SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
16 de octubre de 2016
¿QUÉ ES CAPITAL FICTICIO?
Rolando
Astarita. rolandoastarita.wordpress.com
En
varios escritos que circulan dentro de la izquierda, se define al
capital ficticio como todo tipo de acreencia o título financiero;
esto es, se lo identifica con los títulos (bonos, acciones) que
proporcionan rentabilidad a quienes los poseen. Se sostiene que, a
diferencia del capital real, el ficticio no constituye riqueza
social, ya que los títulos no poseen valor intrínseco.
El
objetivo de esta nota es precisar, en primer lugar, cual es la noción
de capital ficticio en Marx, y en segundo término, presentar algunas
conclusiones relacionadas con la idea de que sería posible salir de
las crisis capitalistas, o solucionar los problemas fundamentales
vinculados a la acumulación del capital, mediante inyecciones de
capital ficticio.
La
noción en Marx
La
expresión capital ficticio fue introducida por Marx para designar
aquellos activos financieros cuyo valor no se corresponde con algún
capital real; el caso paradigmático son los títulos públicos. Es
que cuando un gobierno emite títulos para cubrir sus gastos
corrientes, el dinero que recoge no entra en algún circuito de
valorización, y por lo tanto no es capital. Por eso Marx destaca que
el precio del título no representa capital, o valor en proceso de
valorización. Un pagaré o un bono del Estado solo dan a su
propietario el derecho a participar de una parte de la plusvalía,
bajo la forma de los impuestos que recaude el gobierno. Por otra
parte, los valores de los títulos públicos pueden modificarse,
según las oscilaciones de la tasa de interés, o según varíe la
confianza en que el Estado podrá hacer frente a sus obligaciones.
Estos cambios en los valores pueden, por lo tanto, no tener una
relación directa con la acumulación del capital. Por ejemplo, la
suba de los títulos del Tesoro de EEUU, desde mediados de la década
de 1980, estuvo vinculada a la caída progresiva de la tasa de
interés, a lo largo de casi tres décadas. La demanda internacional
de los títulos -EEUU es considerado un refugio seguro para los
capitales líquidos- explica en buena medida la caída de la tasa.
Pero ese aumento del stock de títulos no tuvo como contrapartida un
incremento del capital real. Incluso en períodos de crisis o
incertidumbre, los precios de los bonos del Tesoro de EEUU
continuaron en aumento, a contramano de lo que sucedía con muchos
otros activos financieros, que caían al compás de la
desvalorización del capital real.
La
segunda variante del capital ficticio analizada por Marx es el
capital accionario. Recordemos que una acción da derecho a
participar en los beneficios de la compañía. En palabras de Marx,
“la acción no es otra cosa que un título de propiedad, pro
rata, sobre el plusvalor que se ha de realizar por intermedio (del)
capital” (Marx, 1999, p. 601). Las empresas emiten las acciones
para financiarse (la oferta inicial), y luego pasan a negociarse
diariamente en el mercado. Por lo tanto, solo lo recaudado en la
emisión inicial pasa a integrar el capital real de la empresa. Sin
embargo, los precios de las acciones pueden despegarse (y es lo que
sucede en la realidad) del valor del capital realmente invertido. Las
ganancias realizadas, y las expectativas de mayores ganancias
futuras, por lo general, generan olas de optimismo, que pueden llevar
a que el precio bursátil de la empresa (esto es, el precio que
debería pagar un inversor si quisiera adquirirla comprando las
acciones) sea superior a su valor real (también llamado valor libros
o contable), determinado por los costos de reposición de equipos,
planta y capital circulante en existencia. Marx parece referirse a
esta diferencia como capital ficticio. Esto es, si el valor de la
acción se corresponde con el valor libro, no cabe hablar de capital
ficticio. “Las acciones de compañías ferroviarias, mineras, de
navegación, etc., representan capital real, a saber, capital
invertido y operante en estas empresas, o la suma adelantada por los
participantes para ser gastada como capital en tales empresas”
(ídem). Marx aquí está diferenciando entre capital ficticio y
real. Y subraya que en el caso del capital en acciones, el capital no
existe dos veces, una como capital real, y otra como capital
accionario. Pero esto no debe interpretarse como que el título no
expresa capital real. Aunque si el valor de la acción supera al
valor del capital real, podemos hablar de capital ficticio. Para
expresarlo con un ejemplo, si el valor bursátil de la empresa es
$1000, pero su valor contable, o de reposición real, es $400, el
capital ficticio sería $600. Desde el punto de vista práctico, en
los mercados se considera que existe sobrevalorización bursátil
cuando la relación entre el valor bursátil y la ganancia anual de
la empresa (lo que se llama price/earning) supera sus promedios
históricos (que en Wall Street, por ejemplo, se ubican entre 8 y
10). El p/e indica el número de años que son necesarios para pagar,
con la ganancia anual de la empresa, su valor bursátil. En vísperas
del derrumbe bursátil de las acciones tecnológicas, de 2000-01,
algunos p/e eran absolutamente “disparatados”, superando
los 100 años. Se trataba entonces de un caso típico de crecimiento
de capital ficticio.
