SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
20 de febrero de 2017
LA GLOBALIZACIÓN: MÁS ALLÁ Y MÁS ACÁ DE DONALD TRUMP
Paula
Bach.La Izquierda Diario
La
defunción del nonato Tratado Transatlántico, el retiro de Estados
Unidos del TPP, la –por ahora- comedia de Trump con Peña Nieto por
el muro y el NAFTA, las medidas xenófobas promulgadas –luego
frenadas por la Justicia- y las acaloradas discusiones sobre el
“impuesto
fronterizo”, hablan por sí solos tanto de los límites de
la “globalización” como de los obstáculos para
cercenarla. Señalamos desde
esta columna que el choque entre “éxitos” y
desventuras de la globalización dibujaba el terreno más escabroso
que tendría que transitar el novel presidente norteamericano. Y,
efectivamente, si Wall Street recibió su asunción con una cálida
bienvenida superando la barrera de los 20.000 puntos, la firma
del decreto que suspendía temporalmente el programa para aceptar
refugiados y limitaba el ingreso de ciudadanos de siete países de
mayoría musulmana, no tuvo igual acogida. Wall Street mostró su
peor
caída en un año. Es que Wall Street habla y en un sentido
parece estarle diciendo a Trump que se cuide con el nivel arancelario
para importaciones mexicanas y chinas… Discúlpesenos la digresión
pero Trump también respondió decretando el inicio del proceso de
revisión de la ley Dodd Frank –una regulación financiera débil
implementada en 2010 por la administración Obama- y adelantó luego
que anunciaría
rebajas impositivas. Las bolsas volvieron a subir…Hay ahí un
diálogo sintomático e imperdible.
En
cuanto al decreto xenófobo, las estrellas chispeantes de Silicon
Valey pero también Goldman Sachs –origen del flamante Secretario
del Tesoro-, la Ford Motors, la General Electric, la Boeing, Nike y
otras “no tecnológicas”, salieron inmediatamente a
repudiarlo. Incluso las que como Ford están negociando a cuenta
gotas sus planes de deslocalización empresaria, le están avisando a
Trump que no se meta demasiado con la globalización –o por lo
menos que no se pase de la raya. A causa del decreto, el CEO
de Uber tuvo que renunciar a su cargo de asesor económico del
gobierno mientras el mayor impulsor de los autos eléctricos prefirió
permanecer dentro del consejo –del que entre otros también forman
parte los directivos de las súper “globals” innovadoras
Tesla, Space X, IBM y la cadena de ventas internacionales Wal-Mart
Stores- para así poder influir en la opinión de Trump, según sus
palabras…Los organismos y élites “globales” políticas y
económicas internacionales incluyendo desde la ONU hasta Mutter
Ángela –como retrató a Merkel hace no mucho tiempo el
influyente semanario alemán Der Spiegel- jugaron su carta
filantrópica defendiendo a refugiados y migrantes a quienes –de
más no está recordar- dejan morir por miles a diario en las aguas
del Mediterráneo, segregan en campos de concentración o –en el
“mejor” de los casos- usan como mano de obra barata.
El
asunto es que “globalización” y baratura de la mano de
obra extranjera –cuestión para la cual la inmigración representa
un potente símbolo- son aspectos inescindibles y resultan “la”
sustancia mediante la cual el capital restableció su dominio tras el
fin de las condiciones excepcionales de los años de posguerra. Y
esta sustancia es –nada más ni nada menos- que lo que hoy está en
cuestión. Donald Trump es el símbolo más cabal de un proceso que
durante los últimos 8 o 9 años fue perdiendo
–moderadamente, hay que remarcarlo- su dinámica económica y
que en ese curso fue horadando
con mayor virulencia el pilar de los mecanismos políticos que le
daban sustento. Este movimiento complejo reúne en la figura de Trump
gran parte de los difíciles interrogantes sobre el derrotero próximo
de la economía capitalista.
