto militar, la vuelta al militarismo, la
incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN y la decisión de
recuperar el servicio militar por parte de algunos de ellos- que las
oscilantes posiciones de Trump frente a Putin, que el primero
acompaña del chantaje y la humillación hacia Zelenski, conminándole
a aceptar la exigencia de Rusia de cederle parte del territorio
ucraniano.
Mientras en la mayoría de los
países de la UE sus gobiernos intentan instalar en sus sociedades la
psicosis belicista y patriotera del pánico al oso ruso, a pesar de
que éste se esté dejando los dientes en Ucrania y, finalmente salga
debilitado económica y militarmente de una guerra que se parecerá
más a las tablas en ajedrez que a una victoria total, en Washington
el odio se concentra en el enemigo chino. Dentro de la escasa lucidez
que pueda haber en la mente de Trump, su gobierno y sus asesores, hay
una idea que es muy cierta: hoy Rusia no representa un poder
económico ni militar que pudo representar en el pasado frente a EEUU
pero China sí, hasta el punto de que muy probablemente le haya
superado ya en ambas dimensiones, precipitando el declinar de la
hegemonía estadounidense como gran superpotencia mundial.
Que Rusia ya no es la potencia militar que fue la URSS lo demuestra el hecho de que tras casi 4 años de guerra con Ucrania no ha logrado dominar mucho más territorio del que ocupó el levantamiento prorruso en el Donbass en 2014 y la anexión de Crimea en el mismo año. Sí intentásemos reconocer algún tipo de éxito a la agresión rusa a Ucrania no iría mucho más allá que la de destruir las infraestructuras y la economía ucraniana hasta el punto de garantizarse que por muchos años este país no será un problema para Rusia.
Recientemente, en el mes de
noviembre, navíos de guerra chinos y de EEUU, ambos con
superportaaviones, destructores y cazas, cruzaron provocaciones
mutuas en el estrecho de Taiwán, China defendiendo que navegaban en
aguas propias, reclamando para sí el territorio de la isla, y EEUU
declarando que protegía a su aliado taiwanés y que esas eran aguas
internacionales. El despliegue de dos armadas recorriendo en paralelo
el estrecho, navegando en formación, a menos de 200 metros una de
otra, con riesgo de colisión, finalmente evitado por ambos, y que
hubiera podido desencadenar un enfrentamiento bélico, indica cómo
están las cosas en ese lado del mundo.
Por su parte, la primera
ministra japonesa Sanae Takaichi se ha unido a la fiesta de la
tensión diplomática que, como deberíamos saber es, a menudo, la
antesala de la tensión bélica. Ha tomado como intereses propios la
defensa y protección de Taiwán y ha sido la primera en encender la
llama, al proclamar que tomaría la agresión china a la isla como
una agresión a Japón. Una declaración sorprendente realizada desde
un país que tiene a China como su principal socio comercial, con
intercambios por valor de 308.000 millones de dólares en 2024. Dos
países en los que el sentimiento nacionalista ha ido escalando en
paralelo a la inversión militar. Japón aprobó en 2025 un gasto de
49.000 millones de €, el mayor rearme de este país tras la II GM,
pero viene haciéndolo de manera sostenida al menos desde que Shinzo
Abe regresó al poder en 2012. China tuvo un gasto militar en el
presente año de 246.000 millones de dólares.
Japón ha instalado misiles en
Taiwán para su defensa. China ha creado un archipiélago de islas
artificiales donde ha situado misiles apuntando a la que considera su
territorio rebelde.
Japón teme las represalias de
una potencia militar como China que guarda memoria de los crímenes
cometidos durante la ocupación japonesa en la II GM, entre 1937 y
1945, que fue conocida como el Holocausto de Asia, por las
atrocidades cometidas por las tropas japonesas contra los civiles
chinos.
Discutir quien tiene razón,
cuando lo que está en juego es la posibilidad de una III GM es
propio de imbéciles y cabilderos al servicio de los intereses
económicos, políticos y bélicos de ambas superpotencias.
Las amenazas de Trump a
Venezuela, junto con el asesinato de más de un centenar ciudadanos
de ese país, en sucesivas acciones militares extrajudiciales contra
civiles, que navegaban en embarcaciones en el Caribe, no creo que
llegue a concretarse en una operación militar global, más allá de
alguna operación limitada de castigo contra este país andino,
similar a los ataques de Israel contra Irán (en cualquier caso otra
acción violenta del terrorismo de Estado de EEUU), al menos mientras
Rusia y China sigan haciendo demostraciones de apoyo al gobierno
venezolano. EEUU está haciendo demostraciones de fuerza con una
armada marítima que incluye portaaviones, cruceros y fragatas, junto
con aviones de ataque pero a Rusia se han unido ya fuerzas navales
chinas que navegan por puertos del Caribe. EEUU ya tiene un gran
frente, potencialmente bélico con China, por las pretensiones de la
misma en relación con sus reivindicaciones sobre Taiwán y no le
conviene abrir ahora un segundo frente con unas posibles fuerzas
combinadas de China y Rusia.
Sabemos que Trump es un matón
impredecible, sabemos también que necesita alguna demostración de
fuerza que galvanice el patrioterismo fanfarrón del norteamericano
medio de un movimiento MAGA que se le está disolviendo entre los
dedos, ahora que tiene varios frentes abiertos en su propio país y
en el partido republicano que amenazan su presidencia.
Pero también sabemos que es un
cobarde de marca mayor. Lo ha demostrado con Putin, que se le ríe en
su cara con la guerra de Ucrania, lo ha demostrado también con sus
estratosféricos aranceles a amigos y enemigos, que luego ha rebajado
considerablemente cuando países que han sido afectados por los
mismos se le han enfrentado y han hecho algo similar con las
exportaciones estadounidenses y lo ha demostrado, por supuesto, con
su negativa a desclasificar los papeles Epstein para presentarse
después como abanderado de su desclasificación, una vez que se le
revolvió el redil republicano MAGA.
En este punto debo corregir mis afirmaciones anteriores, una vez que hemos conocido el secuestro del presidente Maduro en un ataque de las fuerzas armadas de los EEUU, así como la decisión de juzgarle de acuerdo a los cargos prefabricados por la administración Trump, la intención de la misma de dirigir Venezuela hasta el nombramiento de un gobierno títere al servicio de los intereses económicos (explotación del petróleo venezolano por las compañías estadounidenses) y políticas de Washington.
La tibia reacción internacional al secuestro pirata del presidente venezolano, independientemente de la consideración política que este ex mandatario pueda merecernos, y particularmente de Rusia y China, afianza la percepción de un reparto del mundo entre las superpotencias, a pesar de las tensiones que ello pueda llevar aparejadas.
El ocaso de los imperios suele
estar encabezado por dirigentes degenerados (Heliogábalo en Roma),
directamente idiotas (Carlos II el Hechizado en España) o inútiles
(Gorbachov en la URSS). Trump reúne las tres virtudes.
Cuando coinciden en el tiempo
una superpotencia declinante (EEUU), otra que la está sustituyendo
en su condición de hegemónica (China) y un tercer actor, cuya
recuperación de su condición de superpotencia es discutible, al
menos en su dimensión económica (Rusia), con personalidades
autoritarias al frente de sus respectivos países, los cuáles azuzan
el nacionalismo en los mismos, detrás de los cuáles hay siempre
intereses económicos (las mayores reservas de petróleo del mundo
están en Venezuela, el 60% de los semiconductores y algo más del
90% de los chips más avanzados del mundo son producidos por Taiwán),
los riesgos sistémicos de confrontación bélica se disparan.
En este clima armamentista y
prebélico el hecho significativo más sorprendente es la apatía de
la sociedad mundial y, particularmente, la ciega atonía y
desmovilización de las llamadas izquierdas políticas y sociales
(sindicales, entre otros), enfeudadas en los asuntos domésticos y en
combatir, apenas mediáticamente, a las hojas de ruta que les imponen
sus respectivas derechas y utraderechas nacionales.Por limitado que sea el riesgo
de una III conflagración mundial, el peligro es intolerable, no ya
desde una perspectiva de izquierda, o lo que diablos signifique eso
hoy, sino simplemente desde una óptica democrática y humana.
Europa está sufriendo las
tensiones de su pertenencia a la OTAN, ampliada tras la caída de la
URSS a sus antiguos aliados (Albania, Bulgaria, Polonia, Chequia,
Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia), junto
con países que formaron parte en el pasado de la extinta República
Federativa Socialista de Yugoslavia (Montenegro, Croacia, Eslovenia,
Macedonia del Norte) y las más recientes de Finlandia y Suecia, y
de su posición en la guerra ruso-ucraniana. Con la excepción de
Ucrania, que ha pedido su incorporación a la Alianza Atlántica y
tiene muchas papeletas para ello, y Bielorrusia, aliada de Rusia, la
OTAN hace frontera con Rusia (Letonia, Lituania y Estonia). La
promesa de George Bush y su secretario de Estado James Baker a
Gorbachov de que la OTAN no incorporaría a los antiguos aliados de
la URSS a cambio de la aceptación de la unificación de Alemania no
se cumplió.
La posición de esta alianza en
la guerra ruso-ucraniana no es militarmente neutral respecto a un
país (Ucrania) que no es miembro de la misma. No está obligado a
un apoyo militar que no es gratuito. Están plenamente justificadas
las sanciones económicas de su brazo político, la UE, al país
agresor pero no la venta masiva de armamento a Ucrania, así como el
apoyo tecno-estratégico y el asesoramiento militar. Hacer esto pone
en riesgo a la población civil europea e incrementa el riesgo
prebélico.
Unas izquierdas socioliberales
y socialdemócratas -distinción ya irrelevante porque todos ellos
son keynesianos- están aprobando, desde la oposición o desde
gobiernos de coalición, el rearme que significan los presupuestos de
guerra en los parlamentos de las democracias del capital.
Una parte de la otra izquierda,
a la que cabe calificar con mesura como “paleocomunista”, está
entusiasmada con la potencia económica del capitalismo chino, en el
que sigue imperando la ley del valor, y ven en el paso de China del
poder blando al poder duro una forma de lucha contra el capitalismo
de EEUU, lo mismo que hasta ayer veían en la Rusia de Putin una
potencia antiimperialista.
Esta postura proviene de la
antigua teoría “campista”, definida y expuesta por Andréi
Zhdánov, segundo secretario del comité central del PCUS, durante la
dirigencia soviética de Iósif Stalin, según la cuál
“Los cambios radicales en
la situación internacional y en la situación individual de varios
países, como consecuencia de la guerra, han transformado
completamente el panorama político del mundo. Se ha producido un
nuevo alineamiento de fuerzas políticas. Y cuanto más nos alejamos
del fin de la guerra, más claras se hacen las dos tendencias
principales de la política internacional, que corresponden a la
división de las fuerzas políticas de la escena mundial en dos
grandes campos: el campo imperialista y antidemocrático, de un lado,
y el campo antiimperialista y democrático, del otro. La fuerza
principal y dirigente del campo imperialista es Estados Unidos; Gran
Bretaña y Francia son sus aliados. La presencia del gobierno
laborista de Attlee-Bevin en Gran Bretaña y del gobierno socialista
de Ramadier en Francia no impide que Gran Bretaña y Francia
desempeñen el papel de satélites de Estados Unidos y sigan su
política imperialista en todas las cuestiones básicas.
(…)
Las fuerzas
antiimperialistas y antifascistas constituyen el otro campo. La URSS
y los países de nueva democracia son los pilares de este campo.
También están incluidos los países que han roto con el
imperialismo y han adoptado la vía del desarrollo democrático, como
Rumanía, Hungría y Finlandia. Indonesia y Vietnam están asociados
al campo antiimperialista….” (“Informe
presentado en la Conferencia Informativa de Nueve Partidos Comunistas
en Polonia el 25 septiembre de 1947”).
Zhdánov fue la versión
soviética de la escuela del realismo político norteamericano,
representada por los asesores de las administraciones
estadounidenses, Morgenthau y Kennan. Para la “doctrina Zhdánov”,
“de facto”, aunque no de forma declarada, y para la
escuela del “realismo político norteamericano”, de forma
explícita, los Estados son los actores principales de la política
internacional, siendo su objetivo principal la preservación de sus
intereses como Estados, su seguridad y su poder, los que determinan
su acción política en su relación con otros Estados y
subordinándose otras cuestiones, como las ideológicas o los medios
de influencia en las relaciones internacionales, al objetivo
principal.
Cabe preguntarse si la teoría
campista, expuesta Zhdánov en 1947 no era una mera adaptación al
reparto de Europa, asumida por EEUU y Gran Bretaña, por un lado, y
la URSS, por el otro.
No se entiende, de otro modo,
la traición soviética, en el período de guerra civil griega,
posterior a la II GM, a la guerrilla de predominio comunista (KKE)
del ELAS, que había sido la principal fuerza de enfrentamiento
contra ocupantes fascistas italianos y nazis alemanes, y
posteriormente a su sucesor insurgente, el DES, ya con absoluto
predominio del KKE.
En la Conferencia de Moscú en
octubre de 1944 y la derrota de las tropas invasoras de Grecia,
Churchill exigió a Stalin el control de la práctica totalidad de
Grecia a cambio de retirar sus aspiraciones sobre Yugoslavia. Aquí
se fraguó la traición soviética contra el KKE y su guerrilla que
controlaba gran parte de Grecia.
Los soviéticos presionaron a
los comunistas y su guerrilla para que se desmovilizaran y
permitieron que los británicos hicieran auténticas masacres contra
el partido y la guerrilla, en colaboración con grupos armados
monárquicos, de extrema derecha y colaboracionistas de las antiguas
potencias del Eje y el apoyo militar de EEUU.
Solamente la Yugoslavia del
rebelde disidente comunista Tito apoyó a la guerrilla griega, la
cuál en un alarde de ceguera estalinista acabó por mantenerse
dentro de la ortodoxia soviética, condenando el “titismo” y
expulsando de sus filas a los simpatizantes de esta corriente
comunista, con lo que el apoyo yugoslavo finalizó en 1949 y fue el
fin de la guerrilla.
La clase trabajadora había
perdido su independencia de clase dentro de las repúblicas que
constituían la Unión Soviética, al desaparecer la independencia
sindical, absorbida por el dominio político ejercido por el PCUS,
producirse un vaciamiento del poder real de los sóviets en la
gestión y organización de la producción en beneficio de los
gerentes y directores que constituyeron, en un sentido no exacto,
una nueva “burguesía de Estado”, no propietaria de los medios de
producción, pero si usufructuaria de los mismos, con unas
condiciones salariales y de vida muy por encima de la clase obrera y
centralizarse la autoridad del Estado a través del partido único.
Los funcionarios del partido y del Estado se incorporaron también a
esa casta dirigente, estableciendo alianzas con los “NEPman”. La
democracia socialista, que era el significado que Marx y el propio
Lenin (“El Estado y la revolución”) habían dado al
concepto “dictadura del proletariado” se convirtieron en
dictadura del Estado y el partido único sobre el propio
proletariado, y no en un ejercicio del poder del proletariado sobre
la burguesía.
Se podrá argumentar que una
clase obrera minoritaria y poco formada no estaba en condiciones de
ejercer el control obrero de la producción ni el ejercicio de la
gestión fabril, especialmente en medio de una guerra civil, pero,
para cuando lo estuvo y fue mayoritaria, la Unión Soviética era ya
un inmenso Leviatán, en el sentido hobbesiano, de dictadura
burocrática.
Los intereses de Estado, de
CUALQUIER ESTADO, tenga la naturaleza que diga tener, se encuentran
siempre por encima de cualquier consideración de tipo ideológico.
El internacionalismo proletario, “Proletarios de todos los
países, ¡uníos!”, enunciado cinco años antes de la
publicación del “Manifiesto Comunista” por la socialista
feminista Flora Tristán, a la que Marx admiraba, es un llamado a la
unidad internacional de clase, desde la misma clase trabajadora y
desde su independencia de clase. El campismo es un engaño. Los
Estados, por socialistas que digan ser, no representan la lucha de
clases a nivel internacional.
Por mucho que, en ocasiones
hayan podido apoyar levantamientos populares y de clase o luchas
antiimperialistas, lo han hecho más por intereses geoestratégicos y
de influencia económica y de Estado que por motivos ideológicos.
Quizá la única excepción haya sido Cuba en los procesos
anticolonialistas africanos de los años 70 del pasado siglo.
En el caso soviético el
antecedente remoto del “campismo” fue la bolchevización de las
secciones nacionales (los partidos comunistas) de la Internacional
Comunista (Komintern), aprobada en el V congreso de la misma,
realizado entre los meses de junio y julio de 1924.
