SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
10 de mayo de 2017
LA CONSPIRACIÓN DE LOS ROBOTS
Paula Bach. La
Izquierda Diario
Las páginas de la prensa están
desde hace tiempo plagadas de información sobre las habilidades de
los robots, los vehículos driverless y la “inteligencia
artificial”. Autos sin conductor diseñados por Google, barcos
autónomos ideados por el Pentágono, humanoides que podrían operar
con escasa colaboración de médicos de carne y hueso, robots
pensados por Airbus para trabajar junto a humanos en la línea de
montaje o plataformas de inteligencia artificial que, según dicen,
resultan capaces de manejar hasta treinta idiomas y pueden aprender a
interactuar con humanos.
Pero la información –que
particularmente se ocupa de destacar imágenes humanoides– no viene
sola ni es gratis. Su correlato lo constituyen insistentes preguntas
aviesas del tipo: “Robots: ¿amigos o enemigos del hombre?”;
“¿más o menos eficaces que los humanos?”; “¿los robots son
buenos o malos para la humanidad?”. O, más directamente,
afirmaciones tales como: “millones de trabajadores perderán sus
empleos”.
Sin embargo, preguntas como:
¿será capaz la humanidad de poner a su servicio un producto tal de
la inteligencia colectiva?; ¿será capaz de reducir el tiempo de
trabajo gris y cotidiano en el mediano o aún en el largo plazo?; ¿de
cuántas horas sería una jornada de trabajo media teniendo en cuenta
la ayuda de este eventual “ejército de robots”?; ¿de 6?;
¿de 4 horas?; ¿de 3, de 2?; ¿será capaz la humanidad de crear
las máquinas que le permitan a las amplias mayorías conquistar el
tiempo libre necesario para desarrollar la imaginación, la
creatividad, el arte, la ciencia? Parece extraño, pero nadie –salvo
muy escasas excepciones entre aquellos que tienen el poder de
influenciar la opinión pública– se formula este humilde
interrogante…
¿Un ejército al acecho?
La imagen de un ejército de
robots en movimiento dispuesto a desplazar a los humanos de sus
puestos de trabajo, exige recapacitar sobre el verdadero estado de la
cuestión. En primer lugar hay que señalar que la idea de la
revolución de la robótica es parte del concepto más amplio de una
nueva “revolución industrial” eventualmente impulsada por
el salto tecnológico en la información y las comunicaciones, que
además de robots, vehículos sin conductor, “inteligencia
artificial” –o big data–, involucra a las impresoras 3D
entre otros grandes rubros como la genética, la nanotecnología o
los avances médicos y farmacéuticos.
Como señala Robert Gordon en
The rise and fall of american growth (1), la industria de la
robótica fue introducida por General Motors en 1961 pero recién
hacia mediados de los años ‘90 comenzaron a utilizarse robots para
soldar partes de automóviles o reemplazar trabajadores en los
insalubres talleres de pintura automotriz. Sin embargo –y también
según Gordon– hasta hace unos pocos años los robots resultaban
demasiado grandes y demasiado caros. La progresiva disminución en el
costo de los componentes de las computadoras y el crecimiento
exponencial en su performance, así como las mejoras en herramientas
de diseño electromecánico y en almacenamiento de energía
eléctrica, son algunos de los avances que dieron lugar a la
producción de robots pequeños, con costos reducidos y
crecientemente capaces.
Aunque existen robots que se
desempeñan en los ámbitos de servicios distribuyendo suministros
en hospitales, realizando entregas en las habitaciones de hoteles,
alcanzando comidas a los clientes en restaurantes o en los grandes
depósitos, hasta ahora las mayores inversiones en robótica se
produjeron en el ámbito industrial. Pocas empresas industriales han
considerado sin embargo la posibilidad de utilizar robots humanoides
para sus fábricas. Suelen contar más bien con sistemas de dos
brazos, porque los robots se desarrollan para realizar tareas
específicas, para apoyar al trabajo humano y para ello simplemente,
no se necesitan “dos piernas” (2). La mayoría de los
robots tomó la forma de máquinas industriales caras, de alta
precisión, que generalmente operan en jaulas de protección en las
líneas de montaje de automóviles, llevando a cabo tareas
preprogramadas, sin la necesidad o la posibilidad de adaptarse a
condiciones cambiantes (3). No obstante a partir de 2012 comenzaron a
fabricarse robots de bajo costo destinados a pequeñas empresas que
imitan parcialmente la forma humana y que –como los bautizados
Baxter o Sawyer– están diseñados para trabajar junto a humanos,
pudiendo reprogramarse diariamente para cambiar de tarea.