Sobre
glorias y paradojas
Señalamos
reiteradamente
desde esta
columna la dualidad entre éxito y fracaso del neoliberalismo
que, en lo fundamental, puede distinguirse temporalmente. Para
decirlo sintéticamente: la más amplia libertad al movimiento de
capitales –incluida la conquista
de nuevos espacios para la acumulación- y una “libertad”
restringida y opresiva al movimiento de personas, acompañada del
creciente retroceso de las condiciones de existencia de las clases
trabajadoras de los países centrales, constituyó
la esencia de las décadas de moderado crecimiento neoliberal que
siguieron a la crisis de los años ’70. Este trípode que alentó
la instauración de una nueva división mundial del trabajo y se
erigió en garantía de continuidad del liderazgo norteamericano tras
la ruptura del “pacto social” de posguerra, no estuvo
exento de la creación de elementos de nuevos “consensos”.
El lugar del crédito como estímulo al consumo, máscara del
estancamiento salarial y pérdida de beneficios de amplias franjas de
trabajadores en los países centrales –Estados Unidos es un
paradigma- fue escalando posiciones.
La
ilusión de la “democratización
de las finanzas” alcanzó su máximo impulso con las
hipotecas subprime en los años 2000. En paralelo, la inversión de
capital se fue localizando en regiones y países que adquirían la
fisonomía de “talleres industriales” como el Sudeste
Asiático, México,
la India y luego China y Europa del Este. En el mismo proceso en el
que el capital foráneo usufructuaba altos estándares de explotación
de la mano de obra, incorporaba a millones –muchos de los cuales
pasaban de la miseria absoluta a un ingreso miserable- al mercado de
trabajo y de consumo capitalista. Al calor de la industrialización
de algunas regiones periféricas particulares surgieron tanto
sectores de trabajadores especializados y mejor pagos, como nuevas
clases medias numerosas que -como en los casos de China o México-
tuvieron roles protagónicos en el desarrollo del proceso
“consumista”. En síntesis crédito y consumo –como
formas derivadas de un capital ficticio creciente- resultaron las
estrellas más brillantes de las últimas décadas neoliberales, a la
vez que la desigualdad crecía a ritmos desconocidos desde fines del
siglo XIX.
Pero
no sólo de raigambre económica fueron los elementos de lo que
podría llamarse un “consenso” frágil. En un interesante
artículo, la intelectual feminista estadounidense, Nancy
Fraser, habla de un neoliberalismo “progresista” al que
define como “alianza de las corrientes principales de los nuevos
movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y
derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de
negocios de gama alta ‘simbólica’ y sectores de servicios (Wall
Street, Sylicon Valey y Hollywood)”, Agrega Fraser que “En
esta alianza las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con
las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la
financiarización. Aunque maldita sea la gracia lo cierto es que las
primeras prestan su carisma a este último”.
Quizás
lo más significativo –al menos para el asunto que estamos
tratando- resulte que el antirracismo –o la antidiscriminación, da
igual- le haya “prestado su carisma" a aquellos cuyas
ganancias se encuentran “ontológicamente” asociadas a la
superexplotación –sujeta en múltiples oportunidades a prácticas
aberrantes e incluso “ilegales”- de mano de obra
extranjera tanto migrante como en su lugar de origen. Hoy las
multinacionales cognitivas –y las que no lo son no tanto- están
embanderando ese “carisma” para defender las bases de una
producción “globalizada”, el secreto de su ascenso.
El
desencanto
El
asunto es que el armado de aquellos múltiples consensos neoliberales
sufrió un shock tras la caída de Lehman y comenzó a hacer agua al
calor de las débiles condiciones de recuperación que le siguieron.
Como explicamos en diversas oportunidades no
existió “tierra arrasada” durante el pos 2008
–cuestión que en parte se debió la puesta en escena de una
relativa coordinación interestatal. La recuperación económica
resultó lo suficientemente “sólida” como para aventar el
fantasma de los años ’30 pero lo suficientemente débil –y este
es el núcleo del “estancamiento
secular”- como para demoler los frágiles consensos
internos conquistados hasta entonces. En el curso de esos años la
carroza se fue transformando en calabaza… el
hechizo del crédito estaba roto y amplios sectores de las clases
trabajadoras –fundamentalmente de los países centrales-
empezaron a sentir el peso de las conquistas perdidas en décadas
previas –incluyendo entre ellas, empleos de buena calidad.
