SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
PROPUESTA DE EXIGENCIAS AL POSIBLE PRÓXIMO GOBIERNO DE AMPLIAS ALIANZAS
HASTA LOS COJONES DEL ASUNTO LUIS RUBIALES Y DE TODO EL SHOW
TIEMPO DE PESIMISMO (NO EXAGERAR LOS ADJETIVOS), TIEMPO DE ESPERANZA
SUMAR Y PODEMOS JUNTOS A LAS GENERALES ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?
30 de septiembre de 2013
JAQUE AL 25-S. LA TERCA VOLUNTAD DE LA DERROTA
Por
Marat
1.-Hagamos
un poco de memoria
Desde su primera convocatoria el 25 de Septiembre
del pasado año, lo que inicialmente se conoció por la apelación a diversas
tentativas –ocupar, rodear, sitiar, tomar el Congreso-, ha ido derivando hacia
la más patética plasmación del ridículo, nacido ante todo del alcance de sus
planteamientos políticos centrales y, en menor medida, de la enorme distancia
entre sus pretensiones y sus logros.
Desde el lenguaje golpista de sus primeras
convocatorias y la presencia de algunos grupos ultras entre sus convocantes (pueden
ustedes acceder a mis anteriores artículos sobre estas convocatorias en este
mismo blog) hasta la actual de “Jaque al
Rey” del 28-S han cambiado tanto el tono de las convocatorias como los
objetivos de las mismas y la composición real de una parte de las
organizaciones convocantes.
Del mismo modo ha variado, fundamentalmente en
este último 28-S, el tratamiento dado a los convocados. En la anteúltima
convocatoria, una especie de “comandancia secreta de la revolución ciudadana”
animaba al “pueblo” a acudir a su movilización calculando un alto grado de
represión (pedían hasta médicos y enfermeras para el evento), mientras dicho
colectivo (“En Pie”) se mantenía, prudentemente, en el anonimato, por eso de
que si hay que hacer sacrificios que caigan los peones pero nunca los autoproclamados
generales. Como la siniestra Brigada Provincial de Información de la Policía
Nacional en Madrid los tenía controlados, decidieron presentarse y
autoidentificarse en los juzgados de Plaza Castilla. Afortunadamente no parecen
haber sufrido una represión particularmente severa.
Por el contrario, en esta última convocatoria,
dirigida ya no contra el Parlamento sino contra el Borbón y la Monarquía, la coordinadora
25-S, que tantos enfrentamientos internos y con los iniciales convocantes del
25-S del pasado había vivido, no planteaba especiales sacrificios a su
convocatoria de manifestarse y ocupar “indefinidamente” la Plaza de Oriente, si
bien a última hora y ante la evidencia de un fracaso anunciado aclaraba que
“indefinidamente” significaba no fijar la hora de finalización de su
manifestación. La idea de emular al 15M plantando en la plaza tiendas de
campaña fue abandonada sin que oficialmente se admitiese haberla
planteado.
En cualquier caso, la movilización fue un fracaso
de varios cientos de personas, frente a 1.400 policías de las UIP; un fracaso
incluso anunciado, por mucho que sus convocantes afirmen como éxito haber
reunido al principio de la manifestación a 8.000 personas, disminuidas en
número luego por la torrencial lluvia. Magra convicción y energía es esa a la
que el agua disuelve. Las cifras es lo que tienen: cualquiera puede dar las que
le dé la gana pero la realidad es que ni con las anteriores convocatorias cayó
el gobierno de extrema derecha liberal ni se disolvieron las cortes ni en ésta
se ha avanzado un solo milímetro en el destronamiento de los Borbones. Y esos
eran los objetivos explícitos y proclamados de tales llamamientos a la
movilización. Ni el ambiente previo en la calle y en las redes sociales anunciaba
otra cosa ni los objetivos de la convocatoria –y ésta es la razón clave de su fracaso-
permitían esperar algo distinto, salvo quizá para una parte de los cambiantes a
lo largo de un año grupos convocantes, para los que la reflexión acerca de su
menguante capacidad de atracción no parece merecer autocrítica ni análisis
algunos. Baste para ilustrar esta afirmación el comunicado
de autodisolución de la Plataforma ¡En Pie! Ni el menor atisbo o tentativa
de explicación real del porqué de su fracaso, que no fuera culpar a la sociedad
de no aceptarles su papel de guías.
No me voy a referir a la evidente contradicción de
una movilización, de forma más acentuada la última, que dice pedir la abolición
de la Monarquía pero que en ningún momento afirma su voluntad de proclamar la
III República española y se limita al eufemismo de aludir a una “forma de
gobierno republicana”. Cuando uno se la agarra con papel de fumar en su
lenguaje y no es claro y decidido en sus propuestas no merece otra cosa que el
más profundo desprecio por su cobardía En cualquier caso, no está aquí el
motivo de un fracaso en la movilización sino en la evidente desconexión entre
la realidad terrible que vive la clase trabajadora y las reformas, por mucho
que las vendan como rupturas radicales, institucionales que proclama esta
gente.
2.-Razones
del fracaso de cierto modelo de protesta social y la quincalla teórica del
reformismo
Lo que una y otra vez viene fracasando desde hace
meses es una determinada forma de protesta social y unos contenidos concretos
de esa protesta.
Es la permanente apelación al “ciudadano”, figura
inoperante como sujeto político al que enfrentar a las consecuencias sociales
de la crisis capitalista, porque la llamada ciudadanía está compuesta tanto por
explotados como por explotadores, por favorables a las reformas liberales como
por partidarios a resistirlas, la que está condenada a la derrota. Cuando la empresa
privada aplica un ERE a cientos o miles de sus empleados no se la está
aplicando a los ciudadanos sino a los trabajadores. Cuando la enseñanza y la
sanidad públicas son degradadas al máximo por los gestores políticos, para
justificar su privatización, no es el genérico e indiferenciado “ciudadano” el
que sufre sus consecuencias, porque una parte de esos “ciudadanos” pueden pagarse
tanto una enseñanza como una sanidad públicas, sino la clase trabajadora en su
conjunto, que es la auténtica víctima tanto de la crisis capitalista, como de
las medidas de austeridad que sólo a ella se le aplica o de la traición de clase
de las izquierdas sistémicas.
Por otro lado, la reivindicación de la ciudadanía
y de la figura del ciudadano como ejes de la protesta se asienta en un supuesto
falaz e intencionadamente tramposo. La de que el poder “de los mercados” –la
obsesión por no llamar a las cosas directamente por su nombre, capitalismo, es ridículamente
enfermiza- acaba con la soberanía de la política y con el respeto a la voluntad
ciudadana propia de las democracias.
Cualquier estudiante de bachillerato, no
necesariamente brillante ni mucho menos, sabe que los derechos políticos democráticos
y su extensión –el derecho de ciudadanía y la consideración de ciudadano- son un
fenómeno no estático y perenne sino una conquista de tipo histórico que ha sido
compatible tanto con los modelos económicos liberales como con los mal llamados
de “economía mixta” del Estado del Bienestar.
Lo que se dirime en la contrarrevolución liberal
no es el derecho de ciudadanía ni el ataque a la democracia por parte de “los
mercados”. A lo que el capitalismo –porque se trata del capitalismo. El mercado
también existe en una sociedad socialista- ataca primordialmente es a las
conquistas sociales de una clase, la trabajadora, por mucho que de esas
conquistas se hayan beneficiado también las clases medias.
Los derechos de ciudadanía son ante todo políticos
y de igualdad ante la ley, no necesariamente económicos y sociales. No lo
fueron con la revolución francesa de 1789 ni con las revoluciones burguesas de
mediados del siglo XIX. Tan sólo fueron reconocidos en la práctica esos
derechos económicos y sociales durante un breve período periodo posterior a la
II Guerra Mundial, empezando a naufragar con el inicio de la revolución
conservadora de Reagan y Thatcher a principios de los años 80 del pasado siglo.