En consonancia con gran
cantidad de fabricantes, industriales y científicos, Gordon subraya
que el nivel robótico obtenido hasta el momento sólo complementa el
trabajo humano y aún está lejos de contar con la capacidad para
reemplazarlo. Señala por caso que en los depósitos de Amazon,
mencionados a menudo como ejemplo de frontera de la tecnología
robótica, se verifica que los autómatas en realidad no manipulan
mercadería. Se limitan a trasladar estantes cargados hasta los
lugares donde los empleados empacan los objetos. Las habilidades
táctiles para distinguir formas, tamaños y texturas están aún por
fuera de las capacidades robóticas. Evaluaciones similares se
reflejan en diversas notas de la prensa internacional (4) que
distinguen la precisión como un reto para la robótica. Suele
subrayarse, por ejemplo, que si bien los robots pueden colocar
componentes electrónicos en una placa de circuito plana, tienen
dificultades para montar una batería de auto que posee muchas piezas
pequeñas que deben ser instaladas en ángulos de difícil acceso. A
su vez, tareas de trabajo muy intensivo como la costura de prendas o
la fabricación de calzado, habrían sufrido hasta el momento una
automatización mínima.
Robert Gordon apunta también
que –tal como afirman especialistas del MIT’s Computer Science
and Artificial Intelligence Laboratory– la capacidad de
razonamiento de los robots es limitada y está contenida íntegramente
en el software. De modo tal que si un robot se encuentra frente a una
situación para la que no está programado, entra en estado de error
y deja de operar. Algo similar sucede con los vehículos sin
conductor –aún en fase de experimentación– que funcionan en
base a mapas y no consiguen adaptarse al terreno tal como se
presenta. Cualquier cambio inesperado en el “territorio”
pone al software de manejo en blanco y exige la toma de control por
parte de un conductor.
Inteligencia artificial
En el caso del big data –o lo
que se conoce como “inteligencia artificial”– los
reconocidos especialistas Brynjolfsson y McAffe se preguntan si la
tecnología de automatización está llegando cerca de un punto de
inflexión en el que finalmente las máquinas dominan los rasgos que
mantuvieron a los humanos irremplazables. Pero Gordon afirma que
estos autores –considerados parte del ala “tecnooptimista”–
mienten directamente respecto de la sofisticación y humanización de
las habilidades de las computadoras. Gordon puntualiza que por ahora
y en su gran mayoría, el big data está siendo utilizado por las
grandes corporaciones con propósitos de marketing. Y que si las
computadoras trabajan también en campos como diagnóstico médico,
prevención del crimen, aprobación de créditos, agentes de seguro,
entre otros, donde en algunos casos los analistas humanos son
reemplazados, en realidad la velocidad de las computadoras mayormente
logra acelerar el proceso y volverlo más preciso trabajando en
colaboración con humanos. Gordon señala además que en todo caso
los puestos que pueden ser reemplazados no resultan nada demasiado
nuevo sino que siguen los pasos de las víctimas de la web de hace
dos décadas como los agentes de viajes, vendedores de enciclopedias
o trabajadores de videoclubs.
Aunque la prensa financiera
británica (5) guste reflejar ideas tan “loables” como que
los robots “No beben, no se cansan y no van a la huelga”,
al menos por ahora las máquinas y los “humanoides” están
muy lejos de poder sustituir a aquellos que beben, se cansan, van al
paro y encima –aunque ya no se puede distinguir si para bien o para
mal de los dueños del capital–… ¡piensan! Como también señala
Gordon, en el formato actual de los robots que trabajan en
colaboración con humanos no hay nada muy distinto a la introducción
de maquinaria en la industria textil en la temprana revolución
industrial en Inglaterra. El reemplazo de trabajo humano por
computadoras se viene desarrollando desde hace más de cinco décadas
y el reemplazo de trabajo humano por máquinas en general lleva más
de dos siglos.
Por supuesto –resalta Gordon–
muchas funciones de los robots van a desarrollarse en el futuro. Pero
habrá que esperar a un largo y gradual proceso antes de que estos
humanoides –por fuera de la manufactura y el marketing– devengan
un factor significativo de reemplazo de trabajo humano en los
servicios, el transporte o la construcción, es decir en los sectores
que más crecen en los países centrales y donde la baja
productividad se manifiesta como problema más agudo.
Debido a que en el sector de
servicios, el producto –en gran parte de los casos y como
resaltáramos en un ensayo (6) de hace varios años– no existe como
algo separado del productor, no resulta descabellada la hipótesis
según la cual pueda resultar más difícil crear los robots que
efectivamente sustituyan puestos de trabajo en ese ámbito. A
diferencia de la manufactura, donde pueden sustituirse trabajos
parciales o tareas específicas, en los servicios y en una multitud
de circunstancias, se debería suplantar directamente al trabajador y
precisamente eso es lo que está muy lejos de ser alcanzado amén del
gran desarrollo tecnológico. Limitación que se pone de manifiesto
–no por casualidad– cuando el trabajo de servicios ocupa un lugar
creciente en la economía capitalista.