Capital
ficticio de los bancos y la propiedad inmobiliaria
Por
extensión, Marx también consideró como una forma de capital
ficticio a la mayor parte del dinero que figura como depósitos en
los bancos, ya que los créditos concedidos por el banco no existen
como depósitos. Si bien este aspecto del asunto no es tomado en
consideración cuando se evalúa el capital ficticio, tiene interés
darle cierta atención. Aquí lo importante sería no incurrir en
“doble contabilidad”. Lo explicamos con un ejemplo.
Supongamos que $100 que conforman un depósito son prestados por el
banco a una empresa A, que los invierte en ampliar su capital fijo.
Para el ahorrista, propietario del depósito, los $100 constituyen un
“capital dinerario potencial”; pero en la realidad estos
$100 solo existen como capital en proceso de valorización, y no
deberían contabilizarse dos veces. Y si el banco invirtió el
depósito en comprar títulos públicos, la acreencia solo es capital
ficticio. Por otra parte, y esto tal vez sea más interesante, se dan
los casos en que el activo del banco es “doblemente ficticio”, si
se quiere. Sucede cuando al banco se le permite seguir cotizando el
título a su valor nominal, aunque su valor de mercado esté muy por
debajo. Pero si los precios de los títulos no se recuperan, el banco
no puede evitar la pérdida.
Naturalmente,
otra forma de capital ficticio es la que está relacionada con la
propiedad inmobiliaria. Es que el precio de la tierra está vinculado
a la tasa de interés (al bajar la tasa, sube el precio), y la
propiedad inmobiliaria muchas veces está sometida a la misma lógica
de cualquier otro activo financiero. De ahí las burbujas
especulativas, y su posterior desplome. Como resultas de esto, a
veces se puede asistir a una suba durante años de los precios de las
propiedades inmobiliarias, esto es, del stock de “capital”
(aunque en términos marxistas la tierra no es capital) invertido en
las mismas.
Los
títulos de deuda
A
diferencia de los casos discutidos en el anterior punto, las
acreencias que están en propiedad de los prestamistas no
necesariamente representan capital ficticio. Supongamos un
capitalista dinerario que presta $1000 a un empresario, el cual
adquiere medios de producción y fuerza de trabajo para generar
plusvalía. El título de deuda que posee ahora el capitalista
dinerario representa capital real, esto es, valor en proceso de
valorización; no es capital ficticio. Por supuesto, si estalla una
crisis y el empresario no puede vender las mercancías, el capital se
desvaloriza. Pero esto no cambia la naturaleza del asunto, ya que en
última instancia, todo capital es pasible de desvalorizarse, y no
por ello todo capital es ficticio. Por esta razón, Marx señala que
el certificado de deuda “no representa capital meramente
ilusorio, como en el caso de las deudas públicas”. Lo cual,
hay que insistir en ello, tampoco significa que el capital exista dos
veces, una bajo la forma del capital en funcionamiento (los $1000
invertidos), y la otra como valor del título. Pero lo importante es
que en el caso del préstamo al capital productivo, a diferencia de
lo que sucede con los títulos públicos, hay capital que se está
valorizando, esto es, explotando al trabajo y obteniendo plusvalía.
Por eso, es un error identificar sin más todo crecimiento del
crédito (que implica crecimiento de todo tipo de papeles) con
aumento del capital ficticio. Tampoco tiene sentido asimilar el
crecimiento del crédito con estancamiento del capitalismo. El
crédito es una palanca de la acumulación del capital, que a su vez
es la forma social que adquiere el desarrollo de las fuerzas
productivas. Esto no se modifica por el hecho de que el crédito
también sea una palanca de la especulación y de la sobreacumulación
(esta cuestión la trataré con más detalle en otra nota).
