No, no hay que recuperar a “la izquierda”. Quede ésta en su tumba, que ahí es donde debe estar. Lo que hay que recuperar es la lucha por una sociedad socialista y comunista pero sin museos, ni mausoleos, ni nostalgias, ni naftalina, sino desde una vuelta a Marx , a un Marx al que los degenerados han intentado prostituir con sus infectadas babas de elogios, mientras afirman que la dictadura del proletariado es que gobiernen “¡los pobres!” y que eso hoy es la democracia.
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
14 de abril de 2017
EL FIN DE LA IZQUIERDA POSMODERNA
David
de Ugarte. Las Indias.blog
La
«identity politics» ha muerto. La mató el triunfo de Trump.
Queda como cultura de grupo, como signo de pertenencia a un difuso
«progresismo». Pero si la izquierda global quiere cambiar
las cosas y darle forma a nuestra época, tiene que abandonarla
definitivamente y volver a sus fundamentos.
Durante
los años noventa la izquierda americana se transformó
profundamente. No venía de la centralidad del trabajo y la
producción como la europea sino del consumismo, o mejor dicho del
«consumerismo» solapado a partir de los sesenta con las
teorizaciones que surgieron a partir del movimiento de derechos
civiles y que, siguiendo los textos de Fanon, equiparaban a las
minorías raciales americanas y sus movimientos con los movimientos
independentistas de las colonias inglesas y francesas.
Poco
importaba que se levantaran voces, sobre todo en Europa y Africa,
afirmando que ese discurso no era más que una nueva versión,
hipócritamente aliñada con Marx, del esencialismo nacionalista
anti-ilustrado, de Herder y de Meistre. Era funcional en una manera
esencialmente nueva. Lo que el racismo de Fanon y Malcom X propone no
deja de ser aplicar lo que hasta entonces el nacionalismo había
aplicado al mundo (dividiéndolo en un puzzle de esencias nacionales)
a la nación misma. Es decir crean un molde que permite la
unificación en un solo marco de los principales movimientos que
llaman la atención de los universitarios de los setenta: el
feminismo y el nacionalismo negro. Una nueva generación de
profesores se apoyará en los nuevos críticos europeos de los
discursos de la Modernidad -en Foucault pero sobre todo en Derrida-
para intentar darle un fondo intelectual más sólido, pero también
para desbancar a la generación en el poder en los claustros.
Y
esto fue fundamental, porque la nueva generación de intelectuales
americanos entendió el conflicto social en el molde del conflicto
por la hegemonía en los claustros. Los discursos sobre la
producción, el trabajo, las clases, la organización de la economía…
nada de eso estaba en el primer orden del debate. Eran las
«identidades» las que lo estaban. La «diversidad»,
entendida como diversidad de sexo y raza, era la bandera de la nueva
revolución universitaria.
El
resultado fue una gran coalición que ofrecía hueco en el «asalto
de los cielos» universitarios -y en general a todo lugar que
permitiera una «acción afirmativa»- a todos los
damnificados del sistema establecido a condición de que construyeran
una identidad esencial propia, una ideología característica de
grupo. Ser feminista dejó de significar batallar por la igualdad
social de las mujeres respecto a los varones para implicar una
concepción determinada de la mujer asociada a valores, a un «ser
mujer» esencialmente diferente a «ser varón». Es decir, por
debajo de la determinación cultural de roles, había algo
irreductible, una «diferencia», que hacía a las mujeres
diferentes en su «ser». Del mismo modo, un activista por los
derechos de las minorías raciales dejó de significar alguien que
batallaba por los derechos civiles y comenzó a implicar creer y ser
parte de una comunidad imaginada de la raza que configuraba a cada
individuo que hiciera parte de ella (un pensamiento «blindado»
porque si el individuo lo negaba era por «auto-odio» impuesto por
el sistema de identidades existente que negaba su «esencia»).
El
espectro se abrió pronto pero no sin dificultades a las identidades
basadas en la sexualidad y el ecologismo. Las operaciones necesarias
fueron a veces difíciles e incluso, en el caso del ecologismo,
ridículas. La teoría de género fractalizó el modelo una vez más,
llevando la lógica de las identidades esencialistas a lo que no
podía dejar de reconocer como un continuo difícil de acotar y por
tanto casi imposible de reducir a átomos identitarios esenciales.
Por su parte, el ecologismo tuvo que renunciar a la comunidad
imaginada para tener un sujeto. En su lugar volvió al modelo últimos
de los seres imaginados: la deidad. «Gaia», la
personificación de la Naturaleza -la «madre» Naturaleza- se
convirtió en un sujeto político más. En la era de la cultura de la adhesión ya no hacían falta siquiera miembros, bastaba con tener
seguidores para tener una «identidad».
Curiosamente,
no todas las «diversidades» quedaron incluidas en la
definición de «diversidad» de la nueva ideología
ascendente. Por ejemplo, la diversidad lingüística, que hubiera
puesto en aprietos la estructura de departamentos de la universidad
más allá de las cuotas étnicas, nunca entró siquiera en
consideración a pesar de que eran lingüistas muchos de los pioneros
del movimiento y de que la diversidad lingüística y la educación
pública en otras lenguas distintas del inglés sea un campo de
batalla social cotidiano desde siempre en EEUU (con las lenguas
aborígenes, con el alemán hasta la guerra mundial, con el español
al menos desde la conquista de Texas, etc.).
