3 de mayo de 2014

RUSIA: DOS PASOS ADELANTE, UNO ATRÁS Y EL NUEVO ORDEN GEOPOLÍTICO MUNDIAL

Alberto Cruz. CEPRID

Una clase acelerada de geopolítica. A eso estamos asistiendo desde hace algo más de dos meses, justo cuando comenzó la crisis de Ucrania, junto a la constatación –inapelable- de la decadencia y declive de EEUU como superpotencia. Sin embargo, la situación a la que estamos asistiendo tiene un calado mucho mayor en el tiempo que esos dos meses largos y hay que remontarse algo más atrás, casi un año. Con la crisis de Ucrania (un país fallido, donde el único poder es el que representan los neonazis amparados por Occidente) ha habido quien ha centrado el foco de la atención en si EEUU era capaz de derrocar tres gobiernos a la vez –Siria, Ucrania y Venezuela- pero no en lo realmente importante: la chulería y prepotencia estadounidense le ha llevado a cometer un error de grueso calibre, del que ya no se va a reponer: enfrentar a dos grandes potencias, China y Rusia, de forma simultánea y eso ha reforzado la alianza entre ellas.

La actualidad que nos marcan los medios corporativos capitalistas no debe hacernos olvidar que todo lo que está aconteciendo tiene unos orígenes, que no son otros que la aprobación, en enero de 2012, de la nueva Doctrina de Seguridad Nacional de EEUU en la que se certifica el “giro” hacia Asia por parte de una superpotencia en decadencia acelerada (1). Era el último intento de mantener el dominio mundial y conviene realizar una lectura del artículo mencionado para tener unos antecedentes de lo que está ocurriendo ahora.

En esa DSN Rusia sólo jugaba un papel secundario. EEUU consideraba que estaba neutralizada en el Occidente europeo –rodeaba de bases de la OTAN por todos los lados, menos por uno: Ucrania- y sólo tenía que preocuparse por los países orientales (Turkmenistán, Azerbaiján, Uzbekistán, Kirguizistán, Tayikistán) para que no tuviesen la tentación de caer en la órbita de Moscú, ya aislada del resto de Europa. Por lo tanto, siguió adelante con su política asiática azuzando las tensiones con China, negando las reivindicaciones de Beijing sobre el Mar de China o exacerbando las disputas entre este país y Filipinas y Vietnam. La prepotencia estadounidense ha sido tal que o no se ha percatado de que tanto Moscú como Beijing habían tomado buena nota de lo que significaba esa DSN o ha hecho caso omiso considerándolo, poco menos, que un juego de críos. Y eso pese a que el acercamiento entre los dos países, escenificado para los profanos en los vetos conjuntos a las pretensiones occidentales sobre Siria, se fortalecía con cada iniciativa estadounidense.

La colaboración entre Rusia y China ha ido cada vez a más. Lejos parece que están los enfrentamientos ideológicos y políticos de la década de 1960 y nunca han estado más cerca que ahora. Mientras Occidente azuzaba a los neonazis de Kiev a la revuelta en lo que considerada último movimiento para cerrar el cerco contra Rusia, Moscú y Beijing realizaban maniobras militares conjuntas (dos en lo que va de año) y estrechaban lazos económicos, políticos y militares (la última reunión entre los jefes de los respectivos ejércitos se produjo durante los Juegos de Invierno de Sochi) que se sancionarán de forma definitiva en la visita que Putin va a realizar a China este mes de mayo. Rusia está preparando el terreno para un progresivo cierre de la UE al gas ruso y nada menos que el 30% de la producción de gas y petróleo va a ir destinada a China, país que ve los cielos abiertos con la crisis de Ucrania porque, de un plumazo, mata una de las bazas de EEUU: el cerco marítimo a China. EEUU tiene en la actualidad el 60% de toda su flota de combate en los mares asiáticos y podrían dificultar el suministro energético y de alimentos que llega a China de otros continentes como América Latina o África. Pero el acuerdo con Rusia hace ineficaz ese bloqueo porque los dos países tienen frontera terrestre.

Con la retaguardia segura, Rusia ya sólo tenía que preocuparse por el flanco occidental, donde EEUU movía sus piezas para completar el control del tablero de ajedrez del que hablaba Brzezinski: Ucrania. Primero, quitando a Rusia su acceso al mar Mediterráneo (no lo pudo hacer en Siria, donde Rusia mantiene la base de Tartus); segundo, poniendo la OTAN a las mismas puertas de Moscú. Así que no había tiempo que perder y Rusia actuó en consecuencia, con determinación y con dureza. Como dice un refrán, “los rusos tardan mucho en ensillar, pero luego montan deprisa”.