Los
nocionales de los derivados
Actualmente
existen instrumentos financieros que Marx no conoció, y que a veces
se consideran también capital ficticio. Los más significativos son
los nocionales, que subyacen a los derivados que se negocian en los
mercados financieros. Para explicar qué es un nocional a los
lectores no familiarizados, lo explicamos con un ejemplo sencillo, el
de un swap de intereses de tasa flotante contra fija. El swap de
intereses es un contrato realizado entre dos partes, por el cual una
de ellas se compromete a pagar periódicamente una tasa de interés
fija, y la otra una tasa variable, durante un lapso de tiempo
establecido. Por ejemplo, A paga 4% y B paga Libor + 0,25%. Pues
bien, el contrato se establece sobre un valor nocional de,
supongamos, 1 millón de dólares, y las partes solo intercambian
flujos en caso de que haya variación de la tasa (por ejemplo, si la
tasa de interés variable ha subido 0,10 puntos porcentuales, B
pagará a A 0,10% de un millón de dólares). Lo importante es que el
nocional no tiene por qué ser necesariamente capital ficticio. B,
por caso, puede ser un banco que ha prestado un millón de dólares a
una empresa a tasa variable, y con el contrato se protege contra una
eventual caída de la tasa Libor. Si la empresa que recibió el
préstamo ha invertido productivamente el millón de dólares, no
estamos en presencia de capital ficticio. Dada la dimensión de las
sumas involucradas en los nocionales (los contratos en tasa de
interés en 2011 implicaban nocionales por 500 billones de dólares,
y cuando se incluían los contratos en tipo de cambio y los seguros
contra default, o CDS, se llegaba a 648 billones), es necesario tener
presente esta distinción. Lo importante aquí es saber en qué
consisten estos activos. Por ejemplo, si se trata de papeles
inmobiliarios inflados, estaremos ante un típico caso de capital
ficticio; pero no siempre será así.
Capital
ficticio y demanda durante el auge
Lo
discutido hasta aquí sirve para explicar por qué el capital
ficticio, por sí mismo, no puede solucionar los problemas
fundamentales que están asociados a la acumulación. Sin embargo,
alguna gente piensa que durante las fases de auge del ciclo
económico, el aumento de capital ficticio bursátil o inmobiliario
(esto es, el incremento de sus precios) genera nuevo poder de compra,
lo que a su vez permite expandir la producción y por lo tanto
generar más plusvalía. Por eso se piensa a veces que hay
expansiones puramente “ficticias”. El razonamiento es que
si el valor total de las acciones en el momento t es $1000, y en el
momento t + 1 es $1200, el poder de compra se habrá incrementado en
un 20%. De manera que las burbujas tendrían el efecto milagroso de
generar más y más plusvalía. Pero de nuevo, esto es ilusorio. Se
puede decir que en estos casos estamos ante un típico fenómeno de
“fetichismo” del capital: el valor parece crecer y crecer
por la sola acción de inversores que compran más y más acciones (o
tierras), sin intervención del trabajo humano. La ley del valor
trabajo “a lo Marx” parece caerse. Pero no hay tal cosa. La
valorización bursátil (o de la tierra) no puede generar nuevo poder
de compra. Para ver por qué, supongamos que A ha invertido $20 en
acciones, y al cabo de un cierto tiempo las mismas se han valorizado
un 50%. Entonces A decide vender, a fin de adquirir un bien de
consumo. Cuando A vende las acciones, tiene un poder de compra de
$30, pero el comprador de las acciones ha resignado el mismo poder de
compra. No hay inyección nueva de valor, cuando se considera el
asunto desde el punto de vista global. Algo similar ocurre con la
inflación de los precios de la tierra.
Naturalmente,
esto no significa que el crecimiento del capital ficticio no pueda
incidir en la acumulación. Una forma en que afecta a la acumulación
es que el crecimiento de los precios bursátiles puede favorecer el
financiamiento de las empresas, ya sea porque éstas utilizan los
títulos como colaterales para obtener préstamos y ampliar la
producción, o bien porque emiten nuevas acciones para ampliar su
capital en las mejores condiciones. Desde el punto de vista del
consumo, está lo que se llama el “efecto riqueza”, que
consiste en que los inversores pueden sentirse más confiados para
aumentar el gasto cuando se valorizan sus tenencias. Por otra parte,
el crecimiento del capital ficticio también genera las condiciones
para que aumente la especulación, para que se desaten “manías
inversoras” y se desarrollen todo tipo de fraudes y estafas
que, por regla, terminan en gigantescas catástrofes y quiebras.
Las
crisis y el capital ficticio
La
inflación de capital ficticio tampoco puede sacar a las economías
de la crisis. Si se trata de las acciones, lo característico es que
ya con el inicio de las crisis sus precios se derrumben. Esto es, el
viraje hacia el descenso económico va acompañado por el colapso de
enormes masas de capital ficticio.