De la necesaria coordinación
internacional de los partidos comunistas, propia de los anteriores
cuatro congresos de la Komintern, se pasó a la subordinación a
Moscú. Una vez iniciado el arrinconamiento de las fracciones
trotskista, la oposición obrera y otras corrientes como la
consejista de los órganos de dirección del PCUS, del secretariado y
el comité ejecutivo de la Komintern, acentuado el control de aquél
en ésta y unificando en la práctica el poder del partido único y
del Estado soviéticos, los partidos comunistas del resto del mundo
pasaron a ser apéndices de los intereses de la camarilla estalinista
que gobernaba la Unión Soviética, limpiando por el camino las
secciones nacionales de militantes disidentes con la nueva línea
trazada en el V congreso; ello hasta el punto de que el comité
ejecutivo de la Komintern se reservaba el derecho de anular o
modificar las resoluciones y decisiones tomadas en los congresos y
por los órganos dirigentes de los partidos nacionales. A partir de
entonces los partidos comunistas tenían un objetivo principal:
defender los intereses de Estado de la URSS, justificando, de paso,
los zigzagueantes tacticismos, ora izquierdistas (“clase contra
clase”), ora derechistas (“socialismo en un solo país”) del
estalinismo.
Una lección histórica de lo
que significó la sujeción de los partidos comunistas a la Komintern
fue el caso de la imposición en 1922 por el estalinismo soviético
al PCCh de aliarse con el Kuomintang de la burguesía nacionalista
china en su lucha contra los señores de la guerra, exigiendo a los
comunistas chinos unirse a título individual y trabajar a las
órdenes de la dirección del Kuomintang. La camarilla estalinista
concedió a la burguesía nacionalista china un estatus privilegiado
en sus relaciones con Moscú y la Komintern (armamento, dinero,
asesores, creación de la Academia Militar de Whampoa, nombramiento
de Chiang Kai-shek como miembro honorario y del presidium de la
Komintern,…)
Tras la aprobación por el PCUS
de la doctrina del “socialismo en un solo país”, se determinó
que el tiempo de las revoluciones obreras de carácter socialista
había pasado y se asumió el modelo “etapista”; la revolución
por etapas, primero capitalista y democrática en los países
atrasados y con insuficiente desarrollo industrial, después
socialista. Pero, a diferencia de Rusia, donde los propios
bolcheviques lideraron el desarrollo industrial del país, en el que
el gobierno reformista burgués duró solo unos pocos meses, la
previsión del período burgués y de desarrollo capitalista era de
largo plazo para China. En esta cuestión, el estalinismo adoptaba la
misma postura que el reformismo socialdemócrata.
El PCCh, que se resistió
durante un año al “diktat” de Moscú,
aceptó la colaboración con el Kuomintang. En 1925 la facción
“izquierdista” de Wang Ching-wei en el Kuomintang fue aplastada
por el ala derechista de Chiang Kai-shek, que se convirtió en el
hombre fuerte de su partido. Chiang detuvo a medio centenar de
dirigentes comunistas y expulsó a los asesores soviéticos, mientras
reprimía huelgas obreras en Cantón y Hong Kong. Stalin mantuvo su
exigencia de que los comunistas continuaran trabajando dentro del
Kuomintang y les prohibió la organización de sóviets campesinos y
obreros.
En 1927 los comunistas chinos
organizaron una insurrección en Shanghai, apoyada por una huelga
promovida por la Unión General del Trabajo, que culminó en la toma
de la ciudad. Stalin se opuso a ello. Una semana después Chiang
Kai-shek aplastó al PCCh y a su sindicato y provocó lo que se
conoce como la “masacre de Shanghai”, con el asesinato de cientos
de comunistas y sindicalistas, en un primer momento. Posteriormente,
durante el “terror blanco”, la matanza de comunistas y
sindicalistas alcanzó a miles de personas. Y aún habrían de
producirse muchos más asesinatos de comunistas chinos, esta vez a
manos del sector de “izquierda” de Kuomintang.
La enseñanza que podemos
extraer de ello es que no defender y desarrollar una política de
independencia de clase tanto frente a la burguesía como frente a
cualquier Estado, diga tener la orientación político-ideológica
que diga, es desastroso para la clase trabajadora.
Habrá quien piense que si los
comunistas chinos se hubieran sometido por completo al partido de la
burguesía nacionalista, sin intentar movilizaciones de clase en
apoyo de los campesinos y obreros, las masacres contra sus militantes
se hubieran evitado. Esa era la consigna de Stalin, la renuncia a su
independencia de clase y la traición a los principios comunistas.
Últimamente proliferan los
sinólogos y sinófilos en las redes sociales, como anteriormente los
kremlinólogos y kremlinófilos que veían en la Rusia de Putin un
gran aliado antiimperialista de la clase trabajadora mundial. Sus
conchaveos con el fascista Trump y con otros líderes de la extrema
derecha como Orban, Marine Le Pen, los nazis de la AfD en Europa, o
Modi en India, les están dejando con el culo al aire, hasta el punto
en que resulta difícil presentar a Rusia como antifascista en su
guerra contra Ucrania cuando en su territorio (San Petersburgo) se
organizan cumbres
de fascistas europeos y latinoamericanos. Llamativamente lo mismo
que ha hecho Trump
con su cumbre de la extrema derecha internacional en febrero de este
año.
Vistas así las cosas y
comprobado que el supuesto factor de progresismo del Kremlin en el
marco de sus alianzas políticas es un tanto discutible, sin hablar
de su nacionalismo, defensa de la familia tradicional, los valores de
la iglesia ortodoxa, su apología del pasado imperial ruso o su
homofobia, parte del viejo estalinismo, involucionado o no ha hacia
el rojipardismo, ha puesto sus esperanzas en China. Curiosamente, lo
mismo que está empezando a hacer cierto progresismo norteamericano
(Richard Wolff), los llamados Socialistas Democráticos de América
(DSA), ala izquierda del partido demócrata, y parte del populismo
latinoamericano.
¿Qué tienen en común estos
estalinistas y los progresistas?
Ambos llaman socialismo a lo
que no lo es. El autodenominado “socialismo con características
chinas” (economía socialista de mercado) no es en absoluto
socialista.
Los bonzos sinófilos suelen
destacar dos argumentos principales para definir como socialista a
China: que es un sistema de economía planificada y que el Estado se
reserva la propiedad pública de sectores estratégicos de su
economía.
Aunque suene muy parecido, no
es lo mismo economía planificada que planificación económica.
La economía planificada es un
sistema económico centralizado por el Estado que prescinde del
mercado o le otorga un papel muy secundario. Históricamente ha
significado la estatización de las empresas y ha funcionado mucho
más de arriba a abajo (cálculo de las necesidades de producción
por el Estado para el abastecimiento de la población mediante la
distribución) que de abajo a arriba (información y participación,
como forma de democracia socialista, en las decisiones de producción
de las empresas y de la sociedad hacia arriba). Ejemplos de ello
fueron la URSS y China hasta Deng Xiaoping, siendo este último el
que cambio el modelo económico chino de economía planificada a
“economía socialista de mercado”
La planificación económica no
tiene por qué estar asociada a aquellas economías que se
autodenominaron en su día socialistas. De hecho, es, y sobre todo ha
sido antes de la globalización neoliberal, un instrumento
perfectamente funcional para el capitalismo.
Por un lado, que los Estados
capitalistas se ocupasen de sectores industriales estratégicos para
el desarrollo de sus economías, ante la imposibilidad de que fuese
el capital privado, por su elevadísimo coste y un bajo retorno, o a
muy largo plazo, de beneficios, ha sido históricamente un factor de
sostenibilidad del capitalismo.
Una derivada de esta cuestión
es que dichos sectores estratégicos actúan como motores de la
economía general y, particularmente de los sectores privados en
períodos de crisis o de insuficiente acumulación del capital.
Por el otro, garantiza una
cierta soberanía de los países ante la posible penetración de
capital extranjero en sectores económicos críticos.
Un caso paradigmático de
planificación económica fue el del gobierno provisional francés de
1945-46, con de Gaulle al frente y una composición interna de
gaullistas, comunistas y socialistas . En dicho período se
nacionalizaron sectores clave de la economía como el automovilístico
con Renault, la banca de depósitos, las aseguradoras, la energía,
la aviación comercial. Jean Monnet fue el encargado del primer plan
de modernización, dando lugar a un sistema de planes quinquenales
aún vigente, aunque sin connotaciones socialistas.
Canadá, Méjico, Suecia,
Noruega o Dinamarca son solo algunos ejemplos de países de economía
mixta, con sectores estratégicos estatales y planificación
económica.
¿Qué tienen en común con
China de forma esencial? Que todos ellos son capitalistas y ninguno
de ellos es socialista.
Por mucho que China diga
aplicar una planificación económica dentro de lo que denomina
“economía socialista de mercado”, al orientarse hacia una feroz
competencia económica entre sus empresas privadas (la gran mayoría
de ellas) ha entrado en una dinámica de sobreproducción que podría
detonar en forma de crisis local y global, la característica crisis
capitalista de sobreproducción que analizaron Marx y Engels. Para
quienes deseen profundizar en esta cuestión les adjunto el enlace
del economista marxista Rolando Astarita titulado “Sobreproducción
y guerra de precios, en China y global”. A nadie debiera
escapársele la conclusión de que, si China fuese un país
socialista y no capitalista, como en realidad es, no sufriría un
fenómeno de sobreproducción pues su producción estaría orientada
hacia la satisfacción de las necesidades de la población y no a una
guerra a muerte de sus empresas para imponerse dentro y fuera de
China a su competencia.
Para Marx y Engels la economía
socialista implica necesariamente la SOCIALIZACIÓN de los medios de
producción y el FIN DE LAS RELACIONES SOCIALES DE PRODUCCIÓN
CAPITALISTAS.
La estatización, parcial e
incluso total, de las empresas de un país no es en absoluto
socialización de las mismas. Equivale a decir que lo público es de
todos pero ese todos nunca ha sido consultado sobre cómo quiere que
sea y funcione lo público. Una masa de políticos, burócratas y
empresarios gestores provenientes de la economía privada son los
encargados de dirigir las empresas estatales.
Esto nos lleva a la cuestión
central: ¿quiénes ejercen el poder dentro de las empresas estatales
y privadas en China? Les voy a dar un “spoiler”, ahora que
está tan de moda emponzoñar el idioma español con gilipolleces en
inglés: los trabajadores NO.
Reto a los sinófilos a que me
den ejemplos actuales de consejismo obrero, control obrero de la
producción y autogestión en empresas estatales o privadas chinas
porque esas cuestiones son el pilar básico de la “democracia
socialista” en las empresas.
Varios datos enormemente
relevantes que ayudan a entender la naturaleza económica de China en
2025: el
60% del PIB es aportado por las empresas privadas que constituyen el
92,3% del total nacional de las empresas, el 70% de la innovación
tecnológica y el 80% del empleo urbano.
Si en la Rusia soviética,
cuando se aprobó aún no era la URSS, la NEP, implicó la apertura a
las pequeñas y medianas empresas privadas y la dirección gerencial
de las estatales por sus antiguos propietarios capitalistas,
vigilados por el partido y con un decreciente papel de los sóviets
de fábrica, a los que el Estado ya estaba reduciendo poder, y a ese
cambio Lenin no tuvo empacho en llamarlo “Capitalismo de Estado”,
no sé por qué los bonzos sinófilos occidentales se empeñan en
llamar “economía socialista de mercado” a lo que hoy hay en
China, sobre todo cuando el papel de la empresa privada en China va
en ascenso y la NEP en Rusia/URSS acabó en 1928.
Hace unos meses mantuve una
discusión en redes sociales, lo que confirmó mi convicción de que
en ellas se extiende la idiocia como una mancha de 1.000 toneladas de
aceite, con uno de esos “cheerleaders” que, con un
ejemplo, Huawei, pretendía demostrarme el inequívoco carácter
socialista de China, afirmando que los trabajadores de dicha
multinacional eran propietarios de la misma, a través de la
participación en su accionariado. Y se quedó más ancho que largo.
Lo de que la fórmula accionarial fuera puramente capitalista (lo que
se conoce como capitalismo popular), eso sin tener en cuenta que la
inserción internacional de Huawei en el mercado capitalista mundial
hace de ella una empresa capitalista, pareció a mi interlocutor algo
insignificante. El director ejecutivo de Huawei sigue siendo a día
de hoy su fundador, Ren Zhengfei que conserva una pequeña
participación accionarial, lo mismo que la familia Botín en España,
que desde hace varias generaciones, con menos del 5% dirige la
presidencia del Santander, uno de los principales bancos mundiales.
Ren Zhengfei es uno de los multimillonarios más importantes de China
y miembro del partido comunista chino.
En China continúa vigente la
ley del valor, la que explica la extracción de plusvalía al
trabajador y, en consecuencia, la explotación (lo que el cinismo
ignorante del progre y el pseudocomunista llama trabajo digno) y la
sobreexplotación laboral (lo que el cinismo ignorante del progre y
el pseudocomunista llama explotación) al mismo. Y ello sucede dentro
de su capitalismo de Estado tanto en las empresas privadas, la
inmensa mayoría, como en las públicas pues uno de sus principales
objetivos es el beneficio y es sabido que él se obtiene mediante el
plustrabajo, aquella cantidad de trabajo que excede al tiempo
necesario para la producción de un bien. Si ese tiempo de trabajo es
de 6 horas y la jornada es de 8, lo que está sucediendo es que cada
hora trabajada dentro de una jornada laboral normal recibe un salario
inferior al que debería corresponderle. De este modo se escamotean
esas dos horas creadoras de plusvalía dentro de la jornada laboral,
convertidas para el capitalista en plusvalía. No invento nada que no
haya explicado antes el marxismo pero parece que algunos ponen una
vela a Marx y 100 al capitalismo chino. Los 100 años que dice la
dirigencia del PCCh que tardarán en llegar al socialismo. La
zanahoria cada vez más lejos pero los sinófilos se creen a pie
juntillas lo del “socialismo con características chinas”.
Es asumible que si en las
empresas estatales, que no de propiedad social, y las privadas los
trabajadores tuviesen instrumentos de poder obrero como el control de
la producción, los consejos (sóviets en ruso), autogestión (como
en la extinta Yugoslavia) o, al menos sindicatos independientes, y no
ese trampantojo llamado Federación Nacional de Sindicatos de China,
subordinado a las empresas y controlado por el partido, aquellos
asumiesen una forma de “autoexplotación”, con el fin de
incrementar las tres formas de salario (directo, indirecto y
diferido) y mejorar la redistribución social de la riqueza generada.
Pero no van por ahí los tiros. La diferencia entre que sean los
propios trabajadores quienes se autoimpongan libremente unas
condiciones de trabajo o lo imponga el Estado y los empresarios
privados define la naturaleza del sistema económico.
Según “Diario del Pueblo”,
periódico oficial de la dirigencia china, que se hacía eco de un
estudio de la Universidad de Pekin (el) “Uno
por ciento de los hogares más ricos de China controla más de un
tercio de las riquezas del país, mientras que 25% de los hogares más
pobres controlan sólo 1%”. Eso era en 2012. En 2025 el 10%
de las familias más ricas del país concentra el 68,8% de la riqueza
nacional. Muy igualitario no parece.
Quizá debido a la absoluta
desigualdad en la redistribución de la riqueza en China, de los
bajos salarios de gran parte de los trabajadores industriales (la
situación de la amplia clase campesina es aún peor), de condiciones
de trabajo que en muchos casos superan las jornadas diarias de 10
horas, ha dado lugar desde 2010, año en el que fueron más
numerosas, a multitud
de huelgas en las fábricas, muchas de ellas reprimidas por la
policía, castigadas en ocasiones con detenciones e incluso cárcel,
al margen de esa burla de sindicato oficial del régimen, auténticos
chivatos contra los huelguistas.
Para quien aún albergue dudas
sobre la naturaleza de la economía china -los hinchas no son
susceptibles de análisis crítico de la realidad alguno. Su espíritu
de rebaño demanda ser pastoreados- le recomiendo un artículo de la
revista digital “Contexto” (ctxt). Se titula “Por
qué China es capitalista”. Añade aspectos muy interesantes a
lo que hasta ahora he expuesto.
Estoy convencido de que gran
parte de los sinófilos en red, en concreto aquellos con menor
formación política, son personas que han llegado a su admiración
por China desde la más absoluta ignorancia de lo que es el
socialismo y el marxismo y a los cuáles esa seducción por China les
viene del conocimiento de su crecimiento y desarrollo
extraordinarios. En la práctica es gente que hace suya la máxima de
Deng Xiaoping, el padre de la involución china hacia el capitalismo,
aquél que dijo “No importa que el gato sea blanco o negro, lo
importante es que cace ratones”. Si el gato se llama Partido
Comunista de China y dice que el país es socialista, ¿qué más
argumentos necesitan para convencerse? El resto, los de la teología
marxista-leninista, trata de evitar el síndrome de orfandad. Caída
la Unión Soviética hace casi 35 años, su caminar por el desierto
les dejó tan agotados que el espejismo de otra gran potencia que se
autodenominase “socialista” les vale como gran luminaria, por
mucho que en realidad se trate de un fuego fatuo.