El auge y los fundamentos legales del Estado del Bienestar duraron no más de 35
años, aunque sea ahora cuando se esté firmando “legalmente” su acta de
defunción.
Las reglas del juego han cambiado en cuanto al fin
de la universalización de los servicios sociales y de los derechos sociales y
económicos. No así los derechos políticos de ciudadanía que permanecen, del
mismo modo en el que lo hicieron durante todo el siglo XIX y la primera mitad
del XX en gran parte de los países europeos y en Norteamérica.
Serían las luchas obreras durante esos siglos,
junto con la revolución bolchevique de 1917 y la Gran Depresión los que
obligarían a políticas expansivas de Estado, ya fueran en su versión del New
Deal o en la de los fascismos europeos.
Será Marx quien cuestione el hecho de que la
revolución francesa y las revoluciones burguesas creen un marco jurídico de
derechos democráticos y de ciudadanía pero se detengan en la propiedad como
piedra de toque sagrada sin extender la igualdad jurídica entre los seres
humanos a una igualdad real en lo económico, al mantener la burguesía la
posesión de los medios de producción. Apuntando más lejos, Marx afirmará que
los derechos de ciudadanía bajo el Estado burgués, lejos de ser un avance hacia
la igualdad real –la económica y social-, consolidan la desigualdad entre los
seres humanos porque la encubre y legitima bajo un manto humanista y de
apariencia democrática. Es obvio que Marx no está proponiendo remedios de
hipócrita plañidera, como hacen las “izquierdas” vergonzantes actuales con toda
esa chatarra intelectual del “bien común”, la “democracia económica y social”,
el comercio justo, la renta básica universal o la banca social, todas ellas de
un origen más que sospechoso en teóricos liberales o de corte “humanizador” del
capitalismo. La propuesta de Marx no era poner paños calientes al cáncer
capitalista sino la de realizar una revolución social que destruyera su
desorden para instaurar uno moralmente superior, el socialismo.
La obstinación en el rechazo y la renuncia a la
lucha de clases al dirigir intencionadamente, y en compañía del afortunadamente
ya moribundo movimiento indignado, la protesta social sólo contra el Estado,
los gobiernos y las instituciones y negarse
a orientarla también hacia las grandes empresas y corporaciones,
auténticos diseñadores de las políticas que aplican los gobiernos contra la
clase trabajadora, resulta cuando menos sospechosa.
Sin lucha de clases carece de sentido alguno una
protesta social cuyo origen, parece que hay que recodarlo a todas horas, es la
crisis capitalista que está provocando la mayor concentración de riqueza en
menos manos y el mayor expolio de sus conquistas sociales que haya sufrido la
clase trabajadora en toda su historia. Y no hay lucha de clases si las luchas
no son proyectadas a la vez y con la misma entereza contra el empresariado
capitalista y contra sus gobiernos, que no actúan por maldad caprichosa de los
políticos, como infantilmente se nos pretende hacer creer, sino como instrumentos
al servicio de la clase a la que representan, la burguesía.
Sin lucha de clases no será posible debilitar a la
clase que impone las políticas contra la inmensa mayoría de la población, que
es la asalariada y la que ha dejado de serlo al convertirse en parada, ni será
posible cambiar las políticas gubernamentales ni la composición de los
gobiernos. Sólo desde la fuerza de la clase trabajadora, a la que colaboracionistas
sindicales y las pseudoizquierdas mantienen fuera de del combate, es posible
transformar la realidad y esa realidad no se cambia sin afrontar de manera
directa las cuestiones de la propiedad, en el ocaso final de lo público, de la
distribución de la riqueza y de su origen.
En ellas se encuentra el nudo gordiano que hace
posible una correlación de fuerzas tan desequilibrada entre trabajo y capital.
Sólo unos objetivos y unos contenidos ideológicos que las sitúen en el centro
mismo de la protesta pueden empezar a revertir la situación hacia una posición
más ventajosa de los oprimidos frente a la dictadura de la burguesía.
Sin duda, éste es el camino más difícil. Situar la
lucha en el espacio de la producción y del poder económico y en sus
proximidades es un desafío plagado de obstáculos, no sólo por el dominio del
empresariado y sus estructuras corporativas de poder vertical sino también, y
de modo muy importante, por la cooperación desmovilizadora que les prestan las
burocracias antisindicales de los que aún son sindicatos mayoritarios, de las
izquierdas sistémicas y sus aliados de la “democracia líquida” y de una
indignación con ideología de clase media, cuya función está siendo la de
desviar la correcta orientación de la lucha social hacia un destino inútil y
frustrante para los incautos que participan de ellas. Pero si las trabas para
emprender esta reorientación de la protesta social son enormes, el fracaso de
las movilizaciones precedentes respecto a sus propios objetivos muestran, como
mínimo, la necesidad de replantearse porqué siguen y con qué objeto.
De la mano del ciudadanismo interclasista que no
ahonda en las raíces históricas y estructurales de la desigualdad, basada en la
contradicción entre una producción social y una apropiación individual del beneficio y de
la riqueza, derivado de la propiedad privada de los medios de producción, va la
pantomima de los “procesos constituyentes/ destituyentes”. Entre los cándidos
bienintencionados del ciudadanismo y de los procesos constituyentes, que los
hay, se asienta la falsa creencia en que basta la participación política y el
éthos (para entendernos, moralina) “democrático” para luchar contra el
capitalismo, por supuesto sin tocar, o haciéndolo en pequeña medida, las bases
estructurales de la desigualdad. Pero lo cierto, y ahí se les pilla como a
pardillos, es que sus medidas y propuestas van encaminadas, antes que a nada,
al cambio del marco jurídico y político institucional; una mero programa
democrático burgués. Hace ya mucho tiempo que sabemos que, salvo el poder, todo
es ilusión, y la crisis capitalista ha hecho más evidente, si cabe, para quien
no se arranque los ojos con el objeto de no cambiar su ciega creencia, que el
auténtico poder es el económico y que los gobiernos son sólo los brazos obedientes del capital. Luchar “contra
las privatizaciones, los recortes, la corrupción y el expolio al que nos somete
el capital financiero” e incluso mostrarse partidario de algunas privatizaciones
de sectores estratégicos es un brindis al sol, que en nada cambia la naturaleza
del sistema económico si las luchas y los cambios no se insertan en una
transformación socialista que expropie a los capitalistas las propiedades de sus
empresas y las convierta en propiedad social de sus trabajadores. En la Francia
de De Gaulle el 40% de la gran empresa era pública y ello no hizo que la
economía francesa dejase de ser capitalista. La mayor parte de la gran empresa
durante el franquismo perteneció a un organismo público, el INI, pero el
sistema económico era capitalista, tanto por sus bases jurídicas como por las
relaciones sociales de producción imperantes en esa economía.
Dicho de otro modo, “procesos constituyentes” sin
lucha de clases y sin proyecto de sociedad socialista y de economía de
propiedad colectiva es un quítate tú para ponerme yo, un cambio de actores
políticos, la sustitución de un régimen de partidos por otro en el que
gobiernen aquellos que no pudieron hegemonizar la transición política.
Gatopartismo de la peor factura. En una etapa de mayor bienestar para las
clases trabajadoras tal proceso político sería un avance, por lo que supondría
de ruptura con un sistema político democráticamente mejorable. En una etapa de
tremenda dualización social, depauperación del nivel de vida de la clase
trabajadora, agudización de las contradicciones fundamentales del capitalismo y
hegemonía brutal de la burguesía en la lucha de clases, por incomparecencia de
las pseudoizquierdas y el sindicalismo amaestrado, un proceso constituyente
limitado básicamente al cambio del marco político es sencilla y llanamente
traición a la clase trabajadora.