Masivo rechazo a Occidente
Hay un dato que conviene resaltar: la anexión de Crimea a Rusia, previa votación en un referéndum de autodeterminación, contó con el apoyo unánime de todo el parlamento ruso, desde la derecha nacionalista hasta los comunistas. Este dato es crucial para entender lo que está pasando en Rusia y el por qué de la actitud de Putin. Ese apoyo unánime no es más que la constatación de un sentimiento, cada vez más extendido entre los rusos, de romper cualquier vínculo con las instituciones europeas a quienes consideran –con toda la razón- como “los perros falderos de EEUU” (2). Desde hace dos meses no hay encuesta en la que no aparezca un número cada vez mayor de rusos que no quieren saber nada de Occidente (72%, cinco puntos más que en 2013) mientras que aumenta de forma significativa el de quienes apuestan por “un camino de desarrollo propio” (46%, en 2006 este porcentaje era sólo del 15%) sin descartar “el retorno de Rusia al socialismo” al que aspira el 28%, cuatro puntos más que en 2013 (3). Por si todo ello fuese poco, una nueva encuesta certifica que el 56% de los rusos consideran que la famosa “perestroika” de Gorbachov “causó más daño que provecho” para el país (4). Estas son algunas de las razones por las que hoy la tercera ciudad de Rusia en número de habitantes, Novosibirsk –un millón y medio de habitantes-, cuenta con alcalde comunista desde el 9 de abril de este año ganando ampliamente a la candidatura de Rusia Unida, la formación de Putin.

Está claro que Putin está aprovechando el momento y, de esta forma, romper de forma definitiva con cualquier veleidad “euro-yeltsinista” en Rusia. Los “liberales” pro-occidentales están en las catacumbas en estos momentos y sin posibilidad alguna de recuperar la influencia que tuvieron durante la presidencia de Yeltsin o, en menor medida, pero la tuvieron, durante la etapa en la que Medvedev fue presidente (ahora es primer ministro). Este sector abogaba, entre otras cosas y sin entrar en consideraciones de política interna, por una mayor colaboración con la OTAN o una alineación sin fisuras con Occidente en lo referente a la cuestión nuclear de Irán –Medvedev incluyó los misiles S-300 en el material bloqueado como consecuencia de las sanciones aprobadas por la ONU pese a que no es material ofensivo, sino defensivo y, por lo tanto, no incluido en las sanciones (5)- y no se opuso a la agresión militar occidental contra Libia (recuérdese el enfrentamiento, público, que tuvieron Medvedev y Putin sobre este tema).

Como bien entendieron Rusia y China tras la aprobación de la DSN de Obama, la UE no pinta nada a nivel geopolítico y sólo hay que tener en cuenta a EEUU. De ahí que ambos países hayan incrementado sustancialmente su presupuesto de defensa que, en el caso de Rusia, ha llegado hasta extremos muy similares a los que tuvo el Ejército de la URSS. Esta es la razón por la que EEUU no sabe muy bien qué hacer tras el puñetazo encima de la mesa dado por Putin y se limita a movimientos prácticamente simbólicos con la OTAN, pero sin una estrategia clara, puesto que no todos los integrantes europeos de la OTAN están por la labor de molestar a Rusia. Es el caso de Alemania.

Pongamos, por ejemplo, el caso de las famosas sanciones. Las que ya han impuesto tanto EEUU como la UE son de risa, y “las serias consecuencias” –el mantra recurrente occidental- a las que se enfrentaría Rusia si la crisis sigue adelante no son más que humo. No es la primera vez que los occidentales se tienen que tragar sus bravatas. Ya ocurrió en 2008, cuando Rusia intervino militarmente tras la agresión de Georgia contra Osetia del Sur, y lo mismo cuando los más aguerridos congresistas de EEUU pidieron al gobierno de Obama la imposición de sanciones por el apoyo de Rusia a Siria o por otorgar asilo a Snowden.

Rusia no es otro país más, de esos que Occidente –que dice representar los “valores democráticos”, como acaba de demostrar en Ucrania respaldando un gobierno filofascista- suele incluir en su lista de imposición de sanciones si no hacen lo que Occidente dice que hay que hacer. Aunque haya sido un país cándido, incluido Putin, como cuando aceptó plagar Asia Central de bases estadounidenses con la pretendida misión de “combatir el terrorismo” a raíz de la invasión a Afganistán en 2001. Esa candidez ha desaparecido y ya nada será igual.

