- Porque cosifica la realidad humana al reducirla a la voluntad del poder del Estado.
- Porque niega otros movimientos de la historia que no sean las dialécticas derivadas de los intereses de los Estados.
- Porque presenta una visión del mundo en la que la población de los Estados es una caja negra dentro de la que desaparecen las contradicciones y antagonismos entre las clases sociales.
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
4 de abril de 2020
CORONAVIRUS, INTERESES DE ESTADO Y CONSPIRATONTOS
Por Marat
1.-Si un Estado no tiene enemigo se
lo inventa
Conviene profundizar en este
axioma cínico para explicarlo.
Dentro de un sistema global
capitalista, o de cualquier otra formación económico-social dividida entre
dominantes y dominados, en el que la competencia sustituye casi siempre a la
cooperación, en la que la lógica del beneficio capitalista hace de conceptos
como igualdad o solidaridad un sarcasmo de las Relaciones Internacionales
(RR.II.), el ajuste a la dualidad amigo/enemigo es fundamental para los Estados
tanto a nivel interno (nacional) como externo (internacional).
Hacia el interior de la
comunidad, el enemigo facilita el cierre de filas, ayuda a imponer la ideología
dominante, legitima el orden social como defensa frente al ataque, real,
imaginario o inventado, favorece la creación de consensos y del consentimiento
ante las medidas para combatirlo y permite justificar la represión de la
disidencia como persecución a los supuestos agentes del enemigo dentro de la nación.
Hacia el exterior (la sociedad
internacional), la figura del enemigo ayuda a disfrazar la agresión como legítima
defensa, ofrece la opción de la guerra como salida a una competencia por los
mercados que ya no da más de sí, redefine las reglas morales del juego,
estableciendo tanto las normas escritas como no escritas en el escenario
internacional y, cuando todo ello lo lleva a cabo una potencia regional o mundial,
organiza las alianzas (enemigo común) y los bloques antagónicos de intereses en
litigio.
La escuela norteamericana del realismo político (Hans J. Morgenthau. “Política entre las naciones”), define a
los Estados como actores políticos principales, casi exclusivos, en el marco de
las RR.II., estableciendo como elemento nuclear de dicho enfoque el interés (antecedente en Hobbes)
centrado en la idea de poder (antecedente
en Maquiavelo).
De Maquiavelo y Hobbes a Von
Clausewitz (“De la Guerra”), Von
Bismarck como estadista o Karl Schmitt, fundamentador jurídico del
sistema nacionalsocialista, el realismo político ha estado presente como base
argumental o como práctica política casi desde el principio mismo de la
existencia del Estado, si bien sin llegar a fundamentar un “corpus teórico”,
como sí hace la escuela del realismo político norteamericano, no solo en las
RR.II. sino también en el interior de las naciones como ejercicio de poder.
Esta especie de sacralización del
poder del Estado tiende a ignorar, no solo la existencia de las luchas de
clases en su interior sino también la importancia que desde el siglo XIX van
adquiriendo otros agentes a nivel internacional como la opinión pública
mundial, los movimientos internacionales de masas, etc.
Pareciera que el señalado como
poder omnímodo de los Estados no pudiera admitir, o temiera, a otros actores
internacionales aparentemente menos poderosos.
La visión puramente estatista del
mundo es triplemente reaccionaria:
2.-Fabricantes de “conspiraciones” y conspiranoia
La primera acepción que da la RAE
sobre el verbo conspirar es la siguiente:
“Dicho de varias personas: Unirse contra
su superior o soberano”. Alude a una idea de jerarquía que puede pertenecer
a la vida civil o al Estado.
La segunda de las acepciones
posee un mayor grado de indeterminación: “Dicho
de varias personas: Unirse contra un particular para hacerle daño”. En este
caso el matiz puede ser más horizontal.
De cualquier modo, el verbo
conspirar implica una acción de varias personas unidas por un mismo fin en el
que hay un daño a un tercero, sea éste persona particular o institucional.
Las conspiraciones existen y han
existido a lo largo de la historia pero el movimiento histórico no se explica
por las conspiraciones sino por las relaciones sociales de producción entre las
clases sociales, sus luchas de intereses antagónicos, estamentos en el pasado,
dentro de unas formaciones económico-sociales concretas y por las
transformaciones que éstas experimentan hasta su sustitución por otras.
Una de las conspiraciones más
famosas de la historia es la que planeó y ejecutó el asesinato de Julio César, el general invicto en mil batallas bajo
cuya dirigencia fue derrotado el jefe galo Vercingétorix, el de Astérix. El
complot fue planeado y ejecutado por Marco Junio Bruto, Décimo Bruto
(imagínense cómo serían los otros nueve), Casio (no confundir con la marca de
relojes), en el que participaron unas 60 altas personalidades, entre senadores
y militares (a estos siempre les ha ido la marcha). Murió cosido con 23
puñaladas, lo que debía tocar a casi una por cada tres. Habiendo más de un
Bruto en el complot éste debiera haberse llamado “Una conjura brutal”
Según el historiador Plutarco,
César había sido advertido del complot por un adivino, lo que fue inmortalizado
por Shakespeare en su famosa frase “¡Cuídate de los idus de Marzo!” de su
obra “Julio César”. Dice Plutarco:
“Lo que es más extraordinario aún es que un vidente le había advertido
del grave peligro que le amenazaba en los idus de marzo, y ese día cuando iba
al Senado, Julio César encontró al vidente y riendo le dijo: “Los idus de marzo
ya han llegado”; a lo que el vidente contestó compasivamente: “Sí, pero aún no
han acabado””
Llamativamente los casos de
supuestas o pretendidas conspiraciones que más difusión tienen en Internet
actualmente, lugar privilegiado de los conspiranoicos, tienen como actor a uno
o varios Estados o a un conjunto de individuos que ocupan los lugares más altos
de la escala social, económica y política y conspiran para la dominación
mundial de la toda Humanidad y parte del extranjero.
Retengamos éste último hecho
porque volveremos sobre él más adelante para ver la estupidez astronómica que
hay detrás de los extravagantes delirios actuales sobre las conspiraciones.