En
cuanto a los títulos públicos, su crecimiento no puede solucionar
las cosas durante la crisis. Para ver por qué, supongamos que en una
economía ha caído la demanda (los capitalistas no reinvierten la
plusvalía, y el desempleo se está incrementando). El gobierno
decide entonces inyectar gasto público, financiado con la colocación
de títulos; éstos son comprados con plusvalía (los asalariados no
compran títulos). Supongamos que el Estado recoge así $1000, con
los que paga subsidios a desocupados o salarios a los empleados
estatales. Esta inyección activa la demanda de bienes por $1000 (los
desocupados o los empleados consumen bienes). Sin embargo, si la
acumulación capitalista no se recupera, en la siguiente ronda hay
que volver a inyectar gasto fiscal para sostener la demanda. Y
además, hay que pagar los intereses por los bonos colocados en la
primera ronda. Por eso, la recuperación de la demanda por esta vía
tiene alcance limitado. Además, si la economía continúa en crisis,
y crece el stock de deuda del gobierno, lo más probable es que los
capitalistas dinerarios comiencen a exigir una tasa de interés cada
vez más alta para seguir prestando. La cuestión de fondo es que el
gasto del Estado es financiado con plusvalía que está generada por
el trabajo productivo, y en tanto éste no se reactive, los problemas
seguirán agravándose. El gasto fiscal puede ayudar a reactivar la
demanda, pero no es la solución del problema. En este respecto hay
que destacar la importancia de no caer en el fetichismo financiero, o
del Estado y sus posibilidades de evitar, o solucionar, las crisis
capitalistas. El gasto estatal no puede constituir nunca una fuente
autónoma de demanda, dado que los impuestos solo son una fracción
de la plusvalía generada por el trabajo asalariado. Vinculado a esta
cuestión, también hay que aclarar que la emisión monetaria (por
ejemplo, para monetizar un déficit fiscal) tampoco es salida, ni
significa incremento de capital ficticio, sino la simple
desvalorización del signo monetario. Pero por esto mismo no impide
la desvalorización del capital, ni constituye una fuente de demanda
adicional. Por ejemplo, supongamos que se está en una crisis, en que
hay mercancías sin vender, y que el gobierno emite dinero para
financiar gasto, de manera que las mercancías se venden. De esta
forma se impide que bajen los precios de estas mercancías, y por lo
tanto que no se desvalorice este capital mercancía. Pero esto ocurre
al costo de la desvalorización del capital dinero. Por supuesto, se
puede sostener que es preferible una desvalorización por vía de la
inflación, que la deflación. Pero lo importante es que la inyección
no frena la caída de los valores.
Subrayamos,
solo si se reanuda el gasto de plusvalía (esto es, si baja el
atesoramiento), habrá una reactivación genuina de la demanda. Por
ejemplo, desde el estallido de la crisis en 2007 los bancos centrales
han aumentado sus balances al comprar principalmente deuda soberana y
deuda de bancos. Según el FMI, estas compras fueron financiadas con
expansión de la base monetaria, que aproximadamente se duplicó, en
términos de porcentaje del PBI, entre 2007 y 2011. Se ha calculado
que hoy habría unos 15 billones de dólares en títulos y préstamos
de muy dudosa calidad, en poder de los bancos centrales (Winter,
2012). Se trata de una inmensa masa de capital ficticio, que no tiene
contrapartida en la riqueza ni en el capital real, y que por sí
misma no ha logrado, ni logrará, sacar a las economías del
estancamiento.
En
conclusión, el capital ficticio no tiene las propiedades “mágicas”
que muchos le asignan. Su incremento no puede sostener por sí mismo
la acumulación del capital, ni sustituir la producción de
plusvalía. Por eso mismo, las gigantescas masas de “papeluchos”
creados desde 2007 no han salvado al modo de producción capitalista.
Textos
citados:
Marx,
K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI, tomo III, vol. 7.
Winter,
R. (2012): Largest Central Banks Now Hold Over 15 Trillion in Fictius
Capital, The Wall Street Examiner, 27 January
14 de octubre de 2016
ORIGEN Y AUGE DE LAS LUMPENBURGUESÍAS LATINOAMERICANAS
A
raíz de la llegada Mauricio Macri a la presidencia se desató en
algunos círculos académicos argentinos la reflexión en torno del
“modelo económico” que la derecha estaba intentando
imponer. Se trató no solo de hurgar en los curriculum vitae de
ministros, secretarios de estado y otros altos funcionarios sino
sobre todo en la avalancha de decretos que desde el primer día de
gobierno se precipitaron sobre el país. Buscarle coherencia
estratégica a ese conjunto fue una tarea ardua que a cada paso
chocaba con contradicciones que obligaban a desechar hipótesis sin
que se pudiera llegar a un esquema mínimamente riguroso. La mayor de
ellas fue probablemente la flagrante contradicción entre medidas que
destruyen el mercado interno para favorecer a una supuesta ola
exportadora evidentemente inviable ante el repliegue de la economía
global, otra es la suba de las tasas de interés que comprime al
consumo y a las inversiones a la espera de una ilusoria llegada de
fondos provenientes de un sistema financiero internacional en crisis
que lo único que puede brindar es el armado de bicicletas
especulativas.