Desde hace decenios, las izquierdas y las
organizaciones sindicales han ido renunciando a su identidad ideológica, basada
en ser representantes de los intereses de la clase trabajadora, para ir
adquiriendo capa a capa otro ropaje político, el suministrado por los augures
demoscópicos al servicio del régimen capitalista, que machacaban de manera continuada
con la gran mentira de que las sociedades modernas lo eran de clases medias y
con la correspondiente cantinela de sociedades orientadas al centro político. ¿Qué
clases medias son esas que se ven amenazadas de desaparecer en una crisis
económica? ¿Qué rigor analítico existe en una teoría de las clases medias que
integra dentro de las mismas a asalariados con altos sueldos, propietarios de
medios de producción de la pequeña y mediana empresa y profesionales liberales
de alta cualificación? Cuando lo que articula dicha definición es la capacidad
adquisitiva ante el consumo y la posibilidad de generar patrimonio, la
confusión y el engaño están servidos pero poco importa a los sociólogos de
turno del sistema porque el objetivo no es otro que crear ideología conservadora
y justificar el consentimiento social y el consenso de valores alrededor de un
modelo de capitalismo avanzado. Lo cierto es que el salario, aun siendo elevado
no conforma clase media porque su origen no es independiente para el
beneficiario sino que depende del contrato por cuenta ajena y ser asalariado es
una de las bases definitorias clave de la pertenencia a la clase trabajadora.
En el caso de los altos asalariados cabe hablar de “aristocracia obrera”, que
constituye una fracción dentro de una clase social pero no una clase en sí
porque las clases se definen por su posición en la producción. Podríamos aludir
también a la tendencia, previa a la crisis actual, hacia una posición
subalterna a través de la salarización de importantes sectores de los
profesionales liberales de alta cualificación pero no nos detendremos en ella
por no ser objeto de este artículo.
Es fácil desmontar la argucia de la teoría del
predominio de las clases medias en la estructura social de las sociedades de
capitalismo avanzado. Es más difícil desmontar la hegemonía del discurso
ideológico de clase media, sencillamente porque el desclasado que cree
pertenecer a ella, sin serlo, no está dispuesto a permitir que le sitúen en un
lugar tan poco brillante socialmente y de tan escasa proyección aspiracional
como la de trabajador. Es sabido que cuando el tonto coge la linde, y la linde
se acaba, el tonto sigue. Pero será la crudeza de los hechos y de la pérdida de
nivel de vida la que ponga en su sitio a estos adoradores de becerritos de oro
porque su realidad no les da para becerros grandes.
Requiere más esfuerzo resistir que plegarse a la
orientación dominante del viento y esto último es lo que han hecho desde
entonces las organizaciones que en el pasado lo fueron de la clase trabajadora
y que hoy están al servicio de un discurso reaccionario de clase media que lo
único que desea es mantener su amenazado “bienestar” económico sin alterar su
lealtad al sistema capitalista.
Esas pseudoizquierdas, penetradas hasta los tuétanos
por lo peor de la ideología liberal a la que dicen combatir, perseveran en un
discurso que las conduce de fracaso en fracaso porque han asumido, pusilánimes,
el principio de que no deben radicalizarse para lograr ser hegemónicas, porque
la sociedad es muy moderada. De ahí su ridículo discurso del 99% contra el 1%,
que absuelve a las clases medias patrimoniales propietarias de medios de
producción, de su condición de verdugos de la clase trabajadora, subordinando
los intereses de ésta a los de la lucha por la supervivencia del pequeño y
mediano empresario. ¿De qué sirve tener la hegemonía, que están cada vez más
lejos de adquirir porque no convencen a la clase trabajadora, de un discurso que
no es el suyo de origen?
El fracaso de las movilizaciones ciudadanistas,
interclasistas, sólo de reivindicación institucional y de los distintos eventos
del 25-S se produce no porque la clase trabajadora sea revolucionaria (no le
corresponde a ella serlo sino a sus organizaciones) sino porque sus
reivindicaciones no tienen nada que ver con ella. Si durante un tiempo
funcionó, bajo la marca indignada del 15M era porque la gente estaba lo
bastante airada como para salir a protestar. A pesar de ello las protestas movilizaron sobre todo a
sectores de las mal llamadas clases medias. Cuando empezó a hacer aguas no es
porque se radicalizara –admitir la dación en pago no es ser radical; es asumir
el imperio del derecho del usurero a cobrar la deuda sobre el derecho humano a
la vivienda- sino porque se agotó, al no ser un elemento que hiciera avanzar propuestas
que supusieran una auténtica conexión con las necesidades reales, cotidianas y
vitales de los golpeados por la crisis y las políticas de austeridad.
La República es una aspiración natural de las
izquierdas, claro que sí. Pero, ¿de qué les serviría a los 4.000 trabajadores de
Panrico, que no cobran sus nóminas para que la empresa pague a proveedores, que
verán rebajadas sus salarios, cuando los cobren, en un 45% o que asistirán al
dramático despido de 1.900 compañeros, que el Jaque al Rey lograse la
sustitución de un Borbón tarado por el Presidente de una República que permitiese
las políticas antisociales y el chantaje terrorista de los empresarios que hoy
padecemos? Señores constituyentes: piensen la respuesta y luego me la cuentan.
21 de septiembre de 2013
LA COMPLICIDAD DE ALGUNOS INTELECTUALES EN LA GUERRA IMPERIAL CONTRA SIRIA
Ángeles
Diez Rodríguez. La Haine
Incluso
se permiten enmendar la plana a los gobiernos latinoamericanos que, defendiendo
la soberanía y el principio de no injerencia, se oponen a la guerra contra
Siria

El caso de Siria es uno de los más paradigmáticos
en los que desde el 2011 se evidencian con claridad el papel legitimador de la
guerra jugado por ciertos intelectuales de izquierda. Una parte importante de
éstos ha optado por servir de coro a la guerra mediática contra Siria
investidos de una áurea ilustrada y cargados de principios morales de factura
occidental. Desde sus púlpitos en los medios alternativos pero también en los
masivos elaboran explicaciones, justificaciones y relatos que presentan como principios
éticos cuando en realidad se trata de su opción política. Ridiculizan y
simplifican, manipulan y tergiversan la opción de los militantes
antiimperialistas e incluso se permiten enmendar la plana a los gobiernos
latinoamericanos que, defendiendo la soberanía y el principio de no injerencia,
se oponen a la guerra contra Siria.
En junio del 2003 en el marco de la guerra y
ocupación de Iraq no fue muy complicado, en el ámbito universitario, en el de
la cultura y en la militancia de izquierdas, que se alzaran cientos de voces
contra la guerra, fuimos capaces de reconocer las trampas discursivas, capaces
de descubrir los intereses del imperio y sus socios, de desvelar las mentiras
mediáticas y sobre todo de establecer prioridades en la movilización y la denuncia.
No pudimos parar la guerra ni la ocupación de Iraq pero pusimos los cimientos
de un movimiento antiimperialista que podría haber sido el freno de mano de la
barbarie bélica y que, de alguna manera, aplazó el objetivo de continuar la
neocolonización de la zona.
Si en el 2003 nos fue relativamente fácil
movilizarnos contra la guerra en Iraq y los planes imperiales, lo cual no
significaba apoyar ninguna dictadura, muchos nos hacemos ahora la pregunta ¿qué
ha pasado para que no surja o para que no se dé continuidad al movimiento que
emergió en el 2003? Seguramente haya diversas razones entrecruzadas pero me
gustaría destacar dos que me parecen centrales: los medios de comunicación
masivos han hecho un buen trabajo disuasorio y una parte de los intelectuales
de izquierdas que antes eran referentes políticos contra la guerra han optado
por servir en el otro bando.
Intelectuales de izquierda al servicio
de la legitimación bélica.