Y
¿qué hay del “neoliberalismo progresista”? Dice bien
Fraser que “la victoria de Trump no es solamente una revuelta
contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue
el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista”.
Y se explica: “Clinton fue el principal ingeniero y
portaestandarte de los ‘Nuevos Demócratas’ (…)
en vez de la coalición del New Deal entre nuevos obreros
industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas,
Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos
movimientos sociales y juventud”. Y agrega que “Durante
todos los años en los que se abría un cráter tras otro en su
industria manufacturera el país estaba animado y entretenido por una
faramalla de ‘diversidad’, ‘empoderamiento’ y ‘no
discriminación”. Y resulta que fue “Fue esa amalgama la
que desecharon in toto los votantes de Trump (…)
Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió
el insulto del moralismo progresista que se acostumbró a
considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización,
los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita
identificado con ella”
Cabe
agregar –otra vez- que aquella amalgama “liberal progresista
antidiscriminatoria” constituyó la base de una potente
operación ideológica destinada a ocultar la discriminación de los
trabajadores chinos o mexicanos cuyos salarios resultan, para el
último caso, entre
6 y 10 veces menores que aquellos de sus pares norteamericanos.
Trabajadores estos últimos que por supuesto y a la vez, también
fueron “discriminados” con la pérdida de sus empleos,
viéndose sometidos luego a múltiples formas de precarización. Pero
al producirse esa especie de movimiento en reversa en el que tienden
a desarmarse múltiples consensos, las cosas aparecen invertidas de
resultas que un lado de las víctimas –la mano de obra barata-
emerge como victimaria, como quienes “robaron” el trabajo
a los “locales” que integran, por supuesto, la otra parte
de las víctimas. Y en ese perverso juego de cambio de roles –que
tuvo una contraparte poderosa en el voto a Bernie Sanders y en
sectores de los electores de Trump que al parecer se oponen a las
políticas antiinmigrantes- las empresas “globales”
especializadas en explotación de mano de obra extranjera, asoman
como los “progres”, defensores/salvadores de quienes son
en realidad sus víctimas directas.
China
y Vietnam: consensos en “deconstrucción”
Si
bien el fenómeno de desencanto y repudio a las élites políticas y
económicas está localizado primordialmente en los países
centrales, hay quienes están hablando de elementos de un proceso
similar en China, una suerte de “The end of the chinese
dream” –con todas las limitaciones que se le deben reconocer
al “chinese dream”. Contrariamente a lo sucedido en Estados
Unidos y en el “centro”, durante los últimos años y por
esas cuestiones de la “demanda”, los miserables salarios
chinos devinieron bastante menos miserables. El asunto bastó para
que comenzaran las deslocalizaciones…hacia Vietnam –donde el
salario básico oscila entre los 150 y 200 dólares mensuales contra
un promedio de 650 en China (ver Le Monde diplomatique,
febrero 2017)-, Bangladesh, Birmania e incluso…México. Nike,
Adidas, Puma, Lacoste, Foster, Samsung, Foxconn, Apple, Cannon, son
algunas de las empresas filantrópicas que se están retirando de
China hacia localizaciones más “económicas” (Idem).
Mientras
el desarrollo tecnológico avanza en China, parece estar adquiriendo
cierto peso un sector de trabajadores cuya fuerza de trabajo no
resulta lo suficientemente barata ni posee los perfiles tecnológicos
requeridos. Cuestión que a su vez se encuentra íntimamente
relacionada al hecho de que China no puede continuar sosteniendo
–también debido a la debilidad de la recuperación mundial- el
modelo exportador que construyó el consenso chino-americano de las
últimas décadas. Un consenso que –vale aclarar- se sostuvo sobre
sus pies en los años pos Lehman y empezó a exteriorizar debilidades
a partir del año 2014. Para seguir pensando derivaciones de la
“deconstrucción” de los consensos, los límites al modelo
exportador chino y su tortuosa –y necesaria- lucha por convertirse
en algo más que la segunda economía mundial, están transformando
al gigante asiático de un soporte para el modelo anglosajón en una
amenaza potencial.
