SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
28 de abril de 2016
DAVID HARVEY Y EL CARÁCTER FETICHISTA DE LA MERCANCÍA
Francisco
Umpiérrez Sánchez. fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com.es
Cuando
se estudia El
Capital se
atraviesa distintas etapas teóricas. Primero hay que estudiar la
transformación de la mercancía en dinero, y después, la
transformación del dinero en capital. Estas son las dos primeras
etapas del conocimiento contenidas en El
Capital.
Es un error introducir conceptos y determinaciones de la segunda
etapa en la primera. No podemos pretender ver en la primera etapa
aspectos que solo pueden verse en la segunda etapa. Tampoco debemos
pretender que con uno solo concepto, como puede ser el carácter
fetichista de la mercancía, entender la totalidad de la naturaleza
de la mercancía. Todo concepto tiene sus limitaciones. Ir más allá
de los límites de cada concepto es un error teórico grave. Si
queremos llegar más lejos en la comprensión del objeto de estudio
necesitamos de otros conceptos. Cada cosa a su tiempo. Estas
consideraciones lógico teóricas no las tiene en cuenta Harvey,
provocando que su exposición no sea ordenada sino tortuosa.
Después
de haber expuesto la transformación de la mercancía en dinero
–advirtiendo que aquí hablamos del dinero-oro, esto es, del dinero
que todavía es un valor de uso– Marx pasa a exponer el carácter
fetichista de la mercancía. Les recuerdo que la mercancía es una
unidad doble: valor de uso y valor. Marx nos dice que en principio la
mercancía parece un objeto trivial, pero de su análisis resulta que
es una cosa muy complicada, llena de sutilizas metafísicas y de
caprichos teológicos. Y cuando algo es complicado y muy complejo, se
nos presenta inevitablemente como algo misterioso y enigmático. Lo
que hace a continuación Marx es decirnos primero dónde no está el
misterio de la mercancía.
Pero
antes de entrar en esta materia aclaremos la diferencia entre valor y
forma de valor. El lector me lo agradecerá. Comprenderá mejor lo
que sigue. Cuando un agricultor produce trigo, debemos distinguir dos
cosas: por un lado, realiza una actividad productiva conforme a un
fin, y por otro lado, gasta una determinada cantidad de fuerza de
trabajo en producir, por ejemplo, 2 kilos de trigos. En tanto
actividad productiva el agricultor produce valor de uso, y en cuanto
gasto de fuerza de trabajo el agricultor produce valor. El gasto de
la fuerza de trabajo se mide por la duración del trabajo. De manera
que diremos que para producir 2 kilos de trigo el agricultor empleó
2 horas de trabajo social medio. Pero cuando miramos los 2 kilos de
trigo, y por muchas vueltas que le demos, no tenemos manera de hallar
las dos horas de trabajo contenidas en los 2 kilos de trigo. Dicho de
otro modo: bajo el punto de vista sensible es imposible percibir el
valor de los dos kilos de trigo. Al valor considerado así se le
llama el valor en su forma natural. A esta forma de existir el valor
en la mercancía aislada Marx la califica de “objetividad
espectral”. Lo único que quiere indicar Marx con esta expresión
es el carácter imperceptible del valor en su forma natural.
La
situación cambia cuando en vez de considerar a la mercancía aislada
consideramos la relación de una mercancía con otra. Supongamos que
se establece una relación de intercambio entre 2 kilos de trigo y 1
metro de tela. Dice Marx que una mercancía por sí misma no puede
expresar el valor que tiene. Así que el trigo para expresar su valor
necesita de la tela. Y en esta relación el trigo se encontrará en
la forma relativa de valor, porque es la mercancía que expresa su
valor, y la tela estará en forma de equivalente, porque es la
mercancía que sirve de material de expresión del valor del trigo.
Si preguntáramos ¿cuál es el valor de 2 kilos de trigo?