El colmo del fetichismo (o
gato encerrado)
Más allá de los aspectos
referidos al estado actual de la tecnología, resta señalar que es
necesario distinguir entre innovación y aplicación o, lo que es lo
mismo, entre desarrollo tecnológico y productividad. Lo cierto es
que sea cual fuere el nivel de avance tecnológico obtenido hasta el
momento, un “ejército de robots” no podría “venir
marchando” simplemente porque los dueños del capital –al
menos en el presente estado de cosas– no están dispuestos a
invertir masivamente en tecnología. Es lo que muestran los datos de
inversión y productividad –fundamentalmente en los países
centrales.
Es importante recordar que
existe una fuerte correlación entre inversión y productividad. En
términos fácticos y según constata Michael Roberts (7), en las
décadas posteriores a los años ‘70 el momento “top” de la
productividad se produjo en Estados Unidos como resultado del momento
“top” de la inversión, entre mediados de la década del
‘90 y mediados de la década del 2000. Michel Husson (8) también
expone esta correlación entre incremento de productividad e
inversión en capital fijo, material informático y software,
señalando que inversión y productividad en Estados Unidos se
aceleraron conjuntamente durante el período 1995-2002, por
comparación con su débil itinerario durante los años 1975-1995.
Ambas variables vuelven a disminuir subsiguientemente y toman una
senda particularmente descendente en los años posteriores al
estallido de la crisis 2007/8. El incremento de la inversión
productiva no residencial neta promedio se hallaba por debajo del 2 %
del PBI en el año 2012 (9), lo que equivale a menos de la mitad de
su nivel promedio del 4 % alcanzado en el largo período que se
extiende entre la Segunda Posguerra y el año 2000. Husson (10)
constata que esta situación permanecía sin cambios significativos
al menos hasta 2014. En la Cumbre de Hangzhou a fines de 2016, el
G-20 ratificaba su preocupación por el lento crecimiento de la
inversión y la productividad en “algunos países” –léase,
en los centrales. Como resultado, durante los años pos crisis
2007/8, el incremento de la productividad del trabajo alcanzó una
performance muy por debajo de la ya apagada media de los años
1972-96.
De modo que innovación y
aplicación no son sinónimos. Y al menos para la reflexión, vale la
pena tener presente que nuevamente en The rise and fall of
american growth, Gordon demuestra que aunque los años veinte del
siglo pasado resultaron el período por excelencia de acumulación y
desarrollo de gran parte de los inventos del siglo XIX, su aplicación
efectiva y el extraordinario aumento de la productividad derivada, se
produjeron recién en la década del ‘40 al calor de la Segunda
Guerra primero y de la reconversión civil, luego.
En suma, y aunque la aplicación
de nuevas tecnologías es un proceso en curso que se incrementa en
determinados sectores y países expulsando mano de obra, no existen
realmente demasiados elementos para creer en la amenaza de un
ejército de robots marchando sobre el trabajo asalariado… En
realidad mientras los “tecno-optimistas” prometen una
nueva revolución industrial y amenazan con la destrucción de
centenares de millones de empleos, los “tecno-pesimistas”
–entre los que se encuentra Gordon– auguran décadas de bajo
crecimiento al tiempo que alertan sobre la escasez de mano de obra
asociada al bajo incremento poblacional, particularmente en los
países centrales. El problema es que quizás detrás de lo que
Gordon llama el “pesimismo” de los optimistas, se oculte
una visión escéptica respecto de las posibilidades del capital de
aplicar en gran escala los avances tecnológicos existentes,
convertida en arma de amedrentamiento hacia los trabajadores. Y aún
sin tener que pensar de manera maquiavélica es probable que estas
dos posturas sean más complementarias que esquizofrénicas en el
marco no sólo del bajo crecimiento poblacional sino –y
fundamentalmente– en el contexto de la escasez relativa de mano de
obra barata y ausencia de fuentes para la acumulación del capital.
Fredric Jameson recuerda en
Representar El Capital (11) que Marx insistió tempranamente
sobre el hecho de que
…la fuerza impulsora tras
la introducción de nueva maquinaria, aún cuando su posibilidad
técnica haya estado disponible por mucho tiempo, no es el ingenio de
los inventores, sino más bien el descontento de los trabajadores. La
nueva maquinaria es la respuesta de los capitalistas a la huelga, a
la exigencia de salarios más altos, a la organización –o
combinación”– cada vez más efectiva de los obreros.
Parece toda una profecía que
desinfla al “ejército de robots en movimiento” y lo
convierte en un arma de propaganda preventiva. Su objetivo es
inculcar miedo y convertir en designio de la naturaleza la intención
de los ideólogos del capital. Se trata de señalar a los
trabajadores que “la naturaleza” podría estar creándoles
un nuevo rival… “¿enemigos?” “¿mejores que los
humanos?”.
