SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
23 de abril de 2016
TRES DESPACHOS SOBRE WALTER BENJAMIN
Maciek
Wisniewski. La Jornada
El
migrante. Benjamin (1892-1940), al parecer, nace siendo un migrante,
hecho solo para cambiarse de lugar. Nunca logra encontrarse uno fijo.
Estando en uno ya quiere irse al otro. Su Berlín natal es su
influencia principal. Aun así, no puede esperar a dejarlo atrás.
Sólo que al mismo tiempo no sabe dejar atrás la casa de sus padres
(una bien acomodada familia burguesa judío-alemana). Por años sigue
viviendo con ellos, obligando a su padre a que lo mantenga. En los
años 20/30 va y regresa. Primero del (auto)exilio en Suiza durante
la Primera Guerra Mundial (donde hace el doctorado), luego de sus
casas temporales en París, Capri o Moscú. La carrera académica que
anhela tanto –pero a la que no puede decidirse bien: “Trato de
agarrar el viento de todos lados”, anota en Capri ( Walter
Benjamin: a critical life, Harvard, 2014, p. 217)– lo
ataría a un lugar. Pero su habilitación es rechazada y queda
“libre”. Aprovechando el auge mediático en la joven
república de Weimar se vuelve un freelance writer: colabora
con la prensa, la radio, hace traducciones y trabajos de redacción.
Así puede “estar en movimiento”: siempre que logra juntar
un poco de dinero –su situación económica es muy precaria–
migra por toda Europa. El viaje –bien subrayan Eiland y Jennings,
autores de su nueva, ya citada biografía (satisfactoria como fuente
de información sobre su vida y entorno, pero decepcionante como
lectura...)– es para él una “medicina para las miserias”
(p. 335). Incluso la típica disyuntiva de los intelectuales judíos
de su generación (y “acto de rebelión contra sus familias
burguesas”): “sionismo o comunismo”, descrito así
por su amigo Gershom Sholem ( LRB, 3/8/95), se presenta para él como
una cuestión del destino migratorio. Aunque estudia las
posibilidades de emigrar tanto a Palestina como a la URSS, no puede
decidirse por ninguna (ni por rebelarse contra su familia...). Quiere
“evitar compromisos ideológicos” y “conservar su
libertad intelectual y personal” (p. 272). El hogar es donde
puedo gastar el dinero, escribe (p. 332).
El
exiliado. Con su precario modo de empleo, siempre está buscando un
lugar más barato para comer, dormir, leer y escribir; en 1932, en
plena bancarrota, quiere ir a vivir a una cueva en una isla en el
Mediterráneo (Esther Leslie, “Walter Benjamin: the refugee and
migrant”, en Verso blog, 14/10/15). Con la llegada de
Hitler al poder, pasa de migrante a exiliado (igual que otras 100 mil
personas que huyen de Alemania entre 1933-35). “Sacado de su
comodidad burguesa por las fuerzas de la historia y aventado al lado
de los desposeídos”, apunta Leslie, ve en el auge del nazismo
“la continuidad de la opresión y explotación capitalista”.
Exiliado en París con poco dinero y pocas oportunidades para
publicar, anota: “Hay lugares donde puedo ganar una cantidad
mínima y lugares donde puedo subsistir con una cantidad mínima,
pero no hay ninguno donde las dos cosas coincidan” (p. 392). La
atmósfera alrededor –los franceses tratando a los exiliados
alemanes peor que a los alemanes que los exiliaron, los exiliados
comiéndose a otros exiliados y los judíos humillando a otros judíos
(“Si estos dependerán sólo de sí mismos y de
los antisemitas, pronto no habrá muchos de ellos”, p. 495)–
profundiza su desesperación. Busca nuevas casas. En siete años
cambia de dirección 28 veces. Se va a Ibiza, a Dinamarca (a ver a
Brecht, quien lo tilda de “huidizo incapaz de alcanzar un
refugio”), a Italia... Cada vez después de un rato, de un
lugar ya quiere irse al otro. Cuando Adorno y Horkheimer –que junto
con su instituto, su principal fuente de empleo en estos años, ya
están en Nueva York– quieren traerlo a Estados Unidos, lo ve con
esperanza. Vacila –como con todo– pero sabe que ya se le acaba el
tiempo. A principios de 1939, la Gestapo descubre un artículo que
una vez publicó en Moscú, “transgresión” suficiente
para revocarle la ciudadanía alemana (p. 626). Del exiliado pasa al
apátrida y al refugiado.