Hay
ahí una suerte de diálogo profundo entre la economía y la
política, al que venimos
haciendo referencia hace ya tiempo. Si Donald Trump –por solo
hablar del más shockeante de los fenómenos recientes- es el
resultado de las características económicas particulares de la
recuperación posterior a la crisis de 2008, la defunción del
Tratado Transpacífico es una consecuencia -previsiblemente- derivada
del ascenso de Trump.
Y
el fin del Tratado Transpacífico, entre otras cuestiones de alto
calibre como las aún inciertas consecuencias geopolíticas y
económicas sobre la relación chino-norteamericana, le está
cortando el aliento a países que, como Vietnam, se imaginaban como
el “segundo taller del mundo” (ver Le Monde…) tras el
encarecimiento de la mano de obra china y el cerco económico que se
le dibujaba al gigante asiático si se concretaba el tratado. Es
decir que la pretensión de eventuales “nuevos consensos”
internos y externos, parecería estar quedando relegada al mundo de
la ilusión.
Comienzan
a ponerse en juego variados factores que como mínimo delinean una
tendencia hacia la ruptura de los múltiples consensos construidos
durante las últimas décadas, algunos de ellos prorrogados con
bastante habilidad –como el chino-norteamericano- o forjados –como
los elementos de coordinación interestatal- en el escenario pos
Lehman.
Ser
o no ser global…
Si
Trump tiene el objeto de mostrarse a sí mismo como el representante
del más radical de todos los cambios, lo cierto es que enfrenta la
ímproba tarea de intentar conformar a sus electores –a quienes
prometió el oro y el moro…- sin atacar demasiado las bases de la
internacionalización del capital. Justamente una de las
contradicciones actuales más flagrantes –venimos insistiendo
sobre este asunto- es aquella que muestra que no es la catástrofe
económica sino las derivaciones políticas de una crisis
potencialmente catastrófica, el fenómeno que está colocando en el
centro al “nacionalismo” y al –por ahora- discurso
proteccionista.
Pero
el tipo de “protección” al que pueden aspirar en las
condiciones actuales las grandes empresas de origen norteamericano es
naturalmente muy distinto al que pueden ansiar los hombres y mujeres
-trabajadores comunes- para los cuales el “sueño americano”
se está transformando en pesadilla. Aunque dicho un poco
esquemáticamente, si la “protección” que persiguen los
primeros tiene básicamente la forma de los mal llamados “Tratados
de libre comercio” –una práctica habitual de las últimas
décadas asentada en pactos sobre los derechos internacionales de
los inversores-, la que buscan los segundos está asociada a una
–difícilmente imaginable- reindustrialización de Estados Unidos.
Un tercer sector -parte fundamental de los electores de Trump- lo
integra la pequeña y mediana empresa naturalmente interesada en
exenciones impositivas y un crecimiento del consumo interno, aunque a
la vez estrechamente dependiente –en múltiples oportunidades, al
menos- del trabajo súper barato de los inmigrantes ilegales.
Pero
cuando Trump envía señales del carácter pretendidamente “real”
de su discurso, sugiriendo que frenará la inmigración e impondrá
fuertemente las importaciones, “amigos” y enemigos le
saltan a la yugular. Por solo dar dos ejemplos, el iPod
de Apple viene con un sello que dice “Hecho en China,
diseñado en California” y la propia Boeing –la mayor empresa
exportadora de bienes manufacturados de Estados Unidos- produce una
porción significativa de las piezas
de avión en México desde donde además importa –entre otros
productos- cocinas para los aviones, sistemas de cableado, aires
acondicionados, timbres y mantas de aislamiento. Pero no sólo las
“top” estarían en problemas, sino también los
empresarios tamberos…Las deportaciones podrían provocar la
desaparición de más de 7000
tambos que no tendrían quién les trabaje (*)… Más allá de
negociaciones parciales -como en el caso de Carrier, Ford o Boeing,
entre otros- Trump no puede modificar cualitativamente una estructura
de cadenas de valor diseñada para aprovechar múltiples ventajas en
diversos rincones del planeta y construida con tanto “esmero”
durante los últimos cuarenta años. Estructura que –de más no
está repetir- constituyó la esencia de la salvación del capital
posterior a la crisis del ’70. Es difícil imaginar cuál podría
ser la nueva “gran empresa” capitalista que sustituya el
armado neoliberal.