De
ideología a cultura hegemónica en la izquierda
El
conjunto de todo este fantástico, complejo y diverso movimiento
intelectual es eso que se ha dado en llamar «identity politics».
Su éxito fue indudable. La «identity politics» derivó de
facto en un conjunto de prácticas y signos que redefinían la
pertenencia a la izquierda.
Y
es que la «identity politics» ha sido la ideología más
atenta a las formas y al lenguaje desde las revoluciones puritanas
protestantes -a las que recuerda tantas veces. Un elemento clave fue
la definición de un nuevo «political correct»,un registro
lingüístico diseñado para «no ofender ninguna identidad»
y que derivó el espíritu evangélico de los conversos hacia eso que
John Carlin definió como el «fascismo lite de los campus anglosajones». No es de extrañar que la generación de Carlin
quedara en shock ante las consecuencias de la nueva ideología:
podían compartirla pero no eran parte de su cultura. Y era
precisamente como cultura que se estaba extendiendo. La vieja
feminista era de repente sospechosa si no usaba el «los/las»
continuamente. El militante obrero, otrora idealizado, se convertía
ahora en un «varón blanco sin estudios», arquetipo de la
categoría social más reaccionaria. La «diversidad», cual
nuevo signo de la gracia, se convertía en el mandato de representar
una realidad de «demographics» predefinidos más allá de lo
razonable.
Esa
dualidad de la «identity politics» como ideología y como
cultura que quiere ser hegemónica en la izquierda, es lo que ha
producido que sirva hoy con el mismo desparpajo para alimentar los
guiones de las series americanas con arquetipos de conflicto que para
planear estrategias electorales. Solo que mientras las series solo
necesitan llegar a la verosimilitud, las elecciones, especialmente
las presidenciales, solo tienen un criterio de verdad: ganar.
Y
en esto llegó Trump
La
noche del martes al miércoles pasado comenzó con una afirmación
continua, en prácticamente cada canal de noticias norteamericano, de
los presupuestos de la «identity politics». En CBS la
tertulia de comentaristas era pura demografía, pura especulación de
tendencias por identidades imaginadas: mujeres, latinos, negros,
blancos sin estudios… Parecía una clase de Sociología en una
universidad americana de los ochenta. El primer analista convocado,
sentenció la hipótesis a falsar esa noche: «no se pueden ganar
unas elecciones en la América diversa y multicultural faltando el
respeto a las comunidades con más crecimiento». Michel Moore en su monólogo electoral en el condado de Clinton, un verdadero
concentrado de «identity politics» y condescendencia
universitaria, partía de otro hecho muy comentado a principios de la
noche: «solo queda un 19% de varones blancos en EEUU».
Nada
podía fallar. Pero falló. Esa noche la «identity politics» falló y quedó falsada en la práctica política real. Si Trump tuvo
su 18 Brumario, la izquierda posmoderna tuvo, literalmente, su 9 de
noviembre.
Resulta
que esos varones blancos sin estudios a lo mejor no son esos
«dinosaurios sollozantes» porque «después de un
presidente negro viene una presidenta mujer» y «después
vendrá un gay», «y después un transexual» que
caricaturizaba Moore. A lo mejor ni siquiera, salvo unos cuantos
tarados, se definen y votan como «blancos» o como «varones»
aunque toda la dialéctica de la «identity politics»
pretenda eso de ellos. A lo mejor son de todos los colores y lenguas
maternas. A lo mejor no es la «identidad» sexual y étnica
lo que les abruma. A lo mejor no es que «no comprendan» la
globalización como nos dicen. A lo mejor la comprenden perfectamente
y a lo mejor no aceptan ser divididos como si fueran especies de
ganado en variantes genéticas y culturales. Tal vez, lo que están es hartos del neoliberalismo y de la desigualdad al punto de darse un tiro en el pie con tal de dárselo a una élite tramposa y «listilla»
como apuntaba «The Idler».
Puede,
simplemente que como comentaba Tyler Cowen la diversidad fuera otra
cosa porque a fin de cuentas si un 29% de «latinos» votó
por Trump:
muchos
de esos votantes no ven «latino vs no latino» como la frontera de
diversidad que les interesa con más intensidad.
En
algunos lugares, como «Politico», el think tank de facto más
potente de los demócratas, manifestaciones-antitrump hasta ahora un
difusor acrítico de la política identitaria, empezó ya una cierta autocrítica:
Cuando
empiezas a pensar en términos de gestión por un lado de las élites
globales al nivel supranacional y por otro en entidades
desterritorializadas en nivel subestatal [los sujetos de la «identity
politics»] que buscan pero nunca encuentran acomodo en sus
«identidades», las consecuencias son significativas: tasas bajas de
crecimiento (alimentadas por el endeudamiento) y ciudadanos aislados
que pierden su interés en construir un mundo juntos. En consecuencia
por supuesto aparece un capitalismo de amigotes rampante cuando, en
nombre de la eliminación de los «riesgos globales» y proveyendo
distintas formas de «seguridad», la colusión entre las siempre
crecientes burocracias estatales y los mastodontes corporativos
globales crea una clase cerrada de ganadores y otra de perdedores.
Esta es la alta disparidad de riqueza que vemos en el mundo de hoy.