Responderíamos: 1 metro de tela. Lo que nos dice Marx es que 1 metro
de tela es la forma del valor de 2 kilos de trigo. Así que,
concluyendo, una cosa es el valor en su forma natural, el valor
existiendo en la mercancía aislada y que no es perceptible, y otra
cosa es la forma del valor, el valor existiendo en la relación de
cambio entre dos mercancías, donde la mercancía que desempeña el
papel de equivalente, en nuestro caso 1 metro de tela, existe como
forma del valor de los 2 kilos de trigo. El estudio de las formas del
valor merece un estudio muy concienzudo, muy riguroso y muy
reflexivo. Aconsejo al lector que lea mi trabajo La
transformación de la mercancía en dinero , para que tome
nota de toda su complejidad y trascendencia. Sin embargo, en un gesto
ofensivo hacia la calidad teórica de El Capital ,
Harvey afirma que el estilo seguido por Marx en esa sección es
“aburridamente contable”. ¡Qué le vamos a hacer! Es propio de
mucha gente achacar al otro sus propias limitaciones. Y Harvey tiene
importantes limitaciones teóricas.
Pasemos
ahora a explicar dónde según Marx no está el misterio de la forma
mercantil.
Una.
El misterio de la mercancía no puede provenir del valor de uso, ya
se le mire, por una parte, como una cosa que por sus propiedades
satisface necesidades humanas, o por otra parte, como un producto del
trabajo útil o de la actividad conforme a un fin. Aquí no hay
oscuridad ni misterio. Todo está a la luz.
Segunda.
Nos advierte Marx que tampoco el misterio está en las
determinaciones del valor. El valor tiene tres determinaciones
fundamentales: su sustancia, su magnitud y su forma social.Hablemos
de su sustancia: por muy diferentes que sean las
actividades productivas o trabajos útiles, es una verdad fisiológica
que son funciones del organismo humano, esto es, gasto de cerebro,
músculos,... En tanto valores las mercancías son gasto de fuerza de
trabajo humano sin tener en cuenta la forma de su gasto. Esta
determinación es la que hace iguales a todas las mercancías. Es
obvio igualmente que esta determinación no tiene nada de misteriosa
ni enigmática.
Hablemos
de la magnitud del valor: Nos dice Marx que salta a la vista la
diferencia que hay entre la cantidad de trabajo y la calidad del
trabajo. Y añade que en todas las situaciones tuvo que interesarle a
los hombres saber cuánto tiempo empleaba en producir sus medios de
subsistencia. Luego en la magnitud de valor tampoco hay misterio.
Hablemos,
por último, de su forma social: dice Marx “en cuanto los
hombres trabajan de alguna manera los unos para los otros, su trabajo
recibe también una forma social”. En el esclavismo los esclavos
trabajaban para los esclavistas, en el feudalismo los siervos
trabajaban para los señores feudales, en el capitalismo la clase
obrera trabaja para los capitalistas, y en el socialismo de Estado la
clase obrera trabajaba para el Estado. Así que la forma social del
trabajo tampoco genera ninguna clase de misterio y enigma.
Llegados
a este punto Marx se pregunta: “¿De dónde nace, pues, el carácter
enigmático del producto del trabajo en cuanto adopta la forma de
mercancía?” Y responde: “Evidentemente de esa misma forma”. Ya
tenemos entonces la respuesta: el carácter misterioso y enigmático
del producto del trabajo proviene de su forma mercantil. Luego la
clave está en comprender bien la naturaleza de esa forma para
comprender por qué la mercancía tiene un carácter fetichista. Toda
esta exposición pormenorizada que he realizado, y que no es nada
extensa, no figura en el texto de David Harvey. Y, por rigor, no me
he saltado ningún paso. Vale más decir poco pero claro que mucho
pero turbio. Expongamos primero en qué consiste el enigma de la
forma mercantil según Marx: “La igualdad de los trabajos humanos
recibe la forma objetiva de la misma objetividad de valor de los
productos del trabajo, la medida del gasto de fuerza de trabajo
humano mediante su duración recibe la forma de la magnitud de valor
de los productos del trabajo, las relaciones de los productores en la
que actúan esas determinaciones sociales de sus trabajos reciben la
forma de una relación social de los productos del trabajo”. No se
me atragante el lector que ahora pasaré a explicar todo esto.