En
el terreno que podríamos llamar “financiero” vale dejar
planteado como interrogante –aunque no vamos a desarrollar el
asunto aquí- si la previsible liquidación de la ley Dodd Frank
y la resurrección de los proyectos de construcción de los polémicos
oleoductos de Keystone XL y Dokota Access, implican una
apuesta de Trump al armado de alguna nueva burbuja petrolera.
Cuestión que empero nacería rodeada de múltiples contradicciones
como la muy probable revaluación
del dólar que –sin ser el único factor que lo determina-
repercutirá negativamente sobre el precio de las materias primas
incluido, por supuesto, el petróleo.
Con
toda la incertidumbre que sigue sobrevolando la escena, lo cierto es
que las políticas de Trump apuntarán como mínimo a una “reforma”
de la globalización, asunto que –amén de las formas políticas,
es claro- tiene elementos de contacto con las sugerencias de
distintos liberales “aterrados” o neokeynesianos pro
global, como Paul
Krugman. El problema es que la idea de “reformar la
globalización” con medidas proteccionistas –aunque sean
débiles- tiene aroma a contrasentido y es muy probable que en su
intento derrame crisis de todo tipo. En el plano interno,
profundizando grietas
en las alturas que tenderán a combinarse con la crisis de
consenso latente. En el plano internacional, incrementando las
fricciones –cuestión que ya es evidente- y tal como observamos
desde esta
misma columna, estableciendo un límite estricto a la
“coordinación interestatal” que cumplió un rol tan
destacado en la contención de la crisis durante los últimos años.
(*)
establos
17 de febrero de 2017
NEOLIBERALISMO Y CRÍTICA MARXISTA
Rolando
Astarita. rolandoastarita.wordpress.com
Los
gráficos sobre aumento relativo del gasto estatal en las economías
capitalistas, que he presentado en la nota anterior (aquí),
han movido a algunas personas a preguntarse si estoy negando la
existencia del neoliberalismo. En realidad, en ningún momento negué
el neoliberalismo. Simplemente defiendo una caracterización de ese
fenómeno distinta de la que sostiene la mayoría de la izquierda. En
particular, sostengo que lo distintivo del neoliberalismo no fue la
mayor o menor participación del Estado en la economía; y que es
equivocado interpretarlo en términos de ascenso del capital
financiero sobre otras formas del capital.
Traté
este asunto en varios lugares. Por ejemplo, en El capitalismo
roto, donde critiqué la tesis de la financiarización; o en la
nota reciente sobre keynesianismo (aquí).
También incorporaré el tema en la segunda edición (corregida y
aumentada) de Keynes, poskeynesianos y keynesianos neoclásicos,
que espero se publicará en 2017. Allí escribo:
“El
ascenso desde mediados de la década de 1970 del neoliberalismo
-englobando con este término al conjunto de doctrinas que desembocan
en el nuevo consenso neoclásico keynesiano- ha sido interpretado por
buena parte del pensamiento progresista y de izquierda como un asalto
del sector financiero a los puestos de mando del capital.
Nuestra
interpretación es diferente. Consideramos que el neoliberalismo
expresa una política de todo el capital, no solo de una de sus
fracciones. Esto es, el apoyo que tuvieron, y tienen, las políticas
recomendadas por monetaristas, nuevos clásicos, nuevos keynesianos y
similares excede en mucho al capital financiero. Los ataques a los
derechos sindicales; los ajustes que implican caídas del salario;
las legislaciones para flexibilizar las relaciones laborales; la
reducción o supresión de subvenciones a los desempleados; el
empobrecimiento de pensionistas y jubilados; las ofensivas contra los
inmigrantes, fueron medidas que apuntaron a restablecer la
rentabilidad del capital de conjunto. Por esta razón fueron apoyadas
a nivel global no solo por los bancos y financistas, sino también
por las cámaras empresarias de la industria, el comercio, el agro,
la minería, el transporte, más amplios sectores de las clases
medias y de las patronales pequeñas y medianas.
