30 de septiembre de 2020

ANTE EL CAOS DE LA PANDEMIA, UNA EXIGENCIA UNITARIA: VIDA Y TRABAJO

 


Por Marat

El Espacio de Encuentro Comunista (EEC) ha publicado recientemente un documento político titulado “Por la vida y el trabajo, unifiquemos las luchas” que, creo absoluta  y pertinentemente necesario en el aquí y el ahora, por lo que recomiendo encarecidamente su lectura a quienes no lo hayan hecho aún.

El pasado sábado 19 de septiembre –a veces me gusta datar los momentos que me marcan, aunque mi memoria acabe por destruir esos recuerdos- en una tienda de Puente de Vallecas, zona que iba a ser confinada dos días después, el 21, escuché a una mujer mayor decir algo muy directo y claro: “la gente trabajadora les importamos una mierda a los políticos. Lo único que quieren es que sigamos trabajando para el beneficio de los ricos”. Aquella mujer comprendía lo esencial del concepto de explotación y de la lucha de clases.

Conozco a desesperados que llevan 6 meses esperando el Ingreso Mínimo Vital, una fórmula de asistencia laica del Estado que les ha excluido de los derechos ligados al trabajo, que deben escoger entre morirse de hambre o ir al trabajo sin querer saber si están enfermos porque no pueden permitírselo.

Para el capital y sus esbirros políticos, sean la derecha extrema, los fascistas de VOX o el gobierno de progreso, la clase trabajadora es un mero dato estadístico, formado por individuos a los que tratan como carne de cañón. Todas las invocaciones  con apariencia humanitaria que hacen unos y otros respecto a los más débiles ante el tsunami de la pandemia y sus efectos económicos, así como las supuestas medidas paliativas tomadas, son mera propaganda que no se concreta en otra cosa que tirar balones hacia adelante, intentando que el sistema capitalista salga de ésta lo menos damnificado, mientras confían en nuestra capacidad de resignación y aguante ante las consecuencias de sus dos crisis, la del bicho y la acumulada, tras la anterior, y consecuencia de una economía zombie tras la eclosión de la pandemia.

La imagen de Sánchez y Ayuso en su comparecencia ante los medios, arropados por 26 banderas de “España” y de la Comunidad de Madrid, son la evidencia de la demagogia política que pretende unificar lo que está fragmentado desde siempre en clases sociales con realidades inconciliables bajo el manto de lo nacional y patriótico, lo mismo que están haciendo otros nacionalismos, incluidos los locales. Aquello empezó cuando desde los primeros días del Estado de Alarma compararon la situación de la pandemia con una guerra o cuando esgrimieron el slogan emocional de “este virus lo paramos unidos”, el clásico instrumento con el que se ataja la posibilidad de comprender la realidad mediante el obsceno trampantojo de apelar a los sentimientos inmediatos con el objetivo de cegarnos respecto a quienes serían los perdedores de esta historia.

Luego gobierno y oposición podrán jugar a enfrentarse, desdiciendo su supuesta “unidad nacional” ante el desastre, tratando de sumar fuerzas y “razones” a cada lado de sus supuestas trincheras pero lo cierto es que toman como rehenes a la clase que soporta todas sus inacciones, su ausencia de medidas que protejan nuestra salud y de actuaciones que nos protejan ante el crecimiento del desempleo, la pobreza y la desesperación individual y social: la trabajadora.

A las colas del hambre delante los locales de las asociaciones de vecinos, los bancos de alimentos o las oficinas de Cáritas les han sustituido las colas de los receptores de los ingresos de los ERTE ante los bancos, que tampoco es que cobren unos estipendios precisamente jugosos. El cambio de protagonistas en las filas se debe a que el final del Estado de Alarma permitió “respirar” a quienes deben buscarse la vida dentro de la economía sumergida, ahora con menos ingresos aún que en el pasado porque la demanda laboral de empresarios “emprendedores”, negocios variopintos, legales e ilegales, y “ciudadanos ejemplares” que aprovechan su necesidad de trabajo es menor, dada la situación económica y la situación ventajosa del empleador, que ahora puede pedir más por menos ¿Quién dijo que el capitalismo era un fracaso? No para quienes tienen los resortes para que el viento sople a su favor.