Conclusiones
Puede
que a pesar de nuestras críticas de hace unos días, Zizek llevara
razón y el triunfo de Trump sirva de disparo de salida para cambiar
la cultura y la ideología de la izquierda en los países centrales.
El primer paso ha de ser una crítica en profundidad, una
«deconstrucción» si se quiere llamar así, de la ideología
identitarista que le alimentó hasta ahora en el mundo anglosajón y
de su matriz, el nacionalismo. Porque la igualdad social no se
construye convirtiendo en sujeto político -con sus consecuentes
burocracias y «representantes»
con cuotas de poder fijadas legalmente- a todas esas «identidades»
o categorías sociológicas sobre las que históricamente se
discriminó o ejerció el poder, sino eliminando la relevancia legal,
cultural, social y sobre todo, económica de esas divisiones
artificiales.
Y
en todo caso, lo que parece indudable es que será imposible
recomponer la izquierda sin pasar la página de la «identity
politics» y tomarse en serio, como núcleo central del orden social que son, a la producción y al trabajo.
NOTA
DEL EDITOR DE ESTE BLOG
Comparto el análisis esencial
del autor sobre la necesidad de desmontar el discurso de las
identidades, fundamentalmente porque el relato de los comeflores
neopijos postmodernos es de un liberalismo reaccionario que tira para
atrás y porque divide la a la clase trabajadora en 100.000
identidades incomunicadas entre sí, salvo por las plataformas del
capitalismo pseudoprogre que las pastorean.
Comparto,
por tanto, la necesidad de recuperar una perspectiva de clase en la
lucha por la emancipación del ser humano.
Sin
embargo, no comparto en absoluto dos cuestiones que se desprenden del
texto, sea directa o indirectamente.
La
primera de ellas es la de la necesidad de recuperar la izquierda o
recomponer la izquierda. Aunque esto se haga en términos de “la
producción y el trabajo”, como propone el autor ¿Qué duda
cabe que si no se pone el énfasis en el antagonismo de clase, que se
encuentra precisamente en el enfrentamiento de intereses
explotador-explotado o capital y trabajo, si se prefiere -y no en esa
tontuna de ricos y pobres o de arriba y abajo, que se usan con la
intención de esconder el origen de la desigualdad real-, seguiremos
uncidos a la dominación de los seres humanos por otros seres
humanos.
La
izquierda es irrecuperable y es bueno que así sea. Y no por las
teorizaciones de la New Left o post68, que la han degenerado
irreversiblemente, sino porque dentro de la fracción mayoritaria de
la misma que se asentaba en una posición de clase estaba ya el mal
en sí mismo.
Me
explicaré porque quiero aclarar que lo que cuestiono no es en absoluto la posición de clase sino la consecuencia de lo que es la "izquierda" antes de los "cumbayá". Los límites políticos en
los que esa izquierda mayoritaria encarceló a dicha posición de
clase: el reformismo.
Desde
Bernstein y Kautsky la izquierda mayoritaria era ya socialdemócrata
en el sentido de evolucionista hacia una mejora de la situación de
la clase trabajadora sin intención alguna de romper el capitalismo.
La fórmula oportunista bersteiniana “el movimiento lo es todo;
la meta final no es nada” señalaba ya lo que podía esperarse
de “la izquierda”. Mucho más tarde pero siguiendo ese mismo
trazado llegarían el eurocomunismo -socialdemocracia vergonzante- y
el social-liberalismo, ambos cara amable de la acumulación
capitalista; títeres domesticados del capital y domesticadores de la
clase capitalista. Así pues, es desde entonces cuando comenzó a
joderse todo. Pijoflauta o reformista con origen de clase, “la
izquierda” está degenerada irreversiblemente. Es incapaz, porque
no lo considera deseable, defender la lucha por una sociedad
socialista. Cuando habla de “anticapitalismo” vende
keynesianismo. Cuando denuncia al capital, le pone sordina al hecho
de que la Unión Europea es uno de sus centros y que no hay que
reformarla sino destruirla. Cuando habla de revolución se refiere a
la “revolución ciudadana” de los Correa o los Lenin Moreno,
gestores humanistas del capitalismo y, cuando se pone
“hiperrevolucionaria” se conforma con apoyar al histrión de “el
pajarito”, gestor inútil y creador de corrupción a su alrededor
que, cuando ha tenido el aparato del Estado capitalista, porque lo
sigue siendo, se ha limitado a redistribuir las rentas del petróleo
en lugar de destruir dicho aparato y sustituirlo por uno de la clase
trabajadora , en el que ella sea la dueña de los medios de
producción, cosa que no ha tocado apenas. Esa izquierda que cuando
se pone levantisca en España se limita a envolverse en la bandera de
una república que fue burguesa hasta su final, a pedir procesos
constituyentes de no se sabe qué -o si se sabe: se limita a cambios
cosméticos en el aparato institucional, nunca en la base social de
la propiedad- y a sumarse a todo lo que dé la puntilla a una
perspectiva de clase, como en el pasado el 15M o en el presente la
Renta
Básica o el empleo garantizado.
A
algunos de ellos ya se les va viendo el plumaje antiobrero con ese
discurso de que la clase trabajadora vota a la ultraderecha o el
fascismo, como si fueran lo mismo, aunque ambos enemigos de una
clase a la que hablan porque los “progres”, la “izmierda” han
dejado de lado la radicalidad necesaria en un mundo en el que la acumulación capitalista pasa por expropiar a
nuestra clase de todo lo que conquistó en su día a costa de
cárcel, represión, torturas y muerte en tantos y tantos casos.