El
refugiado. Cuando en septiembre estalla la guerra, el gobierno
francés ordena la internación de miles de enemy aliens
alemanes y austriacos. Benjamin queda encerrado por dos meses,
primero en el Estadio Olímpico en Colombes, al norte de París, y
luego en el campo en Nevers (p. 648-653). Aunque son campos de
internamiento, las condiciones son terribles y él no está hecho
para aguantarlas. Ya en libertad le escribe a Adorno: “En los
últimos meses vi tantas vidas cuya ‘existencia burguesa’ no sólo
se hundía, sino se ‘zambullía de cabeza’ de un día para el
otro” (p. 669). La suya incluida. Cuando en mayo de 1940 los
nazis invaden Francia, finalmente intenta huir del país. Tiene un
visado estadunidense, pero para poder tomar un barco en Marsella
necesitaría también uno francés. Siendo un apátrida, no puede
sacarlo. Con un grupo de otros refugiados logra cruzar a España a
través de los Pirineos. Pero la frontera en Port Bou está cerrada.
Le dicen que será retornado a Francia y, mientras tanto, junto con
otros, lo ponen en un hotelito bajo guardia. Temiendo ser enviado
otra vez al campo de internamiento, el 26 o 27 de septiembre –en
circunstancias poco claras, reconstruidas por Jeremy Harding ( LRB,
19/7/07)– decide suicidarse. Del refugiado pasa al náufrago y al
ahogado. Al día siguiente la frontera queda reabierta (p. 675).
Coda.
Para Benjamin la historia era una “lucha” entre el futuro
y el pasado, con el presente como “una viva imagen dialéctica
de los dos”; según él había momentos en que gracias a un
particular alineamiento político-histórico, un fragmento del
pasado, resonando con el presente, podía hablarnos directamente.
Este
momento es ahora, cuando:
1)
la suerte de los refugiados, como Benjamin, resuena con la vida y la
muerte de miles en las fronteras de Europa y en sus campos de
internamiento;
2)
la suerte de los exiliados por el fascismo, como Benjamin, resuena
con su actual renacimiento;
3)
la suerte de los migrantes y trabajadores precarios, como Benjamin,
resuena con la condición de millones de freelance workers.
Las
imágenes del pasado y del presente encajan tan bien en un nuevo
“rompecabezas dialéctico”, que simplemente parecen
intercambiables.
NOTA
DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
Aunque
parece ya una batalla perdida, a algunos nos resulta especialmente
irritante la expresión de trabajadores precarios para referirse a
los hijos de la pequeña y mediana burguesía a los que les han
venido mal dadas en algún recodo de la historia. Lo que algunos
llaman “precariado” no ha sido otra cosa que la condición de
vida del proletariado (o clase trabajadora, si la expresión les
resulta menos “desfasada” a los “modernos de lo nuevo”) en la
mayor parte del tiempo de existencia de esta clase social. Así que
atenciones especiales hacia algún estrato de clase, que ni siquiera
ha alcanzado la condición de tal, ninguna.
22 de abril de 2016
TODO LO QUE USTED SIEMPRE QUISO SABER SOBRE EL ‘OFFSHORE’
Movimiento
Político de Resistencia Global
Una
empresa “offshore” es lo más opuesto a la noción
que hasta ahora habíamos conocido de empresa. No hay instalaciones,
ni maquinaria, ni trabajadores, ni actividad de ningún tipo. Todo es
virtual, como los antiguos apartados de correos o una dirección
electrónica de hoy.
Antes
las sociedades se llamaban “anónimas” porque sus
propietarios tenían un título al portador que se podía vender en
cualquier momento. Podríamos decir que la relación de producción
cambiaba pero la fuerza productiva seguía en su sitio. Ahora todo es
ficticio, fantasmagórico más bien.
El
origen de los paraísos fiscales se puede aclarar teniendo en cuenta
que la palabra inglesa “offshore” se debería traducir
como “extraterritorial”, una expresión jurídica
vinculada al feudalismo y al colonialismo.