Algunos
optaron por resolver el tema adoptando definiciones abstractas tan
generales como poco operativas (“modelo favorable al gran
capital”, “restauración neoliberal”, etc.), otros
decidieron seguir el estudio pero cada vez que llegaban a una
conclusión satisfactoria aparecía un nuevo hecho que les tiraba
abajo el edificio intelectual construido y finalmente unos pocos,
entre los que me encuentro, llegamos a la conclusión de que buscar
una coherencia estratégica general en esas decisiones no era una
tarea fácil pero tampoco difícil sino sencillamente imposible. La
llegada de la derecha al gobierno no significa el reemplazo del
modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano o como se lo quiera
calificar) por un nuevo modelo (elitista) de desarrollo, sino
simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde cada banda de
saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor tiempo
posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las víctimas
pero también si es necesario de sus competidores. La anunciada
libertad del mercado no significó la instalación de un nuevo orden
sino el despliegue de fuerzas entrópicas, el país burgués no
realizó una reconversión elitista-exportadora sino que se sumergió
en un gigantesco proceso destructivo.
Si estudiamos los objetivos económicos reales de otras derechas latinoamericanas como las de Venezuela, Ecuador o Brasil encontraremos similitudes sorprendentes con el caso argentino, incoherencias de todo tipo, autismos desenfrenados que ignoran el contexto global así como las consecuencias desestabilizadoras de sus acciones o “proyectos” generadores de destrucciones sociales desmesuradas y posibles efectos boomerang contra la propia derecha[1]. Es evidente que el cortoplacismo y la satisfacción de apetitos parciales dominan el escenario.
En la década de 1980 pero sobre todo en los años 1990 el discurso neoliberal desbordaba optimismo, el “fantasma comunista” había implotado y el planeta quedaba a disposición de la única superpotencia: los Estados Unidos, el libre mercado aparecía con su imagen triunfalista prometiendo prosperidad para todos. Como sabemos esa avalancha no era portadora de prosperidad sino de especulación financiera, mientras la tasas de crecimiento económico real global seguían descendiendo tendencialmente desde los años 1970 (y hasta la actualidad) la masa financiera comenzó a expandirse en progresión geométrica. Se estaban produciendo cambios de fondo en el sistema, mutaciones en sus principales protagonistas que obligaban a una reconceptualización. En el comando de la nave capitalista global comenzaban a ser desplazados los burgueses titulares de empresas productoras de objetos útiles, inútiles o abiertamente nocivos y su corte de ingenieros industriales, militares uniformados y políticos solemnes, y empezaban a asomar especuladores financieros, payasos y mercenarios despiadados, la criminalidad anterior medianamente estructurada comenzaba a ser remplazada por un sistema caótico mucho más letal. Se retiraba el productivismo keynesiano (heredero el viejo productivismo liberal) y comenzaba a instalarse el parasitismo neoliberal.
El concepto de lumpenburguesía
Existen
antecedentes de ese concepto, por ejemplo en Marx cuando describía a
la monarquía orleanista de Francia (1830-1848) como un sistema bajo
la dominación de la aristocracia financiera señalando que “en
las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la
satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a
cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía , desenfreno
en el que, por la ley natural, va a buscar su satisfacción la
riqueza procedente del juego, desenfreno por el que el placer se
convierte en crápula y en que confluyen el dinero, el lodo y la
sangre. La aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de
adquisición, que en sus placeres, no es más que el renacimiento del
lumpenproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa”[2].