El mensaje es “no parar”,
“no pedir aumentos salariales” y “trabajar con la
cabeza gacha” porque se prepara un ejército –ya no sólo de
inmigrantes (12)…sino también de robots– dispuestos a usurpar
los puestos de trabajo. El capitalismo siempre ha personificado las
cosas y cosificado a las personas. Pero los robots son el colmo de
ese mecanismo. La propaganda convierte a las mercancías “robots”
en enemigos con forma humana de un hombre desahuciado, “cosificado”,
cuya voluntad estaría anulada no pudiendo más que contemplar como
la naturaleza (capitalista) sigue desatando sobre él rayos y
centellas.
Por último nos queda formular
los elementos de falsedad que contiene el propio concepto de
“desempleo tecnológico”. Si bien el capitalismo
naturalmente utiliza la tecnología contra los trabajadores
transformando –como dice Marx– el tiempo libre conquistado en
plustrabajo en un polo y desempleo en el otro, este mecanismo no
impide la constante creación de nuevos empleos a la par que destruye
los antiguos. Esto último es lo que resaltan autores como Michel
Husson (13) poniendo de relieve que …la vieja tesis del “fin
del trabajo” no se corresponde con la realidad: durante la
“época dorada del capitalismo” (1945-1975), en el que los
incrementos de la productividad fueron muy superiores, el paro fue
muy inferior.
También el inventor de los
coches autoconducidos de Google, Sebastián Thrun, nos recuerda que
“Con el advenimiento de las nuevas tecnologías, siempre hemos
creado nuevos puestos de trabajo” (14). Finalmente Gordon,
refiriéndose a Estados Unidos, se ocupa de resaltar la
contradicción. Apunta que el problema creado por la era de las
computadoras no es el desempleo en masa sino la gradual desaparición
del trabajo de calidad, estable, de nivel medio, que se ha perdido no
precisamente por los robots y los algoritmos sino por la
“globalización” y la deslocalización que concentró el
empleo en trabajos rutinarios simples que ofrecen relativamente bajos
salarios. Aunque esta última afirmación resulta particularmente
sugerente, sería en apariencia más justo definir que la
desaparición del trabajo de calidad es más bien el resultado
combinado de la “globalización”, las deslocalizaciones y
el particular uso capitalista de los avances tecnológicos.
Permítasenos agregar solamente
que contra estos artilugios, el arma privilegiada de los
trabajadores es nada más ni nada menos que la unidad de sus filas
para exigir la reducción de la jornada y el reparto de las horas de
trabajo entre todos los brazos disponibles, sin reducciones
salariales, para conquistar el tiempo libre, poniendo a su servicio
ese verdadero prodigio, “propiedad” de la humanidad en su
conjunto, que representan los avances de la técnica y la ciencia.
Este artículo es una
adaptación para Ideas de Izquierda del publicado bajo el mismo
título en La Izquierda Diario el 2 de junio de 2016, como parte de
una serie sobre nuevas tecnologías que incluye: “¿Revolución
de la robótica o estancamiento de la productividad?”, “¿Revolución
de la robótica…? (segunda entrega)”, “Robótica, productividad
y geopolítica”. La serie completa puede encontrase en
laizquierdadiario.com.
(1) Gordon, Robert, The rise
and fall of American growth, New Jersey, Princeton University
Press, 2016.
(2) Ver “Airbus plans to
develop assembly line robots to work with humans”, Financial
Times, 4 de mayo de 2016.
(3) Ver “Rise of the
Robots in sparking and investment boom”, Financial Times, 5 de
mayo de 2016.
(4) Ver “China’s robots
revolution”, Financial Times, 6 de junio de 2016.
(5) Ver “Who wields the
knife?”, The Economist, 7 de mayo de 2016.
(6) Bach, Paula, “El
sector servicios y la circulación del capital: una hipótesis”,
Lucha de clases 5, julio de 2005.
(7) Roberts, Michael, “La
gran desaceleración de la productividad”, Sin Permiso, 18 de
agosto de 2015.
(8) Husson, Michel,
“Estancamiento secular: ¿un capitalismo empantanado?”,
Viento Sur, 21 de junio de 2015.
(9) Ver “Game-Changing
Investments for the U.S.”, The New York Times, 18 de octubre de
2013.
(10) Ídem.
(11) Jameson, Fredric,
Representar El Capital, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2013.
(12) Ver Bach, Paula,
“Contrasentidos de la inmigración y el capital”, La
Izquierda Diario, 29 de septiembre de 2015.
(13) Ver nota 9.
(14) Roberts, Michael, “Robert
J. Gordon y el ascenso y declive del capitalismo estadounidense”,
Sin Permiso, 21 de febrero de 2016.