No voy a perder ni un minuto en
responder a las “teorías” sobre el 11-S, la de la dominación mundial por una
élite vinculada con los extraterrestres o con las lagartijas, los Illuminati o
cualquiera otra bufonada, propia de idiotas conectados en vena a Internet las
24 horas del día los 365 días del año, pastoreados por gente sin escrúpulos que
busca dinero y notoriedad. Si estos majaderos tuvieran una vida social normal
–y sospecho que sexual. Ellos tienen el codo derecho de tenista y ellas son
devotas seguidoras de la tecnología digital, de dedo -, lo que excluye a la que
cultivan en la red, se dedicarían a cosas más productivas que buscar emociones
intensas en desenmascarar absurdas conspiraciones mundiales que descubren, ¡oh
casualidad de casualidades!, en Google, en Facebook o en Youtube. Para ser tan
oscuras esas conspiraciones bien que las encuentran en lugares de afluencia
online masivas. Son más gilipollas que los acumuladores de papel higiénico, más
preocupados por sus culos que por su salud física o mental.
Pero sí que me interesa la
porquería virtual sobre el coronavirus que estos días se difunde sobre
conspiraciones chinas o norteamericanas.
Cualquier persona que utilice su
cerebro al menos 10 minutos al día y posea algo más de una neurona, entenderá
que si hay una teoría que afirma que a los chinos se les escapó el COVID-Q9 de
un laboratorio en el que lo habían fabricado, y ello contaminó al resto del
mundo, y si hay otra que acusa a Estados Unidos de haber provocado la pandemia
para hundir a China, es que hay intereses de Estado detrás de ambas teorías.
“La guerra es la prolongación de la política por otros medios”,
decía Von Clausewitz y EEUU y China la están haciendo a bulazo (de bulo)
limpio.
Solo un breve inciso para preguntar
a todos esos ociosos dedicados a la teoría general de la conspiración como base
de sus pobres vidas cómo es posible que las dos superpotencias más grandes del
mundo hayan fabricado dos conspiraciones para un mismo virus y ambas hayan
descubierto que fue el otro el que lo fabricó y, aún más, como es posible que
hayan llegado a ser superpotencias y dominar el mundo, teniendo a gente tan poco inteligente para salvaguardar
sus secretos.
Desde la llegada de Trump a la
presidencia USA se ha acentuado el enfrentamiento económico que en el pasado
era soterrada, y se disfrazaba de cooperación, entre dicho país y China.
El discurso previo a su mandato y
el inicial de la Presidencia de Trump puso el énfasis en la decadencia del
papel de Estados Unidos en el mundo, en la emergencia de la amenaza china a la
dominación mundial de la superpotencia norteamericana y en la necesidad de que
ésta recuperase su papel hegemónico.
La lucha por los mercados mundiales,
por conservar o arrebatar áreas de influencia económica en Europa,
Latinoamérica o África, por conquistar la hegemonía tecnológica, clave para
mantener (USA) o arrancar la hegemonía mundial (China), se trasladó al comercio
mundial y ha sido desde entonces la explicación principal del ambiente de los
últimos años de la globalización mundial. Mientras la superpotencia emergente
se esforzaba por alcanzar su dominación, la declinante se debatía entre el
ensimismamiento interno o la amenaza constante a la estabilidad económica
capitalista mundial en la fase declinante de la débil recuperación de la crisis
iniciada a partir de 2013.
Reducir el imperialismo
capitalista a una sola potencia mundial significa no entender la naturaleza
capitalista de la otra gran potencia, reducir el imperialismo solo a la
característica belicosa de USA, sin comprender las características del
imperialismo señaladas por Lenin en “El
imperialismo, fase superior del capitalismo” e ignorar olímpicamente las
contradicciones interimperialistas de las que hablaba el mismo.
Es en este contexto, y con una
intención de uso tanto de consumo interno como externo, en el que hay que
entender los puntos de arranque de los cruces de acusaciones sobre cuál de los
dos Estados es el causante de la pandemia.
En el consumo interno, los
dirigentes de ambos países han de lidiar con sus opiniones públicas y las críticas
a sus actuaciones para frenar la pandemia del COVID-19.
Recordemos que las autoridades
chinas intentaron ocultar al principio la dimensión del problema durante el mes
de diciembre, desprestigiaron e intentaron acallar al doctor Li Wenliang, que
había intentado avisar a sus colegas médicos sobre un virus que creía que se
parecía al SARS, otro coronavirus mortal, y que finalmente dicho doctor murió
al contagiarse mientras trataba a pacientes de la por entonces epidemia.
Por su parte, el psicópata
genocida Presidente Trump se juega la elección al amagar con asumir el coste de
más de 250.000 vidas de norteamericanos, con tal de no confinar a toda la
población y paralizar la actividad económica, mientras su país es el que más
casos de infectados presenta. Necesita inventar un enemigo y nadie como el
gobierno Chino para jugar ese rol.
Llegados a este punto, lo de
menos es que la conspiración por parte de uno o de los dos países sea real o
bulo inventado por sus respectivos entornos políticos. Lo relevante es para qué
y a qué objetivos sirve.
Evidentemente ni el Presidente XI
Jinping ni el mafioso Trump se encargan de difundir personalmente el bulo
conspiranoico. El primero es la cara amable de la dictadura capitalista china,
el segundo es el malvado de ópera bufa del imperio más criminal de la historia
de la humanidad pero no es tan estúpido como el papel que representa.
De ello se encargan personajes de
segunda fila. En el caso chino, el portavoz del Ministerio de Relaciones
Exteriores, Zhao Lijian fue el encargado de lanzar la teoría de la culpabilidad
de Estados Unidos. En el de USA es el entorno de ultraderecha del Presidente.
No hay que rebuscar mucho para acabar dando con la cochambre panfletaria como la
que publican en Breitbart News e Infowars. Por cierto, no está de más recordar
como algunos sectores que actuaban en su día en torno al 15M en las redes
babeaban y difundían la mierda que soltaba por su boca en sus vídeos Alex Jones
(Infowars), que ahora se forra online vendiendo productos como suplementos
vitamínicos, alimentos de supervivencia para resistir al COVID-19, ropa y
accesorios para armas.
A nivel exterior, culpar desde
China a Estados Unidos de la propagación del virus es una forma de control de
daños a la imagen de un país al que la extrema derecha norteamericana señala
como responsable al hablar del “virus chino”, del “virus de Wuhan” o
directamente de que se les escapó de un laboratorio, cuando los principales
expertos en pandemias víricas están de acuerdo en que su origen está en elsalto de animal a humano, provocando reacciones de sinofobia (xenofobia contra
las personas chinas o de origen chino). Una y otra superpotencia tienen
intereses bastardos en fabricar sus respectivas teorías de la conspiración del
coronavirus
Los esbirros que propagan el bulo
conspiracionista por un salario sirven conscientemente al poder de ambos imperialismos.