Que los medios masivos mienten, tergiversan,
ocultan, señalan, dan forma y rostro a nuestros enemigos es una evidencia
repetida una y otra vez en la historia. Lo hacen no porque sean instrumentos
del imperio, no, lo hacen porque son parte consustancial del poder. Pero la
justificación de las guerras, la “fabricación
del consenso” que diría Chomsky, no sólo se hace a través de las
corporaciones mediáticas. La propaganda es un sistema en el que se insertan las
empresas mediáticas, la clase política y sus discursos, la cultura occidental
prepotente y colonialista, los periodistas, los artistas, los intelectuales,
los académicos y los filósofos mediáticos. Todos estos intelectuales se han
convertido en un “clero secular” que
“optan por jugar un papel fundamental en la interiorización de la ideología de
la guerra humanitaria como un mecanismo de legitimación” (Bricmont, 2005). Unos
conscientemente otros no tanto se han puesto al servicio de la propaganda de
guerra del imperio.
Lo interesante es que esta cohorte creadora de
opinión pública antes se reclutaba en las filas conservadoras, en las liberales
y una parte en las de los socialdemócratas (recordemos la campaña del PSOE con
“la OTAN de entrada No”) pero desde
la guerra de Yugoslavia (1999) son cada vez más los grupos de intelectuales que
proceden o se reclaman revolucionarios de izquierda, anticapitalistas y
antiimperialistas. Se explican a sí mismos con argumentos morales
universalistas y humanitarios: luchar contra las dictaduras (estén donde estén)
y defender la causa de los pueblos (siendo éstos las mujeres afganas, los
insurgentes libios, los manifestantes sirios o la parte de pueblo que los
medios masivos señalen como víctima de las dictaduras).
Algunos de estos intelectuales enarbolaron el “No a la guerra” contra Iraq en el 2003,
sin embargo, desde el inicio de las llamadas “primaveras árabes” tocan en la misma orquesta que sus gobiernos
llamando al derrocamiento de tirano B. Al-Assad y a la Transición democrática
en Siria; incluso hay quien reclama la intervención militar de Occidente como
la novelista Almudena Grandes: “Al fondo está El Asad, un dictador, un tirano,
un asesino en serie que resultará el único beneficiario de la no intervención”.
Suponemos que para ellos S. Huseim era menos
dictador que B. Al-Assad o quizá se trate de que en esa guerra había cientos de
miles de ciudadanos en las calles gritando “No
a la guerra”, caso que no se da ahora.
El papel que juega este “clero secularizado” es doble, por un lado suministran argumentos
justificadores de la intervención armada, por otro dividen, debilitan o
bloquean cada vez con mayor intensidad el surgimiento de una oposición fuerte a
las guerras imperiales.
Unas veces por ignorancia política, otras por
confusión pero la mayoría de las veces por un sentido subyacente de
superioridad moral como intelectuales del mundo desarrollado, esta “izquierda” ha interiorizado los
argumentos de la derecha. Según Bricmont se ha movido en dos actitudes: a) lo
que llama el imperialismo humanitario, que se apoya en creer que nuestros “valores universales” (la idea de
libertad, democracia) nos obligan a intervenir en cualquier lugar. Sería una
especie de deber moral (derecho de ingerencia) b) el “relativismo cultural” que parte de que no hay costumbres buenas o
malas. Tendríamos el caso de que si hay un movimiento wahabista o
fundamentalista que se revela contra la represión hay que aplaudirlo porque “los pueblos no se equivocan” o, como me
explicó un filósofo español “cuando los
pueblos hablan la geoestrategia calla”.
Extrañas coincidencias por la libertad
y la democracia
La dominación imperial es siempre militar pero
necesita una ideología que la justifique para eliminar resistencias en la
retaguardia. Hoy día, gracias a la complejidad del sistema de propaganda cada
vez más sofisticado, tecnificado y efectivo, una gran parte de la construcción de
esta ideología legitimadora está en manos de una izquierda, ahora ya
respetable, que cuenta con credibilidad para la opinión pública crítica gracias
a su currículo como defensora de la causa Palestina. El núcleo duro de los
discursos legitimadores se ha desplazado de la ya clásica “libertad” a la críptica “dignidad”
y mantiene la “democracia” y los
derechos humanos como consignas. La democracia como “la intervención soñada” del filósofo Santiago Alba sirve de utopía
light para sumar adeptos y confundir los deseos con la realidad.
Sin embargo, hay ocasiones en las que la consigna
de la libertad emerge cual ave fénix cuando el público al que se dirigen es
demasiado occidentalizado para desentrañar el enigma de la “dignidad”. Dice Bricmont que justo cuando el imperio abandona el
lenguaje de la libertad porque ya no resulta creíble lo retoma este clero
humanitarista. Así, en el llamamiento de la Campaña de solidaridad global con
la Revolución Siria firmado entre otros por G. Achcar, S. Alba y Tariq Ali cuyo
título es “solidaridad con la lucha Siria
por la dignidad y la libertad”, en apenas dos páginas se utiliza 14 veces
la palabra libertad.
A medida que la guerra mediática contra Siria se
ha ido recrudecido han aumentado las coincidencias entre los relatos imperiales
y los discursos de los que dicen apoyar a los “revolucionarios sirios”. Sigamos con los ejemplos ilustrativos y
comparemos el “llamamiento de Solidaridad
global con la Revolución Siria” con la declaración conjunta sobre Siria que
firmaron 11 países en el marco de la reunión del G20, a propuesta de EEUU, para
forzar un frente de Estados que apoyen la intervención armada.
En el llamamiento del clero
humanitarista se apuntan los siguientes argumentos:
1) En Siria hay una revolución en marcha 2) El
único responsable de las muertes, de la militarización del conflicto y de la
polarización de la sociedad es B. Al-Assad 3) Hay que apoyar a los
revolucionarios sirios porque “luchan por
la libertad a nivel regional y mundial” 4) Hay que “apoyar una Transición pacífica hacia la democracia para que decidan
los propios sirios” 5) Se pide una “Siria
libre, unificada e independiente” 6) Se pide ayuda a todos los refugiados y
desplazados internos sirios
En la Web de la Campaña se introduce el texto del
llamamiento especificando que “la
revolución del pueblo debe ser apoyada por todos los medios”, suponemos que
todos los medios significa todos los medios, y se exige que B. Al-Assad dimita,
sea juzgado y se ponga fin al apoyo militar y financiero al régimen sirio, sólo
al “régimen sirio”.
Por su parte la declaración conjunta de EEUU y sus
socios, entre los que curiosamente no se encuentra ningún país latinoamericano
y el único árabe es Arabia Saudita, expone los siguientes tópicos: 1) Condena
exclusivamente al gobierno sirio al que hace responsable del ataque con armas
químicas 2) La guerra contra Siria es para defender al resto del mundo de las
armas químicas evitando su proliferación. 3) La intervención trataría de evitar
males mayores: “un mayor sufrimiento del
pueblo sirio y la inestabilidad regional” 4) Se condena la violación de los
Derechos humanos “por todas las partes”
5) Se pide una salida política, no militar y se dice: “Estamos comprometidos con una solución política que se traduzca en una
Siria unida, incluyente y democrática” 6) Se llama a la asistencia
humanitaria, a los donantes y a la ayuda a las necesidades del pueblo sirio.
En la comparación de ambos textos lo sorprendente
es que en el primero se destila un aire mucho más belicista, no se reconoce que
haya dos bandos en el conflicto, el conflicto se reduce a B. Al-Assad, se
justifica el apoyo a los “revolucionarios
sirios” porque están haciendo la revolución mundial y no se plantea una
salida política sino la derrota del gobierno sirio. Pareciera que este llamamiento
hubiera sido redactado precisamente por uno de los bandos en conflicto que se
arroga la portavocía del pueblo sirio en su conjunto.