Es
feudal porque antiguamente había potencias, como la Iglesia, que no
estaban sujetas a las normas del Estado. Las Iglesias eran como el
Vaticano, un Estado dentro de otro Estado. Por eso el Vaticano es el
paraíso fiscal más importante del mundo... aunque nadie lo
mencione.
Por
eso también durante el franquismo los obreros se refugiaban en las
iglesias. Era una especie de lugar “sagrado” en el que la
policía no podía entrar. Lo mismo ocurría en las universidades.
Para entrar en ellas la policía debía pedir autorización al
rector.
Hoy
las embajadas son extraterritoriales y por eso Julian Assange se ha
podido refugiar en una de ellas de la persecución a la que está
sometido.
En
China, para huir de la policía, el Partido Comunista se fundó en
una de las muchas zonas extraterritoriales que los imperialistas
tenían repartidas por todo el país, en donde disponían de sus
propias leyes, sus propios tribunales, sus propias cárceles, etc.
Los
paraísos fiscales surgen en los años sesenta por cuatro motivos
fundamentales. El primero de ellos es la descolonización, que creó
numerosos países tan “soberanos” como ficticios. A partir
de su “independencia” quedaron fuera de la jurisdicción
metropolitana y, por lo tanto, de su régimen fiscal.
El
segundo es que en aquellos años, las grandes potencias capitalistas
tuvieron que hacer muchas concesiones al movimiento obrero y para
financiar el “Estado de Bienestar” multiplicaron la
presión fiscal.
El
tercero es la gigantesca acumulación capitalista, que en muy pocos
años concentró enormes masas de capital en muy pocas manos, en las
de quienes ya no les gusta hacer ostentación tanto como antes.
Prefieren un poco más de discreción.
El
cuarto es la facilidad con la que se pudieron empezar a mover grandes
masas de dinero en muy poco tiempo y sin apenas controles de salida
ni de entrada.
Antes
de deslocalizar el aparato productivo real en maquilas, las empresas
comenzaron, pues, a deslocalizar su entramado formal societario,
creando un verdadero laberinto en el que nada es lo que parece.
Aunque
un paraíso fiscal tiene esas dos notas características, anonimato y
baja presión fiscal, no hay un listado de ellos. Estados Unidos
tiene su listado, la OCDE publica el suyo, la Unión Europea tiene
uno y España otro, que lo redacta el Ministerio de Hacienda.
Que
un país introduzca a otro en su listado de paraísos fiscales o le
saque de él, depende de la competencia capitalista mutua entre
ellos, de las relaciones diplomáticas y de numerosas intrigas y
chanchullos, más o menos sucios.
Por
ejemplo, Brasil considera que España es un paraíso fiscal por la
competencia que le hace en materia fiscal.
El
año pasado España consideraba como “paraísos” a 33
países, mientras que en 1991 la cifra era más elevada: 48 en total.
Como
consecuencia de acuerdos comerciales entre los países, cada vez
aparecen menos paraísos fiscales en los listados, pero cada vez
mueven masas más grandes de capitales, es decir, que el mundo
experimenta un proceso acelerado, tanto de concentración como de
centralización del capital.
La
concentración y centralización han llegado a tal extremo que los
capitales resultan imposibles de manejar, por lo que se crean
sociedades dedicadas especialmente a gestionar esos enormes flujos.
El
aluvión mediático sobre los paraísos fiscales es absolutamente
hipócrita. Los países no quieren que Panamá se homologue con
cualquier otro Estado perteneciente a la OCDE, con elevadas tasas
fiscales. Lo que quieren es convertirse ellos en Panamá para atraer
a los capitales que ahora huyen.
La
“amnistía fiscal” de Montoro es uno de esos intentos de
convertir a España en un paraíso fiscal. Gracias a medidas de ese
tipo más de la mitad de la inversión que entró en España entre
2012 y 2013 llegó procedente de paraísos fiscales.
Los
periodistas hablan de las salidas pero no dicen nada de las entradas
de capitales. Si se trata de “dinero negro”, como dicen,
¿a dónde han ido a parar esas inversiones?
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