6 de mayo de 2017
¿LEYES MORDAZA O ALGO MÁS? HABLEMOS DE REPRESIÓN POLÍTICA DE CLASE
Por
Marat
-¿Estamos
solo ante un recorte a la libertad de expresión o la represión
tiene un contenido más profundo? ¿Cabe hablar de una "represión
política de clase"? ¿Cómo definirla?
Es indudable que el PP es un
partido con vocación censora, de origen y pulsiones franquistas, que
a lo largo de su historia ha mostrado en sobradas ocasiones una
auténtica falta de voluntad para aceptar la crítica política, por
lo que su comportamiento de recortar la libertad de expresión, de
opinión y de manifestación forman parte de su concepto del orden
social y la de seguridad ciudadana.
Pero, si no contextualizamos el
momento histórico en el que vivimos y en el que se producen dichos
ataques, si no abrimos el foco para entender causas más profundas
que explican lo que sucede, estaremos hablando de represión en
genérico, sin comprender lo que realmente está ocurriendo.
Hay una tendencia
pequeñoburguesa, de apariencia pseudoradical que alude a la
represión sin más, tratando de articular todas las represiones bajo
un mismo concepto en una apelación a la libertad que recuerda
demasiado al liberalismo político. Por ese camino podríamos acabar
debatiendo solo de libertad de prensa y de información y de libertad
de expresión en redes sociales.
Lo cierto es que los ataques a
la libertad de expresión, de opinión, de manifestación, de
reunión, se vienen sucediendo de forma generalizada en la mayoría
de los países del mundo. Estas agresiones se han incrementado de
forma exponencial desde el inicio de la crisis capitalista que, en lo
social, se ha plasmado en un incremento del desempleo, en la
precarización de gran parte del existente, en recortes en derechos
sociales y prestaciones y en salarios, así como en el
empobrecimiento de amplias capas de la población trabajadora.
Frente a ello, la clase
trabajadora reaccionó con manifestaciones populares, protestas,
huelgas, etc. para impedir lo que David Harvey denominó como
acumulación por desposesión que ha producido una brutal
transferencia de las rentas del trabajo a las del capital.
Para lograr la recuperación de
su tasa de ganancia, que ya se está produciendo, en gran parte del
mundo capitalista y en España en concreto, el capital necesitaba
quebrar las resistencias de los asalariados y el medio más útil que
ha encontrado es la criminalización de la protesta social, a través
de una represión política de clase, de una clase, la capitalista
sobre otra, la trabajadora.
Cabe hablar de represión
política porque, para cumplir los objetivos de incremento de la tasa
de beneficio del capital existe por parte de éste, de su Estado, y
de determinados instrumentos de poder social de la burguesía, existe
una estrategia punitiva, coactiva y disuasoria que responde a un
planteamiento político. Y, sin lugar a dudas, es de clase porque se
ejerce por parte de la clase dominante sobre las subalternas,
principalmente la trabajadora.
Creo que éste sería el punto
de arranque desde el que situar lo que es represión política de
clase, antes de expresar en qué dimensiones se manifiesta y de qué
modo se despliega.
-¿En
qué aspectos concretos se plasma la represión política de clase?
¿Solo en cuestiones de legislación como el nuevo Código Penal y la
Ley de Seguridad Ciudadana o va mucho más allá de lo jurídico?
En primer lugar quisiera hacer
una observación en relación a la Ley Orgánica de Protección de la
Seguridad Ciudadana, la llamada Ley Mordaza, aprobada en 2015 y ahora
en debate parlamentario, para su supuesta derogación por parte de
algunos grupos parlamentarios.
Me resulta cuando menos
sospechoso que progres y progreliberales hayan insistido tanto en
hablar solo de esta ley y callar respecto al nuevo Código Penal, en
primer lugar porque aunque la Ley Mordaza se haya concentrado mucho
en castigar con multas, algunas de ellas brutales (hasta 600.000 €),
las libertades de expresión, manifestación, reunión y opinión, lo
cierto es que el Código Penal reprime también dichos derechos en un
número importante de sus artículos y lo hace con penas de prisión.
Sospecho que, en la medida en
que el mundo de los juristas progres, los ciudadanistas y los
universitarios pequeñoburgueses concentraron sus críticas sobre la
Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana y que el
movimiento sindical y eso que algunos se empeñan en llamar aún la
“izquierda”, y que no deja de ser colaboracionismo de clase con
mentalidad de monja oenegera, asumieron ese discurso, todas las leyes
desde las dos citadas a las reformadas de Enjuiciamiento Criminal y
la de Seguridad Privada, todo de se ha teñido de ley mordaza, como
si en el fondo la represión política de clase no existiera y el
problema se limitase a un recorte de libertades que más bien, por el
sobrenombre de Mordaza, fueran ante todo de expresión. Puro
liberalismo político que podría suscribir perfectamente un partido
como Ciudadanos.