Que el intento de la izquierda
y de ese engendro fariseo llamado partido demócrata de EEUU para
tumbar la presidencia de Trump haya puesto más su foco mediático en
los escándalos sexuales del presidente que en la expulsión de
inmigrantes, saltándose toda garantía jurídica, en la
militarización de varios Estados de la unión, con el patrullaje de
la guardia nacional, en el asesinato extrajudicial de pescadores
supervivientes del ataque militar en aguas venezolanas, en las
amenazas a Venezuela, Méjico y Colombia o en las terribles
consecuencias para amplios sectores de la clase trabajadora
norteamericana tras el cierre de la administración en cuestiones
como la sanitaria o el programa de asistencia alimentaria
suplementaria, muestra lo que es esa izquierda y lo que son los
demócratas: la cara B del mismo capitalismo norteamericano pero con
escrúpulos de moralina de bragueta.
Si antes del fin de la URSS con
Gorbachov al frente le antecedieron dos ancianos de brevísimo
recorrido en el cargo, interrumpido por cese vital, como Andropov y
Chernenko, el hecho de que en EEUU hayan tenido en los dos últimos
presidentes a dos momias con evidentes signos de deterioro
cognitivo, “Sleepy” (somnoliento) Biden y “Sleepy”
Trump, puede que ello nos esté diciendo algo sobre el declinar
de un imperio cuya fundación como Estado se asentó en las heces que
le sobraban al mundo: sectarios religiosos, padres fundadores de la
nación esclavistas, asesinos de tribus nativas, ladrones de
territorio a otros Estados (Méjico),…
Europa está adentrándose en
una carrera armamentista mediante el incremento acelerado del gasto
militar, lenguaje prebélico de buena parte de sus gobernantes, como
respuesta a las amenazas y provocaciones rusas, directas o
indirectas, sostenimiento de las defensas militares ucranianas
mediante el envío de armamento, con el fin de prolongar la guerra
ruso ucraniana y favorecer el desgaste militar ruso, vuelta al
servicio militar obligatorio,…
Mientras tanto la exigencia
trumpista a Europa del aumento de su contribución al gasto militar
de la OTAN hasta un 5% de su PIB incrementa la psicosis de debilidad
defensiva frente a Rusia y potencia su discurso belicista.
Al mismo tiempo el “diktat”
trumpista de la “Estrategia
de seguridad nacional estadounidense” al mundo y, en concreto a
Europa, deja clara su voluntad de restablecimiento de su poder
imperial global y de lograrlo apoyándose en las fuerzas más
reaccionarias de la extrema derecha europea por lo que respecta al
viejo continente:
“(…)
la creciente influencia de los partidos patrióticos
europeos es, en efecto, motivo de gran optimismo” (…)
Queremos trabajar con países alineados que deseen
recuperar su antigua grandeza”
“(…)
Cultivar, dentro de las naciones europeas, la resistencia a
la trayectoria actual de Europa”
“Fortalecer las naciones
sanas de Europa Central, Oriental y Meridional mediante vínculos
comerciales, ventas de armas, colaboración política e intercambios
culturales y educativos”.
Recomiendo la lectura completa
del texto “Estrategia de seguridad nacional estadounidense”,
que les he enlazado anteriormente, porque, junto con las
querencias fascistas para Europa, hay un guiño a la conspiranoica
teoría del “gran reemplazo”, divulgada en su día por el nazi
Renaud Camus y una actualización de la doctrina Monroe para América
Latina especialmente repugnante por el cinismo y el descaro con el
que anuncia sus ambiciones imperialistas.
Trump no es el mal. El mal es
un imperialismo norteamericano representado por una manga de
presidentes hijos de puta, republicanos y demócratas, sin solución
de continuidad, votados por un pueblo de deficientes mentales a los
que les ha ido bien con ese imperialismo hasta que ha empezado a
declinar. Trump es simplemente la expresión de la degeneración
política cuando un imperio llega a su ocaso.
En este contexto, la posición
más correcta para la clase trabajadora europea sería la que,
afirmando su independencia de clase frente a cualquier Estado,
imperio y bloque, levantase un poderoso movimiento por la paz, contra
la carrera de armamentos, el discurso y las actitudes belicistas e
hiciese frente tanto a la pinza EEUU -Rusia como a la alianza entre
la “alt right” norteamericana y la extrema derecha europea
y rusa.
Las dificultades para movilizar
a la clase trabajadora europea no se encuentran tanto en la apatía,
la postración y la indiferencia de la misma ante la situación
internacional como en el cinismo de unas izquierdas que, cuando no
son cómplices de las políticas belicistas desde los gobiernos o la
oposición, están atrapadas en sus propias contradicciones de
afirmar estar contra el peligro de guerra en Europa y no adoptar una
posición independiente de clase frente a cualquier interés de
Estado o de potencia.
3.5.-ATRAPADOS
EN LA RED: VOLVER A LA SOCIEDAD:
Del barrio, la asociación de
vecinos, la empresa, el sindicato, el centro cultural, las
asociaciones de madres y padres de alumnos, las asociaciones
deportivas, feministas y de defensa de diversas identidades, de las
organizaciones de estudiantes y de profesionales de la cultura y la
ciencia, la gran mayoría de la gente autodenominada de izquierda ha
ido desertando hacia sus vidas particulares o hacia unas redes
sociales en las que, si no pierde el tiempo en la más absoluta
banalidad, cree estar haciendo activismo en las redes sociales.
Hace ya bastantes años, tras
el vaciamiento de las organizaciones políticas, sindicales y
sociales, los síntomas eran evidentes: la sustitución del militante
a tiempo completo, por el izquierdista activo en sus ratos libres,
-cuando la derecha y la extrema derecha nunca han dejado de militar
de la mañana a la noche-, muchas veces como forma de ocio, y por el
activista por libre, con harta frecuencia, promotor de sí mismo y de
sus ambiciones de fama.
De ahí a las redes, unas veces
como cibermilitancia acrítica de un partido parlamentario o como
francotiradores por libre, en defensa de las particularidades a las
que cada izquierdista se hubiese adscrito, y de esas actuaciones a
convertirse en esclavos a tiempo completo del algoritmo solo había
un paso ya dado hace tiempo.
Pero las redes sociales no son
un lugar de combate real. Solo una trampa para el compromiso de
mínima intensidad del progresista, por airada que sea su protesta, y
de gran difusión para la promoción de las ideas más reaccionarias
del capitalismo y de un fascismo que sí construye organización
fuera del mundo virtual.
El tiempo derrochado en el
mundo digital es inútil, solo produce beneficio económico para las
plataformas sociales y para la hoja de ruta del tecnofascismo que
promueven y al que sus algoritmos dan un protagonismo casi absoluto.
La izquierda parece no querer
entender que el algoritmo que conduce a la preeminencia de los
mensajes fascistas en redes sociales no es un factor “accidental”
de las mismas, ni simplemente un modo de incrementar los beneficios
económicos, vía publicidad, que producen, como consecuencia de la
polémica y las reacciones contrarias que dichos mensajes suscitan.
La cuestión va mucho más
allá. Para la dominación ideológica absoluta que el capital
necesita en un mundo completamente dualizado entre clase dominante y
clases dominadas, es necesario ir arrinconando los argumentos
radicalmente opuestos a ese fin.
Detrás de quienes parecen ser
simplemente un reducidísimo conjunto de nombres propios de
megamillonarios dueños de las principales redes sociales se
encuentran grandes fondos de inversión (Kohlberg Kravis Roberts,
Sequoia Capital, SoftBank Group, General Atlantic, Hillhouse Capital
Group, en el caso de ByteDance, matriz de Tik Tok; más
de 100 grandes inversores en el caso de X Holdings Corp., propietaria
de X (antes Twitter); The Vanguard Group, BlackRock, Fidelity, J.
P. Morgan, Capital Group, etc. en el caso de Meta, matriz de
Facebook, Instagram, WhatsApp y Threads. Si ustedes se toman la
molestia de investigar un poco por su cuenta encontrarán
accionariados cruzados en diversas compañías y participaciones de
varias de ellas en distintas plataformas de redes sociales.
El “capitán de empresa”
de Schumpeter, el empresario innovador del que hablaba este
economista en “Teoría del desarrollo económico”
es, al menos desde hace un siglo, una ficción ideológica aireada a
los cuatro vientos por los voceros del capitalismo. Ningún gran
empresario nace de sí mismo. Una idea genial te convierte en
innovador. Un invento extraordinario hace de ti un inventor. Pero sin
los grandes grupos inversores, que pongan el capital necesario para
su infraestructura técnica, desarrollo y lanzamiento al mercado, el
genio se come los mocos.
Habitualmente los grandes
inversores prefieren quedarse en la sombra, proyectando la imagen
agigantada del “self made man” porque humanizar al
capitalismo, dotándole de la idea de esfuerzo, voluntad y visión,
construye potencia ideológica liberal pero es una absoluta farsa.
Sin los grandes inversores el empresario innovador/inventor no
pasaría de ser, en el mejor de los casos, el tendero de la esquina,
carente de medios para competir en un mercado global.
Si lograr el máximo beneficio
empresarial fuese el objetivo único de los accionistas de las redes
sociales, por aquello de que “el capital no tiene ideología, solo
intereses”, habrían optado por una auténtica dualización de las
mismas, equilibrando el protagonismo de las corrientes progresistas y
reaccionarias, y no habrían llenado aquellas de bots, destinados a
absolutizar la presencia de los mensajes más retrógrados.
Lo mismo sucede con una
pretendida Inteligencia Artificial, que está desplazando rápidamente
los enlaces en los motores de búsquedas, como Google o Bing, y
ofreciendo resúmenes para las búsquedas con un claro sesgo
ideológico
La ira izquierdista frente a
los señuelos continuos que las redes les tienden se estrella en un
vacío en el que bots y troles provocadores y profesionalizados de
extrema derecha se muestran ciegos y sordos, elevando el cortisol y
la adrenalina de la frustración izquierdista.
Por cada diálogo civilizado,
de breves y dudosos frutos, una eternidad de tiempo perdido.
Tan solo como acotación a
quienes señalan que el materialismo histórico ya no es válido para
analizar el presente porque vivimos en una sociedad de consumo, como
si lo consumido no hubiera sido producido antes bajo unas condiciones
materiales de producción y unas relaciones sociales concretas, cabe
interrogarles sobre si son conscientes de que en las redes sociales
los participantes son productores de contenido, y generadores de
plusvalía, sobreexplotados a coste salarial 0.
Si las autodenominadas
izquierdas quieren salir de la trampa digital en la que están
metidas necesitarán espacios propios, blindados ante fascistas y
ultraliberales, destinados a coordinar sus mensajes y luchas,
evitando los eternos debates nunca resueltos por sus inútiles
consensos, tan queridos por los llamados indignados del 2011, que
fueron una de las principales causas de su fracaso.
En cualquier caso, no hay
futuro sin construcción y ésta está en el mundo real, en los
espacios anteriormente señalados, en lo existente y cotidiano, en lo
que afecta a nuestras vidas, en los retos que los tiempos nuevos nos
presentan. Sin auténtica organización, adecuada a este presente, no
al pasado, y con la flexibilidad de adaptarse al futuro, la izquierda
estará muerta y, en ese caso mejor enterrarla y empezar de nuevo.
3.6.-YA
NO HAY IDEOLOGÍA DOMINANTE, SOLO IDEOLOGÍA ÚNICA:
Hubo un tiempo en el que los
marxistas explicábamos la ideología dominante a través los
aparatos de dominación ideológica del capital que señalo
Althusser (escuela, religión, familia, medios de comunicación,…).
Hoy, como durante el fascismo
del siglo XX, el éxito de la dominación ideológica está en gran
medida en la repetición de la mentira simplificada al nivel del más
idiota e ignorante de los seres humanos.Pero la potencia arrolladora
del fascismo actual no está solo en la elementalidad y simpleza de
su relato. Va mucho más allá.
Existe una ideología dominante
cuando es hegemónica frente a otras.
Esto ya no es así. Hoy hay tal
totalitarismo ideológico que, incluso bajo la apariencia de libertad
de expresión y de crítica, las ideas progresistas se baten en
retirada, las personas de izquierda sienten un creciente temor a
expresar sus ideas en público, fuera de la ficción de pluralismo
que aparentan las redes sociales, y cada vez más medios cierran la
puerta a voces que expresen su crítica radical a la realidad
existente. De hecho, los medios de la derecha y la extrema derecha
han designado a sus aparentes disidentes mediáticos, a los que
prestan espacios para fingir un pluralismo crítico que no es tal y
cuya discrepancia está destinada a reforzar el discurso más
reaccionario mediante tesis no muy alejadas del fascismo en
cuestiones como la inmigración, el feminismo, determinadas
identidades o el cambio climático.
En otras ocasiones, se trata de
individuos/as, con notable carga de frikismo, presentados como
políticamente incorrectos, como si esa no fuera una expresión muy
querida por el entorno más reaccionario.
Su función es la de contribuir
al desprestigio de una izquierda, en sentido amplio, ya de por sí
muy cuestionada y cuestionable, y hacer labor de zapa entre supuestos
miembros de la base social de la izquierda muy desorientados y con
ciertos tics reaccionarios, razón por la que suelen ser jaleados y
premiados con algún caramelo por sus promotores.
La derecha, en clara dinámica
extremista, y los fascistas dirigen hoy la agenda sobre lo
políticamente relevante, sobre los temas de los que hay que hablar y
se habla en los medios de comunicación, mayoritariamente en sus
manos: inmigración, islamismo, seguridad, políticas de género,
inviabililidad del Estado social y las pensiones públicas, defensa
de los valores tradicionales de la familia, nacionalismo,…
Lo de menos es el peso real que
estas cuestiones tengan en la vida de la población, en qué medida
respondan a problemas reales que afecten a las grandes mayorías
asalariadas de la sociedad. El hecho es que, al protagonizar la
información publicada y sobredimensionar su importancia, casi
siempre mediante mentiras y medias verdades, imponen su relato y
aquello sobre lo que hay que hablar, ocultando las cuestiones que
realmente afectan a la gente, y situando a la izquierda en posición
defensiva. Ello hasta el punto de que ésta centra gran parte de su
mensaje en limitarse a negar las mentiras de la derecha, en lugar de
difundir su hoja de ruta, cuando la tiene, y acaba por aceptar, más
pronto que tarde el programa político, ideológico, económico y
social de la reacción.
Una izquierda que apenas está
presente en los barrios de rentas bajas, que apenas pregunta
directamente a los trabajadores que viven en ellos por sus
condiciones reales de vida y las cuestiones que realmente les
afectan, más allá de los datos estadísticos y las encuestas, que
no milita en el mundo real sino en el mediático y el virtual, que no
hace pedagogía de esa realidad, está entregando parte de su base
social a la reacción y el fascismo y es una rémora para la
transformación del mundo.
Culpar a los trabajadores que,
huérfanos de orientación ideológica hacia la izquierda, caen en el
campo ideológico del fascismo, no es solo estúpido y perjudicial
sino mezquino. Los miserables que llaman “fachapobres” a los
desnortados políticos de la clase trabajadora evidencian su
impotencia política y muestran su ideología burguesa, aquella que
enfatiza en la pobreza su deseo de humillación y desprecio.
Tratarlos como lo que son, reaccionarios en la práctica, es la
respuesta más benevolente que merecen.
3.7.-APÓSTOLES
DE LA
EXTINCIÓN
DEL
SER HUMANO:
Desde
hace ya unos años ha penetrado de forma creciente en un sector de la
izquierda el pesimismo de la especie. Me refiero al pesimismo en la
especie humana; la creencia en que el ser humano es nocivo, que debe
dejar de reproducirse y que lo deseable es su extinción voluntaria.
Es lo que se conoce como “antinatalismo”.
No soy biólogo ni zoólogo
pero sé que ninguna otra especie animal ha buscado intencionadamente
nunca su propia extinción.
Lo que nos diferencia de otras
especies animales es nuestro desarrollo mental, altamente simbólico,
un lenguaje especialmente desarrollado, capaz de una gran
abstracción; la capacidad de movernos entre el saber acumulado sobre
nuestro pasado histórico, la conciencia del presente y nuestra
potencia para proyectar el futuro.
Del mismo modo, nuestra
capacidad de desarrollo tecnológico, la empatía psíquica, que nos
permite conocer, no solo lo que los demás saben sino aquello que
creen y, específicamente, cuáles son sus falsas creencias (lo que
creen saber), junto con la capacidad colectiva e intergeneracional de
crear un conocimiento cooperativo que se va ampliando a lo largo del
tiempo, son otros elementos que nos diferencian del resto de los
animales.
Resumiendo, los seres humanos
somos, específica y distintivamente lo que podemos denominar como
“homo culturalis”.
Fue Freud quien publicó en
1930, inicio de un periodo especialmente oscuro de la humanidad, “El
malestar en la cultura”, una obra formidable por su contenido,
mucho más que por su modesta extensión, que se adentra en la
psicología social, hasta el punto de que puede ser considerado un
ensayo sociológico.
En dicho texto se exponen dos
temas centrales que ya estaban presentes en sus obras anteriores: el
sentimiento de culpa y la pulsión de destrucción en el ser humano
(“thanatos”).
Significativamente ambas
cuestiones son ejes centrales en las motivaciones principales hacia
la extinción humana entre los antinatalistas.
La decisión personal de tener
o no descendencia es algo absolutamente respetable en el plano
individual, al menos tan respetable como la elección profesional, la
identidad sexual de cada persona, o la elección de nuestras
amistades; cuestiones, todas ellas, que marcarán de un modo u otro
nuestras vidas.