Condenar moralmente a quien es amoral por definición es absurdo, lo mismo que a
la ultraderecha dedicada a la propagación del odio por los bulos que cada día
crea y elabora contra las políticas de confinamiento y protección de la
población, a fin de defender los intereses del capital. La única respuesta que
cabe frente a esa gentuza de estercolero es desenmascararla y acabar con ella.
Pero el idiota, el ignorante, el
que carece de sentido crítico, el que difunde el conspiracionismo porque otros
muchos lo han hecho antes, el que actúa frente a la realidad de forma
autoreferencial, seleccionando solo los datos que confirman lo que previamente
está empeñado en sostener, el que hace oídos sordos a los argumentos
racionales, es el bobo útil.
Conspira no solo contra los
intereses colectivos de las clases subalternas sino contra los suyos propios.
Es el correo de intereses de un capitalismo mundial, al que sirve como conspiratonto, que hará pagar, cuando
pase la pandemia del coronavirus, a la clase trabajadora la caída de su tasa de
ganancia en forma de recortes sociales mucho mayores de los hasta ahora
conocidos, pobreza, paro y austeridad. Su papel como difusor de teorías
interesadas de la conspiración en torno al coronavirus sirve para distraer a
las futuras víctimas de ese negro futuro que se nos viene encima.
Quien elige a uno de los
imperialismos (sea el yankee, el chino, el ruso, el alemán o cualesquiera otro)
como el bueno y al otro como el malo, siendo todos ellos partes del mismo
capitalismo mundial, es una sabandija despreciable, sea de modo consciente o
inconsciente, como esos idiotas que reenvían cualquier bulo, sin pensar en las
consecuencias de sus propios actos.
3.-Apéndice: nuevas oleadas de basura mediática con la excusa del
coronavirus
Vivimos tiempos en los que la
irracionalidad, la estupidez, las ideas reaccionarias, la vuelta al pensamiento
mágico, la expansión de las supersticiones, crecen de manera vertiginosa.
Hemos salido de la
modernidad, durante siglos marcada por la confianza en el conocimiento
científico, la razón humana, el progreso y el creciente laicismo para adentrarnos
en una nueva medievalización del pensamiento.
En el mismo escenario que el
regreso de los fascismos, el crédito del bulo por encima de la búsqueda de la
verdad de los hechos, el conspiracionismo y la conspiranoia como “método” de
interpretación del mundo, se encuentran otros fenómenos que están inaugurando
una nueva época de oscurantismo. No es casualidad. Obedecen a una misma causa.
La pérdida de confianza en la razón, la ciencia y el progreso de la humanidad
como mecanismos de la interpretación del mundo, de nuestras vidas y de
construcción de nuestra realidad colectiva.
La crisis capitalista, sin visos
de ser superada de modo igualitario por una nueva formación económico-social
más justa y a la medida del ser humano, la inestabilidad del mundo, la realidad
líquida, evocando a Bauman, el miedo difuso al futuro, los crecientes desafíos
y amenazas a los que nos enfrentamos como especie, está abriendo la puerta a
nuevos monstruos.
Pero a su vez hay una
intoxicación permanente e intencionada de la mente humana con el fin de
acentuar y acelerar este proceso.
En este punto, creo necesario
señalar que la difusión que se da a este tipo de contenidos en las redes sociales
no es imputable a estas mismas sino a los propios contenidos que se difunden, a
la intención de quienes los producen para consumo rápido e irreflexivo (y por
supuesto a los ignorantes que los comparten, como acto de fe o bien por curiosidad,
mero divertimento o aburrimiento), y al algoritmo con el que se prioriza lo
banal, el narcisismo, lo irracional, lo extravagante, lo reaccionario, lo
pseudocientífico frente a lo relevante, lo igualitario, lo democrático, lo
racional y lo científico.
Quienes culpan sin más a las
redes sociales sin tener en cuenta lo anterior actúan del mismo modo en el que
bobo mira el dedo del sabio mientras éste señala la luna. No es el medio el responsable
de toda la basura que hay en ella sino la manipulación del mismo por parte de
quienes controlan el medio y los intereses que hay detrás de dicha
manipulación.
Al fenómeno de la pandemia del
coronavirus se han adosado otros dos epifenómenos como los parásitos que se
fijan a la piel de un animal y sobre los que merece la pena que nos detengamos,
por mucho que no hayan adquirido la notoriedad del discurso conspiracionista o
conspiranoico pero que previsiblemente irán en aumento en los próximos tiempos.
Uno de ellos, estaba ya entre
nosotros. El otro ha acabado por emerger siguiendo la lógica de un discurso en
sí mismo patológico.
Me refiero al brote de ecofascismo, que sigue una línea de
discurso previo que lleva hasta sus últimas consecuencias, y a las supersticiones, esoterismos y
pseudociencias que ahora proliferan con más auge en Internet, movidas por
el negocio de gente sin escrúpulos y seguidas y difundidas por ignorantes.
En el caso del ecofascismo del que
ahora empiezan a hacerse eco algunos medios de comunicación que antes daban
alas a su desarrollo ideológico es necesario explicar de qué hablamos.
El ecofacismo actual, ligado a la
crisis del coronavirus, poco tiene que ver con los neofascistas que pueblan
Europa y gran parte del mundo, por mucho que ellos actúen con el oportunismo que
les es propio, fomentándolo a través de ideas como la conexión patria-naturaleza-paisaje,
del mismo modo que Edelweiss, por una pirueta histórica paso de ser un símbolo de
la resistencia pasiva frente al nazismo, a ser la flor de éste, al evocar el
clima agreste y las montañas en las que nace, tan queridas por esta ideología.
Viene de la mentalidad reaccionaria
de algunas corrientes ecologistas y del totalitarismo que irradia el veganismo
mayoritario.