Pero lo cierto es que a la
tuitera Casandra le han aplicado el artículo 578 del Código Penal,
que condena con penas de prisión de 1 a 3 años por enaltecimiento
del terrorismo.
Continúo. El artículo 315.3
del Código Penal está pensado directamente para criminalizar a los
piquetes en una huelga. Dice así:
“315.3 Quienes actuando en
grupo o individualmente, pero de acuerdo con otros, coaccionen a
otras personas a iniciar o continuar una huelga, serán castigados
con la pena de prisión de un año y nueve meses hasta tres años o
con la pena de multa de dieciocho meses a veinticuatro meses”.
Este es el artículo por el que
se juzgo a los 8 sindicalistas de Airbus por su participación en
piquetes informativos durante la Huelga General de 2010. Hay que
decir que no fueron declarados inocentes sino absueltos por falta de
pruebas, lo que no es sino un modo indirecto de mantener la
criminalización de la acción de los piquetes.
Ni que decir tiene que los
piquetes empresariales que amenazan con despidos ante una huelga de
sus empleados jamás han sido condenados. Es su Estado, sus leyes y
su justicia porque el Estado y el conjunto de sus aparatos tienen un
carácter de clase en cuanto a los intereses de la burguesía a la
que defienden
A Alfon se le condenó a 4 años
de cárcel, en régimen FIES. con el artículo 568 del antiguo Código
Penal, ratificado en el reformado del 2015, por tenencia de
explosivos, cuando su abogado dio datos más que suficientes de que
aquellas pruebas habían sido fabricadas por los policías que le
detuvieron. Razón real de su condena: ejemplarizar en carne joven e
inocente el compromiso de un joven comunista con la lucha de la clase
trabajadora en la Huelga General del 14N de 2012 cuando se dirigía a
un piquete.
Andrés Bódalo fue condenado a
penas de prisión en base a los artículos 550 y 551.2 del nuevo
Código Penal
Art. 550.1: “Son reos de
atentado los que agredieren o, con intimidación grave o violencia,
opusieren resistencia grave a la autoridad, a sus agentes o
funcionarios públicos, o los acometieren, cuando se hallen en el
ejercicio de las funciones de sus cargos o con ocasión de ellas.”
Art. 551.2: “Cuando el
acto de violencia ejecutado resulte potencialmente peligroso para la
vida de las personas o pueda causar lesiones graves. En particular,
están incluidos los supuestos de lanzamiento de objetos contundentes
o líquidos inflamables, el incendio y la utilización de
explosivos.”
En el caso, de la supuesta
agresión de Bódalo al teniente de alcalde de Jodar, del PSOE, no
pasó nada de esto y además no hubo agresión, tal y como señalan
vídeos en los que se puede ver la protesta a las puertas del
Ayuntamiento.
Podríamos continuar hablando
de artículos del nuevo Código Penal que reprimen y criminalizan la
lucha social, tales como el 553, el 554, el 556, el 557, el 557, el
557 tercero, el 558, el 559 y el 560, pero creo que sería bueno que
ustedes mismos se tomen el esfuerzo de buscarlos y saquen
conclusiones por sí mismos
En estos días se han producido
ya las peticiones fiscales contra varios sindicalistas de la CNT en
Cataluña. Uno es el caso de una protesta a las puertas del Casino de
Poble Nou, en una debate electoral durante la campaña de las
elecciones municipales del 2015. El piquete que participaba en la
protesta fue atacado por agentes provocadores, que eran Guardias
Urbanos vestidos de paisano. Por el corte del suministro eléctrico
de la televisión catalana durante ese debate se pide a un
sindicalista penas de 2 y 4 meses de cárcel y al otro 6 meses de
prisión. La Guardia Urbana, junto con el Ayuntamiento de los progres
de Ada Colau se presentarán como acusación particular. A la hora de
reprimir, reaccionarios, liberales y progres sirven a los intereses
de clase de su Estado capitalista.
Otro de los casos es el del
Corte Inglés, en el que varios sindicalistas de CNT serán juzgados
por una campaña de boicot contra esta cadena de establecimientos por
su participación en procesos penales contra sindicalistas en el
contexto de la huelga general del 29M del 2012 y por su represión
antisindical contra sus empleados, En esa campaña fueron detenidos 3
sindicalistas a los que se pide penas de 5 años de cárcel.
A partir de las huelgas
generales, que arrancan del 2011, cerca de 600 sindicalistas de las
más diversas organizaciones pueden ser encausados y se les pide
penas de prisión y multas elevadas. Desde los nombrados, hasta
sindicatos de la minería, pasando por trabajadores de Coca-Cola, de
la Universidad Autónoma de Barcelona, de Arcelor, jornaleros
andaluces, etc. etc. están conociendo una persecución brutal, de la
que no se habla desde los medios de comunicación del capital y muy
poco desde los alternativos porque, la gran mayoría de estos, o se
han apuntado al ciudadanismo o al identitarismo posmoderno.