No, no hay que recuperar a “la izquierda”. Quede ésta en su tumba, que ahí es donde debe estar. Lo que hay que recuperar es la lucha por una sociedad socialista y comunista pero sin museos, ni mausoleos, ni nostalgias, ni naftalina, sino desde una vuelta a Marx , a un Marx al que los degenerados han intentado prostituir con sus infectadas babas de elogios, mientras afirman que la dictadura del proletariado es que gobiernen “¡los pobres!” y que eso hoy es la democracia.
No, no hay que recuperar a “la izquierda”. Quede ésta en su tumba, que ahí es donde debe estar. Lo que hay que recuperar es la lucha por una sociedad socialista y comunista pero sin museos, ni mausoleos, ni nostalgias, ni naftalina, sino desde una vuelta a Marx , a un Marx al que los degenerados han intentado prostituir con sus infectadas babas de elogios, mientras afirman que la dictadura del proletariado es que gobiernen “¡los pobres!” y que eso hoy es la democracia.
Que les
den.
7 de abril de 2017
LO QUE NO TE CUENTAN LOS “PROGRES” CUANDO HABLAN DE LA RENTA BÁSICA UNIVERSAL
Por
Marat
1.-De
repente, desde todos los rincones se empezó a hablar de Renta Básica
Universal
Hasta hace bien poco el debate
sobre la Renta Básica Universal (a partir de ahora RBU) se hallaba
limitado a determinados sectores de la “izquierda”, esa que desde
sus evoluciones ideológicas, a la que algunos hemos dado en llamar
los “progres”, sus publicaciones, ciertos ámbitos más o menos
académicos y poco más.
Cierto que en algún momento el
debate se hizo mucho más amplio y alcanzó a gran parte de los
medios de comunicación de masas -ya no tan de masas como hace
algunos años- porque
Podemos, el partido que emergió con fuerza en las elecciones
europeas de 2014, lo presentó como uno de sus temas estrella en su
programa de entonces. Y el impacto alcanzado desde entonces por dicho
partido le dio el impulso necesario para convertirse durante un
breve período en una cuestión de moda mediática, sobre todo porque
los medios masivos y los partidos de la derecha lo desecharon como
utópico y fiscalmente insostenible. Pero como Podemos
pronto lo abandonó, para sustituirla por una Renta Garantizada, ya
no Universal -intentar seguir el número de cambios programáticos
de este partido sí que es, no una utopía sino una quimera- el
interés de los medios y partidos por el concepto decayó de nuevo,
volviendo a quedar reducido a un ámbito poco más amplio del que
tenía primero.
Pero, de pronto, en las últimas
semanas el asunto de la
RBU ha vuelto a ser un tema recurrente y ampliamente tratado por los
medios de masas y no por algún ignoto éxito de comunicación
“progre”, aunque no faltarán intentos por parte de este sector
“ideológico” de reivindicar la paternidad de dicho “éxito”,
sino por algo que tiene mucha más notoriedad. La Cumbre de Davos
(el Foro Económico Mundial) de 2017, esa especie de asamblea anual
que reúne a los principales líderes económicos y políticos
mundiales, junto con sus pléyade de intelectuales y expertos a
sueldo, ha decidido apadrinar esta cuestión, considerándola como
una medida necesaria, aplicable y quizá inevitable. Scott Santens,
fundador del Economic
Security Project expuso la idea en
la web oficial del Foro Económico Mundial. No sé a ustedes,
pero a mí que la crème
de la crème del
capitalismo mundial se vuelva, de repente, tan generoso me escama y
es el motivo por el que he querido compartir con ustedes este
artículo que ahora escribo.
Quizá debamos comenzar por
tratar de ver más allá en cuanto a lo que realmente hay detrás de
la RBU y por explorar la orientación político-ideológica de sus
diferentes promotores.
2.-¿Qué
hay detrás de la RBU?
Los diferentes partidarios de
la RBU destacan de ella la necesidad de dotar a los “ciudadanos”
(la población en general) de un ingreso permanente que haga frente
tanto al desempleo
crónico y estructural como a
la desaparición de millones
de empleos en los próximos años por efecto de la digitalización y
la robotización. Según un estudio conjunto de Citibank
y la Universidad de Oxford, el 57% de los empleos en los países de
la OCDE puede desaparecer en los próximos años
La RBU se presenta así como
una apuesta contra la pobreza, tanto de quienes sufren la
lacra del desempleo como de quienes no la sufren pero tienen unos
empleos con salarios que les sumen en la pobreza.
Sus defensores insisten en la
eficacia de la medida por ser un ingreso que se
recibe “ex ante” y no “ex post”,
como hasta ahora los diversos subsidios contra el desempleo, así
como otras ayudas y prestaciones, a cuya gestión pública se acusa
de ineficaz, burocrática y condicionada a una serie de
requisitos, con el fin de comprobar que los destinatarios de los
mismos son realmente quienes los necesitan. El Estado actuaría
como proveedor de la RBU y sustituiría a dichos subsidios.
Pero, además de presentarse
como un medio para combatir la pobreza, se alude a la RBU
como un medio para
garantizar la libertad de la gran mayoría de la población
porque, en palabras de uno de sus más
conocidos defensores,
Daniel Raventós, “quien
no tiene la existencia material garantizada no es libre”.