Imágenes que estos días de
confinamiento nos mostraban vídeos y fotografías de jabalíes hozando en la
basura de los extrarradios de una ciudad, delfines saltando alegremente en
aguas de las que habían desaparecido hacía años, descensos meteóricos del CO2 en
grandes ciudades, cuyo aire era antes irrespirable, ríos muertos cuyas aguas ahora
cristalinas volvían a estar llenas de peces,…Imágenes idílicas que nos
mostraban al coronavirus como el gran salvador de Gaia, como la oportunidad
para la regeneración del Planeta mientras los seres humanos permanecían
confinados en casa, conectados a un tubo de respiración en las UCIs del mundo,
hacinados en las morgues de las ciudades. No, el virus no era el asesino sino
el ser humano el que destruía el Planeta. Según tan aberrante idea, la Tierra
se estaría “purgando” de la maldad destructiva del ser humano, salvándose al
eliminar a buena parte de la humanidad. Puro ultramaltusianismo nazi, no muy
alejado de las aberraciones de ese grupo de zumbados de origen estadounidense –de
donde provienen la mayoría de los grupos de tarados del mundo- que se hace
llamar Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria y que propugna que el ser
humano deje de reproducirse. Claro, mejor adoptar gatitos y perritos, dónde va
a parar.
Ese relato, aparentemente naif,
que había sido antes alimentado por los medios del sistema en su “bienintencionada”
intención de dar buenas noticias en medio del caos, el miedo y la muerte, tenía
sus precedentes.
Recordemos como tan solo un mes
antes de que estallara el coronavirus los veganos aún llamaban asesinos a los
omnívoros por comer carne, los antitaurinos brindaban por la cogida del torero,
deseando su muerte, o las corrientes más acríticas del ecologismo echaban sobre
las espaldas individuales a partes iguales culpa y responsabilidad de destruir
o salvar el Planeta, mientras esquivaban la condena al capitalismo como sistema
de explotación del ser humano, de empobrecimiento de gran parte del mundo y de
esquilmación de la naturaleza y de los recursos naturales. Y es que, genios de
la responsabilidad individual en la lucha contra el cambio climático, el
capitalismo al que evitáis criticar carece de sentido social o de sensibilidad
medioambiental. Para él, el ridículo e hipócrita término de “sostenibilidad” solo se refiere a la
de la tasa de ganancia y a la rentabilidad de la actividad económica. Y lo
demás, como siempre, mera propaganda.
En las redes sociales el
algoritmo selecciona y segmenta las opiniones y preferencias, que no siempre
son previas sino que pueden partir de contenidos compartidos sin ser consciente
de su significado pero que van creando una comunidad de pensamiento en el que
se va formando la opinión de grupo. La responsabilidad del individuo debiera
estar en tener criterio propio para discernir lo cierto de la basura, pero lo
cierto es que en los tiempos actuales en los que se produce una sobresaturación
de información, una sobreexposición a la misma y una velocidad de bombardeo de
los contenidos, la capacidad de reflexión es mínima en la mayoría de los
individuos que, en muchos casos, tienen una baja comprensión del significado de
lo que leen, escuchan o ven, frecuentemente de forma descontextualizada y sin
capacidad de reflexión. Compartir o no contenidos se convierte en un acto de
impulso, frecuentemente limitándose la motivación de hacerlo por el título de
la “noticia” o quien sea el emisor. Uno no siempre nace fascista, como no
siempre nace imbécil. Acabar siendo un fascista, o un memo que le da al botón
de compartir sin saber lo que hace, es un proceso.
El confinamiento, que en España
se prolongará previsiblemente bastante más allá de un mes, el miedo al virus y
la muerte, la sensación de una realidad que se nos escapa, convertida en pesadilla
de la que no podemos despertar, la percepción de fragilidad de cada ser humano,
la conciencia de que nos abocamos a un mundo cada vez más inseguro, golpean duramente
sobre la mente humana.
Mantener la capacidad de raciocinio,
cuando se ha impuesto el aislamiento social, la desmoralización colectiva está
ampliamente extendida y la posibilidad de interacción en la creación de discurso
social, desde hace mucho tiempo vertical, es casi un imposible. El discurso hoy
se ha convertido en una consigna nacional, repetida machaconamente por todos
los medios mayoritarios de la comunicación, salvo los de extrema derecha, que
hacen su guerra no contra la pandemia sino contra el gobierno.
En ese estado de cosas, cuando el
desánimo es la tónica general, la razón parece batirse en retirada, la
esperanza en la ciencia se tambalea y emergen de nuevo las sombras de las
supersticiones, los charlatanes de números 806, los esoterismos más
estrambóticos, los desaprensivos de las sanaciones espirituales, propagandistas
de las pseudociencias y pseudoterapeutas, tarotistas, etc.
En estos días, diferentes
instituciones y sociedades médicas se han visto obligadas a exigir, una vez
más, al Gobierno español que ponga coto a los desmanes de pseudociencias y
homeópatas por la gravedad para la vida humana del engaño con el que tratan de
convencer a los sectores más crédulos de la sociedad de que su chamanismo de
ocasión puede enfrentar al coronavirus.
Estos mercaderes del miedo, la
ignorancia y la reacción llevan mucho tiempo vendiendo su mercadería del engaño
pero, en medio de la pandemia del coronavirus, pueden añadir más letalidad con
su homeopatía de agua con azúcar para desesperados y necios y el timo de la
falsa esperanza en el resto de pseudociencias y demás inmundicia espiritualista.
Frente al asalto a la razón, que
denunció el filósofo marxista George Lukács, en estos tiempos oscuros de
confusión ideológica es necesario levantar de nuevo el pensamiento racional y el conocimiento
científico.
Frente al conspiracionismo y la
conspiranoia es necesario el análisis
concreto de la realidad concreta, la
explicación dialéctica de la historia con sus procesos sociales, económicos y
políticos, dentro del que los antagonismos
entre las clases sociales cobran una especial importancia para comprender
el mundo en el que vivimos, demostrando que la realidad no se mueve por fuerza
oscuras y secretas sino por una lucha de
clases que se produce cotidianamente a la vista de todos y que solo la
ignorancia, el cinismo o la falta de compromiso político pueden negarlo.
Frente al fascismo, con el ropaje
que se presente, solo la lucha
ideológica y la organización de
clase con una perspectiva anticapitalista
y socialista pueden dar la respuesta.