Lo cierto es que muchas veces
no existe la posibilidad de elegir entre tener o no hijos porque la
precariedad laboral y los salarios exiguos de las personas en edad de
tener descendencia decide frecuentemente por ellos. Irónicamente ya
no podemos hablar proletariado (las clases subalternas que tienen
“prole”), excepto si se trata de la alta burguesía, partidaria
de la “sagrada familia conservadora para la que la
paternidad/maternidad es un lujo que pueden permitirse
desahogadamente.
Durante la pandemia del
COVID-19 se extendió el lema “la naturaleza se defiende porque
nosotros somos el virus”. Está claro que la
pandemia debió afectar a algunas mentes porque es obvio que el ser
humano pertenece a la naturaleza y que no es él, como tal, la causa
de su amenaza de destrucción sino un sistema capitalista depredador
de la misma y esclavizador de la humanidad.
Una de las principales
organizaciones antinatalistas del mundo, Antinatalism
International aboga por la no reproducción y la extinción de la
especie humana. Curiosamente sus principales impulsores son hindúes.
Se comprende que en un país como India con 1500 millones de
habitantes, dividido en castas, con niveles de desigualdad abismales,
pobreza lacerante, religiones especialmente reaccionarias, una
incultura atávica y unos índices de contaminación brutales queden
pocas ganas de ser optimistas pero de ahí a mostrarse partidario del
suicidio voluntario, porque hay demasiado dolor en el mundo, como
postula su fundador que, por cierto, no predica con el ejemplo
suicidándose, el gurú EFILista Anugrah
Kumar Sharma, hay unas cuantas millas, sobre todo si predicas la
extinción humana mediante la no procreación humana y el suicidio y,
a la vez, te proclamas marxista, como hace él. Según el citado
chiflado, la injusticia, la desigualdad y el dolor en el mundo son
inevitables. Me pregunto qué marxismo será el de este sujeto que
sustituye la propuesta de destrucción del capitalismo por el de la
especie humana como no sea el del chef Thierry Marx, especialista en
gastronomía molecular.
En cualquier caso, serán
antinatalistas pero no descuidan el negocio, a juzgar por las
secciones de “merchandising” (“shop”) y de donaciones de su
web.
El EFILismo, que he mencionado
anteriormente, es otra de esas chaladuras de la postmodernidad pero
ésta con redoble de tambor. Plantea que que el ADN de los “seres
sintientes”, expresión muy del gusto de los veganos, lleva un
error en su diseño que, a través de la lucha darwinista, ha creado
un sufrimiento absurdo a dichos seres sintientes, lo que incluye no
solo a las personas sino a los animales, por lo que la extinción de
ambos es lo deseable porque se acabaría con su dolor. Mala noticia
para los gatos, sus dueños/as y los vídeos de gatitos y buena para
la coliflor y la berenjena que ni sienten ni padecen.
Hablando en plata, el EFILismo
es como el antinatalismo pero a lo bestia y en plan extinción a lo
“heavy” de humanos y animales, incluidos
ornitorrincos y caniches. Claro que esto es en teoría porque en la
práctica no se conocen muchos suicidios de EFIListas, alguno ha
habido, cómo no, en EEUU. Una cosa es decir tonterías y otra
suicidarte con tu cerdo vietnamita. Sí se ha producido algún
atentado terrorista en este 2025, como el de Guy
Edward Bartkus contra una clínica de fertilidad en California,
EEUU, en el que resultó muerto el autor y hubo cuatro heridos entre
el personal del centro.
La corriente dominante del
antinatalismo propone abstenerse de tener hijos porque es bueno para
el planeta y la vida causa un dolor enorme en la mayoría de los
casos: enfermedades físicas y mentales, ¡desmotivación y tedio!
(¡terrible, terrible!) y agresiones físicas de terceros. Para
ellos, incluso el placer, el bienestar y la felicidad no justifican
la pervivencia de la humanidad porque éticamente es reprobable
reproducirse porque es dañino para quien se trae al mundo y supone
una manipulación, entre otros motivos porque no se ha contado con el
consentimiento del no nacido ¿Cómo es posible que a estos genios no
se les haya ocurrido acudir a los buenos oficios de algún/a médium
de reconocido prestigio y probada eficacia para preguntar a los
ectoplasmas no procreados del país de nunca jamás si consienten en
nacer?
Un caso diferente pero también
cargado de un pesimismo radical es el de los “preppers”
(preparacionistas) o “survivalists”. Originalmente, el
concepto se refería a un movimiento que surgió en los años 60 del
siglo XX en EEUU, ligado a la histeria de la guerra fría, la
propaganda gubernamental antisoviética -¡que vienen los rusos!- y
la amenaza nuclear. Muy asociado a círculos de extrema derecha
(milicias,…) y a grupos de supremacismo blanco, planteaban la
supervivencia individual, armados hasta los dientes en búnkeres y
rodeados de latas de frijoles con carne de ternera, con lo que, en
caso de guerra nuclear, quizá no murieran por la radiación pero sí,
muy posiblemente, por los efluvios de sus propios gases.
Actualmente se calcula que un
15% de las personas que se identifican “preppers”
pertenecen a la cultura de izquierdas en EEUU, aunque lo han hecho
desde posturas no individualistas sino apoyadas en la idea de
comunidad (apoyarse en los vecinos) ante la posibilidad de una
catástrofe. Demasiado poco si aceptas las tesis “aceleracionistas”
de tus enemigos de clase como destino fatal.
Lo que no falta alrededor de
los movimientos “prepper”, sea en EEUU o en
España, son los negocios de cursos de preparación al desastre, las
ventas de cacharrería de supervivencia y la filosofía
individualista y con tufillo fascioliberal de que cada uno debe
prepararse para salir adelante solo y con su familia y que el resto
se las componga como pueda.
Es cierto que como cantaba el
desaparecido vocalista y compositor de de “Golpes Bajos”, Germán
Coppini, tomando prestado el título de un poema de 1939 de Bertolt
Brecht vivimos “malos tiempos para la lírica”. Sería
absurdo y contraproducente negarlo. Crisis capitalista mundial de
2008, tsunamis, amenazas derivadas del cambio climático, incendios
cada vez más descontrolados y persistentes, pandemia del Covid-19,
ascenso de los fascismos, racismo creciente y persecución brutal e
inhumana de los gobiernos a los inmigrantes sin papeles,
inestabilidad política, guerra de Rusia y Ucrania, trumpismo y
retroceso de las libertades, genocidio sionista contra el pueblo
palestino, incertidumbre económica para las clases trabajadoras del
mundo, aumento de la desigualdad,...No está el horno para bollos ni
tampoco para entonar el “´I
Got You (I Feel Good”) de James Brown pero cuando sectores
de la izquierda se aprestan a soplar las siete trompetas del
Apocalipsis, como si ya hubiera sido roto el séptimo sello, es
evidente que hay una parte de ella que ha dejado de creer en la
humanidad.
La idea colapsista de la
policrisis irresoluble es puro milenarismo reaccionario y quietista
que invita a aceptar el Armagedón como destino del ser humano. El
pesimismo como posición política supone no solo negar la
posibilidad de una idea de progreso, que rechace la historia como
bucle de eterna circularidad, y abra paso a una sociedad más
igualitaria y liberada de la necesidad sino negar también la propia
esencia y sentido de la izquierda.
Si la izquierda solo es capaz
de oponer su NO a este mundo desquiciado por el tecnofascismo de un
capitalismo que surfea una ola que conduce a la catástrofe
planetaria y humana, amparada por las políticas de la brutalidad sin
límites, sin un proyecto político, económico y de nueva cultura de
la vida, ha perdido su presente, su futuro y su razón de ser.
Las palabras de Naomi Klein y
de Astra Taylor hacia el final de su artículo “El
auge del fascismo del fin de los tiempos” demuestran hasta
qué punto el tipo de izquierda que ambas representan se encuentra
lejos y fuera del tiempo.
“Hemos llegado a un punto
en el que hay que decidir, no sobre si nos enfrentamos al
apocalipsis, sino sobre la forma que este tomará. Las activistas
Adrienne Maree y Autumn Brown abordaron recientemente este tema en su
acertadamente titulado podcast How to Survive theEnd of theWorld
(Cómo sobrevivir al fin del mundo). En este momento, en el que el
fascismo apocalíptico libra una guerra en todos los frentes, es
esencial forjar nuevas alianzas. Pero en lugar de preguntarnos:
“¿Compartimos todos la misma visión del mundo?”, Adrienne nos
insta a preguntarnos: “¿Late tu corazón y piensas seguir
viviendo? Entonces ven por aquí y ya veremos el resto al otro lado”. Nadie al volante.
3.8.-IZQUIERDA
DESACREDITADA, CONSERVADORA, SIN HORIZONTE Y SIN PROYECTO:
Quiero
hacer un paréntesis antes de entrar al contenido de esta sección.
Izquierda es lo que la base
social y menguante de la izquierda considera izquierda. No lo que
determinados grupos, organizados o no, que se reivindican de ella
acotan como tal. En un mundo en el que la política es comunicación,
las percepciones se viven como realidad.
¿De qué modo podría
excluirse del concepto izquierda a una pare de la misma cuando la
derecha identifica como tal al socialiberalismo y llama izquierda
radical a la nueva socialdemocracia? ¿Qué decir de esos comunistas
que se identifican a sí mismos como “verdadera izquierda” cuando
Marx jamás integró su pensamiento en esa corriente o apoyan
decididamente a caudillismos latinoamericanos, envueltos en
populismos que dan lugar a nuevas burguesías emergidas del control y
la rapiña de los aparatos de sus Estados capitalistas o, peor aún,
a poderes absolutos sobre el conjunto de sus poblaciones?
La izquierda cabalga sus
propias contradicciones, envuelta en un cinismo carente de la mínima
autocrítica. No es de extrañar su gravísima crisis mundial que
podría llegar a ser terminal.
Lo más grave para la izquierda
no es que haya sido desalojada del gobierno en la gran mayoría de
los países del primer mundo, entrando en su lugar partidos de
extrema derecha en solitario o en coalición, ni que en países en
desarrollo gobiernen partidos que son una versión ligeramente más
progresista que el socialiberalismo europeo o nacionalismos rancios y
despóticos que acabarán en algún momento siendo sustituidos por
oligarquías aún más corruptas y por las extremas derechas con
tentaciones militaristas.
Lo más peligroso del
comportamiento de las izquierdas que se autoidentifican como tales es
su negativa a analizar su papel histórico desde hace al menos 50
años y extraer las consecuencias derivadas de dicho análisis.
En el caso de quienes provienen
de la tradición de la Internacional Socialista hay una evidente
negativa a reflexionar de qué modo la ruptura por parte del capital
del pacto social, inaugurado tras la II GM, con el mundo del trabajo
y sus organizaciones reformistas, ha afectado a sus políticas y a su
propia legitimidad política a partir de 1975 con el neoliberalismo y
el paulatino desmonte de los llamados Estados del Bienestar.
Cuando el capitalismo ha virado
hacia políticas más desreguladoras de la economía mundial, ha
impuesto recortes de gasto público y límites a la intervenciones
estatales que no fueran destinadas al salvataje de sus crisis, el
compromiso de los gobiernos socialiberaes y socialdemócratas no solo
les ha convertido en cómplices del capitalismo sino que en un
futuro, cuando ya solo haya Estados fuertes en lo represivo y mínimos
en su función social, esa izquierda ya no será necesaria ni
siquiera para blanquear el carácter criminal del capital.
Tuvo que producirse una
pandemia mundial (Covid-19) de dimensiones gigantescas en coste de
vidas, afectación al sistema productivo del capital y
empobrecimiento de las familias trabajadoras, para que en el
capitalismo occidental (UE) y EEUU se impulsaran políticas
expansivas en inversión económica desde los Estados.
Si bien en la UE dichas
políticas públicas nacieron de un pacto entre la derecha y los
socioliberales (llamados socialdemócratas), con el protagonismo de
los primeros, dada la escasa presencia de gobiernos progresistas en
Estados europeos y su peso secundario en la Eurocámara, las medidas
puestas en marcha, lo mismo que en EEUU con el demócrata Biden,
tenían un objetivo limitado en el tiempo y más centrado en la ayuda
a las empresas y a la recuperación del consumo que a la mejora de
las condiciones de vida de las familias.
Frente al creciente
desmantelamiento del llamado Estado del Bienestar, la privatización
de los servicios, el incremento exponencial de la desigualdad de la
riqueza y la brutal concentración de la misma, con el consiguiente
empobrecimiento de las familias trabajadoras, la izquierda
socioliberal, ex socialdemócrata, y la nueva socialdemocracia, que
ahora se autodefine populista, en lugar de la vieja socialdemocracia,
ofrece como alternativa la reconquista o conquista, según el caso,
de los gobiernos, el incremento de los impuestos a los más ricos y
aumentos de los subsidios a las familias de rentas más bajas. Todo
ello mientras los gobiernos progresistas aumentan la edad de
jubilación a los 67 años (España y Reino Unido), con el horizonte
puesto en los 70 años (Dinamarca).
En cuanto a la nueva
socialdemocracia, si bien parece orientarse hacia un discurso de
clase, lo hace en unos términos en los que los pretendidos
“intereses materiales” de la clase trabajadora no rebasan los
horizontes del capitalismo. Zohran Mandani, recientemente elegido
alcalde de Nueva York, es la nueva esperanza del progresismo mundial.
Antes que él lo fueron en EEUU, por orden de sucesión, Bernie
Sanders y Alejandra Ocasio. En Grecia Alexis Tsipras, en España
Pablo Iglesias y en el Reino Unido Jeremy Corbyn. Británicos y
norteamericanos compartían su sujeción a partidos históricos del
capitalismo con los que no pretendían romper. Tsipras e Iglesias
intentaron renovar la socialdemocracia desde fuera de la
socialdemocracia histórica. Sabemos cómo acabaron unos y otros.
Todos, incluido Mamdani, cuyo recorrido podemos prever, han basado su
proyecto en una combinación de liderazgo carismático, seguidismo
juvenil, activismo en redes sociales y plataformas electorales o
militantes que impulsaran sus candidaturas.
Cuando el capital ha dictado
sus sentencias hacia cada uno de ellos, bien en el gobierno (Tsipras,
Iglesias) o como potenciales candidatos (Corbyn, Sanders, Ocasio)
pronto quedó claro el potencial de la nueva socialdemocracia. Si
Trump, tras el fracaso del intento de abrir un proceso para su
destitución (“impeachment”) se mantiene en la presidencia
y niega la financiación a la ciudad de Nueva York, el populismo
pseudosocialista de Mamdani, su alcaldía y sus subsidios de
viviendas accesibles, sus supermercados públicos y guarderías y
autobuses gratuitos caerán como fruta madura. Siempre podrá decir
que la financiación de sus proyectos la obtendrá de la subida de
impuestos a los megamillonarios neoyorquinos. Una ley superior que
rápidamente aprobará Trump se lo impedirá, con la complacencia mal
disimulada de la dirección del partido demócrata, que no está para
veleidades pseudoizquierdistas, sino para intentar frenar sus graves
divisiones internas en medio de una enorme crisis de liderazgo. Es lo
que tiene la democracia burguesa, que guarda las formas hasta que le
tocan la cartera a la clase dirigente.
No existe un camino hacia
alguna parte para el socioliberalismo y la socialdemocracia renovada.
Todo lo que les espera es un bucle decreciente hacia la nada. Las
palancas intervencionistas del Estado capitalista hace decenios que
cambiaron de signo hacia un papel de financiero exclusivo del
desarrollo capitalista y hacia un orden público de máxima violencia
policial.
Sin construcción de
resistencia en las empresas y en los barrios, apoyo mutuo y
contrapoder de clase desde los que construir organización y ansias
insurreccionales de comunismo solo hay cuentos chinos.
Pero los herederos de la
Internacional Socialista no pueden hacer esa reflexión porque ello
significaría una refutación radical de toda su trayectoria desde
mucho antes del período posterior a la II GM, como mínimo desde el
programa de Erfurt de la socialdemocracia alemana, si no desde el
propio programa de Gotha, y admitir que el capitalismo es
irreformable y que la herencia histórica de la socialdemocracia ha
sido la de colaboración con el capital.
En cuanto a la tradición
comunista hay un interrogante al que deberían responder aquellos
que se definen como marxistas-leninistas: ¿cómo se explica que,
tras la caída de los llamados países socialistas, sus gobiernos
hayan sido sustituidos en muchos casos por otros reaccionarios,
fuertemente autoritarios, netamente anticomunistas, cuestionadores de
las libertades individuales y cuyas posturas políticas son tan
parecidas a las de Trump?
En países educados por el
poder político durante decenios en la falta de libertades políticas
y en la ausencia de una autentica democracia de base (no estoy
hablando de pluralismo de partidos democrático-burgueses) se habían
creado las condiciones para una sociedad pasiva y obediente a
gobiernos autoritarios de signo opuesto.
Esta ausencia de autocrítica
explica que muchos autodenominados marxistas-leninistas vean hoy en
personajes como Putin u Orbán sujetos políticamente positivos en el
contexto europeo y mundial.