El
señor A de la comunidad A produce trigo, y el señor B de la
comunidad B produce telas. Desde hace décadas vienen intercambiando
sus productos del trabajo de forma regular. Los sucesivos
intercambios han establecido la siguiente relación de cambio: 2 kilo
de trigos se cambian por 1 metro de tela, o 2 kilos de trigo = 1
metro de tela. El trabajo del agricultor es un trabajo útil
cualitativamente diferente del trabajo del tejedor, pero como gasto
de fuerza de trabajo humano son iguales. En un caso se gasta fuerza
de trabajo humano en forma de agricultura y en el otro caso se gasta
en forma de tejeduría. Esta diferencia se objetiva en las mercancías
del siguiente modo: como valores de uso el trigo y la tela son
cualitativamente diferentes y como valores son iguales. Debemos
suponer también que el agricultor empleó 2 horas de trabajo social
medio en producir 2 kilos de trigo, y que el tejedor empleó
igualmente 2 horas de trabajo social medio en producir 1 metro de
tela. Y aunque el tejedor haya empleado 3 horas de trabajo, sus 3
horas de trabajo individual representan 2 horas de trabajo social
medio. Ya que hemos supuesto que las condiciones medias de
productividad en esta rama del trabajo se expresan en que por cada
metro de tela producida se emplean 2 horas de trabajo social medio.
Prefiero emplear la expresión “trabajo social medio” que la tan
socorrida expresión de “trabajo socialmente necesario”.
Ahora
preguntemos por las palabras de Marx a las cuáles prometí darles
una explicación. Primero: ¿Qué significa que “la igualdad de los
trabajos humanos recibe la forma objetiva de la misma objetividad de
valor de los productos del trabajo”? Pues eso: que la igualdad
entre el trabajo humano del agricultor y el trabajo humano del
tejedor se expresa –o recibe la forma– en la igualdad de sus
productos: el trigo y la tela en tanto valores, en tanto representan
gasto de fuerza de trabajo humano sin tener en cuenta la forma de su
gasto, son iguales. Segundo: ¿Qué significa que “la medida del
gasto de fuerza de trabajo humano mediante su duración recibe la
forma de la magnitud de valor de los productos del trabajo”? Lo
siguiente: que las 2 horas de trabajo social medio que costó
producir los 2 kilos de trigo se expresa –o recibe la forma– en 1
metro de tela. Y tercero: ¿Qué significa “que las relaciones de
los productores en la que actúan esas determinaciones sociales de
sus trabajos reciben la forma de una relación social de los
productos del trabajo”? Lo siguiente: que la relación
socio-económica entre el agricultor y el tejedor se expresa –o
recibe la forma –en la relación social de los 2 kilos de trigo con
1 metro de tela. En suma, en el mundo mercantil nada se dice
directamente de los trabajos y de los trabajadores: todo se dice por
medio de los productos del trabajo.
Llegados
a este punto y esperando que el lector haya entendido mis
explicaciones, Marx concluye: “Lo misterioso de la forma de
mercancía consiste, pues, en el hecho de que les refleja a los
hombres los caracteres sociales de su propio trabajo como caracteres
objetivos de los productos del trabajo, como propiedades naturales
sociales de estas cosas, y, por tanto, también refleja la relación
social de los productores con el trabajo total como una relación
social de objetos, existente fuera de ellos”. Creo que en mis
palabras anteriores queda claro lo que concluye Marx. Los caracteres
sociales del trabajo del agricultor y del tejedor en tanto gasto de
fuerza de trabajo social medio se les refleja a ellos como caracteres
sociales de sus productos, como caracteres sociales de los 2 kilos de
trigo y el metro de tela. Y la relación social de los productores
con el trabajo total, esto es, con el trabajo de todas las ramas de
producción, se refleja como la relación social de todas las
mercancías entre sí. ¿Y cuáles son los caracteres sociales del
trabajo humano abstracto, esto es, del gasto de fuerza de trabajo
humano sin tener en cuenta la forma de su gasto, del agricultor y del
tejedor? Lo dijimos antes: uno, que en tanto valores son iguales,
dos, que en su producción han gastado una determinada cantidad de
trabajo social medido por su duración, y tres, que cada uno de ellos
satisface la necesidad del otro o que cada trabajo se ha confirmado
como eslabón necesario en la división social del trabajo. Creo que
con lo dicho hasta aquí basta.