Las trampas del lenguaje: “Condenamos la intervención, ni con unos ni
con otros, los pueblos siempre tienen razón”
La construcción de la ideología del imperialismo
humanitario ha tenido distintos recorridos. Como decíamos al inicio de esta
intervención, ha sido el estandarte de la izquierda bienpensante (parte de ella
vinculada al trotskismo de la Cuarta Internacional) que desde la guerra contra
Yugoslavia (1999) fue dando forma a un discurso moralista cómodo que la
homologaba como “izquierda respetable”
aunque se declarara “anticapitalista”.
Si analizamos algunos de sus discursos sobre Siria
encontramos las pautas que se repiten. En primer lugar hay que dejar claro
constantemente el punto de partida antiimperialista, y negar que se esté con “la intervención militar extranjera”
como hace G. Achcar en el artículo “Contra
la intervención militar extranjera, apoyo a la revuelta popular siria”, o
S. Alba en “Siria, la intervención
soñada” que termina con un “condeno,
condeno, condeno, la intervención militar estadounidense”. Decía V.
Klemperer en su obra “La lengua del
Tercer Reich” que “el lenguaje saca a
la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o
ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente”. El clero
humanitarista no está a favor de la intervención militar pero se ve obligado a
repetirlo constantemente en sus escritos y conferencias como si el público al
que se dirigen no estuviera del todo convencido. Tampoco conviene hablar de
guerra y por tanto se utiliza constantemente el eufemismo “intervención militar extranjera” o “intervención militar estadounidense”.
Ni con EEUU ni con B. Al-Assad. La equidistancia
es sin duda un refugio ideal para las buenas conciencias y tiene la ventaja de
la ambigüedad que permite posicionarse en un lado o en otro según discurran los
acontecimientos. Se trata de una falsa simetría que coloca en el mismo plano al
agresor y al agredido. Si en una situación en la que un Estado o un conjunto de
Estados amenazan y declaran la guerra a otro nos declaramos neutros, en
realidad, apoyamos la opción del más fuerte. No ha sido Siria quien ha
declarado la guerra a EEUU o a Europa y comparativamente el poderío y la
capacidad bélica de Siria respecto al imperio y sus socios (armas químicas,
nucleares y convencionales) es incomparable.
Al clero humanitarista no le convence el
posicionamiento “ni-ni” y trata por
todos los medios de decantar las opiniones hacia el lado del bando donde se
encuentran los llamados “revolucionarios
sirios”. En ese intento no escatima adjetivos contra el gobierno Sirio y su
presidente y se sitúan por encima de la realidad o la veracidad de los hechos;
tenemos así a S. Alba diciendo que es un hecho irrefutable que “con independencia de que haya usado o no
armas químicas contra su propio pueblo, el régimen dictatorial de la dinastía
Assad es el responsable primero y directo de la destrucción de Siria, del
sufrimiento de su población y de todas las consecuencias, humanas, políticas y
regionales que se deriven de ahí”; o a Almudena Grandes calificando a El
Assad como “asesino en serie”. Pero
lo cierto es que como dice Bricmont “En
tiempos de guerra denunciar los crímenes del adversario, aun suponiendo que
estén sólidamente fundamentados, algo que con frecuencia no es así, acaba
contribuyendo a estimular el odio que hace que la guerra sea aceptable”.
Otro de los tópicos clásicos es estar del lado de
los pueblos. Aquí tenemos un escollo difícil de salvar ya que, en el caso de
las primaveras árabes, los gobiernos imperiales se han posicionado claramente a
favor de los pueblos y han sido los primeros en señalar su apoyo a los “revolucionarios” sirios. La explicación
más rocambolesca de estos intelectuales humanitarios es la pura casualidad, el
cinismo o las intenciones perversas del imperio que le lleva a apoyar a los
pueblos árabes para luego apropiarse de las revoluciones e imponer sus propios intereses.
La realidad es, según ellos, que ni EEUU ni a Europa le interesa intervenir
militarmente en Siria. Pero cuando los “rebeldes
y los refugiados sirios”, como antes hicieron los rebeldes libios,
manifiestan que “anhelan el ataque de
EEUU a Siria” se complica la definición de “revolucionarios” y la de “pueblo”
pues ¿Quién es ese pueblo revolucionario o parte del pueblo que clama por un
ataque militar de otros estados?
Dada la complejidad de la situación
refugiémonos en nuestros principios.
Podemos denunciar a las corporaciones mediáticas,
a los políticos y publicistas que nos siguen vendiendo la guerra con la misma
retórica moralista y con prácticas cínicas, el problema es que les sigue
funcionando, por lo menos con la gente poco concienciada. La novedad es que
ahora disponen de una cohorte de filósofos, intelectuales y artistas que se
venden como estrellas mediáticas, aunque sea en medios alternativos, que
incluso se creen lo que dicen, creen defender realmente los derechos humanos y
estar del lado de los pueblos, pero su labor ha sido la de acompañar los
discursos imperialistas y bloquear el surgimiento de movimientos de oposición a
la guerra enfangándonos en discusiones estériles sobre su propio
posicionamiento.
Sus textos, conferencias e intervenciones
mediáticas han tenido una gran eficacia para confundir, persuadir y
culpabilizar a los activistas contra la guerra, a la gente más dispuesta a
ofrecer resistencia efectiva a la guerra imperial y a la propaganda de guerra.
Para curarse en salud suelen afirmar que todo es más complejo, impredecible, de
modo que la única opción que nos queda como gente buena que somos es
refugiarnos en nuestra buena conciencia. Si nuestros conocimientos y retórica
son tergiversados y utilizados para favorecer el apoyo a la guerra será un
efecto no querido, un daño colateral por el que no se nos puede
responsabilizar.
Lo cierto es que los discursos, los llamamientos y las exigencias del clero humanitarista no tienen la más mínima repercusión sobre los gobiernos occidentales pero también es cierto que sí afectan a la posibilidad de un movimiento antiimperialista. Quisiera terminar con unas palabras de R. Sánchez Ferlosio sobre la guerra “aparte de unos pocos exaltados todos vemos la guerra con matices pero en momentos decisivos los matices no pueden ser el lastre que nos impida oponernos a la guerra con la contundencia necesaria. Ni debemos dejar que se conviertan en munición en nuestra contra. Es nuestra responsabilidad política”.
18 de septiembre de 2013
MASIVAS PROTESTAS EN POLONIA CONTRA LAS POLÍTICAS NEOLIBERALES DEL GOBIERNO
Después de un período de vino y rosas, inducido por salarios bajos y por la ayuda de los fondos estructurales de la UE, la clase trabajadora polaca va descubriendo que hay algo que hay algo del capitalismo que no es como les contaron y hasta el sindicato vaticanista Solidarność que contribuyó al fin del llamado socialismo real en Polonia y aupó en su día a la derecha se revuelve ahora, presionado desde la base, contra las políticas liberales de la derecha y el capital. Bienvenid@s a la realidad, tras despertar de un "bonito sueño", trabajador@s polac@s. De momento, lo que hace falta es que no os corráis políticamente aún más hacia la extrema derecha, como las encuestas avecinan.
Librered/Telesur
Unas 100.000 personas salieron este sábado a las calles de Varsovia, la capital polaca, para protestar contra las políticas capitalistas del Gobierno del primer ministro Donald Tusk.
Se trata del cuarto día de protestas en la capital polaca, y este sábado se sumaron a las manifestaciones las principales organizaciones sindicales del país, que consideran que las políticas neoliberales del Gobierno están afectando duramente a las condiciones de vida de la clase trabajadora, por lo que piden la dimisión de Tusk, principal responsable de los últimos recortes sociales.