Por
otra parte, las privatizaciones, las aperturas comerciales y las
libertades para el movimiento transnacional de los capitales tuvieron
como efecto someter de manera más abierta y plena a todas las
economías a la ley de la ganancia. Y esta orientación fue alentada
por capitales industriales, comerciales, agrarios, junto al capital
financiero. Incluso las fracciones más débiles de los capitales
nacionales buscaron insertarse en esta mundialización del capital.
La
reacción neoliberal, a su vez, fue acompañada por una movilización
reaccionaria en la política, la cultura y la ideología. En muchos
ámbitos se impuso la consigna “que gane el mejor y el más
fuerte”, que por lo general son los más ricos. Se rechazaron los
movimientos críticos y las culturas contestatarias; resurgieron
movimientos racistas y xenófobos; y se exaltaron valores
conservadores burgueses. Todo ello contribuyó a que el trabajo fuera
subsumido de forma más completa al capital de conjunto, sin
distinciones. Por eso pensamos que el neoliberalismo expresa el
programa de la clase capitalista global frente a la crisis de
rentabilidad que estalló en los 1970, y la posterior profundización
de la mundialización del capital”.
Lo
esencial: aumento de la tasa de explotación
En
esta descripción el tema de si el gasto del Estado tuvo más o menos
intervención en la economía no tiene mayor relevancia para la
caracterización de las políticas que se aplicaron en los países
capitalistas en las últimas décadas. Lo esencial es que el
programa del capital pasó por aumentar la tasa de explotación del
trabajo. Lo cual explica también por qué el neoliberalismo tuvo la
adhesión de prácticamente todas las facciones del capital;
naturalmente, el aumento de la tasa de explotación del trabajo es la
raíz de la hermandad del capital.
En
este respecto, en la nota en la que analizo el libro de Piketty
(aquí)
señalé que hay mucha evidencia empírica del aumento de la
participación de los beneficios en el ingreso a nivel global; eso
es, hubo una tendencia al aumento de la relación beneficios /
salarios, que nos da un proxy a la tasa de plusvalía. Escribí:
“Según
Kristal (2010), y para 16 países industrializados, la relación W/Y
aumenta en promedio en la posguerra y hasta los 1970, pero baja desde
el 73% en 1980 al 60% en 2005. Sostiene que en las dos últimas
décadas los aumentos de productividad superaron a los aumentos
salariales.
Por
otra parte, de acuerdo a Karabarbounis y Neiman (2013) la
participación de los salarios ha estado declinando a nivel global
desde 1980: tomando su participación en el valor bruto añadido de
las corporaciones, habría caído un 5% en los últimos 35 años,
desde el 64% al 59%. De 59 países con al menos 15 años de datos
entre 1975 y 2012, 42 muestran tendencias decrecientes en la
participación del trabajo. La tendencia se verifica también en
China, India y México. Blanchard y Giavazzi (2003) también
encuentran la caída de la participación de los salarios en los
países desarrollados en las últimas décadas. Otra manera de ver el
aumento de la participación de los beneficios en el ingreso es a
través de la distancia entre los ingresos de los CEO de las grandes
corporaciones (plusvalía) y los salarios promedio. En EEUU, en 2013,
la paga de los altos ejecutivos es 343 veces mayor que la de la media
de los empleados y 774 veces mayor que la de aquellos que menos
cobran. En 1983 la diferencia con la media era 46 veces (Executive
Paywatch, de la AFL-CIO).
También
el “Informe mundial sobre salarios 2012-2013” de la OIT
muestra esta dinámica. En 16 economías desarrolladas la proporción
media del trabajo disminuyó del 75% del ingreso nacional a mediados
de los 1970 a 65% en los años previos de la crisis de 2007. En Japón
la participación del salario en el ingreso pasó del 68,4% en 1970
al 79,93% en 1977, para bajar al 54,5% en 2010. En EEUU pasó del
71,98% en 1970 al 63,27% en 2010; y en Alemania fue del 69,75% en
1970 al 63,66% en 2010. A su vez, en 16 economías en desarrollo y
emergentes, disminuyó del 62% del PBI en los primeros años de los
1990 al 58% justo antes de la crisis.
Por
otra parte, la evolución de la plusvalía relativa parece clara.