Hablemos
ahora de cómo interpreta David Harvey el fetichismo. En la página
46 de su texto, Harvey explica el fetichismo de las mercancías en
los siguientes términos: “Si alguien va a un supermercado y quiere
comprar allí una lechuga, tiene que disponer de cierta cantidad de
dinero. La relación material entre el dinero y la lechuga expresa
una relación social porque el precio –el cuánto– está
socialmente determinado, y el precio es una representación monetaria
del valor. Oculto en el seno de ese intercambio en el mercado entre
cosas existe una relación entre el consumidor y los productores
directos que trabajaron para producir esa lechuga. Pero el trabajador
no solo no tiene por qué saber nada del trabajo o los trabajadores
que introdujeron valor en la lechuga; en sistemas muy complicados de
intercambios es imposible saber nada sobre el trabajo o los
trabajadores, y por eso el fetichismo es inevitable en el mercado
mundial. El resultado final es que nuestra relación social con las
actividades laborales de otros queda oculta bajo las relaciones entre
cosas”.
La
esencia de la explicación de David Harvey sobre qué es el
fetichismo de las mercancías es la siguiente: la relación entre
cosas en el mercado, entre mercancía y dinero, oculta la relación
entre productores y consumidores, resultando que los segundos no
saben nada de los primeros. ¿De dónde extrae Harvey esta
explicación? De El Capital puedo asegurarles que
no. ¿De dónde la extrae entonces? De sus propias conjeturas. ¿Tiene
sentido lo que afirma? Pues no. El en proceso de intercambio, en el
mercado, las personas figuran unas frente a otras como representantes
de mercancías, esto es, como compradores y como vendedores. Estos
son los dos únicos papeles que se desempeñan en el mercado:
vendedor y comprador. De hecho el capitalista en el mercado también
es un comprador y un vendedor, el hecho de que sea capitalista no le
hace desempeñar un papel distinto a los que rigen en el mercado, que
vuelvo y repito son el de comprador y el de vendedor. El dinero como
capital se diferencia del dinero como medio de compra por las
mercancías que se compran con él: medios de producción y fuerza de
trabajo. El dinero como capital no se diferencia del dinero como
medio de compra porque su propietario desempeñe un papel distinto a
los que rigen en el mercado. Quien va con dinero al mercado desempeña
el papel de comprador, mientras que quien va con mercancía desempeña
el papel de vendedor. –No hablamos ni tenemos en cuenta en esta
etapa del conocimiento el capital productor de interés. Advertí que
es un error incluir en una etapa del conocimiento aspectos que
pertenecen a una etapa de conocimiento posterior–.
Seguimos.
Una vez que el comprador se hace con la mercancía que necesita, por
ejemplo, la lechuga, abandona la esfera de la circulación e ingresa
en la esfera del consumo. La lechuga en el mercado funciona en
calidad de valor, mientras que en el consumo funciona en calidad de
valor de uso. En el mercado la lechuga se realiza como valor,
mientras que en el consumo se realiza como valor de uso. Así que no
tiene sentido alguno afirmar que la esfera de la circulación oculta
la esfera del consumo. La esfera del consumo está tan a la vista
como la esfera de la circulación. Veamos ahora el otro lado de la
relación económica. El agricultor una vez ha recolectado las
lechugas abandona la esfera de la producción e ingresa en la esfera
del mercado. Y en el mercado no figura como productor sino como
vendedor. Así que tampoco tiene sentido decir que la esfera de la
circulación oculta la esfera de la producción. La esfera de la
producción está tan a la vista como la esfera de la circulación.