La crisis de Ucrania ha dejado bien patente que Rusia ha vuelto a lo más alto de la geopolítica. Ya lo había hecho con Siria, pero ahora ha dado un paso más. Está escenificando que está madura para romper con la dependencia occidental y recuperar el componente nacional de toda la industria. Esta fue una de las consecuencias que, para Rusia, tuvo el ingresar en la Organización Mundial del Comercio. Hoy no es pequeño el número de historiadores que consideran que los logros de la política de industrialización de Stalin en la década de 1930-1940 se explican por los bloqueos comerciales y crediticios occidentales contra la URSS. El resultado es que la URSS supo aprovechar la situación para crear un poder económico e industrial que le permitió ganar la II Guerra Mundial pese a la brutal invasión nazi. No es infrecuente leer este símil en los periódicos rusos y no es porque nos acerquemos a una nueva conmemoración, el 9 de mayo, de la derrota nazi.

Téngase en cuenta la encuesta antes mencionada y los últimos movimientos rusos. Ha habido analistas que han considerado la conferencia de Ginebra sobre Ucrania como una “cesión” de Rusia frente a las presiones de Occidente. Sin embargo, no es más que un movimiento geopolítico inspirado en Lenin, un paso atrás cuando antes lo que se ha hecho ha sido dar dos pasos hacia adelante: un retroceso táctico cuando se ha ganado una posición estratégica. La retirada táctica de Rusia ha sido aceptar en la mesa al gobierno filofascista de Kiev, al que había negado –y sigue negando- cualquier representatividad, y la ganancia estratégica es que en dicha conferencia no se ha dicho ni una sola palabra sobre Crimea. Si es que ha habido retroceso, puesto que ese gobierno filofascista está sumido en un absoluto caos y asistiendo impotente al fortalecimiento gradual y constante de la resistencia popular antifascista –y sí, prorrusa- en el Este. Aquí también hay una cierta confusión entre quienes dicen que esta resistencia popular está alentada por oligarcas y la realidad, donde quien está haciéndose con el control son milicias y movimientos claramente populares y de corte socialista. Las banderas con la estrella roja de cinco puntas sobre la bandera rusa son cada vez más patentes. Además, el gobierno filofascista de Kiev no es nada de fiar (¿o no hay que recordar que un día antes del golpe contra Yanukovich la llamada “oposición” que hoy forma ese gobierno filofascista había firmado otro acuerdo certificando la celebración de elecciones y el levantamiento de las protestas del famoso Maidan?) como acaba de quedar claro con el ataque a un puesto civil en Slavianks en violación flagrante de lo acordado en esa conferencia.

Rusia, ahora, devuelve la jugada porque en ese acuerdo lo que se recoge es el desarme de los neonazis, algo que ni siquiera se plantean los títeres de Kiev y sus patronos occidentales que, por el contrario, insisten en que quienes se tienen que desarmar son las milicias populares de Donetsk y otros lugares. Pero, algo que ha pasado desapercibido, este acuerdo de Ginebra se produjo casi en el mismo momento en el que Putin recomendaba a las empresas rusas anular su registro en el extranjero y llevar sus acciones a la Bolsa de Moscú para protegerse así de posibles sanciones futuras y “proporcionar seguridad económica al país” (6).

La hipótesis de la autosuficiencia industrial, en absoluto descartable, serviría para que Rusia completase el “giro asiático” que está poniendo en marcha con la Unión Euroasiática… y el reforzamiento de su alianza estratégica con China y los BRICS.

El fin de Occidente: el acuerdo ruso-chino y los BRICS
Porque este es el otro componente del tablero ucraniano: pese a las alucinaciones occidentales sobre la existencia de un malestar en Pekín por el movimiento de Moscú, y ponen como “ejemplo” la abstención en la ONU –por esa regla de tres, también habría que hablar de malestar de Israel con EEUU puesto que también se abstuvo en la votación de la Asamblea General que rechazó el referéndum de autodeterminación de Crimea-, China está con Rusia.

