SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
7 de junio de 2017
TERRORISMO EN GRAN BRETAÑA: ¿QUÉ SABÍA LA PRIMERA MINISTRA?
John
Pilger. La Haine
Lo
indecible en la campaña electoral británica es esto. Las causas de
la atrocidad de Manchester, donde 22 personas (mayoritariamente
niños) fueron asesinadas por un yihadista, se han ocultado para
proteger los secretos de la política exterior británica.
Las
preguntas claves (por ejemplo, por qué el servicio de seguridad M15
mantuvo “activos” terroristas en Manchester y por qué el
gobierno no advirtió al público de la amenaza en su seno)
permanecen sin respuesta y se desvían mediante la promesa de una
“revisión” interna.
El
presunto terrorista suicida, Salman Abedi, formaba parte de un grupo
extremista, el Grupo de Combate Islámico Libio [LIFG, por sus siglas
en inglés] que floreció en Manchester y fue cultivado y utilizado
por el M15 durante más de 20 anos.
El
LIFG está proscrito en Gran Bretaña como organización terrorista
que promueve una posición dura sobre un “Estado islámico”
en Libia y “forma parte del movimiento extremista islamista más
amplio y global, inspirado por al Qaeda”.
La
prueba es que mientras Theresa May fuera Ministra del Interior se
permitió a yihadistas del LIFG viajar sin limitaciones por Europa y
se les animó a participar en “combate”: primero para
expulsar a Muamar el Gadafi en Libia y luego para unirse a los grupos
afiliados a al Qaeda en Siria.
El
año pasado el FBI supuestamente puso a Abedi en una “lista de
vigilancia terrorista” y advirtió al M15 que este grupo estaba
buscando un “objetivo político” en Gran Bretaña. ¿Por
qué no fue detenido, previniendo así que la red a su alrededor
planificara y ejecutara la atrocidad del 22 de mayo?
Estas
preguntas surgen debido a una filtración del FBI que desmorona la
versión del “lobo solitario” a raíz del ataque del 22 de
mayo –de ahí la indignación llena de pánico y poco usual
dirigida a Washington desde Londres, y la disculpa de Donald Trump.
La
atrocidad de Manchester quita la piedra angular de la política
exterior británica y revela su alianza fáustica con el extremismo
islámico, especialmente con la secta conocida como wahhabismo o
salafismo, cuyo principal custodio y banquero es el reino del
petróleo de Arabia Saudita, el mayor comprador de armas de Gran
Bretaña.
Este
matrimonio imperial se remonta a la Segunda Guerra Mundial y a los
primeros días de los Hermanos Musulmanes en Egipto. El objetivo de
la política británica era detener el panarabismo, esto es, el
desarrollo de un laicismo moderno en los Estados árabes, el afirmar
su independencia del Occidente imperial y controlar sus recursos. La
creación del rapaz Israel estuvo destinada a acelerarlo. Desde
entonces se ha aplastado el panarabismo: la meta ahora es dividir y
conquistar.
De
acuerdo con Middle East Eye, en 2011 el LIFG era conocido en
Manchester como los “Chicos de Manchester”. Opuestos
implacablemente a Muamar el Gadafi, se les consideraba de alto riesgo
y algunos de ellos permanecieron bajo control del Ministerio del
Interior (en arresto domiciliario) cuando las manifestaciones contra
Gadafi estallaron en Libia, un país forjado por un sinfín de
enemistades tribales.
Repentinamente,
se levantaron las órdenes de control. “Se me permitió ir sin
preguntas”, dijo un miembro de LIFG. El M15 les devolvió sus
pasaportes y a los agentes de contraterrorismo en el aeropuerto de
Heathrow se les ordenó que les dejaran tomar sus vuelos.
El
derrocamiento de Gadafi (que controlaba las reservas de petróleo más
grandes de África) venía siendo planificado desde hacía tiempo
desde Washington y Londres. De acuerdo con la inteligencia francesa,
el LIFG llevó a cabo varios intentos de asesinato contra Gadafi
durante la década de 1990 financiados por la inteligencia británica.
En marzo de 2011 Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos aprovecharon
la oportunidad de una “intervención humanitaria” y
atacaron Libia. Los acompañó la OTAN bajo la cobertura de una
resolución para “proteger a los civiles”.