La aristocracia financiera aparecía en ese enfoque claramente
diferenciada de la burguesía industrial, clase explotadora insertada
en el proceso productivo. Se trataba, según Marx, de un sector
instalado en la cima de la sociedad que lograba enriquecerse “no
mediante la producción sino mediante el escamoteo de la riqueza
ajena ya creada”[3]. Ubiquemos dicha descripción en el
contexto del siglo XIX europeo occidental marcado por el ascenso del
capitalismo industrial donde esa aristocracia navegando entre la
usura y el saqueo aparecía como una irrupción históricamente
anómala destinada a ser desplazada tarde o temprano por el avance de
la modernidad. Marx señalaba que hacia el final del ciclo orleanista
“La burguesía industrial veía sus intereses en peligro, la
pequeña burguesía estaba moralmente indignada, la imaginación
popular se sublevaba. París estaba inundado de libelos. “La
dinastía de los Rothschild”, “Los usureros, reyes de la época”,
etc. en lo que se denunciaba y anatematizaba, con más o menos
ingenio, la dominación de la aristocracia financiera” [4].
Resulta
notable ver aparecer a los Rothschild como “usureros”,
imagen claramente precapitalista, cuando en las décadas que
siguieron y hasta la Primera Guerra Mundial simbolizaron al
capitalismo más sofisticado y moderno. Karl Polanyi los idealizaba
como pieza clave de la Haute Finance europea instrumento decisivo,
según él, en el desarrollo equilibrado del capitalismo liberal,
cumpliendo una función armonizadora poniéndose por encima de los
nacionalismos, anudando compromisos y negocios que atravesaban las
fronteras estatales calmando así la disputas interimperialistas.
Describiendo a la Europa de las últimas décadas del siglo XIX
Polanyi explicaba que: “los Rothschild no estaban sujetos a un
gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del
internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito
se había convertido en la única conexión supranacional entre el
gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial
que crecía con rapidez”[5].
Lo que para Marx era una anomalía, un resto degenerado del pasado, para Polanyi era una pieza clave de la “Pax Europea”, del progreso liberal de Occidente quebrado en 1914. La permanencia de los Rothschild y de sus colegas banqueros durante todo el largo ciclo del despegue y consolidación industrial de Europa demostró que no se trataba de una anomalía sino de una componente parasitaria indisociable (aunque no hegemónica en ese ciclo) de la reproducción capitalista. Por otra parte el estallido de 1914 y lo que siguió desmintió la imagen de cúpula armonizadora, estableciendo acuerdos, negocios que imponían equilibrios. Sus refinamientos y su aspecto “pacificador” formaban parte de un doble juego peligroso pero muy rentable, por un lado alentaban de manera discreta toda clase de aventuras coloniales y ambiciones nacionalistas como por ejemplo las carreras armamentistas (y de inmediato pasaban la cuenta) y por otro las calmaban cuando amenazaban producir desastres, pero esa sucesión de excitantes y calmantes aplicadas a monstruos que absorbían drogas cada vez más fuertes terminó como tenía que terminar: con un gigantesco estallido bajo la forma de Primera Guerra Mundial.
El concepto de “lumpenburguesía” aparece por primera vez hacia fines de los años 1950 a través de algunos textos de “Ernest Germain” seudónimo empleado por Ernest Mandel haciendo referencia a la burguesía de Brasil que el autor consideraba una clase semicolonial, “atrasada”, no completamente “burguesa” (en el sentido moderno-occidental del término). Fue retomado más adelante, en los años 1960-1970 por André Gunder Frank generalizándolo a las burguesías latinoamericanas[6]. Tanto Mandel como Gunder Frank establecían la diferencia entre las burguesías centrales: estructuradas, imperialistas, tecnológicamente sofisticadas y las burguesías periféricas, subdesarrolladas, semicoloniales, caóticas, en fin: lumpenburguesas (burguesías degradadas).
Pero ese esquema empezó a ser desmentido por la realidad desde los años 1970 con la declinación del keynesianismo productivista y sus acompañantes reguladores e integradores. Se desató el proceso de transnacionalización y financiarización del capitalismo global que desde comienzos de los años 1990 (con la implosión de la URSS y la aceleración del ingreso de China en la economía de mercado) adquirió un ritmo desenfrenado y una extensión planetaria. Mientras se desaceleraba la economía productiva crecía exponencialmente la especulación financiera, una de sus componentes principales, los productos financieros derivados equivalían a unas dos veces el Producto Bruto Mundial en el 2000 y representaban en 2008 unas 12 veces el Producto Bruto Mundial, por su parte la masa financiera global (derivados y otros papeles) equivalía en ese momento a una 20 veces el Producto Bruto Mundial. Hegemonía financiera apabullante que transformó completamente la naturaleza de la élites económicas del planeta, la desregulación (es decir la violación creciente de todas las normas), el cortoplacismo, las dinámicas depredadoras, fueron los comportamientos dominantes produciendo veloces concentraciones de ingresos tanto en los países centrales como en los periféricos, marginaciones sociales, deterioros institucionales (incluidas las crisis de representatividad).