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28 de marzo de 2020
CORONAVIRUS, CAE LA MÁSCARA DEL CAPITALISMO
Por Marat
1.-El derrumbe capitalista, el sálvese quien pueda y la pandemia
como convidada de piedra
La reunión de los Ministros de
Economía y Gobernadores de los Bancos Centrales de los países del G-20 –los 20
Estados que concentran el 85% del producto bruto mundial-, realizado
telemáticamente el pasado 23 de Marzo, es hasta el momento la evidencia más
clara de que no es tan importante para el sistema capitalista salvar a la
humanidad de la pandemia con mayor impacto mundial ce la historia (en cuanto al
número de países afectados y el porcentaje de población planetaria confinado en
sus casas) como salvarse a sí mismo.
La incorporación de la India
(1.300 millones de habitantes) a la lista de países (de un total de 195
reconocidos internacionalmente) que aplican el confinamiento de sus hogares y
otros establecimientos) es alrededor del 40% de la población mundial (más
de 3.000 de unos 7.800 millones de seres humanos que habitan el Planeta)
los que se encuentran en tal situación.
Dicha reunión, preparatoria de la
Cumbre de Presidentes del G-20, aparentemente convocada con el fin de hacer
frente a la pandemia del coronavirus, ha puesto en realidad el énfasis en el
impacto económico que traerá esta nueva “peste negra” del siglo XXI.
Dada la extensión de la epidemia
y el tiempo transcurrido desde que el brote inicial apareció en la provincia
china de Wuhan no puede decirse que el G-20 haya actuado precisamente con
precipitación.
Los Ministros de Economía y
Gobernadores de los Bancos Centrales del G-20 "acordaron seguir de cerca la
evolución de la pandemia de Covid-19, incluyendo su impacto en los mercados y
las condiciones económicas, y tomar más medidas para apoyar la economía durante
y después de esta fase", señala el documento aprobado al final de
la reunión.
Por su parte el Ministro de
Economía francés Bruno Le Marie expresó en un tuit el interés de la pasada
reunión por el "impacto violento de
la pandemia en la economía global, el necesario apoyo financiero para los
países en desarrollo y los preparativos para una estrategia de salida común de
la crisis".
No se avanzó en dicha reunión
ninguna propuesta de actuación contra el coronavirus, ni siquiera orientación
concreta ante la inminente celebración de la cumbre de presidentes y primeros
ministros.
Cómo no podía ser de otro modo,
porque al capitalismo le mueve solo el beneficio y le duele éste cuando es
amenazado, sea por una revolución social, una de sus periódicas e inevitables
crisis o un desastre que amenace su realización, la Cumbre del G-20 del jueves 26 de Marzo ha concluido en fracaso
para las víctimas del coronavirus y para quienes cada día engrosan las brutales
cifras de afectados y de muertos y en éxito en la toma de decisiones
económicas, que ya veremos hasta dónde alcanza.
Para combatir el coronavirus la
notificación final de la Cumbre alude a declaraciones tan pobres como "compartiremos información oportuna y
transparente; intercambiaremos datos epidemiológicos y clínicos; compartiremos
materiales necesarios para la investigación; y fortaleceremos los sistemas de
salud a nivel mundial", sin concretar ninguna partida económica para
lograr este objetivo.
Tampoco es que el comunicado
final de la Cumbre del G-20 destaque por su concreción en relación con el
COVID-19 y su afectación a los países subdesarrollados
"Estamos firmemente comprometidos a
presentar un frente unido contra esta amenaza común". Bla, bla,
bla
[Nos comprometemos a hacer] “lo que sea necesario” para superar la
pandemia del coronavirus. “No ahorraremos ningún esfuerzo, ni individual ni
colectivamente”. Bla, bla, bla con redoble de tambor y brindis al sol.
Por el contrario, en el caso de
las medidas aprobadas ha hablado mucho más claro: 5 billones, con B, de euros
(4,5 billones de dólares) para estimular la economía mundial
Porque, en el fondo, al capital
le importa lo que le importa
Y no duda, para ello, de
revestirlo del camelo del “bien común” y el “interés general”
“La magnitud y el objetivo de esta respuesta reanimarán la economía
global y pondrán una sólida base para proteger trabajos y recuperar el
crecimiento”
“Vamos a proteger la vida humana, restablecer la estabilidad económica
global y sentar bases sólidas para un crecimiento sostenible, equilibrado e
integrador"
Esta semana ha sido prolija en
reuniones internacionales de tipo virtual.
El pasado miércoles 25, un día
antes de la cumbre del G-20 concluía la del G-7, formado por Alemania, Canadá,
Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido, sin acuerdo de comunicado
final, por lo que no se tomaron decisiones.
La insistencia de Mike Pompeo,
secretario de Estado USA, en referirse a la pandemia como “virus chino” o
“virus de Wuhan” llevó al resto de los miembros del grupo a no suscribir un
comunicado final.
En paralelo a la Cumbre del G-20,
el mismo jueves tenía lugar la reunión telemática de presidentes y primeros
ministros de la UE buscando un plan anticrisis de reactivación de la economía
europea, que está entrando en recesión por causa tanto de la enfermedad como de
las medidas adoptadas para frenar el COVID-19.
Pero la pretensión de una
“estrategia coordinada”, una vez que se superase la pandemia, para volver a
arrancar la máquina económica, afectada del mayor parón desde la fundación de
la UE, fracasó.
Para su puesta en marcha se
demandaba desde los países del sur, capitaneados por España, Italia y Francia,
una emisión de deuda con respaldo de la UE (“coronabonos”) y no simplemente de
cada país como pretendían las naciones más ricas de la eurozona. Alemania,
Austria y Holanda se opusieron frontalmente, sabedores de que los países más
ricos de la UE tendrían que hacer un aporte económico mayor para la emisión de
deuda pública.
Los 9 países, incluidos los 3 del
sur citados, que apoyaron la petición de coronabonos son los más endeudados de
la UE, por lo que la capacidad de respuesta derivada del coronavirus asentada
en sus propios medios económicos es mucho más limitada que una actuación
en conjunto derivada de una respuesta
mancomunada. España y Francia con un volumen de deuda alrededor del 100%, e
Italia con un nivel superior, apenas poseen capacidad de maniobra financiera.
En este punto las tentaciones de
culparse entre los países miembros de la UE se han hecho ya operativas.
Mientras el Ministro de Finanzas holandés, Wopke Hoekstra, ya acusa a los PIGS
de derrochadores, en un argumentario que recuerda los primeros años de la
crisis capitalista del 2007 en Europa, los del sur acusan a los más ricos de
insolidarios y abandonarles a su suerte.