El estigma social en cualquiera de esas colas es evidente porque te señala, lo mismo que la tarjeta para familias vulnerables, creada a partir de la pandemia en Madrid, para comprar alimentos y productos de higiene, un  chivato público de la condición de pobre (ahora se dice vulnerable) cuando tengas que mostrarla en la caja del supermercado. Seguramente temían sus promotores que, de no utilizar este medio de señalamiento social, e ingresar en la cuenta bancaria del “beneficiario” la cantidad que cubre dicha tarjeta, un procedimiento mucho más discreto, el personal se lo gastara en coñac y marihuana, que ya se sabe cómo son estos menestorosos. Hay que aplaudir que tan edificante idea del Ayuntamiento de Madrid se haya hecho contando con el apoyo de los grupos progres, perdón, de izquierdas, representados en él. Otro éxito incontestable del alcalde Almeida, popularmente conocido como “carapolla”.

La selección de los barrios y pueblos del sur de Madrid como territorios para exhibir algún tipo de acción autonómica ante el persistente y dilatado descontrol por las autoridades locales  frente a la  proliferación de la COVID-19 es un insulto a las clases trabajadoras y populares de las zonas afectadas. Permitir que los trabajadores de ellas salgan a realizar sus trabajos y pedirles que se confinen a su vuelta, sin inversión en recursos sanitarios humanos, técnicos, preventivos y diagnósticos, con unos centros de salud sobresaturados y sin medios, dejando pudrirse durante meses la situación en la región y sin financiación de la protección social que favorezca el autoconfinamiento, es una declaración de guerra de clases desde los representantes políticos oficiales del capital.

Hay una cierta zombificación del estado mental individual y colectivo, una conmoción que se une con un estado de malestar y rabia que, de no expresarse socialmente en forma de protesta organizada y con unas demandas concretas, puede dar lugar bien a la resignación, bien a estallidos sociales, sin destino ni dirección concretas, que sirvan para incrementar la represión política de clase.

De hecho, la oferta del gobierno español a la Comunidad de Madrid de desplegar policía nacional y guardia civil allí donde pueda ser necesario para la “paz social” y el objetivo de “colaboración ciudadana” ante la pandemia y la intención del Ayuntamiento de Madrid de dotar de pistolas Taser a la policía municipal indica que la “democracia” burguesa ya prevé que el descontento social pueda llegar a expresarse.

A pesar de la conmoción social hay indicios, aún débiles y dispersos de la manifestación del descontento social. De los trabajadores metalúrgicos de Puerto Real, que ven amenazado su futuro laboral, a los de Alcoa, cuya amenaza de cierre cae sobre sus cabezas, de los enseñantes a los sanitarios, de los estudiantes a los trabajadores de la cultura y el espectáculo, la ira social va tomando lentamente forma, en unos casos reivindicando la protección de la salud, en otros del trabajo y de medidas del desempleo.

Separar la exigencia de protección de nuestras vidas y de nuestra salud, mediante los medios que el Estado capitalista debe poner en marcha, de las demandas de empleo y de protección al desempleo es condenarnos a que debamos jugarnos la vida para salir a trabajar y ganarnos el sustento, ya sea en el transporte público, en los centros de trabajo, públicos o privados, en las escuelas o en los centros sanitarios.

Las luchas parciales, sectoriales, de categorías profesionales dentro un sector (médicos dentro de la sanidad), de sectores concretos (enseñantes), de empresas, etc., en el contexto de una crisis sistémica y sanitaria de estas dimensiones están destinadas a fracasar. Si se pertenece a un colectivo laboral o sector, antaño con gran capacidad de presión, como el de enseñantes o sanitarios, en las circunstancias actuales, basta con que se les apliquen servicios mínimos del 90 ó100% para que sus huelgas no existan. Si las movilizaciones afectan a empresas concretas o sectores no esenciales, en el contexto de la cuestión social, política y económica que lo domina todo, carecen de capacidad de presión. Si las peleas de un barrio o pueblo estigmatizado socialmente se quedan en su localidad, sin vincularse mucho más allá a otros territorios o a lo que pasa en el centro de salud, la escuela o las empresas próximas, solo serán anécdotas de 3 tuits y un día. 