De
este modo, el individuo cobra
autonomía porque se hace responsable de su propia vida y del uso que
haga de esa renta.
Es
importante señalar que la RB sería, para sus postulantes,
Universal,
por cuanto la recibirían todas las personas, desde que nacen hasta
que mueren. El objetivo sería extender la RBU para todos los
habitantes del mundo. En
palabras del historiador Rutger Bregman, uno de sus promotores, autor
de “Utopía para
realistas”, donde
da a conocer esta forma de prestación universal, “la
obtendrían todos: ricos y pobres”
Así mismo es individual,
pues la recibe cada persona, independientemente de que sea hombre,
mujer o niño, si bien en diferente cuantía según su edad. No está
ligada, por tanto a un hogar o núcleo familiar. Es igualmente
independiente del estado civil o de las propiedades e ingresos que
tengan otros miembros de la familia del beneficiario.
Según el sector “progresista”
de los promotores de la RBU, está sería incondicional; es
decir, que se recibiría sin depender de condiciones previas, tales
como aceptar o no un empleo remunerado u otras cuestiones. También
será independiente de tener o no empleo, ingresos, ahorros o
propiedades, sean éstas en la cuantía que sean. No obstante, entre
su corriente de derecha, a la que más tarde me referiré, hay
quienes plantean esta prestación como posible complemento a otros
ingresos de la ligados al salario o al
autoemprendimiento de la personas. Ello afecta, en la práctica,
la incondicionalidad de la RBU.
Derivado de lo anterior, cabe
extraerse que no existe un acuerdo entre la comunidad de
partidarios y promotores de la RBU en cuanto a que el carácter de
ésta sea suficiente para permitir mantener por sí mismo un
nivel de vida digno. Para los “progresistas” debe serlo pero
no parece que sea así para los sectores más declaradamente
liberales y conservadores.
No voy a entrar en el debate
sobre la viabilidad financiera o no de la RBU porque eso me llevaría
a jugar en campo ajeno, debatiendo no de los presupuestos políticos
subyacentes en la misma sino de otra cuestión muy distinta -lo que
hay detrás de la propuesta de la RBU-, que quienes son partidarios
de aquella no parecen estar tan interesados en discutir de un modo
abierto y claro.
Pero, aunque no voy a debatir
sobre si es posible o no mantener la sostenibilidad financiera de la
renta básica, sí quiero entrar en la idea de ahorro de los
subsidios tildados de ineficaces para combatir la pobreza y de
burocratizados en su gestión.
Los señores Raventós,
Arcarons y Torrents, en un artículo titulado “La
renta básica incondicional y cómo se puede financiar. Comentarios a
los amigos y enemigos de la propuesta”, publicado
en Sin Permiso, de la que el señor Raventós es uno de sus más
destacados responsables, y en el blog de la Red de Renta Básica,
apuntan algunas vías sobre cómo financiarla. Me detendré en la
primera de ellas.
En el cuadro 1 de dicho
artículo presentan un conjunto de prestaciones o subsidios, bajo el
epígrafe de Ahorros. Luego entenderemos porque lo denominan así.
Incluyen, entre otros, los siguientes subsidios:
-
Pensiones
-
Prestaciones de desempleo
-
Subsidios de exclusión social
-
Becas
-
Subsidios y ayudas a la familia
-
Subsidios y ayudas a la vivienda
-
Clases pasivas del Estado
Junto
con otros conceptos que no se exponen por
ser de cuantía menor, el montante total en este cuadro es de 92.222,
26 millones de euros. Hay que reseñar que las cifras
correspondientes a dichas prestaciones se corresponden con los
perceptores de los mismos que disponen
de rentas superiores a los 10.000 euros anuales que no tenían
obligación de hacer declaración del IRPF por la baja cuantía de
sus ingresos. Aclaran los autores del artículo que la RBU “sustituye
toda prestación pública monetaria de cantidad inferior”
(a la cuantía mensual de la RBU) y “deberá
ser complementada cuando sea inferior a la prestación pública
monetaria”. Pues
bien, la cifra de 92.222, 26 millones de euros es “ahorro” para
la RBU porque ésta sustituiría a las percepciones monetarias de
quienes están incluidos en dichos conceptos.
En
plata, para entendernos tras el enrevesado argumentario
financiero que el artículo emplea, lo que esto significa es, entre
otras cosas, que estaríamos
sacando a una parte de la población del sistema de pensiones y de
prestaciones por desempleo.
Eso sin contar con que lo mismo pasaría con el derecho a percibir
becas de estudios
y subsidios y ayudas bien a las familias, bien a la vivienda.
Para
entendernos más claramente, de un modo sibilino, se está dando un
espaldarazo al ataque a las pensiones que
hoy se está realizando desde los sectores favorables a su
privatización. Sacar de las prestaciones a sectores de población,
se
trate de quienes pertenecen al régimen contributivo o al no
contributivo de la Seguridad Social es ir restringiendo aquellas.
Las pensiones, junto con las
prestaciones por desempleo u otros subsidios como la Renta Mínima de
Inserción y las becas de estudios forman parte de las conquistas
históricas de la clase trabajadora, se han convertido en derechos de
tipo objetivo que, aunque hoy estén siendo atacados por el sistema
capitalista, la clase trabajadora debe defender y no aceptar que nos
los quieran ir desmontando incluso por la vía “progre”.