El dogmatismo y la falta de
cultura democrática hace muy difícil que de dicha visión del
comunismo, obviamente tampoco de los eurocomunistas, comparsa
oportunista de la socialdemocracia, pueda surgir una renovación del
comunismo como corriente política. Ésta deberá venir de otras
tendencias del comunismo marginadas en el pasado y de su encuentro
con nuevas perspectivas abiertas del mismo.
3.9.-LOS
GRUPOS DE
IDENTIDAD Y
LA SUPUESTA INFLUENCIA DEL LLAMADO “MARXISMO CULTURAL”:
El
término “woke”
nació en los años 30
del siglo pasado en el entorno de las luchas antirracistas de la
comunidad negra estadounidense.
El cantante de blues Lead Belly
lo utilizó en una canción (“Scootsboro Boys”) en la que
contaba la historia de 9 jóvenes negros que fueron acusados
falsamente de violación. Empleó la expresión como llamamiento a la
comunidad negra, ”stay woke” (“mantente
alerta/despierto”).
Si algún estadounidense fue
especialmente “woke”, ese fue Malcom X. Se mantuvo alerta
hasta que le asesinaron, aunque no hay constancia de que emplease el
término. Y, por supuesto, el reverendo Luther King en su sermón
“Remaining Awake Through a Great
Revolution”. “Woke” es la adaptación del uso del
inglés afroamericano vernáculo de la palabra “awake”.
Con el tiempo, el término fue
también incorporado a las luchas de otros movimientos como el
feminista o a las reivindicaciones de gais y lesbianas.
En un país como EEUU en el que
la tradición socialista nunca fue fuerte, en el que el movimiento
sindical más combativo fue reprimido a sangre y fuego, y hasta con
penas de muerte desde antes incluso de la crisis capitalista de 1929,
y en el que los comunistas fueron “cancelados” por el “Comité
de Actividades Antinorteamericanas” y posteriormente el
“macartismo” o ejecutados en la silla eléctrica, la lucha del
movimiento obrero pocas veces estuvo tan en primer plano como en
Europa en los años 60, 70 y 80 y muchos decenios antes. Por otro
lado las tradiciones ideológicas dominantes entre las clases
trabajadoras organizadas en uno y otro lado eran muy distintas.
Conviene aclarar que a partir
de la Huelga General de Oakland de 1946, en la que las protagonistas
fueron mujeres trabajadoras, y que generaron una cascada coordinada
de huelgas de solidaridad en otros sectores, se aprobó la Ley
Taft-Hartley en 1947, que prohibía las huelgas masivas de
solidaridad lo que, en la práctica abolió la posibilidad de una
Huelga General “stricto sensu”.
La historia demuestra que
cuando los conflictos de clase no aparecen en primer plano, a menudo
lo hacen envueltos en otro tipo de reivindicaciones pero están
presentes no demasiado al fondo de las mismas.
La lucha antirracista de negros
y latinoamericanos tiene mucho que ver con sus condiciones materiales
de vida, al igual que una parte de la lucha feminista toca a su
situación laboral y salarial; ello independientemente de que existan
élites negra, latina o feminista a las que esas realidades
económicas y sociales no les afecten.
Lo mismo cabe decir de las
circunstancias personales de gais, lesbianas o transexuales. Al
margen de aquellos que se han hecho un lugar provechoso en el negocio
mediático, del espectáculo y la cultura, una minoría por notoria
que sea, la gran mayoría aún debe soportar en la supuesta tierra de
las libertades situaciones de discriminación laboral, u ocultar su
condición sexual, a pesar de la existencia de una legislación
antidiscriminatoria que Trump pretende echar abajo.
Hasta 2020 no irrumpe con
fuerza el término “woke” en España. Hasta entonces los
expertos “antiidentidades” del palillo en la boca desconocían la
existencia del nombre. Odiaban a inmigrantes, personas de otra etnia,
feministas, etc. pero se trataba de algo más visceral, menos
elaborado. Esa elaboración se la fabricaron en los círculos
intelectuales de la extrema derecha norteamericana, fundamentalmente
la “Alt-Right”, clave en el éxito del trumpismo, y sus
principales teóricos, Paul Gottfried y Richard B. Spencer.
Es a partir de 2020 cuando
comienza a difundirse masivamente en España el mencionado vocablo a
través de redes sociales por parte de VOX y otros grupos fascistas,
escoltados por los escribas habituales del rojipardismo patrio, al
que en los últimos tiempos se ha unido cierto personaje estrafalario
procedente de la cuñadez mediática futbolera.
Es interesante conocer cuál es
el argumentario de la “alt-right” contra la
terrible amenaza del “wokismo” porque los peligros señalados del
mismo en España por fascistas, rojipardos, columnistas reaccionarios
y pseudoizquierdistas ignorantes son casi una traducción literal de
los expresados en EEUU.
La premisa de la extrema
derecha USA es que el “wokismo” es marxismo cultural y lo vincula
con la Escuela de Frankfurt.
El pretendido “razonamiento”
hace aguas por todas partes. No existe un pensamiento o corriente que
pueda llamarse “marxismo cultural”.
El marxismo es una teoría
materialista de la historia que se sustenta en el análisis de las
fuerzas productivas (medios técnicos de producción, trabajo humano,
recursos naturales,...) y en las relaciones sociales de producción
de cada formación económico-social histórica, a la que llama modo
de producción, particularmente el capitalista. Esa es la base
material o infraestructura de una sociedad.
Sobre esa infraestructura se
sostiene toda una superestructura inmaterial (ideología dominante,
cultura, arte, religión, ciencia,…). Para Marx no existe una
relación de dependencia mecánica de la segunda respecto a la
primera pero señala que es la base material (infraestructura) la que
“determina en última instancia” todo el edificio
ideológico construido sobre ella. Es un binomio del que no puede
desprenderse una de las partes y seguir llamándose marxismo porque
dejaría de operar como totalidad social.
La Escuela de Frankfurt y su
Teoría Crítica no eran marxistas, a pesar de que la mayor parte de
sus miembros se declarasen inicialmente de esta corriente de
pensamiento.
Su posición teórica distaba
absolutamente de una teoría materialista de la historia. El análisis
de la naturaleza de la formación económico-social del capitalismo y
de la explotación fue su gran punto ciego. Se centró en una crítica
de la superestructura ideológica de la sociedad capitalista que, al
estar completamente desconectada de la relación con su base
material, era puramente subjetiva e idealista. Era fundamentalmente
un enfoque de antropología cultural dentro de la corriente
ideológica burguesa.
La
Escuela de Frankfurt fue una corriente teórica puramente
academicista, desconectada de las luchas del movimiento obrero y
las movilizaciones sociales. Su
postura absolutamente distanciada de la práctica política se resume
perfectamente en la frase de Theodor
Adorno “Nada
sino la desesperanza puede salvarnos”. Cuando
uno de sus compañeros de corriente, Marcuse, apoyó al movimiento
estudiantil contra la intervención militar de EEUU en Vietnam y la
Unión de Estudiantes Socialistas Alemanes tomó el
Instituto de Frankfurt
de Estudios Sociales, Adorno si hizo algo: llamó a la policía para
que los desalojaran. Marcuse se lo reprochó, iniciándose una
correspondencia escrita entre ambos en la que Adorno llegó a
responder,
frente al apoyo de Marcuse a las protestas contra la guerra y a su
pregunta “¿qué
se ha de
hacer?”, “el objetivo de una praxis real debiera ser su propia
abolición”;
es decir, nada.
“Minima
Moralia. Reflexiones desde la vida dañada”
es
el cántico aforístico de un Adorno desencantado de la vida
cotidiana bajo el fascismo y el capitalismo que lejos de ser una
guía para la “buena vida”, un concepto muy querido por los
partidarios
de la
vida
alternativa, actúa como un envase de píldoras (los aforismos de los
que se compone la obra citada) de la infelicidad. Cierto que fue
escrito tras la experiencia, que él no vivió más que en las etapas
iniciales, del ascenso del nazismo al poder, pero su afirmación de
la imposibilidad de llevar una vida correcta bajo el capitalismo y el
nazismo conlleva solapadamente una negación de la acción colectiva
y un individualismo esencialmente reaccionario, que abre las puertas
bien al nihilismo de los desesperados, bien a la aceptación pasiva
de la realidad. Al menos, un clásico como Cicerón indaga, en
“De finibus”,
la búsqueda y las posibles vías a la felicidad, por quimérico que
hoy pueda parecer este objetivo.
Horkheimer,
por su parte, acabaría siendo un viejo reaccionario que llegó a
adoptar una clara oposición a la praxis política. Para él era
"urgente proteger, conservar, extender por donde sea
posible la limitada, efímera libertad del individuo antes que
negarla en forma abstracta o aun que ponerla en peligro mediante
acciones inútiles”
Poco
dialéctica y marxista parece la respuesta.
Esto
sin hablar de la sustitución de la idea de explotación por la de
opresión, lo que la desvinculaba directamente del marxismo, el
vergonzante silencio de los componentes de la Escuela de Frankfurt
ante el ascenso del nazismo en Alemania y las primeras persecuciones
a sus compatriotas comunistas, silencio este último que continuó
cuando se trasladaron a EEUU, la colaboración de Adorno en la
revista anticomunista alemana “Der
Monat”, tras
la II GM, financiada por la Oficina del Gobierno Militar para
Alemania (EEUU) y la CIA, la búsqueda y logro por parte de
Horkheimer de financiación de la Escuela por el más variado plantel
de fundaciones e instituciones anticomunistas y por la propia CIA,
tanto de forma directa como indirecta. De todo ello y de mucho más
puede encontrarse abundante bibliografía en Internet. Marcuse
fue también uno de los colaboradores de la Agencia.
A pesar de la insistencia tanto
de los sectores ultraderechistas como de los dogmáticos
pretendidamente marxistas como causa determinante de la Teoría
Crítica de la Escuela de Frankfurt, con sus postulados respecto a la
cultura como elemento de opresión, el papel de la industria
cultural, los medios de comunicación y la sociedad de consumo en la
misma, con la consiguiente alienación de los individuos, en la
aparición de los movimientos de identidad y lo “woke”,
resulta discutible el alcance real de dicha determinación.
Lo académico influye de modo
prioritario en lo académico, sobre todo cuando los dos principales
teóricos de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, se
mostraron abiertamente partidarios de la negación de compromiso
alguno con la lucha social y política. Herbert Marcuse, con su
compromiso con el movimiento estudiantil y juvenil, sería una
excepción en este sentido.
Un caso distinto es el de Erich
Fromm, que se desvinculó muy pronto, en 1939, de la Escuela de
Frankfurt y que mantuvo a lo largo de su vida sus convicciones
marxistas y un compromiso activo con las luchas de la clase
trabajadora en contraposición a Adorno y Marcuse.
Es evidente la influencia de la
primera generación de la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer,
Marcuse), en las dos generaciones posteriores de la misma, en la que
incluso las versiones bastardeadas de Marx han desaparecido de forma
casi completa.
Sin embargo, debo remarcar la
inexistencia de un “corpus” teórico de la Escuela de
Frankfurt respecto de las identidades que hoy se señalan como partes
integrantes de lo “woke” (raza y género, principalmente).
Esto es así en las tres generaciones de la citada escuela. Más allá
de las ideas de opresión y marginación, aisladas de un concepto tan
fundamental como el de explotación, no hay un acervo común que haya
investigado en profundidad sobre las categorías que integran el
wokismo y sus realidades.
Que la primera generación de
la Escuela de Frankfurt se horrorizase ante la persecución y la
“solución final nazi” contra los judíos, siendo sus fundadores
judíos, no la convierte en opuesta al racismo de forma general. En
su texto “La predisposición psicológica al racismo” Adorno
y Horkheimer, escrito cuando ambos estaban exiliados en EEUU y bien
conectados con sus financiadores, analizan las motivaciones
psicológicas del racismo y su discurso de modo genérico, aunque
arrancando del antisemitismo nazi. No hay alusión alguna al racismo
contra minorías étnicas en su país de acogida, ni negra, ni
latina, ni asiática. Poco “wokes” resultaron ser en este
aspecto. No iban a morder la mano del Estado que les daba de comer.
En cuanto a Adorno en concreto,
para una vez que escribió sobre la cultura negra norteamericana la
cagó a lo grande. En su texto “Moda
sin tiempo. Sobre el jazz” Adorno
expresa ideas como ésta:
“Pero por indudable que
sea la presencia de elementos africanos en el jazz, no menos lo es el
que todo lo irrefrenado en él se adaptó desde el primer instante a
un esquema estricto, y que al gesto de rebelión se asoció siempre
en el jazz la disposición de una ciega obediencia, al modo como,
según la psicología analítica, ocurre al tipo sadomasoquístico,
que se subleva contra la figura paterna pero la sigue admirando
secretamente, querría imitarla y disfruta aún en última instancia
la odiada sumisión”
“La meta del jazz es la
reproducción mecánica de un momento regresivo, un simbolismo de
castración que parece decir esto: «Renuncia a tu virilidad, déjate
castrar, como lo caricaturiza y proclama el sonido eunuco de la
jazzband, y serás recompensa entrando en un grupo de hombres que
comparte contigo el secreto de la impotencia, el cual se revela en el
momento del rito de iniciación»”.
El problema de ser un esteta
elitista que desprecia la
música de raíz popular, hasta
el punto de que nunca acudió mientras vivió en Nueva York a un club
de jazz, porque no la conoce
ni la comprende, es que
también desprecia, de partida, a la comunidad en la que ese
arte nació.
Marcuse, la supuesta oveja roja
frankfurtiana tampoco aborda la cuestión de racismo de un modo
particular. Hay que expurgar en su obra “Tolerancia represiva”
para intentar encontrar alusiones indirectas a la cuestión. Su
análisis de la falsa tolerancia de un sistema que permite las ideas
que no lo cuestionan y reprime aquellas que son le son más
radicalmente opuestas, al margen de no ser original, puede referirse
a cualquier disidencia pero no lo vincula necesariamente a la idea de
opresión racista.
Del resto de la primera
generación (Pollock, Löwenthal o Neumann) cabe decir lo mismo en
cuanto a la teoría del racismo y la inspiración real de las luchas
contra el mismo.
Es en “Feminismo,
emancipación y teoría del valor” de Marcuse donde pueden
encontrarse conexiones de un frankfurtiano, que no de los fundadores
de la llamada Escuela. Se le olvidó que hablar de la teoría del
valor marxista en relación con el papel reproductivo de la mujer en
el trabajo doméstico familiar y en los cuidados, puede ser una forma
opresiva pero no explotación por cuanto no genera valor ya que,
aunque éste se produzca en la producción solo se realiza en la
reproducción, esto es, en el mercado. Si éste es el nivel de
marxismo del más marxista de una escuela que solo es marxista para
la extrema derecha antimarxista, apaga y vámonos.
Solo puede hablarse de
explotación y de generación de valor en el caso del trabajo
doméstico y los cuidados externalizados, realizados casi
exclusivamente por mujeres asalariadas, contratadas a través de
empresas y plataformas porque generan plusvalía empresarial,
realizada en el mercado. Una mala noticia para Silvia Federici y sus
renombradas brujas. Pero ésta es una cuestión muy secundaria para
la mal llamada Teoría Crítica frankfurtiana y, en todo caso compete
al sindicalismo y a la lucha de clases, lo que aquellos escolásticos
despreciaron por integrados en el sistema.
Por lo que afecta al tema de la
homosexualidad (el lesbianismo no fue específicamente tratado) de
nuevo es el verso libre de la citada Escuela, Marcuse, quien aborda
la cuestión. En “Eros y civilización” plantea que el
capitalismo oprime la libertad sexual del ser humano y que su modelo
unidimensional de la sociedad moderna limita la libre expresión
sexual del individuo. Los hechos históricos demuestran el absurdo de
su teoría, ya que el capitalismo liberal puede convivir con
cualquier forma de identidad mientras no afecte a su forma de
extracción del beneficio. A lo largo de su existencia son los
cambios en su superestructura ideológica, en este caso la moral, los
que pueden dar lugar a patrones de valores cambiantes.
Habermas, autoproclamado
albacea de la Escuela de Frankfurt, y exponente principal de la
segunda generación de la misma, es alguien ya muy alejado de
cualquier connotación marxista, siquiera para rechazarla en la
práctica. Líder, en su juventud de Jungvolk, sección de las
Juventudes Hitlerianas, hoy es un reputado teórico, entre los medios
liberal-progresistas, en virtud de sus aportaciones a la democracia
deliberativa (básicamente incorporar a la población a las
discusiones políticas que les afectan, lo que es muy democrático,
siempre que no atente contra el capital) y la acción comunicativa,
buscadora del consenso que tiende a aislar a la disidencia.