Todo
ello se ha agravado desde la crisis financiera de 2008 confirmando la
existencia de una lumpenburguesía global dominante (resultado de la
decadencia sistémica general) cuyos hábitos de especulación y
saqueo enlazan con ascensos militaristas que potencian su
irracionalidad, los Estados Unidos se encuentran en el centro de esa
peligrosa fuga hacia adelante. Escalada militar en el Este de Europa,
Medio Oriente y Asia del Este acompañada por claros síntomas de
descontrol financiero donde por ejemplo el Deustche Bank acumula
actualmente unos 75 billones de dólares en productos financieros
derivados[7], papeles altamente volátiles que representaban en 2015
unas 22 veces el Producto Bruto Interno de Alemania y unas 4,6 veces
el Producto Bruto Interno de toda la Unión Europea, del otro lado
del Atlántico solo cinco grandes bancos norteamericanos (Citigroup,
JP Morgan, Goldman Sachs, Bank of America y Morgan Stanley)
acumulaban derivados por cerca de 250 billones de dólares[8],
equivalentes a 3,4 veces veces el Producto Bruto Mundial o bien unas
14 veces el Producto Bruto Interno de los Estados Unidos. Imaginemos
las consecuencias económicas globales del muy probable desplome de
esa masa de papeles, mientras tanto los grandes lobos de Wall Street
juegan alegremente al poker admirados por pequeñas aves carroñeras
de la periferia deseosas de “abrirse al mundo” y
participar del festín.
América Latina
América
Latina no ha quedado fuera de esa mutación de carácter global.
Existe un consenso bastante amplio en cuanto a la configuración de
las elites económicas latinoamericanas durante las dos primeras
etapas de la “modernización” regional (es decir su
integración plena al capitalismo) entre fines del siglo XIX y
mediados del siglo XX: la agro-minera-exportadora con sus
correspondientes “oligarquías” seguida por el llamado período
(industrializante) de sustitución de importaciones con la emergencia
de burguesías industriales locales. Especificidades nacionales de
distinto tipo muestran casos que van desde la inexistencia de
“segunda etapa” en pequeños países casi sin industrias
hasta desarrollos industriales significativos como en Brasil,
Argentina o México con burguesías y empresas estatales poderosas.
Desde prolongaciones industriales de las viejas oligarquías hasta
irrupciones de clases nuevas , advenedizos no completamente admitidos
por las viejas élites hasta integraciones de negocios donde los
viejos apellidos se mezclaban con los de los recién llegados.
En torno de los años 1960-1970 el proceso de industrialización fue siendo acorralado por la debilidad de los mercados internos y su dependencia tecnológica y de las divisas proporcionadas por las exportaciones primarias tradicionales, apabullado por un capitalismo global que impuso ajustes y destruyó o se apoderó de tejidos productivos locales. La transnacionalización y financiarización globales se expresaron en la región como desarrollo del subdesarrollo, firmas occidentales que pasaron a dominar áreas industriales decisivas mientras bancos europeos y norteamericanos hacía lo propio con el sector financiero, al mismo tiempo se agudizaba la exclusión social urbana y rural. La llamada etapa de industrialización por sustitución de importaciones había significado el fortalecimiento del Estado y en varios casos importantes la “nacionalización” de una porción significativa de las elites dominantes con la emergencia de burguesías industriales nacionales inestables, pero eso comenzó a ser revertido desde los años 1960-1970 y el proceso de colonización se aceleró en los años 1990.
Lo que ahora constatamos son combinaciones entre asentamientos de empresas transnacionales dominantes en la banca, el comercio, los medios de comunicación, la industria, etc. rodeados por círculos multiformes de burgueses locales completamente transnacionalizados en sus niveles más altos rodeados a su vez por sectores intermedios de distinto peso. Los grupos locales se caracterizan por una dinámica de tipo “financiero” combinando a gran velocidad toda clase de negocios legales, semilegales o abiertamente ilegales, desde la industria o el agrobusiness hasta el narcotráfico pasando por operaciones especulativas o comerciales más o menos opacas. Es posible investigar a una gran empresa industrial mexicana, brasileña o argentina y descubrir lazos con negocios turbios, colocaciones en paraísos fiscales, etc. o a una importante cerealera realizando inversiones inmobiliarias en convergencia con blanqueos de fondos provenientes de una red-narco a su vez asociada a un gran grupo mediático. Las élites económicas latinoamericanas aparecen como una parte integrante de la lumpenburguesía global, son su sombra periférica, ni más ni menos degradada que sus paradigmas internacionales. Muy por debajo de todo ese universo sobreviven pequeños y medianos empresarios industriales, agrícolas o ganaderos que no forman parte de las élites pero que si consiguen ingresar al ascensor de la prosperidad inevitablemente son capturados por la cultura de los negocios confusos, si no lo hacen se estancan en el mejor de los casos o emprenden el camino del descenso.