Pero exigir la protección de nuestras vidas y vincularlas a la exigencia de que no estamos dispuestos a jugárnoslas para mantener su maquinaria productiva de beneficios y unir el conjunto de las reivindicaciones laborales y de los barrios, de la enseñanza y la sanidad, eso es mucho más difícil de ignorar porque ellos, derecha e izquierda al servicio del capital, han apostado porque, con o sin pandemia, la inversión en proteger nuestras vidas, nuestros empleos y las coberturas de nuestro paro no cuestionen la ganancia empresarial.

Ahí está nuestra fuerza, nuestra capacidad de parar los próximos golpes contra nuestra clase y de revertir la correlación de fuerzas en la que ellos están ganando por goleada.

Que no les entretengan con que si los Borbones tal o cuál, con la unidad de la patria, con bolivarianos o fachas o con delirios que ciertos extraterrestres expresan cuando hablan de nacionalizar la banca -las necesidades inmediatas de la clase trabajadora hoy pasan por tener ingresos mensuales, llenar la nevera, pagar los libros del colegio de sus hijos, la hipoteca o el alquiler mensual. No están para milongas- o la autodeterminación de los pueblos. Lo que el capital y su trupe circense de 350 parlamentarios no podrán soportar es que exijamos gasto social en proteger nuestras vidas y nuestros empleos y que unamos todas las luchas que afectan a nuestra clase en ese mismo objetivo común. Para ellos es gasto sin beneficio. Se les quiebra el negocio. Y si no, pregúntense porqué han dejado pudrirse la situación sanitaria del país y la económico-social de nuestra clase.

Si les queda alguna duda de hasta qué punto defender las necesidades inmediatas de la clase trabajadora es hoy incompatible con los intereses de acumulación del capital, les sugiero que lean las reivindicaciones del Espacio de Encuentro Comunista (EEC) –van en la parte final del documento- en el enlace que les señale al principio del texto.

5 de agosto de 2020

UN PRÓFUGO DISFRAZADO DE EXILIADO


Por Marat

Dicen que Campechano I se ha ido a la República Dominicana. Ya no está en edad de disfrutar de los encantos de ninguna mucama mulata de resort para ricos sino en todo de caso de babear mirándola. En su patético estado de momia amojamada ya no hay Viagra que arregle tal grado de ruina viril.

Por muchas amantes de pago que tuviese en el pasado, parece que ha sido el apego al dinero de clara procedencia, y aún más cierta ilegalidad, el que le ha conducido a salir por piernas, por si las leyes suizas pudiesen atreverse a lo que las españolas difícilmente hubiesen hecho: justicia.

La carta dirigida a su hijo, Felipe VI, el Robot Impávido, es una obra maestra de cinismo.

Comienza diciendo que “ante la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada…”. El escándalo nacido de su condición de corrupto no pertenece a su vida privada sino a la pública, como máximo embajador y encargado de negocios en el extranjero por su condición de Rey. Su labor como comisionista de grandes compañías españolas, desde las energéticas hasta las financieras, pasando por el AVE y por otras muchas, en los negocios de éstas en terceros países, pone no solo en cuestión la supuesta neutralidad que ante intereses privados de grandes empresas tendría que tener un jefe de Estado sino su condición de alcahuete muñidor de grandes pelotazos internacionales por los que se llevaba una pasta. De su vida privada nada.

Afirma también que “mi legado, y mi propia dignidad como persona, así me lo exigen”. Se refiere a su “más absoluta disponibilidad para contribuir a facilitar el ejercicio de tus funciones [las de Felipe VI el Robot Impávido], desde la tranquilidad y el sosiego que requiere tu alta responsabilidad”.

Pero su legado es el de un rey, heredero de Franco, que jugó un papel muy oscuro en el 23-F, que algún día se aclarará, y el de un chorizo mayor que practicó la fuga de capitales a paraísos fiscales como el de Panamá, algo especialmente “digno en su persona” cuando a la clase trabajadora se aplicaban las recetas de caballo más salvajes (recortes sociales, despidos, austeridad, pérdida de derechos, empobrecimiento de amplias capas de trabajadores, etc.

No es que ser un mangante en épocas de expansión económica en las que nos hubieran caído algunas migajas a los trabajadores fuese más aceptable pero sí que indigna menos al populacho acostumbrado a fútbol y casquería televisiva. Esa fue tu perdición, Campechano, creer que heredabas la condición de caudillo por la gracia de dios de Franco, que tenías camino expedito para toda acción criminal a partir de tu condición de prócer “cuasi” divino sobre tu persona construido por los lameculos palatinos de los sucesivos gobiernos, los historiadores a tanto la página, el parlamento y los consejos de redacción mediáticos.  