Aunque
Phlippe Van Parijs, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso,
fundador
de la Red Europea de Renta Básica, de la que preside su comité
internacional, uno
de los líderes del sector “progre” a nivel europeo y mundial de
la RBU, tiende a negar
que se vayan a eliminar prestaciones del Estado del Bienestar, lo
cierto es que en un artículo
publicado en 2013 en dicha revista señala lo siguiente:
“Un
escenario posible es que, a medida que vayamos tomando conciencia de
los fenómenos de la trampa de la dependencia creados por los
dispositivos condicionales y del coste administrativo de estos
complejos sistemas, iremos optando por una racionalización que
incluya una renta básica. (…)
Una vez adoptado un dispositivo de este tipo, tendríamos en marcha
todos los mecanismos para el pago de la renta básica y podríamos
empezar a suprimir progresivamente tal o cual prestación,
aumentando así la cuantía de la renta básica.”
No aclara cuáles son esas
prestaciones o “dispositivos condicionales” pero condicionales
son las coberturas de desempleo y las pensiones de jubilación.
Rutger Bregman, perteneciente a
ese sector “progre”, afirma:
[La
RBU] “sí,
sustituiría
cierta parte del sistema de bienestar (…)
habría una parte que conservar, como el sistema sanitario o la
educación. Hay una parte de la derecha que quiere que la renta
básica sustituya a todo el sistema del bienestar, pero no es esa
renta básica por la que yo apuesto. Yo la veo como el gran logro del
sistema de bienestar, como un complemento a la educación o sanidad,
cosas que ya tenemos. Pero sí podría sustituir programas de
subsidios o de distribución de ingresos que están muy condicionados
y muy burocratizados”.
Un liberal partidario de la
RBU, Santiago Niño Becerra, tiene la virtud de ser mas sincero en
las pretensiones de utilizar este tipo de prestación universal para
terminar de volar el Estado el Bienestar. Dice lo siguiente:
“El
sistema de pensiones que hemos conocido es insostenible, por ello, y
entre otras razones, se impondrá la renta básica: una
especie de ingreso medio que absorberá subsidios y pensiones y a
partir de aquí que cada cual se las componga como pueda".
Tal sinceridad es de agradecer porque permite desmontar algunas
de as
falacias y los intereses ocultos que hay detrás de la RBU.
En
roman paladino, ¿qué quedaría
del
maltrecho Estado del Bienestar por el que han peleado varias
generaciones de trabajadores a
medio plazo cuando se implantase la RBU?
Pues parece que la sanidad y la educación y
muy poco mas porque da la impresión de que las coberturas del
desempleo y otros subsidios al parado y las pensiones serían
sacrificadas o se irían extinguiendo para no redundar o inflar
excesivamente el gasto en la sostenibilidad de la nueva renta. Pero
si el argumento de ir eliminando determinadas prestaciones de
servicio a cambio de incrementar las cuantías de la RBU se plantea
de este modo, ¿qué impide que en el futuro desaparezca el carácter
público de la sanidad y la educación?
El
propio carácter universal, incluyendo que la recibirían perceptores
de todas las edades, refuerza la idea de un flujo monetario que
sustituiría a las prestaciones de tipo social.
En
este contexto se estaría pasando de la idea de prestación de
servicio entendida como derecho objetivo con una plasmación legal,
constitucional
y
colectiva a un derecho potestativo, que ya no contempla la gratuidad
de los servicios sino las prestaciones de tipo individual y la
responsabilización del individuo respecto a la satisfacción de
determinadas necesidades. Desaparece de este modo una forma de
salario indirecto para la clase trabajadora que ha sido durante
tiempo consecuencia de una conquista histórica para entrar en el ahí
te las compongas con el dinero que te damos. El pago de la RBU no
dejaría de ser una especie de caridad pública, eso sí laica, que
algunos presentan como complemento salarial,
lo que recuerda a fórmulas distintas pero no tan lejanas, como la
famosa mochila austriaca de Ciudadanos.
Cuando
se une la idea individualista en la gestión de la propia vida del
perceptor a partir del uso libre que él decida hacer con la RBU a la
insistencia en la ineficacia de los servicios de cobertura actuales y
a la burocratización que conlleva, uno no puede dejar de notar el
tufillo liberal, incluso minarquista o libertariano del Estado
limitado o Estado mínimo y lo menos intervencionista posible.
Afirma el sector “progresista”
de los partidarios de la RBU que ésta permitiría que los
trabajadores no tuvieran porqué aceptar trabajos de mala calidad o
mal retribuidos, por lo que su capacidad de presión en la
negociación de los salarios se vería incrementada. Pero esto es
discutible en los casos en los que la RBU tiene un carácter de
percepción complementaria. Cuando la RBU es demasiado baja -y 625 €
no son precisamente una cuantía elevada- puede suceder todo lo
contrario, que el trabajador, para complementarla se vea obligado a
aceptar empleos muy mal remunerados, careciendo de poder presión
real, lo que, en la práctica, se convertiría en una especie de
subsidio indirecto a las empresas, al permitirles incrementar la
presión a los trabajadores en paro para aceptar sueldos realmente
miserables con los que complementar la RBU. Puede muy bien suceder
que, en la práctica, la RBU se convirtiese en un medio de
institucionalizar la precariedad.