Así pues, el aplazamiento de la
próxima reunión a 2 semanas más tarde solo puede ser una repetición aún más
frustrante de las expectativas de ese remedo de Plan Marshall porque Alemania
fundamentalmente no está dispuesta a seguir tirando de la máquina de fabricar
dinero.
Cualquier calificación moral que
se exprese en binomios de solidaridad/insolidaridad entre los socios de la UE es
absurdo e inútil. La lógica del capitalismo es el beneficio, no la solidaridad
o el apoyo mutuo entre las naciones. Cuando el capitalismo entra en la UCI no
hay Oda a la Alegría (himno dela UE) que valga sino My Way (A mi manera) para
cada uno de los países que componen una UE en crisis que podría acabar siendo
terminal.
De todas las reuniones celebradas
en estos días, la de la UE expresa el mayor grado de fracaso no ya porque la
cooperación europea en la lucha contra el coronavirus sea inexistente, que lo
es, o porque no hay existido una actuación conjunta en las medidas de
protección sanitaria de la población, que tampoco se ha producido, actuando
cada país a su aire, o porque no haya habido una puesta en común de recursos sanitarios
y una contratación centralizada de recursos y medios sanitarios que potenciase
la eficacia en la respuesta a la propia pandemia, sino porque ha fulminado
elementos centrales de la esencia de la propia UE
·
Si la crisis capitalista de 2007 puso en jaque
el proyecto de hacer de la eurozona un tercer polo económico, capaz de diseñar
y llevar a cabo estrategias comunes para hacer del área geográfica un mercado
potente y con capacidad de competir tanto frente a China como frente a Estados
Unidos, esta nueva fase de la crisis que ahora detona con el coronavirus, ha
demostrado que la UE ni siquiera es capaz de dar respuesta en términos de
financiación conjunta de la deuda que los países miembros están asumiendo para
impedir la muerte de sus economías.
·
El espacio común europeo, nacido del Acuerdo de
Schengen, ya no existe. Del total de socios, 12 países han vuelto a levantar
fronteras al tránsito de mercancías y personas, más allá de que el control de
personas entre países sea o no necesario en estos momentos.
·
El cuestionamiento de la eficacia de la UE para
resolver problemas compartidos de los países miembros se incrementará, al
evidenciar que ni siquiera existen intereses comunes, con el aumento del
euroescepticismo, el repliegue nacionalista dentro de cada país y el incremento
de la fuerza de los partidos de ultraderecha.
·
La propuesta, finalmente retirada en las
conclusiones de la reunión del pasado jueves de recurrir al MEDE (Mecanismo
Europeo de Estabilidad), puesto en marcha para el rescate determinados países
europeos en la anterior fase de la crisis capitalista, huele de nuevo a
austeridad y recortes sociales, ya que se contempla como deuda de los países
que pudieran acogerse a él.
·
La desconfianza y los reproches norte-sur,
incrementarán las tensiones intercomunitarias, dificultando aún más llegar a
acuerdos beneficiosos para el conjunto de las economías de los socios.
·
La sugerencia del Ministro de Finanzas holandés,
Wopke Hoekstra, en el sentido de que la Comisión Europea debiera abrir una
investigación a España e Italia para averiguar por qué carecen de margen de
maniobra financiero para hacer frente a la crisis del coronavirus y sus
consecuencias económicas es una acusación sin precedentes que rompe con la
necesaria confianza entre los socios.
Se aprueben las inversiones
económicas que se aprueben en las distintas instancias internacionales, y por
supuesto nacionales, para mantener la economía y reactivarla cuando la pandemia
lo permita, estarán centradas fundamentalmente en ayudar a las empresas y en
mucha menor medida a los autónomos, las familias y la clase trabajadora, y esto
solo con el objetivo de mantener el consumo para que la maquinaria del
capitalismo siga funcionando
Pero esas ayudas para cubrir la
deuda privada derivada de las necesidades de financiación de las empresas se
transformarán en deuda pública que asumirán los Estados, sea por su papel de
prestamistas, como fiduiciarios o como avalistas de las empresas. Y, como
muchos de ustedes han experimentado en sus propias carnes, la deuda asumida por
los Estados acabarán pagándola los trabajadores y las familias a través del
mismo tipo de recetas que se aplicaron en el período anterior de la crisis
capitalista (políticas de austeridad, recorte del gasto público,
privatizaciones de los servicios públicos, abaratamiento de los despidos,
rebajas salariales, impuestos,…)
La fase anterior (2007) de la
larga crisis capitalista se resolvió de este modo. Nada, y la correlación de
fuerzas en la lucha de clases no hace esperar algo mejor, permite una visión
más optimista para el futuro inmediato y a medio plazo que se nos presenta.
En USA el presidente Trump ha
ordenado la inyección de 2 billones de euros para mantener viva la economía del
país.
De ellos, 500.000 millones, en
préstamos garantizados y subvencionados, van dedicados a la ayuda a las grandes
empresas y 367.000 millones de dólares para que los pequeños negocios sigan
pagando los salarios mientras los trabajadores se ven obligados a quedarse en
casa, lo que constituye una forma de apoyar la liquidez de las empresas.
Más allá de otras cifras que
estén dedicadas de manera indirecta al mantenimiento económico del sistema y
descontando que podamos creer que las ayudas a las familias tienen por objeto
salvarlas de la pobreza que se les viene encima y no al sustento del consumo (1.200
dólares a cada ciudadano adulto que cobre menos de 75.000 dólares al año, además
de otros 500 por hijo), lo cierto es que las medidas ya aprobadas parecen poco
compasivas con la vida humana amenazada por la pandemia que ya se ha cobrado
más de 27.000 muertes a nivel mundial.
2.-Los intereses del capitalismo son antagónicos con la lucha por la
vida
En mi anterior artículo, al
inicio de la pandemia en Europa, señalé que cuando se pusiera en peligro la
economía capitalista veríamos con qué rapidez remitiría la alarma social por el
coronavirus.
Esta afirmación quisiera
matizarla, del mismo modo en que creo que debo revisar mi cuestionamiento del
confinamiento como medio de poner coto a la extensión del virus.