Así que es un acto mental caprichoso y arbitrario de Harvey afirmar
que en el intercambio se ocultan las relaciones entre los productores
y los consumidores, cuando lo cierto es que la relación entre
producción y consumo está mediada por el mercado. Y mediación no
es lo mismo que ocultación. Además no solo es que la producción,
el intercambio y el consumo se diferencien espacialmente, sino
también temporalmente. Primero viene la producción, después el
intercambio, y por último, el consumo.
Podría
entrar aún en más detalles, pero no quiero cansar al lector. Creo
haber demostrado que la lectura de Harvey sobre la sección de El
Capital titulada el carácter fetichista de la
mercancía y su secreto carece de rigor conceptual e
interpreta de forma errónea la esencia de ese concepto.
23 de abril de 2016
TRES DESPACHOS SOBRE WALTER BENJAMIN
Maciek
Wisniewski. La Jornada
El
migrante. Benjamin (1892-1940), al parecer, nace siendo un migrante,
hecho solo para cambiarse de lugar. Nunca logra encontrarse uno fijo.
Estando en uno ya quiere irse al otro. Su Berlín natal es su
influencia principal. Aun así, no puede esperar a dejarlo atrás.
Sólo que al mismo tiempo no sabe dejar atrás la casa de sus padres
(una bien acomodada familia burguesa judío-alemana). Por años sigue
viviendo con ellos, obligando a su padre a que lo mantenga. En los
años 20/30 va y regresa. Primero del (auto)exilio en Suiza durante
la Primera Guerra Mundial (donde hace el doctorado), luego de sus
casas temporales en París, Capri o Moscú. La carrera académica que
anhela tanto –pero a la que no puede decidirse bien: “Trato de
agarrar el viento de todos lados”, anota en Capri ( Walter
Benjamin: a critical life, Harvard, 2014, p. 217)– lo
ataría a un lugar. Pero su habilitación es rechazada y queda
“libre”. Aprovechando el auge mediático en la joven
república de Weimar se vuelve un freelance writer: colabora
con la prensa, la radio, hace traducciones y trabajos de redacción.
Así puede “estar en movimiento”: siempre que logra juntar
un poco de dinero –su situación económica es muy precaria–
migra por toda Europa. El viaje –bien subrayan Eiland y Jennings,
autores de su nueva, ya citada biografía (satisfactoria como fuente
de información sobre su vida y entorno, pero decepcionante como
lectura...)– es para él una “medicina para las miserias”
(p. 335). Incluso la típica disyuntiva de los intelectuales judíos
de su generación (y “acto de rebelión contra sus familias
burguesas”): “sionismo o comunismo”, descrito así
por su amigo Gershom Sholem ( LRB, 3/8/95), se presenta para él como
una cuestión del destino migratorio. Aunque estudia las
posibilidades de emigrar tanto a Palestina como a la URSS, no puede
decidirse por ninguna (ni por rebelarse contra su familia...). Quiere
“evitar compromisos ideológicos” y “conservar su
libertad intelectual y personal” (p. 272). El hogar es donde
puedo gastar el dinero, escribe (p. 332).
El
exiliado. Con su precario modo de empleo, siempre está buscando un
lugar más barato para comer, dormir, leer y escribir; en 1932, en
plena bancarrota, quiere ir a vivir a una cueva en una isla en el
Mediterráneo (Esther Leslie, “Walter Benjamin: the refugee and
migrant”, en Verso blog, 14/10/15). Con la llegada de
Hitler al poder, pasa de migrante a exiliado (igual que otras 100 mil
personas que huyen de Alemania entre 1933-35). “Sacado de su
comodidad burguesa por las fuerzas de la historia y aventado al lado
de los desposeídos”, apunta Leslie, ve en el auge del nazismo
“la continuidad de la opresión y explotación capitalista”.
