SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
3 de junio de 2016
CARTA ABIERTA A LOS CHARLATANES DE LA "REVOLUCIÓN" SIRIA
Bruno
Guigue. La Haine.org
La
justificación del drama sirio de muchos intelectuales y militantes
de "izquierda" franceses y españoles coincide con
la política exterior de la UE y EEUU
Ahora
que un dirigente histórico de la resistencia árabe libanesa
(Mustafa Amin Badreddin, N. de T.) acaba de morir en Siria bajo el
ataque del ejército sionista, envío esta carta abierta a los
intelectuales y militantes de «izquierda» que tomaron
partido por la rebelión siria y creyeron defender la causa palestina
mientras soñaban con la caída de Damasco.
En
la primavera de 2011 nos dijisteis que las revoluciones árabes
representaban una esperanza sin precedentes para los pueblos que
sufrían el yugo de déspotas sanguinarios. En un exceso de optimismo
os escuchamos, sensibles a vuestros argumentos, hablar de esa
democracia que nacía milagrosamente y vuestras proclamas sobre la
universalidad de los derechos humanos. Casi lograsteis convencernos
de que aquella protesta popular que derrocó a los dictadores de
Túnez y Egipto borraría la tiranía en todo el mundo árabe, tanto
en Libia como en Siria, en Yemen como en Bahréin y más allá.
Pero
tras ese bello arrebato lírico rápidamente aparecieron algunos
fallos. El primero, enorme, en Libia. Una resolución adoptada por el
Consejo de Seguridad de la ONU «para auxiliar a las poblaciones
civiles amenazadas» se convirtió en un cheque en blanco para
derrocar manu militari a un jefe de Estado que se había vuelto una
molestia para sus socios occidentales. Digna de los peores momentos
de la era neoconservadora, aquella operación de «cambio de
régimen» llevada a cabo -por cuenta de EEUU- por dos potencias
europeas, a falta de la afirmación neoimperial, desembocó en un
desastre del que la desgraciada Libia sigue pagando el precio. El
hundimiento de aquel joven Estado unitario entregó el país a las
ambiciones desenfrenadas de las facciones y las tribus,
envalentonadas deliberadamente por la codicia petrolera de los
carroñeros occidentales.
Pero
había entre vosotros buenas almas para brindar circunstancias
atenuantes a esa operación. Lo mismo que había, todavía más, para
exigir que se infligiera el mismo tratamiento al "régimen"
de Damasco. Porque el viento revolucionario que soplaba entonces en
Siria parecía validar vuestra interpretación de los hechos y
justificar, a posteriori, el belicismo humanitario desencadenado
contra el "potentado" de Trípoli. Sin embargo, lejos de
los medios de comunicación dominantes, algunos analistas señalaban
que el pueblo sirio no era unánime, que las manifestaciones
antigubernamentales se desarrollaban sobre todo en algunas ciudades,
bastiones tradicionales de la oposición islamista, y que el ardor
social de algunos sectores pauperizados por la crisis no implicaba
necesariamente la caída del Gobierno sirio.
Ignorasteis
esas sensatas advertencias. Como los hechos no se acomodaban a
vuestro relato los ordenasteis como os pareció conveniente. Donde
los observadores imparciales veían distintos sectores de la sociedad
vosotros quisisteis ver un tirano sanguinario que asesinaba a su
pueblo. Donde una observación desapasionada permitía discernir las
debilidades, pero también la fuerza del Estado sirio, vosotros
abusasteis de la retórica moralista para acusar a un Gobierno que
está lejos de ser responsable de las violencias. Visteis las
numerosas manifestaciones contra Bachar Al-Assad, pero no las
gigantescas concentraciones de apoyo al Gobierno y a las reformas que
abarrotaban las calles de Damasco, Alepo y Tartús. Habéis dirigido
la contabilidad macabra de las víctimas del Gobierno, pero habéis
olvidado a las víctimas de la oposición armada. Según vosotros hay
víctimas buenas y víctimas malas, las que merecen reconocimiento y
las que no se mencionan. Deliberadamente habéis visto a las primeras
y habéis permanecido ciegos ante las segundas.
Al
mismo tiempo, a ese Gobierno francés, cuya política interior
criticáis encantados para mantener la ilusión de vuestra
independencia, le habéis dado la razón totalmente. Curiosamente
vuestro relato del drama sirio coincidía con la política exterior
de Fabius, capataz del servilismo que mezcla el apoyo incondicional a
la guerra israelí contra los palestinos, la alineación «pavloviana»
con el líder estadounidense y la hostilidad recocida a la
resistencia árabe. Pero vuestro ostensible idilio con el Quaid’Orsay
no parece avergonzaros. Defendéis a los palestinos de cara a la
galería y por detrás coméis con sus asesinos. Incluso habéis
llegado a acompañar a los dirigentes franceses en visitas de Estado
a Israel. Ahí estáis embarcados, cómplices, asistiendo al
espectáculo de un presidente que declara que «siempre querrá a los
dirigentes israelíes». Pero no os escandalizáis y subís al avión
del presidente, como todo el mundo.