La represión política de la
clase burguesa contra los trabajadores se lleva a cabo mediante una
legislación absolutamente restrictiva que impida y recorte al máximo
su derecho a la protesta, pero también la ejercen esos fiscales y jueces a los que no les tiembla la mano pidiendo penas de cárcel o
condenando a ellas. Del mismo modo que se ejerce desde unos cuerpos
y fuerzas de seguridad del Estado que actúan con completa impunidad
al golpear, detener y cumplir con fiero celo con la legislación del
Estado capitalista y algo más que celo. Para ser antidisturbios hay
que estar hecho de una pasta especial.
Pero cuando hablamos de
represión política de clase, no debemos detenernos en los aparatos
del Estado, sea éste central, autonómico o local, ni en sus leyes.
Hay más.
La prensa del sistema
criminaliza a los trabajadores que luchan en defensa de sus derechos,
llama privilegiados a mineros, conductores del metro o del AVE, o a
los estibadores, como si sus salarios no los ganasen por la
peligrosidad o responsabilidad de sus empleos o porque resultan
enormemente rentables para sus empresas. Los hace parecer
insolidarios frente a otros trabajadores, callando la auténtica
insolidaridad de los empresarios que están volviendo a elevar sus
tasas de ganancia a costa de salarios de miseria (el 47% gana menos
de 1.000 euros al mes, casi 6 millones de ellos, el 32% se encuentra
en riesgo de pobreza), con empleos precarios y despidos casi
gratuitos.
No solo la prensa del capital
reprime a los trabajadores. Los propios empresarios lo hacen también
ante cualquier atisbo de descontento o de querer cambiar las
situaciones injustas dentro de la empresa. Es frecuente en muchas
empresas que Recursos Humanos se encargue de aclarar al nuevo
empleado qué sindicatos cuentan con la aceptación de la empresa y
cuáles no, que se ejerzan represalias, mobbing e incluso despidos
contra trabajadores que quieren presentarse en candidaturas a las
elecciones sindicales, o que defienden la estrategia de la acción
directa a partir de la base organizada de sus secciones sindicales y
sus afiliados, por sindicatos de clase auténticamente combativos, en
lugar de hacerlo en las listas de los burócratas y pactistas.
Obligar a realizar horas extraordinarias no pagadas por parte de los
pequeños y medianos empresarios, esos patrióticos que tanto le
gustan a Podemos, es también una forma de represión política de
clase. En los últimos días hemos tenido el ejemplo del
telecocinero Jordi Cruz sobreexplotando a sus trabajadores casi por
la cara o del canalla del Presidente de la CEOE que afirma que se
aprende más trabajando gratis que en la Universidad. A ellos se ha
unido una caterva de malnacidos darwinistas sociales que han llegado
a sugerir que habría que pagar por aprender trabajando para un
empresario. A estos sí que habría que aplicarles la ley
antiterrorista.
Pero la mayor represión
política de clase que existe es no tener trabajo porque te obliga a
aceptar las condiciones que puedan ofrecerte, por miserables que
éstas sean, porque te obliga a venderte como un trabajador sumiso y
obediente, a callar ante los atropellos de tus derechos laborales. El
trabajador en paro es jurídicamente libre de vender su fuerza de
trabajo pero, una vez que lo ha hecho, ya no es dueño ni de las
condiciones en las que desempeña éste ni de su propio trabajo. Las
reglas le vienen impuestas porque la empresa no es un órgano
democrático sino un lugar en el que se ejerce la dictadura de una
clase sobre otra.
Y es que no es cierto esa
tontería que dice la Constitución de que tenemos derecho al
trabajo. Es un derecho meramente enunciativo y potestativo. A lo que
tenemos derechos, según indica el artículo 5 del Estatuto de los
Trabajadores, auténtica ley de relaciones laborales, o de
explotación del capital al trabajo, es a la ocupación efectiva del
puesto de trabajo, una vez, que existe un contrato; es decir, el
trabajador contratado tiene derecho al desempeño de unas funciones
acordes a su puesto de trabajo y a la categoría laboral contratada,
siempre dentro de la máxima de resultar rentable al empresario. Si
no hay contrato de trabajo, no hay derecho a ocupación efectiva
alguna.
La represión política de
clase es el modo intenso y violento, porque la violencia no es solo
física, de ejercer la lucha de clases desde el capital y sus
instrumentos políticos, policiales, mediáticos, empresariales,
jurídicos, legales e ideológicos -un aspecto sobre el que algún
día deberé concentrarme- contra la clase trabajadora.