Con el crecimiento casi
geométrico de la pandemia en España y en otros lugares del mundo, la
experiencia de llevar cerca de 2 semanas encerrado en mi propia casa y el
sometimiento intensivo y permanente a la información sobre la enfermedad dudo en
gran medida de lo corecto de mi crítica de entonces a la necesidad del
confinamiento
Del mismo modo, cuestiono mi
propia reflexión acerca de la relativización que entonces hice de la
importancia de la amenaza del coronavirus, frente a otras enfermedades, ya que
la diferencia, fundamental, con ellas es que es nueva y se carece de los
remedios médicos probados y eficaces para combatirla, lo que hace que, aunque
sea mortal solo en una minoría muy reducida de los casos, su extensión parezca
universal e imparable y la posibilidad de morir se convierta en una especie de
siniestra lotería.
Creo que la autocrítica es
necesaria cuando se ha podido contribuir involuntariamente por irreflexión a
que otros adoptasen el mismo punto de vista.
No obstante, mantengo que la
reclusión de la población en sus hogares se está convirtiendo en un gran experimento
social, en vivo y en directo, sobre el consentimiento y sometimiento de
poblaciones enteras a nivel mundial y que esta cuestión puede traer en el
futuro gravísimas consecuencias para las libertades y garantías ciudadanas, una
vez comprobada la aceptación social.
Y ahora volvamos a la cuestión
que entonces señalaba acerca de que si el coronavirus amenazaba gravemente al
capitalismo y a la realización de su beneficio, se produciría una reacción que
cuestionaría la alarma social generada.
En estos momentos se entrecruzan
en el mismo tiempo crecientes medidas de aislamiento social en un número cada
vez mayor de países con reacciones que afirman que la gravedad de un
hundimiento económico de los países sería peor que la propia enfermedad.
En el momento presente, no
sabemos lo que dirá dentro de unos días, ya que la situación es tan cambiante
como las veleidades del presidente Trump en general y en este ahora en
particular, la máxima autoridad USA pretende relajar las restricciones al
confinamiento y la movilidad de los ciudadanos antes del 12 de Abril, fecha del
Domingo de Pascua, mientras los infectados controlados superan ya los 104.000 (el
país con más número de afectados) y el número de muertos alcanza los 1.700.
“Perdemos miles de personas cada año por la gripe y nunca hemos cerrado
el país. Perdemos mucha más gente en accidentes de automóvil y no los
prohibimos. Podemos distanciarnos socialmente, podemos dejar de darnos la mano
por un tiempo. Morirá gente. Pero perderemos más gente si sumimos al país en
una recesión o una depresión enorme. Miles de suicidios, inestabilidad. No
puedes cerrar Estados Unidos, el país más exitoso. La gente puede volver al
trabajo y practicar el buen juicio” , ha dicho Donald Trump.
Como poco es discutible su
afirmación. No sabemos cuanta gente moriría si la crisis se acentuara por
cerrar los sectores productivos no indispensables pero sí sabemos cuanta está
muriendo y podemos imaginarnos que mucha más lo hará en adelante, dado que,
aunque el coronavirus ha llegado a Estados Unidos más tardíamente, su
progresión ha sido geométrica de manera muy rápida.
Por su parte, el vicegobernador
de Texas Dan Patrick, de 70 años, ha declarado. “Nadie me ha preguntado si, como persona mayor, estaría dispuesto a
arriesgar mi supervivencia para mantener los Estados Unidos que amamos para mis
nietos y bisnietos. Si ese es el trato, yo lo acepto”. Ganaría mucho en
credibilidad si su oferta fuera acompañada por los hechos.
No nos engañemos, Dan Patrick
busca aligerar el coste de las jubilaciones a las empresas que sustentan el
sistema de pensiones privadas. Hablamos del capital financiero, muy afectado en
la crisis del 2007.
Tanto a él como a Trump hay que
agradecerles el descaro y la sinceridad con la que se expresan porque no
permiten albergar demasiadas dudas sobre cuál es el valor superior para el
capitalismo cuando se trata de elegir entre el beneficio y la vida.
Los viejos son , en medio de esta
crisis pandémica, la expresión más acabada de un capitalismo que, tras acabar
de exprimir la última gota del esfuerzo humano del trabajo traducido en
explotación y plusvalía, se transforman en generadores de beneficio para
grandes corporaciones financieras que se enriquecen a costa de la
vulnerabilidad humana y la dependencia en residencias en las que el abandono,
la soledad, el miedo y la tristeza les cercan en una habitación en la que
mueren a cada hora, alejados del mundo en el que habitan el resto de los
humanos, como si fueran de otra especie diferente al resto. Un motivo más para
reflexionar sobre el capitalismo que nos toma, nos exprime y nos regurgita en
la última etapa de la vida. Cuando el coronavirus haya pasado no habrá
cambiado, sin embargo, esa realidad que a la inmensa mayoría de la población de
las sociedades del capitalismo tardío le espera.
En Brasil, el presidente fascista
Bolsonaro calificó de “gripecita” o “resfriadito” el coronavirus, se opuso a
las limitaciones de movimientos de la población y al confinamiento, como medio
de frenar la virulencia inicial de la crisis pandémica, mientras animaba a
continuar con la actividad económica porque, en sus propias palabras, "con la economía quebrada habrá una
pérdida de vidas gigantesca".
En consecuencia la crudeza con la que
remarcó su falta de empatía hacia el dolor ajeno no pudo expresarse de un modo
más cruel: "¿Algunos van a morir?
Van a morir. Lo lamento, lo lamento, esa es la vida, es la realidad"
Envuelto en un papel de seda
moral, el periodista
Thomas L. Friedman, tres veces premio Pulitzer, presenta el argumento de que la
crisis por la paralización de la actividad económica, derivada del aislamiento
social para combatir el COVID-19, puede producir más muertos que la propia
pandemia.
Y para ello recurrió al
razonamiento de otras eminencias como el Dr. Steven Woolf, director emérito del
Centro de Sociedad y Salud de la Virginia Commonwealth University, del que
destaca algunas reflexiones como ésta:
“Los salarios perdidos y los despidos laborales están dejando a muchos
trabajadores sin seguro médico y obligando a muchas familias a renunciar a la
atención médica y los medicamentos para pagar los alimentos, la vivienda y
otras necesidades básicas. Las personas de color y los pobres, que han sufrido
durante generaciones con tasas de mortalidad más altas, serán las más afectadas
y probablemente las menos ayudadas. Son las amas de casa en los hoteles
cerrados y las familias sin opciones cuando se cierra el transporte público.