Aunque cuando estudiamos a esas élites rápidamente descubrimos que su dinámica puramente “económica” solo existe en nuestra imaginación, un negocio inmobiliario de gran envergadura seguramente requiere conexiones judiciales, políticas, mediáticas, etc., por su parte para llegar a los niveles más altos de la mafia judicial es necesario disponer de buenas conexiones con círculos de negocios, políticos, mediáticos, etc. y ser exitoso en la carrera política requiere fondos y coberturas mediáticas y judiciales. En suma, se trata en la práctica de un complejo conjunto de articulaciones mafiosas, grupos de poder transectoriales vinculados a, más o menos subordinados a (o formando parte de) tramas extra-regionales a través de canales de diverso tipo: el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, un mega banco occidental, una red clandestina de negocios, alguna empresa industrial transnacional, etc.
A comienzos del siglo XX la élites latinoamericanas formaban parte de una división internacional del trabajo donde la periferia agropecuaria-minera exportadora se integraba de manera colonial a los capitalismos centrales industrializados, en aquellos tiempos Inglaterra era el polo dominante[9]. Luego llegó el siglo XX y su recorrido de crisis, guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, keynesianismos, fascismos, socialismos… pero al final de ese siglo todo ese mundo quedaba enterrado, triunfaba el neoliberalismo y el capitalismo globalizado y cuando este entró en crisis en América Latina emergieron y se instalaron las experiencias progresistas que intentaron resolver las crisis de gobernabilidad con políticas de inclusión social a sistemas que eran más o menos reformados buscando hacerlos más productivos, menos sometidos a los Estados Unidos, más igualitarios y democráticos. Las élites dominantes se pusieron histéricas, aunque no habían sido seriamente desplazadas perdían posiciones de poder, se les escapaban de las manos negocios suculentos y su agresividad fue en aumento a medida que la crisis global dificultaba sus operaciones. Por su parte los Estados Unidos en retroceso geopolítico global acentuó sus presiones sobre la región intentando su recolonización. Al comenzar el año 2016 los progresismos han sido acorralados como en Brasil o Venezuela o derrocados como en Paraguay o Argentina, Obama se frota las manos y sus buitres se lanzan al ataque, los capriles y macris cantan victoria convencidos de que estamos retornando a la “normalidad” (colonial), pero no es así; en realidad estamos ingresando en una nueva etapa histórica de duración incierta marcada por una crisis deflacionaria global que se va agravando acompañada por señales alarmantes de guerra.
Las élites dominantes locales no son el sujeto de una nueva gobernabilidad sino el objeto de un proceso de decadencia que las desborda, peor aún esas lumpenburguesías aportan crisis a la crisis más allá de sus manipulaciones mediáticas que tratan de demostrar lo contrario, creen tener mucho poder pero no son más que instrumentos ciegos de un futuro sombrío. Aunque la declinación real del sistema abre la posibilidad de un renacimiento popular, seguramente difícil, doloroso, no escrito en manuales, ni siguiendo rutas bien pavimentadas y previsibles.
NOTAS:
[1]
Jorge Beinstein, "Serra contra o Mercosul: o auge das
direitas loucas na América Latina"
http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Internacional/Serra-contra-o-Mercosul-o-auge-das-direitas-loucas-na-America-Latina%0D%0A/6/15507
[2]
Carlos Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a
1850”, en Carlos Marx-Federico Engels, Obras Escogidas, Tomo
I, páginas 128-129, Editorial Progreso, Moscú 1966.
[3]
Ibid.
[4]
Ibid.
[5]
Karl Polanyi, “The Great Transformation.The Political and
Economic Origins of Our Time”, Bacon Press, Boston,
Massachusetts, 2001.
[6]
Andre Gunder Frank, “Lumpenburguesía: lumpendesarrollo”,
Colección Cuadernos de América, Ediciones de la Banda Oriental,
Montevideo, 1970.
[7]
Tyler Durden, "Is Deutsche Bank The Next Lehman?",
Zero Hedge,
http://www.zerohedge.com/news/2015-06-12/deutsche-bank-next-lehman
[8]
Michael Snyder, "Financial Armageddon Approaches",
INFOWARS,
http://www.infowars.com/financial-armageddon-approaches-u-s-banks-have-247-trillion-dollars-of-exposure-to-derivatives/
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