El
pasado septiembre una investigación del Comité de Asuntos
Específicos de la Cámara de los Comunes concluyó que el Primer
Ministro David Cameron había enviado el país a la guerra contra
Gadafi basándose en una serie de “presunciones erróneas”
y que el ataque “había llevado al crecimiento del Estado
Islámico en África del Norte”. El Comité de los Comunes citó
lo que denominó la descripción "concisa" de Barack
Obama del papel desempeñado por Cameron en Libia: un “show de
mierda” [ a shit show ].
De
hecho, Obama fue un actor principal en este “show de mierda”,
urgido por su belicista Secretaria de Estado Hillary Clinton y por
unos medios que acusaba a Gadafi de planificar un “genocidio”
contra su propia gente. “Sabíamos […] que si
esperábamos un día más”, dijo Obama, “Bengasi, una
ciudad del tamaño de Charloote, podía sufrir una masacre que
hubiera retumbado en toda la región y manchando la conciencia del
mundo”.
El
cuento de la masacre fue fabricado por las milicias salafistas que
estaban siendo derrotadas por las fuerzas gubernamentales de Libia.
Dijeron a Reuters que iba a haber “un baño de sangre real, una
masacre como la que vimos en Ruanda”. El Comité de los Comunes
reportó que “la afirmación de que Muamar el Gadafi habría
ordenado la masacre de civiles en Bengasi no se apoyada en ninguna
prueba de la que se dispusiera”.
Gran
Bretaña, Francia y Estados Unidos efectivamente destruyeron Libia
como Estado moderno. Según sus propias cifras, la OTAN lanzó 9.700
“misiones de ataque”, de las cuales más de un tercio alcanzó
objetivos civiles. Estos ataques incluyeron bombas de fragmentación
y misiles con cabezas de uranio. Las ciudades de Misurata y Sirte
fueron completamente bombardeadas. La UNICEF (la organización de la
ONU para la infancia) reportó que una alta proporción de niños
asesinados “eran menores de diez años”.
Más
que “dar lugar” al Estado Islámico (ISIS ya se había
asentado sobre las ruinas de Irak luego de las invasiones de Blair y
Bush el 2003), estos medievalistas tardíos tienen ahora todo el
norte de África como base. Los ataques también desencadenaron una
huida de refugiados a Europa.
Cameron
fue celebrado en Trípoli como “liberador”, o imaginó que
lo era.
Entre
las masas que lo aclamaban se incluían aquellos secretamente
provistos y entrenados por las SAS británicas e inspirados en el
Estado Islámico, como los “Chicos de Manchester”.
Para
los estadounidenses y británicos el verdadero crimen de Gadafi fue
su independencia iconoclasta y su plan de abandonar el petrodólar,
pilar del poder imperial norteamericano. Audazmente había
planificado proponer una moneda común africana sustentada en el oro,
establecer un banco para toda África y promover la unión económica
entre países pobres con recursos preciados. Hubiese ocurrido esto o
no, la mera idea era intolerable para EE.UU. que se preparaba para
“entrar” en África y sobornar gobiernos africanos con
“asociaciones” militares.
El
dictador caído huyó por su vida. Un avión de la Real Fuerza Aérea
apuntó a su convoy y en los escombros de Sirte fue sodomizado con un
cuchillo por un fanático al que en las noticias se calificaba de
“rebelde”.
Habiendo
saqueado el arsenal de 30.000 millones de dólares de Libia, los
“rebeldes” avanzaron hacia el sur aterrorizando pueblos y villas.
Cruzando
hacia Mali subsahariano destruyeron la frágil estabilidad de ese
país. Los siempre entusiastas franceses enviaron aviones y tropas a
su antigua colonia “para combatir a al Qaeda” o a la
amenaza que ellos mismos habían ayudado a crear.
El
14 de octubre del 2011 el presidente Obama anunció que enviaría
tropas de fuerzas especiales a Uganda para incorporarse ahí en la
guerra civil. En los meses siguientes se enviaron tropas de combate
estadounidenses al sur de Sudán, al Congo y a la República
Centroafricana. Con Libia asegurada, estaba en curso una invasión
norteamericana del continente africano de la que no se informaba en
absoluto.
El
gobierno británico organizó en Londres una de las ferias de armas
más grandes del mundo. Lo que se rumoreaba en los stands era que se
trataba del “efecto demostración en Libia”. La Cámara de
Comercio e Industria de Londres hizo un preestreno titulado: “Oriente
Medio: un vasto mercado para las compañías de defensa y seguridad
del Reino Unido”. El anfitrión fue el Banco Real de Escocia,
un importante inversionista en bombas de racimo, profusamente
utilizadas contra objetivos civiles en Siria. La propaganda de la
fiesta de las armas en el banco elogiaba las “oportunidades sin
precedentes para las compañías de defensa y seguridad del Reino
Unido”.