A Jurgen Habermas le definen
ante todo sus actos. En 1967 calificó al líder de la La Federación
Socialista Alemana de Estudiantes, Rudi Dutschke, de “fascista de
izquierdas”, criticando asimismo que la citada federación ligase
sus posicionamientos ideológicos a la acción, poco después de
respaldar a la derecha de los socialdemócratas alemanes. Oskar Negt,
miembro, como el propio Habermas, de la segunda generación de los
frankfurtianos, rechazó junto con otros académicos de izquierda
aquel calificativo y redactó un texto colectivo - “La respuesta
de la izquierda a Jürgen Habermas”- en el que criticaba
abiertamente las posiciones político-ideológicas de su maestro. El
apoyo de Habermas a Macron en cuanto a su proyecto de una Europa
Franco-Alemana le sitúa en la línea de los intereses del
capitalismo originario de la UE. Su consideración de que el posible
triunfo de la AfD sería un revulsivo positivo para los demócratas
y, en particular, para el SPD parece evocar un eco retrospectivo de
su pasado político de joven hitleriano, a pesar de que intentase
limpiar sus “devaneos” juveniles ajustando cuentas con su maestro
Heiddeger, por su preterita condición de intelectual del nazismo, en
su texto “Pensar con Heiddeger contra Heiddeger”. Por lo
que se refiere al genocidio que sufre el pueblo palestino en Gaza a
manos de sus asesinos israelíes, el intento de Habermas de
blanquearlo, poniendo a la misma altura a Israel y a Hamas y acusando
de antisemitismo a quienes condenan el genocidio, dice mucho del
personaje.
Se entiende que Habermas se
reivindique como el albacea de la Escuela de Frankfurt, al seguir la
corriente derechista de Adorno y Horkeimer, y pronunciarse contra la
acción política, aunque él no se prive de hacer declaraciones
reaccionarias en cada circunstancia concreta que le ha tocado vivir.
Busquen a su bicha marxista en otro lado, señores fascioliberales.
De Oskar Negt, que es incluido
en la segunda generación de los frankfurtianos, cabe destacar, junto
con la polémica con su antiguo maestro Habermas por el asunto
señalado del ataque de éste al SDS y a Rudi Dutschke, su creciente
distanciamiento de aquel, al postular su idea de la “esfera
disidente” o “proletaria”, frente a la idea de la “esfera
pública” burguesa habermasiana, teorizada en colaboración con el
escritor Alexander Kluge, este último próximo a la mal llamada
Teoría Crítica pero que fue progresivamente arrinconado por los
popes frankfurtianos. Hay algo de forzado en este paulatino
distanciamiento: Habermas para entonces ya estaba exhibiendo sus
esencias derechistas y no era cuestión de contaminarse de las
mismas, sobre todo si uno quiere crearse un hueco propio dentro de la
Teoría Crítica frankfurtiana y no seguir el paulatino descrédito
de la misma por su pseudomarxismo
Su supuesto radicalismo
político se contradice con su dilatada y temprana vinculación con
el sindicato IG Metall, del que llegó a ser responsable del
departamento de formación obrera, y su afiliación al SPD, del que
fue expulsado colectivamente cuando los socialdemócratas alemanes
desterraron de sus filas a la Federación Socialista Alemana de
Estudiantes, rama estudiantil de los socialdemócratas, con la que
Negt estaba relacionado. Posteriormente recuperaría su relación con
el SPD como simpatizante del mismo, como puede comprobarse en su
texto de 1998, año en el que el socialdemócrata Gerhard Schröeder
llegó al gobierno, “¿Por qué el SPD? 7 argumentos para una
alternancia política duradera”. Situarse a la izquierda de
Adorno, Horkheimer y Habermas no lo convierte a uno en radical de
izquierdas (ellos están demasiado a la derecha), del mismo modo que
reivindicar la figura de Marx, por mucho que se aluda a su obra y, a
la vez, vincularse, directamente antes e indirectamente después, a
uno de los partidos más reformistas de la socialdemocracia europea,
el SPD, que hacía ya mucho tiempo que había renunciado a la
revolución socialista y al marxismo, primero en su práctica y luego
en sus fundamentos teóricos, deja el supuesto marxismo de aquellos
que en la Escuela de Frankfurt se declararon tales deja a los pies de
los caballos. “No hay teoría revolucionaria sin práctica
revolucionaria”.
En la dilatada bibliografía de
Oskar Negt (alrededor de 40 obras) no hay un solo trabajo centrado en
la cuestión de mujer y feminismo, si bien en su texto “Esfera
pública y experiencia: hacia un análisis de la esfera pública
burguesa y proletaria” de 1974, Negt y Kluge cuestionan
el concepto burgués de esfera pública de Habermas. Rebuscando
dentro de dicha obra, y más bien a modo de ejemplo, pueden
encontrarse algunas menciones en relación a la mujer que podrían
llegar a interpretarse en clave feminista e incluso relativa a la
marginación racista. Habermas concibe la esfera pública como un
espacio dedicado únicamente al entendimiento mediante la democracia
deliberativa, lo que en opinión de ambos, excluye el disenso de
quienes se sitúan en los márgenes y no aceptan los valores
dominantes, que se producen dentro de un sistema económico
capitalista, bajo unas condiciones de producción determinadas y bajo
unas instituciones que generan la conformidad ideológica (educación,
cultura dominante, religión,…), marginando de la discusión a
quienes no son los grandes protagonistas de la misma (expertos,
intelectuales, medios de comunicación, etc.). Ahí es donde cabría
mencionar, entre otros, a las mujeres o a grupos étnicos excluidos.
No conforman ambos sujetos un elemento nuclear del pensamiento y la
producción teórica de Negt, constituyendo, en el mejor de los
casos, una llamada a la necesidad de reconocimiento de los mismos en
esa democracia deliberativa, por mucho que las “contraesferas
proletarias” parezcan un antagonismo frontal a la esfera pública
burguesa habermasiana. Incluso el feminismo hegemónico actual lo
cuestiona por demasiado “proletario” y ligado a la lucha de
clases.
Karl-Otto Apel, dentro de la
segunda generación frankfurtiana sigue la línea de la acción
comunicativa y la ética del discurso de Habermas. Su aportación
específica a ambas es el concepto de “otredad” (“alteridad”)
que conlleva una “unidad intersubjetiva de interpretación, en
tanto que comprensión del sentido y consenso de la verdad". El
reconocimiento del “otro” busca el entendimiento y el acuerdo,
construyendo la idea de comunidad del nosotros. Mucho liberalismo
político pero al supuesto marxismo frankfurtiano no se le encuentra
por ningún lado. Tampoco aparece nada especialmente aprovechable por
parte de los distintos movimientos ligados a las identidades ya que,
a pesar de que Apel trata el concepto de identidad, lo integra dentro
de la idea de construcción del consenso, lo que es radicalmente
antagónico con los movimientos de reivindicación de dichas
identidades, que asumen la línea del conflicto como modo de acción
política.
Albertch Wellmer, también de
la segunda generación de la llamada Teoría Crítica, sí parece
haber sido un teórico influyente en la cuestión de las identidades.
Al adoptar una perspectiva diferente frente al tema del
“reconocimiento” en la que quizá sea su obra más conocida,
“Ética y diálogo: elementos del juicio moral en Kant y en la
ética del discurso”, asume una posición crítica respecto a
la discusión a la búsqueda de la universalización de una norma
moral planteada por Habermas y su discípulo Apel. Para Wellmer,
ambos son “demasiado kantianos”. Sostiene que sus
postulados son excesivamente idealistas en relación a las
condiciones del habla (verdad empírica, veracidad en tanto que
sinceridad y corrección respecto a las normas que gobiernan las
relaciones sociales). Éstas son precondiciones determinantes, según
Apel y Habermas, para unos acuerdos que instauren normas morales
universales. Pero lo cierto es que estos dos teóricos frankfurtianos
dejan de lado que, en las condiciones reales en las que se establece
el debate, frecuentemente no existe una simetría (igualdad de
condiciones en la discusión) ni la misma libertad para expresar las
opiniones sin presión ni coerción. Pone el ejemplo de los roles
femeninos asignados, la homosexualidad o los grupos étnicos
minoritarios. Wellmer entiende que para equilibrar la balanza son
necesarias la rebeldía y la lucha por el reconocimiento, ya que
considera que es el único modo que permite modificar las actitudes
discriminatorias y excluyentes.
En este sentido, Wellmer adopta
una posición dialéctica, más próxima a Hegel que a Kant pero, por
un lado mantiene el idealismo hegeliano al presentar sus postulados
desde la perspectiva de una lucha de ideas y, por otro, “olvida”
el hecho de que la discriminación se produce dentro de una sociedad
con unas condiciones de producción y unas relaciones sociales de
producción concretas, lo que le aleja del materialismo marxista. No
es la misma discriminación por identidad la que se vive desde una
posición de clase media profesional que la que se sufre como
trabajador precario.
Podemos reconocer en Wellmer a
un intelectual frankfurtiano más menos heterodoxo, influyente en la
llamada “cultura woke” pero no a un marxista, por mucho
que se empeñe la propaganda de ultraderecha.
La llamada tercera generación
de la mal llamada Teoría Crítica se caracteriza por dos
condiciones: un empequeñecimiento del catálogo de figuras notables
en la misma y una evidente tendencia al alejamiento de los postulados
iniciales de la misma, que ya habían quedado en entredicho con
Habermas.
Si en la primera etapa de la
Escuela de Frankfurt el protagonismo de Adorno y Horkheimer y su
autoritarismo frente a los miembros “discrepantes” (Marcuse,
Fromm) y a los considerados acompañantes impuros (Benjamin) pudo
mantener, mal que bien, unido al rebaño, en la segunda las
posiciones particulares de Habermas, que recupera la idea de
racionalidad frente a la crítica a la misma de Horkheimer y Adorno y
su intento de presentarse como el actual representante de la
ortodoxia frankfurtiana, han ido agotando el caudal de esta escuela
de pseudomarxismo idealista más kantiano, en el sentido moral, que
hegeliano, en el sentido dialéctico e histórico.
Así las cosas, la tercera
generación de la Teoría Crítica solo ofrece dos referentes
claramente destacados: Axel Honneth y Harmuth Rosa.
El primero de ellos, Honneth,
es el gran teórico del “reconocimiento”. Va más allá de
Wellmer en sus análisis del mismo al plantear que el reconocimiento
supera a la “justicia social” (concepto creado por el jesuita
italiano Luigi Taparelli en oposición a los de igualdad y lucha de
clases), al hacerla realmente posible y favorecer el progreso moral
de la sociedad, posibilitando la autorrealización de individuos y
grupos. Según Honneth, ello les permite lograr la autoconfianza y la
autoestima. El aprecio social de las capacidades del individuo tiene
una base esencial en el trabajo, aportación de la persona a la
sociedad que, cuando es reconocida y apreciada por los demás, lo
integra (nótese el significado ideológico del término) y facilita
su autoaprecio). Las luchas por el reconocimiento ante situaciones de
agravio o desprecio moral son las que generan el cambio social. Para
Honnet “las confrontaciones y las luchas se entienden mejor si
se toma también en consideración la gramática moral que se
articula en el trasfondo. Entender el conflicto y la contraposición
a partir de disposiciones morales y normativas, y no solo
utilitarias” (“Reconocimiento y menosprecio. Sobre la
fundamentación normativa de una teoría social”). De
modo no demasiado sutil, Honneth prioriza el criterio moral sobre el
de la redistribución (salarios en sus tres formas: directo,
indirecto y diferido). La idea no es nueva. Desde los años 90 del
siglo XX los empresarios más modernos y avispados y sus jefes de
Recursos Humanos ya inventaron la expresión de “salario
emocional”, un camelo para frenar lo que ellos llaman presión
salarial.
A la vista de tales
planteamientos no parece que pueda considerarse a Honneth un
marxista, a menos que bajo dicha categoría quepa ampararse cualquier
cosa.
Pero tampoco resulta Honneth un
profeta de las identidades usualmente integradas dentro de los
movimientos característicamente “wokes”. En su polémica
con Nancy Fraser (“¿Redistribución o reconocimiento?”
Fraser & Honneth. 2006) es especialmente claro al
respecto. Honnet critica que Fraser haya destacado, de entre todos
los conflictos existentes a favor del reconocimiento, aquellos que
han alcanzado notoriedad pública; en concreto, género, raza y
sexualidad. Entiende que la lucha por el reconocimiento debe
extenderse a todas las situaciones en que aquél no se cumple,
excluyendo los que plantean medios y objetivos rechazables (racismo,
nacionalismo, etc.), más allá de que se trate de reivindicaciones
públicamente identificadas.
Hartmut Rosa es el otro teórico
notorio de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt. Su
labor se centra en la llamada sociología del tiempo que despliega en
tres conceptos: aceleración, identidad y resonancia.
Sobre la idea de la aceleración
en el presente ya había hablado antes el sociólogo Zygmunt Bauman
en su obra “La modernidad líquida”.
La idea central de Rosa es que
la sociedad actual está regida por el tiempo y su escasez en el
presente, así como las causas e institucionales que lo provocan. Los
procesos implicados en la vida cotidiana, más allá del trabajo,
impiden que la persona se ponga al día en sus tareas y necesidades
pendientes; impiden disfrutar y vivir el momento presente. Ello
genera una desconexión con el entorno y el mundo, lo que provoca su
alienación.
Según Hartumt si se supera la
alienación es posible acabar con la explotación:
“durante las últimas
décadas, la mayoría de los teóricos pensaron: "abordemos
primero el problema de la injusticia y la explotación; una vez que
hayamos convertido al mundo en un lugar justo o más justo, podremos
afrontar el problema de la alienación". Sin embargo,
actualmente, empezamos a darnos cuenta de que es probablemente al
revés: tenemos que entender que la totalidad de nuestra forma de
vida es incorrecta, que nuestro modo de existencia, de ser en el
mundo es altamente problemático, ya que nos conduce hacia vidas
aisladas, desesperadas, solitarias, frías e indiferentes. Una vez
que superemos la alienación, podremos fácilmente encontrar caminos
para superar la injusticia y la explotación”. A
la luz del tiempo actual, y de cómo le va a la clase trabajadora en
los últimos decenios, las
declaraciones de Rosa no parecen demasiado inteligentes y menos
aún marxistas, por mucho que quiera cargar
sobre Marx sus opiniones personales.
Hay
que llegar al concepto de resonancia
de Rosa para llegar al de
identidad. Al final del cuento lo que nos propone es la “buena
vida”. Vincularnos “significativamente”
con
los demás, nosotros mismos, la naturaleza y el trabajo. “Milfulness”
y autoayuda, con unos litros
de Kombucha
para progres de clase media gilipollas. De identidades “woke”
nada.
Tras este paseo por una llamada
Escuela de Frankfurt que nunca lo fue porque, a pesar de unos padres
doctrinarios (Adorno. Horkheimer, Habermas) era un amasijo de sujetos
que aprovecharon la oportunidad que les brindaba una mal denominada
teoría crítica, bien pagada por el capitalismo, para hacer carrera,
cabe señalar que ni se trataba de un núcleo marxista ni tuvo mucho
que ver con lo “woke”.
Siempre sera posible manipular
la realidad y estirar el chicle pensando que tardará en romperse
pero quienes intenten hacer pasar a los Foucault, Butler o Žižek
como herederos de la Teoría Crítica deben saber que cada uno de
ellos tiene su propia diarrea intelectual que tiene que ver con la
misma tanto con el postestructuralismo, el postmodernismo o con
cualquier otra deriva epatante que acabe en “ismo”.
Dicho todo lo anterior, quiero
puntualizar algunas cuestiones sobre lo “woke”.
Soy radicalmente crítico
contra las posturas más extremistas del wokismo. En particular
contra el comportamiento de la cancelación. Creo en la
libertad de expresión. También de los que no me gustan.
Hace unos meses tuve una
discusión con una imbécil, tras exponer que un personaje odioso
por fascista, Céline, no por ello dejaba de ser un extraordinario
escritor, como demostró en “Viaje al fin de la noche”. En
la novela se mezcla su misatropía con su odio a la guerra. A
mi interlocutora le pareció que, si Louis_Ferdinand Céline acabó
siendo un fascista, había que rechazar su obra literaria.
Este tipo de actitudes las he
visto contra escritores como Neruda o García Marquez, actores como
Morgan Freeman o directores como Woody Allen. Nada importa si eran
inocentes o culpables. La mierda que se les echó encima quedará y
siempre manchará su reputación como intelectuales o artistas.
Hace casi un año se produjo el
linchamiento moral y publicado de un político, contra el que he
escrito desde hace años opiniones de absoluto desprecio, Íñigo
Errejón, lo que no me impide preguntarme hasta qué punto no se
había producido una coincidencia de intereses entre sus antiguos
compañeros, la derecha y el feminismo de antorchas de este país,
representado por seres tan repugnantes como Cristina Fallarás. En cuanto al personajillo utilizado como ariete acusador, poco que decir que no sea señalar su evidente trastorno psicológico, unido a su vocación de protagonismo y dinero.
Las ordalías mediáticas
destinadas a destruir la reputación de un personaje público, en
base a denuncias que cojean por todos los lados, en supuestos
delictivos, sin que haya habido una sentencia judicial, cuyo caso se
retrasa inexplicablemente, tienen el infecto tufo de la venganza y
del juicio de la chusma, que dicta sentencia y condena, basándose en
motivaciones inconfesables.