Sólo hay que leer lo que publican periódicos como el “Diario del Pueblo”, el órgano de expresión del Comité Central del Partido Comunista: “Las teorías políticas, económicas y de seguridad de la Guerra Fría aún influyen a mucha gente en su concepto del mundo, y algunos occidentales siguen imbuidos de resentimiento hacia Rusia” (7). O la agencia estatal “Xinhua”: “Rusia podría no estar más tiempo interesada por competir por la preeminencia global con Occidente, pero cuando esto se refiere a la limpieza del caos que Occidente creó en su patio trasero, los líderes rusos una vez más dan prueba de su credibilidad en la planeación y ejecución de acciones eficaces para contrarrestarlo” (8). ¿Aún hay dudas? Pues la coincidencia de criterios a nivel de ministros de Asuntos Exteriores entre los dos países, Sergei Lavrov y Wang Yi, es total respecto a Ucrania (9). Entre otras cosas, porque también China tiene que enfrentarse a una mentalidad de “guerra fría” como sucedió cuando en julio del año pasado amplió su Zona de Identificación de la Defensa Aérea en el Mar de China Meridional, movimiento que fue rechazado por EEUU y sus aliados, como Japón. Y, por si todo ello fuese poco, aquí está el esclarecedor artículo de un general, Yang Yucai, integrante del Grupo de Estudios de Crisis del Ejército Popular de Liberación: “la alta eficiencia de la Administración Putin en la gestión de la crisis regional es impresionante; esta alta eficiencia se deriva de una institución de seguridad unida, de un alto nivel de planificación estratégica y de una sólida base jurídica [en referencia a la defensa del derecho internacional]. China debe sacar sus conclusiones al respecto” (10).

Muy atrás están ya las críticas que China realizó a Rusia por la guerra de Georgia (2008) puesto que China siempre ha insistido en la no injerencia en los asuntos internos. Porque nada en la situación actual de Ucrania garantiza a China que el gobierno filofascista que se ha instalado en Kiev cumpla los acuerdos firmados en diciembre de 2013 con Yanukovich por los que ambos países se convertían en “socios estratégicos” garantizando la inversión china en áreas como infraestructuras, aviación, industria aeroespacial, energía, agricultura y finanzas por un importe de 30.000 millones de dólares. Los chinos tienen muy presente lo que pasó en Libia (2011), donde los acuerdos que había firmado con Gadafi fueron “suspendidos” –y no reanudados hasta ahora- por el gobierno títere impuesto por Occidente. Además, China está deseosa de aumentar su cooperación energética con Rusia. El comercio entre los dos países no ha hecho más que crecer desde 2011, estipulándose que en 2020 se alcanzarán los 200.000 millones de euros (11) con un dato significativo: rusos y chinos ya vienen poniendo en marcha que ese intercambio comercial no tiene por qué estar basado en el dólar y hay datos concretos de utilización de sus propias monedas (rublo y yuan) en este intercambio.

Un aspecto importante de esta cooperación hace referencia al suministro de petróleo y gas y Rusia encuentra un consumidor ávido de ambos productos en China, a un nivel muy superior al que ambos países tienen ahora, como ya se ha dicho más arriba y que se sancionará en la visita de Putin a Beijing en mayo. Y a la inversa. Anticipándose a la supuesta retirada de capital europeo y estadounidense de Rusia si la cosa en Ucrania va a más, los chinos ven el cielo abierto para sus inversiones: “se creará un vacío que debe ser rellenado porque Rusia necesita inversiones foráneas; todo eso abre oportunidades para inversores chinos” (12). Vamos a ver cómo en la visita de Putin estos factores aparecen en primer plano.

Pero, con ser importante esta alianza, que pone fin a la supremacía occidental, no lo es menos que se está reforzando como nunca el eje BRICS, del que Rusia y China son los principales motores. El enojo de los BRICS ante la falta de interés de Occidente en ir más allá de la palabrería –en 2010 se acordó reformar el sistema de cuotas del FMI, acorde con el mayor papel económico de los países BRICS, sin que hasta el momento haya habido iniciativa alguna en ese sentido- está generando movimientos inéditos a nivel geopolítico: ya hay un Banco Mundial alternativo, el Banco de Desarrollo de los BRICS, con capital de 50.000 millones de dólares y será en junio, tras el mundial de fútbol de Brasil, donde en la cumbre que ha de celebrarse en este país se dé un paso más reforzando dicho banco y ampliando a otros países su ámbito de intervención. Al mismo tiempo, en la última reunión del FMI (11 de abril), los BRICS no sólo criticaron el estancamiento a la reforma de cuotas que impone Occidente sino que dieron un ultimátum para su reforma con la amenaza, también, de poner en marcha una “alternativa al viejo sistema” en la que ya se ha dado un primer paso: un fondo de reservas propio en el que desaparece el dólar y se relega al euro en favor de las monedas nacionales de los BRICS, al tiempo que se apuesta por la internacionalización de la moneda china, el renminbi (yuan).