El
mes pasado la Primera Ministra Theresa May estuvo en Arabia Saudita
vendiendo armas británicas por valor de más de 3.000 millones de
libras, armas que los saudíes han utilizado contra Yemen. Asesores
militares británicos instalados en salas de control en Riyadh ayudan
a llevar a cabo los bombardeos, que han matado a más de 10.000
civiles. Ahora hay claros signos de hambruna. Un niño yemení muere
cada 10 minutos de enfermedades prevenibles según la UNICEF.
La
atrocidad de Manchester del 22 de mayo fue producto de esta constante
violencia estatal en lugares remotos, gran parte patrocinada por Gran
Bretaña.
Casi
nunca conocemos las vidas y nombres de las víctimas.
La
verdad pelea por hacerse escuchar, como peleó para hacerse escuchar
cuando hubo un atentado en el Metro de Londres el 7 de Julio de 2005.
Ocasionalmente
un miembro del público podría romper el silencio, como el
londinense del este que se puso delante de un equipo de cámaras de
CNN y de un periodista que decía perogrulladas. “Irak!”,
dijo, “Nosotros invadimos Irak. ¿Qué esperábamos? Vamos,
dilo”.
En
una enorme reunión de medios a la que asistí muchos de los
importantes invitados pronunciaron “Irak” y “Blair”
como una suerte de catarsis por lo que no se atrevían a decir
profesional y públicamente.
Pero
antes de invadir Irak, el Comité de Inteligencia Conjunto advirtió
a Blair de que “la amenaza de al Qaeda se incrementará en
cuanto empiece cualquier acción militar contra Irak […]
La amenaza mundial de otros grupo e individuos terroristas islámicos
aumentará significativamente”.
Del
mismo modo que Blair trajo a suelo británico la violencia del
sanguinario “show de mierda” suyo y de George W. Bush,
David Cameron (apoyado por Theresa May) agravó su crimen en Libia y
sus horribles consecuencias, incluidas las personas asesinadas y
mutiladas en el Manchester Arena el 22 de mayo.
Como
era de esperar, vuelve la versión [del lobo solitario]. Salman Abedi
actuó solo. Era nada más que un pequeño criminal. La extensa red
que reveló la semana pasada la filtración norteamericana se ha
desvanecido, pero las preguntas no.
¿Por
qué Abedi pudo viajar libremente a través de Europa hacia Libia y
volver a Manchester sólo días antes de cometer su terrible crimen?
¿Theresa May fue informada por el M15 de que el FBI le había
seguido la pista como parte de una célula islámica que planificaba
atacar un “objetivo político” en Gran Bretaña?
En
la actual campaña electoral el líder laborista Jeremy Corbyn ha
hecho una cauta referencia a una “guerra contra el terrorismo
que ha fracasado”. Como él sabe, nunca ha sido una guerra
contra el terrorismo sino una guerra de conquista y subyugación.
Palestina. Afganistán. Irak. Libia. Siria. Se dice que Irán es el
próximo. Antes de que haya otro Manchester, ¿quién tendrá el
coraje de decirlo?
5 de junio de 2017
“DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA” Y EL SOCIALISMO VULGAR
Algunas
organizaciones de izquierda, que dicen basar sus análisis y
estrategia en la teoría de Marx, ponen en el centro de su propaganda
y agitación la demanda de “distribuir la riqueza”.
Parecen pensar que esta es una forma de facilitar la comprensión y
aceptación del socialismo por parte de los trabajadores. Esto tal
vez explique por qué, durante las campañas electorales, la demanda
se repite por todos lados, como si fuera una solución mágica.
No
acuerdo con esa política. La razón principal por la que discrepo es
que de esa forma se pone el acento en la distribución, y no en las
relaciones sociales que subyacen a esa distribución, y que la
determinan.
Con
esto no niego que es posible mejorar, mediante las luchas
reivindicativas, los salarios y las condiciones laborales (en
particular, en las fases expansivas del ciclo económico), sin tener
que acabar necesariamente con el modo de producción capitalista.