Condenasteis,
con razón, la intervención militar estadounidense contra Irak en
2003. La excusa de bombardear para llevar la democracia no os
convenció y dudasteis de la eficacia de los ataques quirúrgicos.
Pero vuestra indignación con respecto a esa política de las
cañoneras de alta tecnología parece extrañamente selectiva. Porque
reclamabais a grito pelado que se aplique contra Damasco en 2013 lo
que os parecía intolerable diez años antes contra Bagdad. Bastó un
decenio para volveros tan maleables que considerabais que lo mejor
para el pueblo sirio era una lluvia de misiles de crucero sobre ese
país que no os ha hecho nada. Renegando de vuestras convicciones
antiimperialistas abrazasteis con entusiasmo la agenda de Washington.
Sin
vergüenza no solamente aplaudisteis de antemano a los B52, sino que
además recuperasteis la propaganda estadounidense más burda de la
que el precedente iraquí y las mentiras memorables de la era Bush
deberían haberos inmunizado.
Mientras
inundabais la prensa francesa con vuestras estupideces un periodista
estadounidense e investigador excepcional (Seymour Hersh , N. de T.)
hizo pedazos la patética operación de «falsa bandera»
destinada a cargar a Bachar Al-Assad la responsabilidad de un ataque
químico del que ninguna instancia internacional le acusó y que los
expertos del Instituto Tecnológico de Massachussets y la
Organización para la prohibición de las armas químicas atribuyeron
a la parte contraria. Ignorasteis los hechos y los tergiversasteis a
conveniencia. En esa ocasión desempeñasteis vuestro miserable papel
en la cacofonía de mentiras.
Peor
todavía, seguís haciéndolo. Mientras el propio Obama da a entender
que no lo cree vosotros os obstináis en reiterar esas sandeces como
los perros guardianes que siguen ladrando tras la desaparición del
intruso. ¿Por qué motivo? Para justificar el bombardeo de vuestro
propio Gobierno a un pequeño Estado soberano cuyo mayor error es su
rechazo al orden imperial. Para acudir en ayuda de una rebelión
siria cuyo verdadero aspecto habéis enmascarado fomentando el mito
de una oposición democrática y laica que solo existe en los salones
de los grandes hoteles de Doha, París o Ankara.
Habéis
exaltado esta «revolución siria» pero habéis apartado los ojos
pudorosamente de sus prácticas mafiosas, de su ideología sectaria y
de su financiación turbia y dudosa. Habéis ocultado cuidadosamente
el odio interreligioso que la inspira, su aversión sañuda a las
demás confesiones directamente inspirada en el wahabismo, que es su
cimiento ideológico. Sabéis que el Gobierno baasista, porque es
laico y aconfesional, constituye un seguro de vida para las minorías,
pero no rectificáis, llegando incluso a calificar de «cretinos»
a los que tomaban la defensa de los cristianos perseguidos. Pero eso
no es todo. A la hora del balance todavía quedará una última
ignominia: habéis avalado la política de Laurent Fabius para que
Al-Nusra, la rama siria de al Qaida, «haga un buen trabajo».
Qué importan los transeúntes destripados en las calles de Homs o
los alauitas de Zahra asesinados por los cipayos, para vosotros solo
son morralla.
Entre
2001 y 2016 caen las máscaras. Os llenabais la boca con el derecho
internacional pero aplaudíais su violación contra un Estado
soberano. Pretendéis promover la democracia para los sirios pero os
habéis convertido en furrieles del terrorismo que padecen. Decís
que defendéis a los palestinos pero estáis en el mismo bando que
Israel.
Cuando
cae un misil sionista sobre Siria nadie grita, nunca golpeará a
vuestros amigos. Gracias a Israel, gracias a la CIA, y gracias a
vosotros, esos «valientes rebeldes» van a seguir preparando
el radiante futuro de Siria bajo el emblema del takfir. El misil
sionista habrá asesinado a uno de los dirigentes de la resistencia
árabe que habéis traicionado.
2 de junio de 2016
TASA DE GANANCIA Y NEOLIBERALISMO
Alejandro
Nadal. La Jornada
En
su evolución, las economías capitalistas siempre han mostrado que
su necesidad de crecer es acompañada por periodos de crisis y
estancamiento. Esta es la historia del capital: que las mismas
fuerzas que impulsan su desarrollo son las que conllevan un
ingrediente de inestabilidad y crisis. Y la era moderna no es ninguna
excepción.