En mi vida laboral y cotidiana
(trabajo, transporte, ocio) me encuentro con personajes
extravagantes, algunos de los cuales me han hablado de su necesidad
de ser y mostrarse públicamente. Lo entiendo en la medida en la que
vivimos en una sociedad que ensalza la exhibición individual por
encima de lo colectivo.
En cualquier caso, y más allá
de cualquier categoría o juicio que yo haya expresado frente a lo
“woke”, ni los inmigrantes (sobreexplotados más que
nadie), ni el feminismo, si es de clase, ni ninguna de las siglas que
puedan añadirse a lo LGTB son tretas sustitutivas por parte del
capital contra las luchas de la clase trabajadora porque su lucha
solo depende de su nivel de conciencia y de organización y porque
frecuentemente determinadas identidades y pertenencia a la clase
trabajadora van juntas.
Mientras el rojipardismo va
mostrando su vena racista, homófaba y misógina, hay un sermón que
empieza a escucharse entre la progresía socialiberal y
socialdemócrata que consiste en afirmar que las identidades deben
dejar su protagonismo a lucha de clases, ponerse detrás. No es
necesario ser mujer, gay/lesbiana, árabe o negro para saber que esa
es la vía para ocultar reivindicaciones que deben ir junto a las de
clase. No es posible la igualdad sin libertades personales.
Pero incluso si es usted de los
que creen que el factor étnico, de identidad sexual o feminista
deben ponerse a la cola, dejando el protagonismo a la clase
trabajadora, un protagonismo que, en todo caso debiera ser ella quien
se lo gane a pulso; es más si usted tiene una antipatía no
confesada a las identidades, deténgase un momento y piense si no
serán ellas pronto las nuevas receptoras del odio fascista que en el
pasado recayó sobre judíos y comunistas. Eso debiera bastarle para
convencerse de que la lucha de clases y la defensa de las libertades
personales deben estar al mismo nivel, codo con codo.
3.10.-IA,
UNA TECNOLOGÍA QUE
NO CREARÁ
UN MUNDO MÁS LIBRE E
IGUALITARIO:
Bajo el capitalismo opera una
ley del beneficio completamente ajena a cualquier principio moral,
entendida ésta, la moral, como la valoración de las acciones de
quienes detentan el poder económico de acuerdo a unas reglas sobre
el bien y el mal que guíen sus actividades en función de sus
efectos sobre la colectividad.
No es que el capitalismo sea
inmoral. Simplemente es amoral. Si una determinada acción, en este
caso determinadas innovaciones tecnológicas, es/son susceptible/s de
generar beneficio económico, se llevarán a cabo independientemente
de como afecten a la sociedad.
Nunca hasta el presente el ser
humano había creado una tecnología en la que hubiera externalizado
gran parte de su conocimiento. Hasta la implantación masiva de la
IA, los contenidos del saber difundidos en Internet eran el resultado
de la inteligencia humana. Desde la reseña de una novela o de una
película, hasta la divulgación de un nuevo hallazgo científico,
pasando por la biografía de una personalidad relevante o un capítulo
de la historia, eran producto de millones de personas.
Cierto que Internet hace ya
mucho tiempo que se había llenado de basura (pornografía para
pederastas, redes sociales saturadas de odio fascista, teorías
conspiranoicas y pseudociencias, enlaces que llevaban sitios de
ciberestafas,…) pero aún era posible encontrar fuentes de
conocimiento muy valiosas, producto de cierta conciencia de
cooperación humana.
Pero una Internet en la que los
principales motores de búsquedas (Google, Bing) han incorporado la
IA como medio de búsqueda preferente (DuckDuckGo lo ha hecho de modo
opcional para el usuario) que condena los enlaces clásicos a la
información a un lugar secundario, ha empobrecido enormemente el
acceso a lugares de interés informativo, cultural o de divulgación
científica.
El principio de economía de
esfuerzo, tan común entre usuarios de la red menos avezados en el
hábito de las búsquedas, condiciona radicalmente la decisión de
pinchar en la opción de la IA que encabeza los resultados buscados,
con su contenido parcialmente desplegado, y a mayor tamaño de letra,
que los enlaces clásicos.
En EEUU la caída de tráfico
hacia los medios (resultados orgánicos) ha llegado a alcanzar un
promedio de un 34,5% menos de clics (CTR, Click Through Rate) en
abril de 2025 en Google según la plataforma Ahrefs. Seguramente esos
datos no sean muy diferentes de los europeos. Ese es un efecto de la
IA. Esto afecta a la supervivencia de los medios digitales, pequeños
negocios con venta por Internet o necesitados de publicitar su
localización, centros culturales y museos y, por supuesto, blogs de
la más diversa naturaleza, éste también.
La IA de Internet se alimenta
del robo de información por la que no paga, tanto para su
entrenamiento como para presentar sus resúmenes, que son priorizados
en los motores de búsquedas, sin exponer las fuentes de las que
recopila sus datos y raramente limitándose a un solo enlace.
A
su vez hay un crecimiento
exponencial
de
entradas en la red generadas, no por desarrolladores humanos sino por
bots, muchos de ellos con contenidos fascistas. Actualmente
se estima que más del 51% de los usuarios (mensajes, pots e
interacciones) de la red son bots. La teoría de la “Internet
muerta” ya es casi cierta. Con ser grave este dato, lo es mucho más
el hecho de que la mayor parte de su difusión se dedica a la
fabricación de falsedades de todo tipo.
Eso
sucede con una IA de la que podríamos decir que miente más que
habla, si fuera una entidad consciente. La fiabilidad de sus datos es
decreciente, hasta el punto en el que los expertos en la materia y
sus propios creadores afirman que la IA “alucina” y que lo hace
cada vez más. El
propio Sam Altman, creador de ChatGPT, admite esa alucinación
creciente.
La IA generativa desinforma
hasta niveles que alcanzan el 79% de las respuestas en el caso de
OpenAI, creadora del ChatGPT, principal chatbot de Internet.
Más
allá de las falsedades que arrojen los resultados de consultas a la
IA, la realidad es que no existe inteligencia alguna en ella. Dichos
resultados son meras indexaciones tomadas de fuentes primarias, sin
auténticos controles sobre su veracidad. La IA es todavía,
insisto en ese todavía, un
papagayo de repetición sin cerebro. Cuando en usos conversacionales
parece existir un atisbo de dicha inteligencia, lo cierto es que solo
hay una adaptación al interlocutor en base a una selección de
palabras del mismo que anticipan lo que éste quiere leer/escuchar.
ChatGPT
ha mostrado sesgos muy significativos en cuestiones de raza, género,
idioma, por su clara tendencia a dar protagonismo de veracidad a las
opiniones angloamericanas como verdad, despreciando opiniones en
otros idiomas, a los que califica como falsas porque
son discordantes con los valores políticos de EEUU .
Lo
mismo sucede en lo referente a cuestiones políticas, como sus
valoraciones sobre el Estado del bienestar o el capitalismo de libre
mercado.
No
es éste el único chatbot con una orientación política a la
derecha. Todos son partidarios del sistema capitalista y la propiedad
privada. Sus únicas preferencias son de matiz en lo referente a las
libertades personales. Esos
matices son solo adaptaciones del mercado político al económico
(Gemini).
Cualquier
argumento basado en sesgos relativos a cómo afecte la información
que recogen en el contenido ideológico de sus respuestas es puro
cinismo. Su orientación política viene predeterminada de origen por
el tipo de sociedad en la que creen las grandes corporaciones que las
han creado y puesto en funcionamiento. El
sesgo ideológico se crea a partir de los contenidos
intencionadamente seleccionados con los que se alimenta y entrena a
la IA.
Las
sandeces que se encuentran en Internet sobre Grok, en las que en unos
casos es considerada progresista, por sus supuestas posturas respecto
a la inclusión y las identidades, y en otras fascista, por sus
alabanzas a Hitler, son consecuencia de los zigzagueos de su dueño,
Elon Musk, un tarado megalómano, con la pretensión imperial
de
modelar al mundo a su antojo. Alguien capaz de afirmar que la IA
puede destruir al mundo y, a la vez, apostar por ella es tan poco
fiable como las afirmaciones de su producto digital.
Actualmente Gemini ofrece a los
idólatras de las celebridades la posibilidad de crear fotografías
ficticias con sus amados famosos.
Si al estalinismo le fue
posible eliminar de las imágenes de la Revolución de Octubre a
figuras como Trotsky y Kamenev, ocultando así de la historia
soviética a una parte de sus protagonistas, mediante técnicas de
borrado que hoy consideramos toscas, qué no podrá hacer una IA que,
por torpe que aún nos parezca, se irá sofisticando cada vez más.
A
nadie debieran
escapársele las implicaciones políticas, históricas, económicas,
ideológicas, culturales o científicas que puede llegar a tener una
IA capaz de escamotear las fuentes originales de los datos que aporta
y de recrear imágenes
falsas como si fuesen reales, además de poder clonar la voz de una
persona concreta, pudiendo incluirse mensajes y conversaciones. En un
mundo de percepciones la realidad puede llegar a ser alterada hasta
el punto en que resulte casi imposible distinguir qué es cierto y
qué es ficción. Las
“fake news”
de
hoy son juegos infantiles comparados con el grado de sofisticación
que la mentira puede llegar a alcanzar en un futuro muy próximo.
La
perturbada mente friki
de
Elon Musk ha anunciado la creación de la Grokipedia, a partir de su
IA Grok, reflejo de sus propias paranoias ideológicas. Su fin es la
destrucción de la Wikipedia, a la que considera demasiado
izquierdista, cuando el valor de esta enciclopedia libre, por encima
de su carácter colaborativo, lo que ya es mucho y positivo, y que
replica la acción colectiva de los enciclopedistas del siglo XVIII,
es su pluralismo ideológico. Musk
pretende una
sola “verdad” revelada a un mundo de analfabetos lobotomizados.
Mucho se habla de las
posibilidades que la IA presta al ciberdelito pero, con convertir
éste al mundo en un lugar más inseguro, sus riesgos reales son los
derivados de su uso por el poder económico y político. Ensayos
realizados entre 2024 y 2025 en EEUU, Canadá y Polonia en procesos
electorales, replicado posteriormente Reino Unido, demostraron la
capacidad de la IA para influir en el sentido del voto. Una de
las conclusiones del estudio fue que los chatbots entrenados para
interactuar con los votantes de derecha, que mezclaban información
veraz y falsa, fueron mejor acogidos por este público que por el de
izquierda.
Graves
son los efectos de “psicosis por IA”, una categoría que aún no
existe en psiquiatría, suele preferirse el de “delirios por IA”
o “trastorno delirante por IA”, pero que se está viendo cada
vez más en las consultas de estos profesionales. En muchos casos
parece tratarse de personas con problemas
mentales preexistentes pero, a los que una relación prologada con
los chatbots y cada vez más aislada de su entorno social amplifica
los comportamientos delirantes, mucho más cuando la IA, lejos de
cuestionar sus creencias delirantes, las refuerza con repuestas
complacientes.
Los
discursos distópicos acerca de una sociedad humana esclavizada o
aniquilada por las maquinas de la IA tienden en muchos casos a
olvidar interesadamente que, si eso llega, antes habrá sido
instrumentalizada por unos poderes capitalistas cada vez más
concentrados y antidemocráticos que bien podrían condenar a la gran
mayoría de la población a la misma condición miserable de los
“proles” de la novela “1984”.
No debe sorprender que el
poder político apenas legisle para limitar el alcance negativo de la
IA. En un mundo capitalista los gobiernos escriben o se inhiben al
dictado del capital. Esto es funcional al mundo de manipulación de
masas que traerá la IA. Cualquier intento de rebeldía frente a ella
será atacado ferozmente como contrario al “auténtico progreso”
y aplastado.
Sí
debe, en cambio, resultarnos llamativa la total ausencia de una
reflexión colectiva, y de la respuesta
consiguiente,
desde la izquierda respecto a las consecuencias que tendrá la IA
para las vidas de la clase trabajadora a nivel mundial. Sí
existen, no obstante, algunas
tomas de postura colectivas
interesantes, que
les enlazo
aquí,
si bien no provienen de una izquierda organizada y en debate.
Con la afectación de la IA a
las vidas de la clase trabajadora no me estoy refiriendo a la amenaza
de un mundo sin empleo por efecto de la robotización y la IA. El fin
del trabajo humano no se producirá porque, como ya he señalado en
el apartado correspondiente, el capitalismo colapsaría y eso es algo
que los capitalistas no van a permitir por la cuenta que les tiene.
Otra cuestión diferente es
cómo la llamada Cuarta Revolución Industrial impactará en el
mercado de trabajo, en la desaparición de empleos y en la aparición
de otros nuevos, en la composición estructural de la clase
trabajadora resultante, en su identidad y conciencia de clase y, por
supuesto, en sus salarios y en sus condiciones de trabajo y de vida.
Pero esos temas desbordan con mucho las pretensiones de este artículo
y las capacidades de análisis de su autor.
En
cualquier caso esas transformaciones de la clase trabajadora, que ya
están empezando a producirse tanto en los sectores servicios como
industrial, no deben desligarse de respuestas que necesaria e
inevitablemente van a producirse en el campo sindical y de
organización laboral de la clase trabajadora, por primarias,
parciales y torpes que inicialmente resulten, dado que las
organizaciones de trabajadores no están preparadas para enfrentar lo
que se les viene encima y, por consiguiente, se
tratará de acciones de reacción y no de iniciativa.
La pregunta no es si la burbuja
de la IA estallará o no sino cuándo lo hará y cuál será su
alcance sobre la economía mundial y los empleos directa o
indirectamente relacionados con ella. Una IA que en 2025 ha gastado
entre 300.000 y 380.000 millones de dólares, solo en EEUU, y sobre
la que los cálculos más conservadores proyectan inversiones de
500.000 millones de dólares para 2026, sin apenas retorno en
ingresos, mucho menos beneficios, inevitablemente lleva al estallido
de su burbuja, con impredecibles consecuencias, especialmente si se
tiene en cuenta que casi los únicos valores al alza en Wall Street
están vinculados a ella. Alegrarse de su estallido y pensar que con
él acabaría la amenaza de la IA es pura ingenuidad. El estallido de
la burbuja puntocom supuso el fin de muchas de las grandes
corporaciones ligadas a Internet pero con tiempo supuso la
consolidación de gigantes como Amazon, Google, Nvidia o eBay. Lo
mismo sucederá en el caso de la IA. Tras la desaparición de las
empresas de IA menos competitivas se afianzará y reforzara el poder
oligopólico de la IA, lo que dará el impulso definitivo de la misma
a su implantación en todos los órdenes de la vida.
En
una sociedad en la que la información ha sido externalizada, en la
que, como afirma el experto de derechas en Internet,
innovación y tecnología, Enrique Dans, “básicamente el
algoritmo pasa a pensar por ti”, el conocimiento pasará a ser
algo fugaz, desechado rápidamente de la mente humana, una vez que la
adquisición del dato haya sido utilizado para aquello que se
pretendía. El aprendizaje humano estará en vías de desaparecer,
mucho más cuando los sistemas educativos actuales han ido rechazando
el principio del esfuerzo, con lo que la experiencia de la búsqueda
de conocimiento, el estudio y el razonamiento ya no existirán para
la gran mayoría de la población.
Solo quienes paguen por las IAs
generativas, y especialmente quienes paguen más, adquirirán
información personalizada de acuerdo a su necesidades y resúmenes
de datos con un sistema fino de retroalimentación de los datos, de
manera que sea posible profundizar en la búsqueda de datos por parte
de las distintas IAs.
Para el resto de la población,
aquellas personas que hagan uso de una IA gratuita o semigratuita,
seguramente plagada de “banners” publicitarios, quedará
el dato tosco y superficial, seguramente mucho más sesgado
ideológicamente que en las IAs de pago.
Las implicaciones que esta
dualidad tendrá en el conocimiento y en la educación son obvias,
fortaleciendo la posición de poder de unas élites del conocimiento
frente a una masa más ignorante aún de lo que ya es hoy, con el
entendimiento justo para el desarrollo de las tareas laborales que el
mercado de trabajo capitalista requiera en cada momento.
Un estudio
del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) ha demostrado
que los estudiantes que recurren a la IA de manera sistemática ven
atrofiadas las conexiones neuronales que construyen las capacidades
de pensar, en concreto las de atención, memoria y capacidad de
comprensión semántica.
Desde hace relativamente poco
sabemos que el
coeficiente intelectual de la humanidad está descendiendo,
fundamentalmente en la generación más joven, según pruebas
realizadas en cuanto a su capacidad de identificar patrones en test
lógicos a partir de figuras que les permitan identificar la
siguiente dentro de una secuencia, las series de letras y números y
el razonamiento verbal. Junto a las monstruosidades de los sistemas
educativos, el abandono de un tipo de lectura cultivada y su
sustitución por la imagen visual de mínima exigencia mental tienen
mucho que ver en estas consecuencias. Solo será necesario un par de
generaciones de imbéciles para que el destino del ser humano esté
sellado definitivamente bajo la bota fascista.