La
RBU se nos presenta como un sistema cerrado en el que su financiación
se sustenta en base a una profunda reforma del IRPF, en la versión
“progre” de Raventós, Domènech y Arcarons en la que todo lo que
entra sale en
una circularidad permanente.
Y, a la vez, es para ellos, el gran medio redistribuidor por el que
el
20% de la población más rica, los que
mucho dan poco necesitan (percepción más limitada de la cuantía de
la RBU) y los que poco dan, porque poco pueden (el
80% según Raventós),
mucho reciben (renta más cuantiosa).
Para
que los ricos y grandes capitalistas
aceptasen
grandes cotizaciones de IRPF habrían de obtener algún beneficio de
ello. Ya que la RBU que percibirían estaría muy por debajo de sus
cotizaciones, el interés de los señores de la Cumbre de Davos, de
muchos magnates de Silicon Valley y destacados CEO
de
grandes corporaciones multinacionales de la Nueva Economía ha de
estar en otro lado ¿Qué otro lado podría ser ese que el
de los nichos de nuevos mercados que se les abriría al privatizarse
los servicios públicos y ser sustituidos estos por la RBU para
evitar “redundancias de gasto”?
No
olvidemos que, para el capital, el beneficio es la base de su
existencia y que si éste no existe estamos ante la idea de gasto y
no
de capital productivo.
Conviene
desmontar las falacias que
se nos están contando por ahí acerca
de
la
RBU por lo que respecta a los exitosos experimentos de aplicación de
la misma.
En
el caso de Finlandia un
gobierno de coalición de derechas, el que está presente la extrema
derecha (Verdaderos Finlandeses), lo que se ha aplicado no es una RBU
sino
que se ha realizado una prestación a 2.000 parados (no a toda la
población en cualquier circunstancia laboral) una renta de 560 €
al mes (no es económicamente suficiente) durante un período de 2
años (no por tiempo ilimitado). Si
es cierto que es incondicional: recibirán, encuentren o no trabajo,
esa cantidad durante ese período limitado de tiempo pero no es
precisamente un sueldo Nescafé para toda la vida. De hecho, por su
escasa cuantía, su percepción limitada en el tiempo y su destino a
un colectivo de parados se parece más a una Renta Mínima de
Inserción, salvo en que durante ese período se seguiría cobrando,
aunque se encuentre trabajo, que a una RBU.
Llamativamente el experimento
finés se está haciendo en un contexto de recortes sociales en el
país y de debate social y político sobre la sostenibilidad de su
modelo de Estado del Bienestar.
El
caso de Alaska tiene de Universal el hecho de que lo recibe cada
habitante, trabaje o no e independientemente de su nivel de renta
(también es incondicional) pero se aplica en el Estado
norteamericano en el que menos desigualdad existe (por
lo que no parece destinado a paliar la pobreza),
incluso antes de la aplicación de su Renta Básica, es fluctuante en
cuanto a la percepción que se recibe porque, al estar ligado a un
fondo de inversión derivado de la industria petrolera (Fondo
Permanente de Inversión),
depende de los rendimientos que dicho fondo dé cada año y
se aplica en un territorio con muy poca población.
Veremos
cuál es la viabilidad de su Renta Básica cuando el petróleo de
Alaska se agote.
En
Kenia y en Namibia la están recibiendo colectividades pequeñas y
personas
especialmente pobres,
por lo que no es universal, durante un período de tiempo (en Kenia
por 10 años). En realidad están más cerca de subsidios a la
pobreza que de una RBU.
3.-
¿De dónde nace la RBU y
cuál es su ideología de
fondo?
Puestos
a buscarle paternidades, a la RBU le salen padres y antecedentes
hasta de debajo de las piedras. De
Tomás Moro a Thomas
Paine,
una especie de “liberal progresista” que
buscaba nivelar la desigualdad sin cuestionar la propiedad; de Josep
Charlier, un humanista que creía en la necesidad de legitimar la
propiedad privada de los
medios de producción, facilitando
el sostenimiento económico
de los trabajadores, a Milton Friedman, padre de la gran embestida
neoliberal de Tatcher y Reagan y mentor de las barbaridades
económicas de los Chicago Boys chilenos durante la dictadura de
Pinochet; de Antoine
Augustin Cournot,
un economista de la escuela marginalista, experto
en el análisis matemático y estadístico de la oferta y la demanda,
a James Tobin, un economista keynesiano -para entendernos,
un liberal intervencionista- asesor de la Fundación Ford, de varios
presidentes norteamericanos y de la Reserva Federal de dicho país;
del
“socialismo ético” de Fichte a
la política conservadora británica Juliet Rhys-Williams, y
tantos y tantos otros, ninguno cuestiona la propiedad. Tienen
en común el hecho de que ligan la libertad a la propiedad. Si acaso
su fundamento ético consiste en que la propiedad tenga una cierta
distribución o redistribución que impida la existencia de pobres,
lo que limitaría la base de sus fundamentos liberales, en la medida
en la que esa libertad no sería universal y para todos los seres
humanos.