El
surgimiento del neoliberalismo no es el resultado del triunfo del
capitalismo, como siempre se le ha presentado, sobre todo a partir
del colapso de la Unión Soviética. En realidad la historia es muy
diferente. El neoliberalismo es la respuesta a un gran fracaso de
dimensiones históricas, a saber la incapacidad del capital para
mantener tasas de ganancia “adecuadas”.
La
economía estadounidense proporciona un excelente caso de estudio de
laboratorio. Otras economías capitalistas siguen trayectorias
similares. Los tiempos y magnitudes varían, pero en esencia estamos
hablando de un proceso general. En Estados Unidos el capital comenzó
a percatarse a finales de la década de 1960 que la tasa de ganancia
ya no era lo que había sido en las dos décadas anteriores. Al tomar
conciencia de este hecho el primer reflejo del capital fue el que
siempre le acompaña: buscó por todos los medios a su alcance
aumentar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo. El pacto
social que había mantenido mejores prestaciones salariales y
sociales para la clase trabajadora y que había nacido a raíz de la
Gran Depresión comenzó a ser percibido como un estorbo por la clase
capitalista.
En
la década de 1970 la clase capitalista comienza a desplegar una
vigorosa campaña para desmantelar poco a poco ese paquete social que
perduró durante la primera fase de la posguerra. El primer paso fue
desencadenar una ofensiva en contra de todo lo que fuera sindicatos y
oliera a organizaciones relacionadas con negociaciones salariales. El
resultado es que a partir de 1973 comienza en Estados Unidos un
periodo de estancamiento del salario real. Pero no tardó muchos años
la clase capitalista en darse cuenta que se requería algo más.
El
capital necesita expandirse constantemente. Es por así decirlo, su
esencia y para lograrlo utiliza dos caminos importantes (no son los
únicos). El primero consiste en eliminar las restricciones
institucionales que frenan su expansión. La desregulación en todos
los ámbitos, pero sobre todo en lo que concierne a la circulación
del capital, fue una de las primeras prioridades en los años de
1970. El colapso del sistema de Bretton Woods abría nuevas esferas
de rentabilidad, pero para aprovecharlas era necesario eliminar los
obstáculos a la circulación del capital. Entre 1973 y 1995 se
desencadena un gigantesco proceso para desregular la cuenta de
capital de la balanza de pagos en casi todos los países del mundo.
El
segundo camino consiste en ocupar los espacios de rentabilidad que
anteriormente habían sido ocupados por otro tipo de arreglos
institucionales. Con la privatización el capital privado irrumpió
en el ámbito de todo tipo de actividades que anteriormente habían
sido responsabilidad de instituciones públicas. Privatizar y
desregular fueron los dos grandes arietes con los cuales el capital
emprendió la ofensiva contra el antiguo pacto social heredado de la
Gran Depresión.
El
neoliberalismo pudo restablecer niveles más aceptables (desde la
perspectiva del capital) de la tasa de ganancia. Esto es claro en las
diversas mediciones sobre tasas de remuneración al capital: la caída
que se registra desde 1966 se mantiene hasta los años 1980, pero se
recupera entre 1984-1997. La tasa de ganancia crece 19 por ciento
entre 1982 y 1997 y alcanza su punto más alto en varias décadas
hacia finales del milenio. Diversos factores explican esta evolución
en la tasa de ganancia, pero destacan tres: la mayor explotación de
la fuerza de trabajo en Estados Unidos, la ampliación de las
relaciones de explotación de otros componentes de la fuerza de
trabajo a escala mundial mediante la “globalización” y, por
supuesto, la canalización de las inversiones hacia sectores
improductivos (especulación y desarrollo de bienes raíces).
Pero
las fiestas no duran para siempre. A partir de 1998 la tasa de
ganancia comienza a erosionarse nuevamente: en los diez años que van
de 1998 a 2008 se reduce 6 por ciento. La canalización de
inversiones hacia la especulación inmobiliaria y en el sector
financiero puede maquillar la caída en la tasa de ganancia, pero no
la puede detener. Los episodios de inflación en el precio de las
acciones de las empresas de “alta tecnología” y después en la
esfera inmobiliaria acabaron por llevar a los estallidos (y
recesiones) de 2000 y ahora de 2007. La súper crisis que sufre la
economía mundial el día de hoy es resultado directo de esta serie
de mutaciones en las formas de acumulación de capital bajo el
neoliberalismo en su afán por contrarrestar la caída en la tasa de
ganancia. Desde esta perspectiva, las explicaciones de la crisis en
términos de deficiencia de la demanda agregada se quedan en la
superficie.
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