De este modo, la posibilidad de
un conocimiento crítico por parte de la clase trabajadora quedará
anulado, afectando con ello a la libertad de los individuos y
generando una mayor desigualdad, comprometiendo severamente la
posibilidad de un desarrollo teórico y de estrategias políticas de
la izquierda.
Pensar que la tecnología puede ser neutral, que lo decisivo es con qué intención se use, que la clave está en si se utiliza por parte del poder oligárquico y capitalista o con un objetivo democrático y socialista, es demasiado ingenuo. Los riesgos de la IA no están solo en la orientación ideológica de la información con la que se la alimenta o en el carácter cerrado de su "caja negra" (cómo funciona el algoritmo), y que bastaría con hacer de él un software libre. Los riesgos de la IA están en la externalización del saber humano a la tecnología de la máquina y en como la relación entre la persona y la tecnología afecta al propio ser humano. Del mismo modo en que la cadena de montaje en los llamados sistemas socialistas afectaron a cómo se vivió el proceso de trabajo como alienación del trabajador de forma no muy distinta al taylorismo capitalista, la IA podría no ser en absoluto una tecnología neutral en esa relación humano -máquina.
El uso de robots humanoides con IA en las guerras del futuro, tanto por parte de EEUU como de China, incrementa la deshumanización que, de por sí, tienen los conflictos bélicos.
Finalmente, el uso de la IA en
vigilancia y represión mediante sistemas biométricos de
reconocimiento facial en manifestaciones
y revueltas y para la detección y redadas a inmigrantes sin papeles,
sin la existencia de control a los que controlan, así como en la
vigilancia
y control a los trabajadores en el desempeño de sus actividades
amplían el cuadro de pérdida de libertades en un Estado y sociedad
policiales.
4.-EPÍLOGO:
Si se ha tomado usted el
meritorio esfuerzo de llegar hasta aquí, seguramente se pregunte
cuáles son las propuestas del autor.
Me he limitado a hacer un
diagnóstico, incompleto, como no podía ser de otro modo, del
momento de la izquierda, o lo que carajos ésta signifique hoy, si es
que aún significa algo que no sea nostalgia y fracaso absoluto.
Quizá haya rascado algo de la epidermis de un pronóstico futuro.
Mi primera conclusión es que
fascioliberalismo se impondrá globalmente pero que ese no es el
final de la historia. Ni el fascismo ni el liberalismo pueden superar
sus propias contradicciones. La del fascismo es que, por mucho que
llegue a coordinarse internacionalmente, creará conflictos de
intereses entre Estados nacionales. La del liberalismo que acaba por
crear anticuerpos en forma de rebelión de sus víctimas.
Frente a la continuidad de la
historia están sus discontinuidades, los saltos, los disparos contra
los relojes del tiempo.
Es cierto que a cada nueva
revolución le sucede su Thermidor o la transformación del
movimiento de liberación e igualdad en la dictadura de una nueva
clase. Pero también lo es que para una parte de la clase dominada no
se agota la esperanza de un horizonte diferente a las sociedades por
las que ha transitado. Rechazar los errores del pasado no significa
abandonar la lucha por cambiar la sociedad sino aprender de ellos
para intentar no repetirlos.
En la lucha contra el fascismo
de muy poco valdrán las apelaciones a la lucha por la democracia
como tal pues las clases subalternas o dominadas, la trabajadora y
las medias que han ido proletarizándose, solo han conocido en los
últimos 40 años la democracia burguesa, cada vez menos social y
económica y más autoritaria y policial. Democracia para esas clases
significa hoy ya muy poco cuando la deslegitimación del sistema
político ha alcanzado ya cotas muy elevadas.
Será la lucha por la
recuperación de conquistas económico sociales, no la mera defensa
de lo quede en pie, pues lo que va quedando es ya mínimo, y la
defensa de las libertades de expresión, reunión, asociación,
manifestación, así como de las personales las que orienten los
nuevos combates. Seguramente a muchos les parezca decepcionante y a
la vez terrible reiniciar de nuevo las batallas del siglo XIX y parte
del XX pero, en términos castizos, “es lo que hay”. La clase
trabajadora lleva demasiado tiempo aceptando el “statu quo”
que le ha impuesto el capital y las que dicen ser sus organizaciones
se han limitado a ser “el consejo de administración que rige
los intereses colectivos de la clase burguesa”, a gobernar en
su nombre contra sus intereses de clase y a la nostalgia idealizada
de sistemas que acabaron por negar su poder real como clase
ascendente. No nos podemos permitir el lujo de frustrarnos por tener
que imitar a Sísifo ascendiendo la montaña con su carga, que luego
rodará hasta el llano, repitiendo la eterna condena de los dioses.
Pero sabemos que los dioses no
existen, que la historia no se repite cíclicamente, por mucho que
parezca que entre periodo y periodo se producen elementos comunes que
dan la impresión de una vuelta de tuerca para volver al lugar que
creíamos superado, como una especie de uroboro que se muerde la cola
en un eterno retorno.
Es cierto, como afirma Marx en
“El18 brumario de Luis Bonaparte”, que “la
tradición de todas las generaciones muertas oprime como una
pesadilla el cerebro de los vivos”, que las transformaciones
sociales se producen en el marco de circunstancias heredadas del
pasado pero también lo es, como señala el mismo autor en la citada
obra que “la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que
parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a
1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo
traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila
el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse
libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y
olvida en él su lenguaje natal”.
En cualquier caso la
lucha contra el fascismo y el capitalismo difícilmente podrá
llevarse a cabo con un mínimo de posibilidades de éxito sin la
superación de las vidas atomizadas por el individualismo egoísta y
feroz al que nos ha conducido el liberalismo. El ser humano es social
por naturaleza. Cuando se agrupa y organiza, buscando un bien
colectivo superior al propio, obtiene lo mejor de sí mismo. Cuando
niega su esencia social y se repliega hacia sus intereses
particulares abre el camino hacia el “homo homini lupus”
al que se refirió Plauto en su obra “Asinaria”. Como
individualmente cada ser humano no puede enfrentarse contra la
injusticia, la desigualdad, la explotación o la opresión, creadas
por el poder económico y político, desplaza su enfrentamiento
contra sus iguales o contra quienes son aún más débiles
(trabajador nativo contra trabajador extranjero, capas medias-bajas
de la sociedad contra las más empobrecidas,…). Debemos admitir
como punto de partida, para conocerlo, estudiarlo y enfrentarnos a
ello que los fascioliberales lo han hecho realmente bien para su
causa, al resocializar para el odio, el rechazo y el enfrentamiento
activo a aquellos sectores de las capas inferiores y medias de la
clase trabajadora menos conscientes de sus intereses como clase y
utilizarlos como ariete de ataque para dividir a la clase
trabajadora.
Para enfrentar a la clase
trabajadora contra el fascioliberalismo es necesario reforzar su
capacidad de respuesta e iniciativa dentro de la lucha de clases y de
la lucha antifascista que, necesariamente, han de ir unidas porque la
fascista es la fase actual del capital.
Para dicho refuerzo se necesita
recuperar a los sectores de nuestra clase actualmente seducidos por
la reacción, exponiendo la realidad de cómo están siendo
utilizados contra sus necesidades vitales e intereses inmediatos.
Cualquier lucha que desarrollen los sectores combativos de la clase
trabajadora debe buscar su inclusión y no su rechazo. Debe
rechazarse y denunciarse el lenguaje y las actitudes pequeñoburguesas
de quienes han caído en la estupidez de insultar y menospreciar a
aquellos trabajadores a los que califican como “fachapobres”. Esa
es la descalificación propia de quienes nada tienen que ofrecer al
combate de clase más que su propia impotencia.
La economía de plataformas
está cambiando el mercado laboral (uberización) y las relaciones
sociales de producción, desregulando las relaciones contractuales,
camuflando a falsos autónomos o autónomos dependientes como
autónomos clásicos, cuando en realidad son trabajadores
salarizados, precarizando el empleo, anulando derechos laborales
históricos, eliminando la protección social de la que disponen los
trabajadores del resto de las empresas, negando sus derechos de
negociación colectiva, fragmentando el tiempo de trabajo en unidades
de tiempo a conveniencia de la empresa y no del trabajador, de lo que
resulta una “compra” de su tiempo y fuerza de trabajo solo en la
cantidad que la empresa desee, mediante el uso del algoritmo y la IA.
Temu, Amazon, Uber, Cabify o Glovo son solo algunos ejemplos de lo
descrito. Esta situación no solo divide objetivamente la composición
de la clase trabajadora sino que dentro del segmento uberizado tiende
a debilitar su solidaridad de grupo y puede introducir una nueva
subjetividad como clase social, romantizando un falso sentimiento de
libertad como trabajador “independiente” o “freelance”,
cuando en realidad es una nueva forma de trabajo esclavizado.
Por este motivo es tan
importante que se genere, desde la demostración de lo que realmente
significa el trabajo dentro del empleo de plataformas, una
subjetividad de clase que conecte de un modo más amplio, que supere
la vivencia atomizada del trabajo individual con una identidad de
clase colectiva, trascendiendo desde la situación particular a la
general. La aparición de un nuevo sindicalismo, el de las
plataformas, es un primer paso en la dirección correcta.
Romper la estrategia a medio y
largo plazo (no parece que sea posible a corto) requiere volver a
generar tejido asociativo desde los centros de trabajo, que no se
agoten en lo meramente sindical. Experiencias como la Asociación Las
Kellys, denominación nacida del juego de palabras “la Kelly, la
que limpia”, de las camareras de piso en hoteles en España,
son un buen ejemplo de un grupo de mujeres trabajadoras, nacidas en
origen como grupo informal, cuya denuncia y lucha contra su
sobreexplotación ha ido extendiéndose territorialmente por las por
las zonas turísticas del país, a pesar de la represión empresarial
sufrida, planteando sus reivindicaciones y organizándose
solidariamente en redes, más allá de las siglas sindicales
clásicas, que han reaccionado tarde y débilmente a la aparición de
este nuevo sujeto colectivo, o partidarias.
Según va cambiando la
composición técnica de la clase trabajadora, no solo por el
desarrollo tecnológico sino también por los cambios en la
legislación laboral, tanto cuando desregulan como cuando regulan las
formas contractuales de las relaciones sociales de producción, se va
abriendo un creciente desfase entre esa misma composición y el
primer escalón de la autoorganización defensiva de la clase: el
sindicato. Hoy el modelo sindical mayoritario, el propio de las
grandes estructuras fabriles, casi siempre de concertación y pacto
social, es a un porcentaje decreciente de la clase trabajadora de los
países de capitalismo avanzado. El modelo representa más a la vieja
clase obrera que a los nuevos trabajadores y trabajadoras. En Europa,
con la casi excepción de las altas tasas de afiliación sindical de
los países nórdicos, el resto europeo se encuentra en niveles que
van desde poco más del 30% en Italia al 5,6% de Estonia, pasando por
el 15% de España. Si exceptuamos la muy baja afiliación sindical en
Francia (8,9), la cola en afiliación está formada por los países
del Este de Europa. Puede que ello tenga algo que ver con la
prohibición del sindicatos independientes en esos países en la
época del llamado “socialismo real”.
En unas circunstancias más
positivas para el ejercicio de la lucha de clases desde los
asalariados el sindicalismo tradicional, muy envejecido, estaría
intentando adaptarse a la nueva composición técnica de la clase
trabajadora y el sindicalismo emergente sería la punta de lanza de
la recomposición sindical. Pero, si este último aún está
empezando a conformarse, el viejo sindicalismo parece mucho más
preocupado por la supervivencia de sus estructuras burocráticas y
por continuar siendo necesarios para el capital, negociando el ritmo
de los retrocesos de los derechos de la clase trabajadora
tradicional.
Pero no debemos ser ingenuos.
La realidad sindical es en buena medida reflejo, y a la vez relación
dialéctica sindicato/clase/sindicato, del giro derechista que viene
manifestando la clase trabajadora desde hace tiempo, de su pérdida
de conciencia de clase y de su despolitización respecto a sus
necesidades inmediatas y mucho más de las de largo plazo.
La repolitización de la clase
trabajadora pasa por reconstruir la totalidad social de una relación
rota por una práctica política reformista y pequeñoburguesa que
trata el espacio de la producción y el de la reproducción social
como dos ámbitos ajenos entre sí.
El reformismo sindical y
político ha introducido en las mentes de los asalariados una visión
dual, de tal forma que oponen como dos mundos separados la empresa,
por lado, y la vida cotidiana en la que se integra la reproducción
social, por el otro. En la primera el sujeto político es el
trabajador que, por mucho que la ideología dominante le haga
autopercibirse como clase media, realiza sus reivindicaciones ante el
capital y, secundariamente frente al Estado. En la segunda el sujeto
político es, para el reformismo, el ciudadano, desprovisto de su
condición de clase, y por tanto interclasista, que reivindica la
mejora de sus condiciones de vida frente al Estado, como si éste
fuera un ente neutral y no un aparato de poder del capitalismo.
En el siglo XIX la clase obrera
reivindicaba no solo la reducción de la jornada laboral y mejores
condiciones de trabajo sino viviendas y barrios salubres, a la par
que sus organizaciones creaban las casas del pueblo, donde no solo se
discutía de temas laborales y políticos sino que también se
socializaban los trabajadores formándose ideológicamente mediante
charlas y clases sobre cultura, educación,… Y en ambas dimensiones
esto se hacía desde una perspectiva de clase, no segmentándose por
un lado como obreros y por el otro como ciudadanos.
Separar las reivindicaciones en
el trabajo de las que afectan a la reproducción social (vivienda,
dotaciones de servicios públicos en los barrios, educación, sanidad
y transporte públicos, acceso a la cultura,…) supone desviar la
atención al hecho de que hay una transferencia de las rentas del
trabajo al capital no solo mediante la contención salarial sino
también a través de la privatización de los servicios, lo que
afecta directamente al rendimiento real de los salarios, reforzado
por el encarecimiento de la vida (precio de los alquileres, los
alimentos y la energía) y que la clase directamente afectada es la
trabajadora. Obviamente, cuando esas demandas se realizan solo frente
al Estado, y no contra el capital, se está rechazando su potencial
anticapitalista. El ciudadanismo interclasista del movimiento de los
indignados fue el caballo de Troya del capital que a través de la
joven generación de la clase media temía que el ascensor social de
su clase de pertenencia solo funcionase para ellos hacia abajo. De
ahí su ridículo y falaz lema de “el 99 contra el 1%” escondiese
la realidad de que en ese 99% hay un porcentaje muy superior (entre
un 10 y un 15%) que posee más del 50% de las rentas a nivel mundial
y que no toda esa riqueza, ni mucho menos, es de origen especulativo
sino que proviene principalmente de la explotación y
sobreexplotación capitalistas. Combatir ese tipo de discurso
ciudadanista es fundamental para recuperar un relato y una actuación
revolucionaria desde la clase trabajadora.
Intentar repetir los procesos
del pasado de la socialdemocracia o de las revoluciones que acabaron
devorando a sus hijos, y a las energías emancipadoras colectivas que
las impulsaron, solo puede producir más frustración y dolor, sobre
todo porque, en unos casos, sus fracasos históricos las han
invalidado como proyectos posibles (socialdemocracia), en otros como
deseables (capitalismos de Estado autodenominados socialistas).
Frente a la socialdemocracia,
ya no cabe el pacto social con el capital, entre otras cosas porque
el capital, dada la correlación de fuerzas actual, ni lo quiere ni
lo necesita. Solo cabe un largo y lento proceso de acumulación de
fuerzas, a través de luchas que vayan radicalizando las demandas de
la clase trabajadora hasta desbordar los límites de lo asumible e
integrable por el capital, preparando un choque de trenes que
inevitablemente se acabará produciendo y que incorporará crecientes
niveles de violencia.
Frente a la experiencia del
marxismo-leninismo en el poder político como partidos guía o
rectores de la sociedad, cuya conexión con las clases trabajadora
y/o campesina fue inicial pero desapareció muy pronto al negarles el
ejercicio real del poder como clase en las empresas y en la sociedad,
convirtiendo la dictadura del proletariado en dictadura de partido
único en el poder, hay una reivindicación del marxismo original,
democrático y de base, que reivindica las libertades
dentro de una sociedad socialista y que entiende el socialismo
desde el poder
real de la clase trabajadora.
La
independencia de clase, nacida de la conciencia de clase, que es
forjada por la lucha de clases contra el poder del capital, tanto en
su forma liberal como de cualquier estructura de capitalismo de
Estado, requiere la recuperación de lo que en el pasado se denominó
“internacionalismo proletario”, que
de un modo actualizado se conoce como internacionalismo de clase.
Dicho
internacionalismo tendría ante sí desafíos tales como una
coordinación abierta a diferentes corrientes revolucionarias, sin
imposiciones ideológicas de ningún tipo que no sean la emancipación
de la clase trabajadora de la explotación burguesa y la necesidad de
que este objetivo se alcance más allá del marco nacional.
Igualmente ese internacionalismo debería abordar cómo responder a
la reacción nacionalista, qué discurso oponer al nacionalismo que
no sea meramente racional y que posea la fuerza suficiente para
imponerse a la potencia de una ideología que moviliza las emociones
de los pueblos.