Se me dirá, quizá, que se
trata de una propiedad que permita los medios de subsistencia. Pero
en el fondo, la discusión real no está ahí -en la idea de asegurar
los medios de existencia- sino en que el pensamiento subyacente
detrás de esa ligazón de libertad y propiedad para todos está en
la idea de colar de rondón la legitimación de la propiedad privada
de los medios de producción y su consecuencia, el sistema
capitalista. Y eso por mucho que algunos liguen la idea de la RBU al
concepto de “post-capitalismo”, cuando en realidad lo que no
quieren hablar es de sociedad socialista sino post-industrial, en la
que muchos países centrales del capitalismo llevan ya algunos
decenios instalados.
Para
entendernos, la RBU no es la negación de la propiedad privada
de los medios de producción, ni del capitalismo, sino
el bálsamo que impida los
estallidos sociales, consecuencia del incremento del paro estructural
durante el viaje del sistema productivo capitalista hacia la
digitalización y la robotización que ya se está produciendo desde
hace años. Y de paso, acelerar el desmonte del Estado del Bienestar
hacia un Estado que recuerda a las Leyes de Pobres de Inglaterra y
Gales pero en su aplicación más moderna y centralizada, para
convertir sus servicios de gasto en beneficio para el capital
productivo, como la que se
produjo en el Reino Unido a partir del siglo XIX. Pero
eso sí, en versión laica, estatal y revestida de argumentos pobres
y dignificadores de la persona. Todo muy moderno.
Y
en esto el llamado republicanismo moderno o democrático de tinte
progresista no se diferencia sustancialmente del oligárquico y del
liberalismo más de derechas. La ligazón libertad-propiedad en al
que se asienta la RBU no cuestiona el orden capitalista, ni la
propiedad privada de los medios de producción, por mucho que algunos
de ellos quieran presentarse
dentro de la corriente de un
“marxismo analítico”,
que es el menos marxista de todos los marxismos, porque niega la
dialéctica, que es la esencia de la razón revolucionaria marxista.
Se travisten a
la
medida de sus objetivos. Pero
lo cierto es que alguno de
ellos como Phlippe Van Parijs, al que se presenta como libertario de
izquierda, es en realidad, por la distorsión anglosajona
del término “libertario”, un libertariano (anarcocapitalista) en
su versión “izquierda”. Ésta
fue inaugurada en su día por
Murray Rothbard, uno de los fundadores del Partido Libertario en
Estados Unidos y partidario del acercamiento a la Nueva Izquierda
-comeflores, para
entendernos- de ese país en
cuestiones como el activismo y lo sociocultural.
Situar
al ser humano fuera de los
antagonismos de clase,
desproveerle de su sentido colectivo y embridarle en su necesidad de
lucha transformadora, mediante una ligazón individual a un Estado
que se libera de todos los compromisos que en su día reflejaron las
conquistas arrancadas por las lucha de la clase trabajadora, es
el objetivo inconfesado de la RBU. Sea en su versión de liberales de
derecha o de liberales de izquierda, la jugada es clara: acabar de
desarmar a la clase trabajadora, en un momento de gran confusión
ideológica y de penetración en el campo de esa cosa que ya no es ni
izquierda política y que ha devenido simplemente “progre”. Pero
eso sí, atendiendo al aparentemente diverso mercado político con un
argumentario que, en cualquier caso, pretende devolvernos al siglo
XVIII en cuanto a carencia de derechos sociales pero revestido de
libertad, emancipación y mucha robótica. Por
ese motivo, lo suyo no es la igualdad real, imposible mientras los
capitalistas sean los dueños de los medios de producción y el
Estado su representante de clase, porque impondrán su ley, sino la
mera igualdad de oportunidades liberal, la cuál jamás se ha
cumplido tampoco en la práctica dentro del capitalismo porque la
desigualdad es la base, por mucha RBU que nos vendan.
4.-
¿Qué líneas
deben
defenderse desde una posición
de clase?
Cuando hablo de defender una
posición de clase me refiero a la trabajadora porque la otra clase,
la capitalista, tiene muy claros sus interés, su programa político
y social y sus objetivos.
En primer lugar la defensa del
empleo que pasa, ineludiblemente, por el reparto del empleo, lo que
significa trabajar muchas menos horas para trabajar más personas. Y
no se trata de justificar nuestra exigencia de trabajo desde ninguna
demostración de viabilidad de la reducción de la jornada laboral.
Ese es el problema de los patrones. En cualquier caso, ellos saben
que es técnicamente posible porque la incorporación de
equipamientos tecnológicos permite elevar la productividad.
Junto a lo anterior, es
necesario defender salarios dignos, por el mismo argumento que acabo
de dar, incluso trabajando menos horas.
A
su vez, es necesario defender todas nuestras conquistas históricas
que aún continúan vigentes dentro del mal llamado Estado del
Bienestar porque son nuestras, las arrancamos con nuestras luchas y
las de quienes nos precedieron y no son, en absoluto, una concesión.
No habrá mejor defensa que
pelear por ampliarlas, bajo la amenaza de que su sistema se
desestabilice en caso contrario.
Y,
por supuesto, exigir que ya que el Estado capitalista y la clase a la
que representa no nos reconocen nuestro derecho al empleo con el que
ganarnos el pan, proteja a los parados
con prestaciones dignas, suficientes y por el tiempo que sea
necesario, mientras no nos saquen del desempleo.
No debemos olvidar que para
responder a todo ese desafío es necesario organizarnos como clase,
al margen de los intereses de quienes defienden el sistema
capitalista actuando como flautistas de Hamelín. Y por supuesto,
combatir ideológicamente a este tipo de vendedores de peines para
calvos.
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