Los cambios propuestos por el gobierno de Donald Tusk a las leyes laborales del país, han motivado el desarrollo de la masiva protesta, además de la creciente precariedad del empleo, aunado a la propuesta de ampliar los horarios laborales.
“No vamos a aceptar cualquier política que sólo conduce a la miseria y la pobreza. Vamos a sacar a este gobierno que no está actuando en interés de los empleados”, dijo el jefe del sindicato Solidaridad, organizador de la marcha, Piot Duda.
Bajo la consigna “No despreciar la sociedad”, los jubilados, funcionarios de bancos, profesores y los que trabajan en el sector financiero se concentraron en la capital de Polonia para llamar la atención del gobierno.
Los trabajadores exigen una mayor seguridad en los empleos y contratos que garanticen la atención sanitaria. De igual manera, piden al gobierno que la edad de la jubilación, elevada a 67 años por el actual gobierno, se rebaje de nuevo a los 65 años.
En septiembre de 2012, se realizó una movilización similar, donde unas 40.000 personas se manifestaron en contra de la política del Gobierno.
Por otro lado, la popularidad del gobierno de Donald Tusk , quien se encuentra en el poder desde hace seis años, se ha reducido en las encuestas. Analistas aseguran que sólo tiene una frágil mayoría en el Parlamento, mientras que la economía polaca se ha estancado.
16 de septiembre de 2013
EL DÍA EN EL QUE ZARA DESAPARECIÓ DE LOS DIARIOS
Postdigital
Una
empleada de Zara se niega a prestar una manta para apagar las llamas de un
bonzo. Poco después la información desaparece misteriosamente
Que los medios de prensa tradicionales dependen
del dinero de sus patrocinadores y empresas anunciadas en sus páginas es un
hecho. Que se modifique el contenido de una noticia en cuestión de minutos para
eliminar un dato que podría perjudicar a un patrocinador en concreto, también,
y sobradas muestras tenemos de ello. Pero que todos los periódicos se pongan de
acuerdo en que el enfoque total de la noticia pervierta la realidad para
favorecer la imagen general de la sociedad de consumo y evitar, así, que los
lectores-consumidores se planteen el sistema en el que están inmersos es ya
algo que raya la conspiranoia, y nos deja envueltos en el más tórrido de los
ambientes distópicos. Sin embargo, eso es lo que ha ocurrido.
El día en el que Zara desapareció de los medios. Ayer
por la tarde se prendía fuego a sí mismo en el centro de Murcia un hombre que
reclamaba a los Servicios Sociales la devolución de la custodia de sus hijas.
Hasta ahí llegan los titulares de los muchos
medios que se han hecho eco de la escabrosa noticia. Una noticia triste y
alarmante, sí, pero, obviando que se desconocen los motivos por los que le fue
retirada la custodia (y que pueden resultar ser aún más escandalosos, o no), el
verdadero titular y el fondo de lo noticioso debió haber surgido de otro
asunto, a mi parecer, mucho más alarmante.
Lo importante del suceso se halla en los instantes
inmediatos que siguieron a las llamas. Tras desplegar el protagonista del
suceso una pancarta con sus reivindicaciones, rociarse con cinco litros de
gasolina y prenderse fuego, varias de las personas que presenciaron el horror
de la escena acudieron sin pensarlo a socorrer a la víctima, como parece lógico
suponer que ocurra. Sin embargo, no todas lo hicieron.
Y aquí viene el punto matriz de este escrito: una
dependienta de un comercio próximo, a la que se le solicitó una manta para
poder extinguir las llamas que devoraban en ese justo momento el cuerpo del
hombre, se negó a entregar la prenda porque, según sus propias palabras, “yo no puedo hacer eso”.
Ella no podía hacer “eso”.
Según aparecía anoche en el artículo de 'La
Opinión' de Murcia, una de las primeras personas que acudió a atender
al herido envuelto en fuego fue un chico que en ese momento se encontraba
trabajando en la calle realizando encuestas para alguna ONG. El muchacho corrió
hacia una de las tiendas más próximas al suceso –desde la que podía
contemplarse todo lo ocurrido– y solicitó una manta para poder apagar el fuego
del cuerpo del inmolado.
Entrevistada por un periodista de 'La Opinión' posteriormente, la empleada
de la tienda expresó lo siguiente: “Ha
venido corriendo y me ha dicho que si le podía dejar una manta, y eso que el
chico es cliente de aquí. Pero yo no puedo hacer eso y le he dicho que no se la
dejaba”. 'La Opinión' añadía: “reconocía Mari Luz, la empleada de la
tienda, en declaraciones a este periódico”.
Pues bien, la tienda en cuestión es Zara. Es de
suponer que semejante comportamiento bovino por parte de una de sus empleadas
ha hecho plantearse a la empresa que su imagen de marca podría resultar
perjudicada. Poco después desaparecía todo rastro del incidente de la manta de
Zara del diario 'La Opinión', y era
sustituido por anécdotas de benevolencia del resto de comercios: que si Mango
prestó un extintor, que si El Corte Inglés cedió otro, que si las dependientas
de Stradivarius acudieron por si podían prestar ayuda (por cierto, Stradivarius
pertenece a la misma cadena que Zara, el gigante Inditex de Amancio Ortega, y
no tenía mención en el artículo original).
'La
Opinión' no es el único medio de prensa en el que la
palabra Zara desaparecía de entre las líneas de su artículo-bonzo, el resto de
diarios importantes actuaban de igual manera, después de que algunos lectores
comentaristas pusieran el grito en el cielo por la actuación desalmada de la
dependienta.
Y aquí surgen dos cuestiones. Una y principal es
¿qué tipo de empleados está generando esta sociedad, que actúan como autómatas
al servicio de la empresa y, siguiendo sus dictados de no pienses-obedece,
dejan de ser personas con ideas y sentimientos propios para convertirse en
maquinaria útil y servil?, ¿acaso tenía miedo a perder el empleo por ofrecer
una simple manta en una situación de emergencia?, ¿ni siquiera se planteó la
posibilidad, humana, de pagar ella misma la prenda para socorrer a un herido
mortal? No, ella “no podía hacer eso”.
No estaba contemplado en el manual de buenas prácticas del buen empleado que le
darían en arenga al incorporarse a la empresa.
La
otra cuestión es la relativa a la prensa. ¿En qué tipo de sociedad vivimos que,
con una simple llamada telefónica de una multinacional, la realidad desaparece
de todos los diarios y es sustituida por un embellecedor muy al estilo de la novela
1984?
Se volatiliza en un click el dato negativo
referido a Zara y es sustituido por el dato positivo protagonizado por
Stradivarius. Pocos lectores se habrán dado cuenta y, además, no importa, sus
voces son menores. Así, las grandes empresas que nos movilizan como hormiguitas
a las colas de sus cajas de pago pueden seguir contando con nuestro beneplácito
y, sobre todo, con nuestra ausencia de crítica, para que podamos continuar
siendo magníficos trabajadores no pensantes, maquinitas de vender y comprar sus
productos, engranaje de un sistema consumista que, bovinamente, no nos
cuestionaremos.
El herido, por cierto, a falta de manta, acabó
siendo envuelto en su propia pancarta, cuyo texto íntegro reivindicativo
desconocemos.
PD: El herido que se quemó a lo bonzo ya ha muerto (http://inagist.com/all/378123280764264448/) y no parece que se vayan a pedir responsabilidades por negación se asistencia a la víctima ni por ocultación de la verdad en prensa
11 de septiembre de 2013
DEJAD YA DE LAMER EL CULO A LOS EMPRESARIOS
Por
Marat
Se cumplen 6 años de la detonación de la crisis
capitalista en USA, que pronto se extendería a las economías desarrolladas del
mundo.