Los trabajadores de bajos ingresos que logran ahorrar el dinero para comprar
comestibles y llegar a la tienda pueden encontrar estantes vacíos, dejados por
los compradores de pánico con los recursos para el acaparamiento"
Los capitalistas y sus voceros
siempre que pueden juegan al solitario (sin discutir con quienes cuestionan su
sistema económico) y lo hacen con las cartas marcadas y con trampas para
engañar al resto de la sociedad.
Esta preocupación filantrópica
que manifiesta Steven Woolf escamotea la realidad de que no es el COVID-19, ni
la paralización de la actividad económica los responsables de que un alto
porcentaje de trabajadores norteamericanos carezcan de seguros médicos o deban
elegir entre medicamentos y alimentos o que existan pobres sino el propio
sistema capitalista y, entre ellos, de un modo particularmente desigual el de
USA. Es evidente que la paralización de la actividad económica no afectaría por
igual a una sociedad socialista que a otra regida por el objetivo de la
rentabilidad y que solo medidas que buscasen el dinero donde lo hay, entre las
grandes corporaciones y las grandes fortunas, podría disminuir mucho las
consecuencias sociales del parón económico pero lo mismo que el gato no se pone
a sí mismo el cascabel, el capital no se hace el harakiri.
Bastaría con señalar la falacia
de los argumentos “sanitarios” contrarios a paralizar la actividad productiva
no imprescindible para la supervivencia social para desnudar lo que ocultan. El
señor Thomas L. Friedman recurre como argumento de autoridad al Doctor David L.
Katz, director fundador del Centro de Investigación de Prevención Yale-Griffin
financiado por la Universidad de Yale y un experto en salud pública y medicina
preventiva, para justificar un confinamiento de solo dos semanas y una vuelta
al trabajo posterior a quienes no presentan síntomas:
“Use una estrategia de aislamiento de dos semanas”, respondió Katz.
Dígales a todos que básicamente se queden en casa por dos semanas, en lugar de
indefinidamente”
Y continúa: “Aquellos que tienen infección sintomática deben aislarse a sí mismos,
con o sin pruebas, que es exactamente lo que hacemos con la gripe”, dijo Katz.
“A aquellos que no lo hacen, si están en la población de bajo riesgo, se les
debe permitir regresar al trabajo o la escuela, después del final de las dos semanas”
Se le “escapa” al señor Katz que
la infección no sintomática contagia igual que la sintomática y que en un país
que solo ha aplicado los test de coronavirus, como en la gran mayoría de los
países, a una parte pequeña de la población, podría haber millones de personas
moviéndose libremente como bombas ambulantes. Eso sin contar con que las
reinfecciones, aunque escasas, existen.
Otro “bastión ético” del
capitalismo práctico, el presidente de la CEOE, señor Garamendi, intenta lograr
la cuadratura del círculo afirmando respetar el confinamiento total pero sin
paralizar el país:
Sería bueno que el señor Garamendi
aclare los conceptos porque da la sensación de que la idea de proteger a las
personas no está en su agenda o, al menos no de protegerlas tanto que se ponga
en peligro el beneficio empresarial, que parece siempre el meollo del asunto.
Es evidente que hay en marcha a
nivel mundial un intento de convencernos –a los trabajadores, que somos los que
arriesgamos nuestras vidas- de que existen unos niveles de riesgo vital
asumibles –por los que menos ponen en peligro su existencia- con tal de que la
maquinaria capitalista no gripe.
Y por si alguno duda de lo que
viene después de que el coronavirus haya sido controlado, el señor Garamendi
nos lo aclara:
“No entendíamos la derogación de la reforma laboral y ahora todavía la
entenderíamos menos. Si en fase de crecimiento era posible a negociar alguna
cosa, ahora sería muy complicado. Los ERTEs de ahora es la reforma laboral
flexibilizada. Como se toque la reforma laboral y se meta rigidez, conseguirán
que los empresarios no puedan salir adelante”
Por cierto, ni el Gobierno
Sánchez en su conjunto, ni en particular la señora Ministra de Trabajo, de
Unidos Podemos, Yolanda Díaz pretendían
derogarla sino, a lo sumo, darle unos ligeros retoques para consolar a la
hinchada progre.
Lo que sí es evidente es que,
tras el coronavirus y las medidas económicas aprobadas por el gobierno Sánchez,
se acabó cualquier ilusión de gobierno de progreso que pudieran tener los más
incautos.
Las medidas económicas que el
gobierno español ha probado son ayudas extraordinarias a las empresas y
liberación de la presión de los contratos, que pagaremos con dinero público
(ERTEs) y que se convertirán en recortes y ataques al gasto público como no
hemos conocido ni siquiera en la etapa anterior de la crisis y, para que los
trabadores pasen el temporal, pero sólo durante el período de confinamiento,
evitar el corte de energía en los hogares, de desahucios por imago de hipotecas
o la prórroga de la prestación por desempleo y los subsidios. Luego vendrán las
curas de caballo que siempre se han aplicado a los mismos.
Todos los presidentes y primeros
ministros europeos han actuado de un modo muy similar: lentos, cautelosos, como
si el coronoavirus fuera un asunto solo de China, luego de Italia, después de
España, más tarde de Alemania y Francia, estableciendo restricciones paso a
paso, cerrando espacios públicos mientras se dejaban otros, confinando
seriamente a poblaciones a la vez que se permitían cientos de vulnerabilidades
de las mismas,…
Hay muchas razones que pueden
explicar la cautela de los pasos dados: Europa era culturalmente más abierta
que China, los países europeos aprecian más la libertad individual que el
sentimiento colectivo chino (no es socialismo, inexistente, sino conciencia
nacional), si China aisló un territorio concreto por qué cerrar un país, no
estábamos preparados para reaccionar ante el coronavirus, viniendo de una experiencia
asumida de la gripe,…
Pero hay una razón mucho más de
peso. El temor de los gobiernos a paralizar la actividad económica de un país
antes de que el descontrol de las cifras de muertos e infectados les obligase a
ello porque, sea cuál sea el signo político del gobierno de cada país bajo un
sistema económico capitalista, ninguno actúa en primer lugar para proteger la
vida, ninguno defiende eso de lo que tanto alardea, la falacia del “bien común”
que, bajo el capitalismo es solo el modo de justificar el interés particular
bajo la apariencia de un” interés general”.
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