Exiliado en París con poco dinero y pocas oportunidades para
publicar, anota: “Hay lugares donde puedo ganar una cantidad
mínima y lugares donde puedo subsistir con una cantidad mínima,
pero no hay ninguno donde las dos cosas coincidan” (p. 392). La
atmósfera alrededor –los franceses tratando a los exiliados
alemanes peor que a los alemanes que los exiliaron, los exiliados
comiéndose a otros exiliados y los judíos humillando a otros judíos
(“Si estos dependerán sólo de sí mismos y de
los antisemitas, pronto no habrá muchos de ellos”, p. 495)–
profundiza su desesperación. Busca nuevas casas. En siete años
cambia de dirección 28 veces. Se va a Ibiza, a Dinamarca (a ver a
Brecht, quien lo tilda de “huidizo incapaz de alcanzar un
refugio”), a Italia... Cada vez después de un rato, de un
lugar ya quiere irse al otro. Cuando Adorno y Horkheimer –que junto
con su instituto, su principal fuente de empleo en estos años, ya
están en Nueva York– quieren traerlo a Estados Unidos, lo ve con
esperanza. Vacila –como con todo– pero sabe que ya se le acaba el
tiempo. A principios de 1939, la Gestapo descubre un artículo que
una vez publicó en Moscú, “transgresión” suficiente
para revocarle la ciudadanía alemana (p. 626). Del exiliado pasa al
apátrida y al refugiado.
El
refugiado. Cuando en septiembre estalla la guerra, el gobierno
francés ordena la internación de miles de enemy aliens
alemanes y austriacos. Benjamin queda encerrado por dos meses,
primero en el Estadio Olímpico en Colombes, al norte de París, y
luego en el campo en Nevers (p. 648-653). Aunque son campos de
internamiento, las condiciones son terribles y él no está hecho
para aguantarlas. Ya en libertad le escribe a Adorno: “En los
últimos meses vi tantas vidas cuya ‘existencia burguesa’ no sólo
se hundía, sino se ‘zambullía de cabeza’ de un día para el
otro” (p. 669). La suya incluida. Cuando en mayo de 1940 los
nazis invaden Francia, finalmente intenta huir del país. Tiene un
visado estadunidense, pero para poder tomar un barco en Marsella
necesitaría también uno francés. Siendo un apátrida, no puede
sacarlo. Con un grupo de otros refugiados logra cruzar a España a
través de los Pirineos. Pero la frontera en Port Bou está cerrada.
Le dicen que será retornado a Francia y, mientras tanto, junto con
otros, lo ponen en un hotelito bajo guardia. Temiendo ser enviado
otra vez al campo de internamiento, el 26 o 27 de septiembre –en
circunstancias poco claras, reconstruidas por Jeremy Harding ( LRB,
19/7/07)– decide suicidarse. Del refugiado pasa al náufrago y al
ahogado. Al día siguiente la frontera queda reabierta (p. 675).
Coda.
Para Benjamin la historia era una “lucha” entre el futuro
y el pasado, con el presente como “una viva imagen dialéctica
de los dos”; según él había momentos en que gracias a un
particular alineamiento político-histórico, un fragmento del
pasado, resonando con el presente, podía hablarnos directamente.
Este
momento es ahora, cuando:
1)
la suerte de los refugiados, como Benjamin, resuena con la vida y la
muerte de miles en las fronteras de Europa y en sus campos de
internamiento;
2)
la suerte de los exiliados por el fascismo, como Benjamin, resuena
con su actual renacimiento;
3)
la suerte de los migrantes y trabajadores precarios, como Benjamin,
resuena con la condición de millones de freelance workers.
Las
imágenes del pasado y del presente encajan tan bien en un nuevo
“rompecabezas dialéctico”, que simplemente parecen
intercambiables.
NOTA
DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
Aunque
parece ya una batalla perdida, a algunos nos resulta especialmente
irritante la expresión de trabajadores precarios para referirse a
los hijos de la pequeña y mediana burguesía a los que les han
venido mal dadas en algún recodo de la historia. Lo que algunos
llaman “precariado” no ha sido otra cosa que la condición de
vida del proletariado (o clase trabajadora, si la expresión les
resulta menos “desfasada” a los “modernos de lo nuevo”) en la
mayor parte del tiempo de existencia de esta clase social. Así que
atenciones especiales hacia algún estrato de clase, que ni siquiera
ha alcanzado la condición de tal, ninguna.
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