Un año antes, en 2006, cuando ya se extendía por
Wall Street el rumor de una inminente nueva crisis del sistema, uno de los
hombres más ricos del mundo y poseedor de multitud de empresas, Warren Buffet, afirmaba: “Hay una lucha de clases, por
supuesto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que dirige la lucha. Y
nosotros ganamos”. Pregúntense si a día de hoy esa correlación de fuerzas
se ha invertido o, por el contrario, se ha acentuado. Estoy convencido de que
las respuestas serán siempre las mismas.
Lo que en un primer momento se manifestó como una
crisis de tipo financiero, estallada a partir de la subida de los tipos de
interés de las hipotecas subprime en EEUU y el inicio de los impagos en cascada
de las mismas, alcanzaría un año más tarde a Europa y otros países centrales
del capitalismo través de los productos financieros tóxicos de una economía
mundializada.
En estos años ha habido un interesado esfuerzo por
concentrar el discurso de la crisis, su origen e incluso la responsabilidad de
las consecuencias sociales de la misma sólo sobre dos figuras: el capital
financiero (bancos, compañías financieras, sociedades de inversión,…) y el
genérico “los políticos”. Sobre estos últimos volveremos brevemente más
adelante.
Era inevitable que los efectos sociales de la
crisis (paro, empobrecimiento, recortes sociales y salariales,…) sobre los
sectores sociales económicamente más débiles (principalmente la clase
trabajadora) había de generar una crítica social potencialmente cuestionadora
del sistema económico.
En consecuencia, prever este hecho y reorientar la
crítica a través de los creadores de opinión, los sectores desclasados con
“ideología de clases medias” y sus “espontáneos movimientos” y las
organizaciones colaboracionistas del sistema (sindicalismo de pacto social e
izquierdas reformistas), en un primer momento, hacia el capital financiero
permitiría al capitalismo salvarse del cuestionamiento global, al desplazarse
el todo hacia la parte en la reprobación social, y reducirse al mínimo el
rechazo al llamado capital productivo (empresas industriales y de servicios).
Históricamente la ideología dominante ha sido
compatible con la aceptación del reproche colectivo hacia la figura del
banquero (usura), salvaguardando una
imagen mucho más dignificada tanto entre las clases dominantes como, en buena
medida, entre las dominadas, para la figura del empresario. Así mientras los
primeros son representados como personajes parasitarios y chupasangres, los
segundos son desde hacer largo tiempo aupados a una imagen socialmente
benéfica: la de creadores de riqueza y trabajo que arriesgan su capital. Ni que
decir tiene que los aparatos ideológicos (medios de comunicación, transmisores
culturales, educación,…) han sido siempre mucho menos benevolentes hacia los
argumentos que ponían el énfasis en la explotación laboral en la empresa, en el
reparto desigual del beneficio económico nacido de la producción o en el hecho
de que en la empresa el empresario es contingente (es posible la empresa sin
empresario: cooperativa,…) pero sólo el trabajador es necesario. Si las empresas
se robotizasen por completo, arrojando al paro a todos sus trabajadores, la
crisis de subconsumo acabaría con el sistema económico. Para conjurarlo los
benevolentes reformistas acuden en su auxilio con las propuestas de la Renta Básica
y la Tasa Tobín.
Cualquiera que vea los programas de debates
amañados en las televisiones o las radios o lea la prensa, sea del color
político que sea el medio masivo en cuestión, comprobará hasta qué punto se
acepta o incluso se estimula la crítica moral a bancos y banqueros pero
encontrará con mucha más dificultad esa desaprobación cuando se trata de
empresas o empresarios de la industria y los servicios.
Y es que la crítica hacia los bancos se orienta
fundamentalmente desde la posición de cliente pero la mitigada, ocultada o
censurada hacia el resto de las empresas se sitúa en el eje
trabajador-empresario, es decir en las relaciones sociales de producción y
conlleva el riesgo sistémico de abrir el discurso hacia la lucha de clases, la
crítica de naturaleza real y no falseadamente anticapitalista.
La posición de cliente es interclasista (desdibuja
las contradicciones de clase). La de trabajador es centralmente un discurso de
clase.
Los clientes jamás han hecho una revolución que
ponga la cuestión de la propiedad en el centro del escenario. Los trabajadores
sí.
No debe sorprendernos, por tanto, que ante la
eventualidad de una huelga general en las empresas surjan periódicamente en
ciertos ámbitos quienes presentan como alternativa, no como complemento, las
huelgas de consumo. Son los esquiroles del consumerismo como método de lucha.
Las huelgas generales han perdido gran parte de su
fuerza transformadora desde que son dirigidas por reformistas que no pretenden
dar aliento alguno a la lucha 24 horas después de realizadas. No obstante, en
sí mismas mantienen todo su potencial, al hacer evidente durante su realización
que, si para la clase trabajadora, se para el mundo. Las de consumo son un
sarcasmo en un tiempo en el que gran
parte de la clase trabajadora lo ha limitado al de subsistencia.
La realidad es que el capitalismo no es un sistema
económico basado en compartimentos estancos sino un todo integrado. Tan capitalista
y responsable de la crisis y de sus consecuencias sociales es el llamado
capitalismo productivo (industrial y de servicios, fundamentalmente) como el
financiero. Éste ha sido desde los años 70 del pasado siglo el medio para
diferir en el tiempo el estallido de una crisis de sobreproducción mediante el
sostenimiento del consumo a través del crédito, en el contexto de una paulatina
pérdida de poder adquisitivo de los salarios.
Es tan evidente la zona oscura, fabricada por los
mentideros de desinformación y por los gobiernos de la crisis capitalista, para
proteger la figura de los empresarios en España que en el llamado caso Bárcenas
–llamado así para satanizar personal y exclusivamente al ex tesorero-testaferro
de un partido financiado irregularmente por empresas y empresarios a cambio de amañar
concursos públicos y concederles contratos con las administraciones y de una
privatización de los servicios públicos a favor de empresas particulares- se ha
ido arrinconando primero, y desechando después, la línea de investigación
judicial de las empresas y empresarios corruptores, en un país en el que no se
condena a los corruptores, máximo si son empresas. La investigación de la
corrupción del PP se detiene en 2011, casualmente el año en que este partido
llega al Gobierno y acelera el desmonte del Estado del Bienestar y la
privatización de sectores como el de la sanidad. ¿Cuántas empresas sanitarias o
de enseñanza aparecerían como donantes al PP si la investigación de las
irregularidades y delitos de financiación hubieran alcanzado hasta el presente
y la línea de imputación a empresarios hubiera continuado. Hoy ya sabemos que
no sólo hay empresas de construcción sino también de alimentación y hostelería
implicadas. Sólo la punta del iceberg.
Es llamativo el modo en que el partido afectado
por la investigación y la Brunete mediática a su servicio actúan: el dinero era
de Bárcenas. Según esta teoría este señor debió de heredarlo o recibirlo
generosamente a cambio de nada.
Es llamativo también el modo en que los principales
partidos de la oposición y los medios más afines a ellos argumentan: el Partido
Popular es corrupto porque sus dirigentes cobraron sobresueldos y nos los
declararon. En su discurso e pierde casi por completo de vista a los empresarios
corruptores. Es un claro indicativo de hasta qué punto esos partidos,
autoproclamados de izquierda, rinden secreta pleitesía a los empresarios
españoles –es previsible que si los donantes fuesen multinacionales la
respuesta fuera la misma-, por omisión a la naturaleza criminal y delictiva del
empresariado.
No debe sorprendernos entonces las opiniones del
entontecido “ciudadano” que llama “ladrones” a Bárcenas y a los dirigentes del
PP, sin saber realmente por qué lo dice y qué es lo que dichas figuras han
robado (en realidad las conquistas sociales de la clase trabajadora española) y
para quienes lo han robado (para su clase). El grito de “chorizos” se pierde en
la impotencia de una denuncia sin destino o con destino descentrado. No debe
sorprendernos que, ante la pérdida del instinto de clase en la “indignada”
protesta, se cayese este verano en la ridiculez de convocar “la barbacoa” del
hortera Georgie Dann ante la sede de dicho partido en la calle Génova, sin
encontrar la dirección de la CEOE para extenderla hasta allí.