Hacia el final de su carta a Felipe VI, el Robot Impávido, Campechano I señala “te comunico mi meditada decisión de trasladarme, en estos momentos, fuera de España”. A ver, rey de bastos, marqués de “bribón” (suena como Borbón), qué buen nombre para tu velero, conde de cazamayor, duque del pelotazo, señor de trinquete, no te trasladas, no haces el paripé de tu abuelito Alfonso XIII, esperando el tren que le condujese a Roma tras la proclamación de la III República, te das a la fuga, por si las cosas se ponen feas y porque tu hijo, para salvar su real culo, te ha dejado claro que o te piras o te deja caer en cualquier mazmorra, si no española, del extranjero. Y sabes que te puede caer un suplicatorio de otros países y, como poco, un calvario de investigaciones en el Congreso y por parte de fiscales y acusaciones particulares.

No creo que esto sea el fin inmediato del Robot Impávido pero sí pienso que es el principio del camino hacia una nueva era de éxodo de la casa de los borbones. Está tocada, no de muerte inmediata, pero sí de una desafección que la convierte ya no en intocable sino en directamente cuestionable por los españoles de casi todas las ideologías.

Cuando ante tanto cinismo de su padre, Robot Impávido “desea remarcar la importancia histórica que representa el reinado de su padre, como legado y obra política e institucional de servicio a España y a la democracia”, cuando pretende colarnos como acto de limpieza la presunta renuncia a la herencia de su padre, algo imposible mientras éste esté vivo y no se abrá el documento de herederos, cuando hay sobradas sospechas de que a TODOS los miembros de la Casa Real les habrá caído algo de los negocios de papá, cuando tienes un cuñado testaferro de los negocios de tu padre que ha pasado por el trullo, está claro que tu futuro no es halagüeño.  

El fin de los borbones será como “El hundimiento de la casa Usher,” de Allan Poe. Se irá carcomiendo hasta caer con “un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas”

Pero no se fíen cuando eso suceda. El ruido de la caída, mil veces televisado y repetido por todas las redes sociales de entontecimiento colectivo, tendrá poco que ver con la realidad. Para entonces el pueblo español ya habrá dado por descontada la monarquía, del mismo modo en que se cansa de una serie cuyos últimos capítulos le aburren. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad del espectáculo sin actores colectivos pero con millones de relatores. Todo será una más de tantas ficciones.

La derecha, que lleva años haciendo su labor de zapa a la monarquía, siendo la deslegitimadora desde unos cuernos que no pueden existir cuando no hay traición sino coalición de intereses entre una casa francesa que ha tenido ya muchos avatares peligrosos en España y un mal fin en Grecia. Y fue la primera que dio el pistoletazo de salida al cuestionamiento de una monarquía que se presentaba como inmaculada. Lo suyo fue abrir el camino del descrédito a través de lo genital. La derecha es muy de vícios privados, públicas virtudes y espionajes varios. Lo del no robarás del séptimo mandamiento, ya tal, que decía Rajoy.

Las izquierdas, reformistas por naturaleza, centradas en cambiar el orden institucional desde la Revolución Francesa hasta hoy, sin tocar el orden económico de la burguesía, basado en trabajo explotado y sobrexplotado a través del salario, celebrarán como en el exilio de Alfonso XIII e Isabel II, un supuesto triunfo en el que la correlación ideológica traerá, como mucho, más reformismo capitalista, como poco un largo período de hegemonía de la derecha. Quizá crean que renunciando a la lucha de clases, la república lo hará todo por sí misma. O, tal vez, les valga con aparentar que cambian todo para que nada cambie.  

Seguramente crean que porque cambien un rey por alguien como Macron van a lograr la república socialista, escondiendo la lucha de clases detrás de la tricolor, que es su práctica habitual, en lugar de proclamar en primer lugar la defensa de los intereses de la clase explotada contra los de sus explotadores 

Y mientras tanto, la clase trabajadora seguirá pagando los platos rotos de la crisis del capital porque lo que no se lleva es hablar con claridad de que no soporta más su situación de que necesita organizarse como clase, de que el sistema capitalista ya solo puede sobrevivir extrayendo la sangre de sus venas y de que aquél ha de ser destruido para construir una sociedad de iguales, libres y solidarios.