Según la OIT, el índice de productividad del trabajo (producto por
trabajador) en las economías desarrolladas, con base 100 en 1999, se
había elevado a 114,6 en 2011; en tanto que el índice de los
salarios, en el mismo período, había aumentado a 105,9. En EEUU la
productividad real por hora en el sector empresarial no agrícola
aumentó 85% desde 1980 a 2011, y la remuneración salarial lo hizo
el 35%. En Alemania, en las dos últimas décadas, la productividad
se incrementó cerca del 25%, pero los salarios reales permanecieron
sin cambios. Esto está indicando que la tasa de plusvalía aumenta,
aun cuando aumenta la canasta de bienes salariales. Incluso en China,
a pesar de que los salarios se triplicaron en la última década, el
PBI aumentó a una tasa superior, de manera que W/Y disminuyó” (W:
salario; Y: ingreso).
Subrayamos
entonces que la cuestión de si el Estado tuvo más o menos
participación en las economías capitalistas es secundaria a la
hora de definir en qué consiste el neoliberalismo. Más
importante aún es que no tuvo un papel neutral en la ofensiva contra
el trabajo. Contra lo que piensa el sentido común del izquierdismo
progresista, el Estado no está por fuera de las relaciones de clase;
no se lo puede pensar haciendo abstracción de su carácter de clase.
De hecho, a lo largo de las últimas décadas el Estado contribuyó
(y sigue haciéndolo) al fortalecimiento de las posiciones del
capital frente al trabajo. Así, por ejemplo, las empresas que se
mantienen bajo control estatal se rigen cada vez más según la
lógica de la rentabilidad: compiten con empresas privadas, cotizan
en bolsa, establecen relaciones con el mundo financiero según las
reglas del mercado, subcontratan trabajo y lo precarizan, y remuneran
a sus ejecutivos como cualquier otra empresa capitalista. De la misma
manera, cada vez más en reparticiones del Estado encontramos trabajo
precarizado y trabajadores con derechos laborales mínimos. Todo
apunta a la misma conclusión: el Estado no está por fuera de la
unidad orgánica que conforma el modo de producción capitalista.
Por
eso, el punto de partida del análisis deben ser las relaciones entre
las clases sociales fundamentales de la sociedad moderna. Y por eso
también, y contra lo que imaginan los ideólogos del reformismo
pequeño burgués, el aumento de la explotación del trabajo es
perfectamente compatible con la no reducción o el aumento de la
participación del gasto estatal en el producto. Más aún, la
participación del gasto social en el producto ha tendido a aumentar,
en el promedio de los países de la OCDE, entre 1980 y 2015. Las
razones de por qué sucedió así deberán investigarse, pero de
nuevo esto no impidió el aumento de la tasa de explotación (en
Argentina esta cuestión tiene particular relevancia a la hora de
caracterizar a la política del gobierno de Macri). En otras
palabras, el aumento del gasto público no está en contradicción
con la ofensiva del capital desde mediados de los 1970.
Textos
citados
Blanchard,
O. y F. Giavazzi, (2003): “Macroeconomic Effects of Regulation
and Deregulation in Goods and Labor Markets”, Quarterly Journal
of Economics, vol. 118, pp. 879-907.
Karabarbounis
L., y B. Neiman (2003): “The Global Decline of the Labor Share”,
NBER Working Paper Nº 19.136, junio.
Kristall,
T. (2010): “Good Times, Bad Times: Postwar Labor’s Share of
National Income in Capitalist Democracies”, American
Sociological Review, vol. 75, pp.729-763.
NOTA
DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
A pesar de la vileza del
furibundo ataque de Astarita contra el Presidente sirio Al Assad y
contra quienes defendemos su legítimo gobierno, en el pasado mes de
diciembre, en dos artículos que encontrarán en su blog, considero a
Rolando Astarita como uno de los más notables teóricos marxistas en
el plano económico. Hoy los marxistas no estamos sobrados de
especialistas en este área, dado que muchos de los que se
identifican como tales son meros propagandistas de la vulgata
keynesiana, postkeynesiana o neokeynesiana. No soy sectario y, aunque
Astarita, pueda decir barbaridades en determinadas cuestiones, en mi
opinión es enormemente interesante en otras.
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)