A pesar de todo ello, durante estos años, frente a
la evidencia de que la clase capitalista y, dentro de ella, los empresarios de
la industria y los servicios, junto con los del sector financiero, han despedido
por millones a trabajadores, incluso en negocios con beneficios, y han rebajado
los salarios como medio de disminuir los costes; frente a la evidencia de que constituyen
el auténtico poder desde el que han dictado a los gobiernos ,en unos casos por
coacción, en otros por convencimiento, las políticas de austeridad y recortes
sociales, la voladura del Estado del Bienestar, las sucesivas y draconianas
reformas laborales y de despido gratuito, las de pensiones y la miseria para la
clase trabajadora, contribuyendo al reforzamiento de su poder en la correlación
de fuerzas trabajador-capital, el tipo de contestación social a todo este
estado de cosas ha sido:
·
Un reformismo sindical empeñado en la
supervivencia de sus burocracias antes que en la defensa de la clase
trabajadora y en el mantenimiento de un modelo sindical de concertación, cuando
el capital ya no tiene nada que ofrecer a l@s trabajador@s ni quiere. Ese
modelo de concertación es el que permite precisamente la supervivencia de unas
estructuras sindicales y de representación de los colaboracionistas con el
capital.
·
Un tipo de protesta social
domesticada, desclasada y negadora de la lucha de clases que, al concentrarse
sólo en políticos y banqueros fortalece al capital porque impide golpearle en
el centro de su poder, la empresa. Es cierto que el marco de la empresa se ha
hecho mucho más duro para sostener el conflicto, por la presión empresarial, el
chantaje y la amenaza del despido, pero también lo es que, lejos de intentarse,
las disidencias controladas nacieron para impedirlo.
·
Un marco teórico-ideológico de saldo,
destinado a justificar argumentalmente la aberrante práctica política de toda
esa disidencia controlada
Ø La
cada vez más divulgada teoría del “bien común”, con origen en el liberalismo de
Adam Smith y en Locke y piedra angular en el pacto social. No debe
sorprendernos que en el modelo teórico y los compromisos para su aplicación
participen empresarios.
Ø El
concepto del 99% vs. El 1%, que integra a gran parte de la mediana burguesía
empresarial y también explotadora en ese bloque interclasista,
Ø La
figura del ciudadano como eje de la confrontación frente al Estado, carente ya
de poder real, desviándolo del enfrentamiento contra el capital, cuya figura es
la del trabajador frente a la empresa,
Ø El
rechazo a la herencia histórica de la izquierda desde un ideologismo que es de
derecha solapada. La justificación de la superación de la dicotomía
izquierda-derecha. Es la lógica del “como en la izquierda hemos dejado de ser
izquierda, hagamos un bloque en el que quepa gente de derecha”.
Ø Centralidad
de las demandas hacia los cambios institucionales (leyes electorales, ILPs,
mecanismo del referéndum, democracia participativa y ciberdemocracia, reducción
del número de representantes políticos, transparencia, proyectos constituyentes
ajenos a los problemas y necesidades
reales de la clase trabajadora,…). Una parte de esas demandas institucionales
ya habían sido expuestas por la Fundación de una de las empresas consultoras
más explotadoras de sus trabajadores en todo el país, Everis, en su informe “Transforma España” de 2010.
Curiosamente también hicieron propuestas de corte ultraliberal que el PP se ha
afanado en poner en pie. Toda esta retahíla de demandas “ciudadanas” de
reformas sólo institucionales tiene un objetivo: ocupar al descontento con basura
mental destinada a cerrar el paso a un discurso de clase, de lucha de clases y
del debate sobre la cuestión de la propiedad como elemento que la crisis
capitalista ha puesto en el centro del escenario histórico. Y de paso, lograr
que casi toda la protesta se centre ya casi sólo en los políticos, como si
fueran un todo, y los empresarios puedan irse de rositas frente a la crítica
social.
Atrapada entre unas
izquierdas que hace mucho dejaron de serlo y se niegan a cumplir su papel
histórico, retrotrayéndonos ante una crisis económica provocada por el
capitalismo hasta una propuesta de revolución burguesa a lo 1789, con un único
escenario de batalla, el Estado y la representación, la clase trabajadora no
tiene ni quien la defienda, ni quien dirija una protesta que sea genuinamente
suya. Sólo los cínicos pueden culpar de ello a l@s trabajador@s, cuando no es
ésta la responsable de que no cumpla su papel de clase ascendente sino las que
un día fueron sus organizaciones
La razón de todo el
artificio de la protesta autolimitada en sus fines y de la disidencia
controlada no es otra que la de servir de distracción que permita la
supervivencia del capitalismo. De ahí la insistencia de condena al
neoliberalismo pero no al capitalismo mismo. De ahí que la figura del
empresario quede salvaguardada de las críticas social y política. Y es que este
personaje es la piedra angular del sistema de dominación.
Pero esa forma y esos objetivos de la protesta estaba
condenada al fracaso porque apenas conectaba con la clase trabajadora, su
realidad, sus problemas reales y sus necesidades, incluso inmediatas.
No son sólo los
fracasos y la ausencia de derrotas los que han provocado que la protesta social
se haya venido abajo sino la desconexión entre crisis sistémica y tipo de
demandas y propuestas.
Si en la última fase
de su agónico mandato el ex Presidente Zapatero recibió a las empresas del IBEX
en la Moncloa para ponerse a sus órdenes, el Gobierno de Rajoy integra la parte
más indecente del empresariado capitalista: De Gindos (Lehman Brothers Europe),
Montoro (CEOE), Morenés (industria armamentista), Arias Cañete (petroleras).
La deslegitimación
moral del empresario, el cuestionamiento de su función histórica, la denuncia
del origen de su riqueza basado en la explotación del trabajador/a, debilitaría
al capitalismo mismo, al desautorizar las bases materiales, ideológicas y
jurídicas de su existencia.
Sería un punto de
arranque para un redireccionamiento correcto de la protesta, que condenase
tanto al sistema económico como a su Estado de clase, y permitiría a la clase
trabajadora acometer con mayores posibilidades de éxito sus luchas, al
contribuir a una alteración de la actual correlación de fuerzas
capital-trabajo, sitiando la fortaleza de quienes hoy deciden las políticas de
los gobiernos.
Resulta
sospechosamente estúpido que se centre la lucha de forma casi exclusiva en el
Estado y sus gobiernos, con el aderezo cada vez más tenue de los bancos, cuando
es sabido que los gobiernos sólo son, por coacción o por convicción, los
Consejos de Administración de las burguesías y que su sustitución alteraría muy
poco la orientación de las políticas anticrisis, porque el poder es del capital
y sus empresas, si antes no se desgasta ese poder. Sólo de este modo pueden plantearse opciones políticas y de
gobierno más favorables a la clase trabajadora. Esto es algo que se comprende
fácilmente si no se opone a ello la malintencionada lectura del que se da por
aludido en la crítica o es partidario del actual sistema de dominación.
Hoy las empresas son,
más que nunca, espacios de presión, sobreexplotación, de murmullo receloso, de incremento
de la emisión de radio makuto como forma de expresión del malestar, y de terror
para millones de trabajadores que temen verse sometidos en cualquier momento al
despido como forma de reducción de costes de la empresa.
Para que esto cambie,
para que el miedo empiece a cambiar de bando y llegue a sentirse en las salas
de reuniones de los Consejos de Administración de las Empresas es necesario
extender el foco desde las instituciones políticas hasta sus auténticos dueños,
las empresas, y desenmascarar a la figura criminal del empresario.
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