Y, por supuesto, es represión
política de clase impedir al trabajador dar la respuesta
contundente, merecida y acorde con el ejercicio de la violencia que
supone por parte del capital, sus partidos, todos los que aceptan el
juego democrático-burgués, su legalidad y su Estado, ante su acción
de arrebatar conquistas sociales, derechos por los que se ha peleado
durante generaciones y formas de salario indirecto como la sanidad
pública, los subsidios de desempleo o las pensiones, hoy amenazadas.
-¿A
qué se debe la persecución, encarcelamiento, represión de un
creciente número de personas? ¿Es sólo cuestión de la que la
derecha del PP es muy franquista o hay motivos más profundos? ¿Cuál
es el contexto?
Como señalaba al principio,
la persecución, la represión, el encarcelamiento de un creciente
número de personas en España, que son presos políticos, por mucho
que se pretenda negar, no se debe solo a que el PP sea un partido
reaccionario y temeroso de la libertad. Como decía Marx "Nadie
combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás. La
libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de
algunos, otras veces como derecho de todos". Y
éste es el privilegio que hoy defiende el capital, su libertad de
empresa, su libertad para sobreexplotar al trabajador. Persigue y
reprime al trabajador que se moviliza para dar escarmiento a toda la
clase en carne ajena, vaciar las calles, lograr el
acatamiento,imponer su ley. Solo de ese modo puede reproducirse
económicamente porque es
un mito indemostrable que la
tarta tenga un reparto equitativo y
que crezca para todos. Crece
para quienes pueden imponer su
poder organizado de oprimir a los demás.
Y esa es una posición de clase
contra clase. Lo contrario es caer en un democratismo pequeñoburgués
que defiende las libertades en genérico, sin concretar para qué han
de servir y quienes necesitan de ellas por encima de todos los demás
grupos sociales.
-¿Cómo
enfrentarse a estas políticas represivas?
-Si la clase dominante se
organiza para defender con leyes, policías, miedo y represión, sus
privilegios, es obvio que la dominada necesita hacerlo también
articularse para contraatacar y defender sus derechos, las conquistas
que le han sido arrebatadas y pasar a la ofensiva. Porque las ideas
no viven sin organización. Y necesita hacerlo al margen y de modo
independiente de todas las demás clases, sobre todo de las
intermedias, o autopercibidas como tales, que solo buscan salvarse de
la quema y reacomodarse para mantener el máximo de sus intereses,
siempre ligados a la pervivencia del capitalismo, aunque éste, por
la dinámica de su desarrollo y de la concentración del capital
tienda, finalmente, a hacerla desaparecer y proletarizarla.
Y necesita hacerlo de modo
combativo, sin ilusiones democráticas de cambios mediante los
instrumentos del parlamentarismo burgués. Quizá deba hacerlo, eso
está por ver -y ésta es una idea que lanzo como reflexión
particular que desarrollaré en un futuro- rearticulando nuevas
formas de organización que ya no sean ni las puramente partidarias
ni las puramente sindicales, sino un híbrido superador de ambas. Las
transformaciones sociales que están trayendo la descomposición de
las tradicionales formas organizativas y las que se están
produciendo en el mundo de la producción requieren de respuestas
adecuadas a los tiempos que nos está tocando vivir. Pero, mientras
esas formas organizativas no cambien, necesitamos sindicatos
auténticamente combativos y fuertes, que sean lo opuesto a esos
burócratas del pacto y la concertación sociales. Lo mismo cabe
pedir las organizaciones políticas de nuestra clase, las cuáles es
más que obvio que no están en absoluto a la altura de las
circunstancias sino envueltas en una caquexia terminal, casi siempre
investida de una arrogancia falsamente vanguardista que solo se
corresponde con su indigencia teórica y su alejamiento absoluto de
las necesidades y la realidad de los trabajadores.
Y, desde luego, es necesario
hacerlo de un modo unitario desde dentro de la clase, superando la
atomización en múltiples plataformas de solidaridad, una por preso,
y haciendo converger las luchas antirrepresivas de manera conjunta y
desde una perspectiva de clase, justo la que tienen nuestros
enemigos.
Y para acabar, algo que sé que
va a ser polémico porque tiene esa intención. Es hora de superar
cierto estilo sindical de un cristianismo cuasi gandhiano que permite
que a sus afiliados se les abrase a multas y a peticiones de cárcel,
llevándoles por unas vías que constituyen la estrategia de ponerles
a los píes de los caballos, cuando algunos de sus dirigentes se
protegen como aforados parlamentarios y limitándose a ponerse la
camiseta con el rostro de alguno de sus presos. A los militantes se
les cuida y protege. Pero si eliges el camino del sacrificio ponte a
la cabeza de él, asegurándote de que tú serás el primer
represaliado. Lo contrario es suicida y golfo.
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