Pero hay que ser consciente de que estas mejoras siempre tienen
límites determinados por la lógica de la ganancia. Y que en
absoluto acaban con la explotación del trabajo. Más aún, en tanto
subsista el actual modo de producción, la clase obrera estará
obligada a reiniciar una y otra vez las luchas salariales y contra la
prepotencia del capital. Es que cuando los salarios amenazan
seriamente la ganancia, el capital o bien reemplaza al trabajo por la
máquina; o hace más lenta la acumulación; o se traslada a otra
región o país. Por cualquiera de estas vías, o una combinación de
ellas, pone límites a las mejoras de salarios y laborales.
Por
eso, el objetivo del programa socialista no puede reducirse a una
mejor distribución del valor agregado por el trabajo –esto es, a
luchar para que disminuya la relación plusvalía/valor de la fuerza
de trabajo. Como explica Marx en Salario, precio y ganancia,
cuando se pelea por el salario se pelea contra los efectos del
sistema capitalista, pero no contra la causa de los malos
salarios, la desocupación, el pauperismo. Por este motivo, la
bandera del socialismo debe ser la abolición del sistema del trabajo
asalariado. Esta demanda supera el horizonte del sindicalismo,
que siempre se limita, incluso en sus mejores exponentes, a exigir
mejoras en la distribución.
Estas
ideas también las encontramos en la Crítica del Programa de
Gotha; escribe Marx:
“…es
equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución
y hacer hincapié en ella, como si fuera lo más importante. La
distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un
corolario de la distribución de las propias condiciones de
producción. Y ésta es una característica del modo mismo de
producción. Por ejemplo, el modo capitalista de producción descansa
en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son
adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del
capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria
de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo.
Distribuidos de este modo los elementos de producción, la actual
distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural.
Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad
colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí solo,
una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El
socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia)
ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la
distribución como algo independiente del modo de producción, y, por
tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira
principalmente en torno a la distribución” (edición elaleph,
p. 18; énfasis agregado).
El
enfoque marxista entonces se opone a la visión de los reformistas
burgueses, socialistas vulgares, y semejantes, que ponen el acento en
“la distribución de la torta” (torta = valor agregado).
Recordemos que, de manera característica, Karl Dühring, decía que
el modo de producción capitalista era bueno, pero el modo de
distribución capitalista debía desaparecer. Inevitablemente, a
partir de aquí, las cuestiones se plantean en términos de cuánto
le corresponde al trabajo, cuánto al capital, si es “justo”
tanto más o tanto menos, etcétera. Así se pasa por alto la
pregunta esencial, que debería hacerse todo trabajador: ¿quién
hizo la torta que va a repartirse? Con lo cual empezamos a cuestionar
la relación de propiedad/no propiedad de los medios de producción y
de cambio.
Existe
todavía otro problema con la demanda de “distribuir la riqueza”,
y es que induce a pensar que la solución de los males sociales pasa
por distribuir los medios de producción entre los ciudadanos de
algún modo “equitativo”. O sea, pasar a un modo de
producción basado en el pequeño burgués propietario de su lote de
tierra, de su pequeño taller, comercio o medio de transporte. El
socialismo pequeño burgués siempre tuvo este norte; lo mismo ocurre
con muchas variantes del populismo. Frente a la concentración y
centralización del capital, la consigna parece ser “volvamos a
la pequeña propiedad”. Para esta gente las calamidades
sociales no tienen su origen en el capital, sino en el hecho de que
este sea “demasiado grande”.
Naturalmente,
comprendo el afán de algunos marxistas de quedar bien con el
populismo pequeño burgués (máxime en campañas electorales), pero
la realidad es que repartir la gran propiedad para volver a la
pequeña propiedad es un objetivo reaccionario. Cambiar las grandes
unidades productivas o comerciales por la pequeña unidad
administrada por los propietarios individuales, significaría un
retroceso en las fuerzas productivas. Por eso históricamente el
marxismo no levantó la consigna de “repartir los medios de
producción”, sino socializarlos. Esto es, que pasen a manos de la
sociedad, de los productores asociados.
Como
puede verse, se trata de cuestiones que afectan a la esencia de la
teoría y la política del socialismo.
NOTA
DEL EDITOR DE ESTE BLOG. No espero que los votantes
cheerleaders del PSOE, IU, Podemos, EQUO y resto de basura progre del
sistema acepte la diferencia entre socialismo vulgar y socialismo a secas, ni siquiera que lo entienda. No dan para tanto.
Pero sí que las nuevas generaciones que están entrando a una cierta
forma de conciencia social y política vean por dónde va la cosa en
realidad y no por donde nos la venden estos “sobreros” del
capital.
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