El fin de una era
Gramsci dijo hace 100 años que la crisis se produce cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo lo termina de nacer. En eso estamos. La postura de Rusia en Siria y ahora en Ucrania es un claro desafío a la prepotencia hegemónica estadounidense, aunque en este último país se está defendiendo del “castigo” que pretendía imponerle EEUU por haberse atrevido a desafiar la hegemonía estadounidense para reemplazarla por un sistema multipolar –que no es lo mismo que “multilateral”- donde se respete el derecho internacional. Está claro que ya no va a haber una vuelta atrás en el viejo orden mundial y que esta es una de las razones por las que los filofascistas de Kiev y sus patronos occidentales aceptaron ir a la mesa de negociaciones con Rusia.

Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva era donde se cuestiona, cuando no se rechaza, el paradigma occidental envuelto en valores que sólo sirven a una minoría pequeña, arrogante y capitalista tal y como hoy se entiende la globalización neoliberal. EEUU sabe que ya no tiene el poder que tenía y se defiende como una fiera herida, lo que le hace mucho más peligroso. Por eso no sería extraño que dentro de poco asistiésemos a un contraataque contra Rusia que no será ni en Siria –donde los “contras” puede que estén recibiendo material sofisticado, y es muy aleccionador ver las páginas web de los neonazis ucranianos “hermanando” sus “luchas” en Siria y Ucrania- ni en Ucrania –un país que no es país, en bancarrota y desestructurado- sino en la retaguardia rusa de Asia Central. EEUU tiene que dejar este verano la base de Manas en Kirguizistán y Rusia ya ha tomado posiciones en dicho aeropuerto junto a un sustancioso acuerdo comercial firmado con el país ex soviético. Otras antiguas repúblicas de la URSS están mirando con mucha atención lo que ocurre en Ucrania, y EEUU lo sabe como ya indicaba en la DSN de 2012.

Por lo tanto, será aquí donde EEUU intente responder a Rusia. Más en concreto, en Turkmenistán. En este país ya se vienen produciendo curiosos ataques provenientes de Afganistán y no será sorprendente que se incrementen en los próximos meses oscuros episodios de violencia que serán utilizados para que el gobierno turkmeno, formalmente neutral, se vea desestabilizado y tenga que optar entre EEUU –que ya ha ofrecido su colaboración militar para “combatir a los terroristas afganos”- o Rusia.

El nuevo mapa geopolítico está tomando forma; el nuevo orden, también. No va a ser un proceso ni fácil ni tranquilo pero, por el momento, Rusia y China tienen en sus manos las principales cartas de la baraja y las están jugando bien. Tanto que periódicos como el International New York Times (nombre actual del Internacional Herald Tribune) se ven obligados a editorializar sobre la crisis de Ucrania haciendo un llamamiento a la clase política estadounidense sobre “los fallos” cometidos por EEUU y la UE en el espacio post-soviético, y no sólo en Ucrania, en lo referente al aislamiento y cerco a Rusia –“EEUU y la UE actuaron alegremente sin tener en cuenta las consecuencia de sus actos”, dice textualmente-, para terminar diciendo que “en Ucrania estamos viviendo una crisis del viejo orden que exige nuevas formas de pensar, nuevas precauciones, una nueva comprensión de los profundos desafíos de este interregno histórico”. Porque, en caso contrario, y tras reconocer que “la influencia [de EEUU] en el extranjero sigue disminuyendo”, llegamos a una situación en la que “asistimos al desmoronamiento del status quo” –en referencia al predominio de EEUU- que el periódico estadounidense identifica con un “desorden internacional sin precedentes desde 1930” (13).

EEUU y la UE cada vez pintan menos en la escena geopolítica. Siguen siendo actores importantes, pero ya no cruciales. Ahora hay otros que están, cuando menos, a su mismo nivel si no por encima. Tal vez sea una simple anécdota, pero una muestra de cómo asistimos a un nuevo tiempo lo acaba de proporcionar el Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad, la organización tuareg del norte de Mali, al solicitar el apoyo de Rusia a su estado, proclamado el 6 de abril de 2012, y que está siendo combatido por el gobierno de Mali –formalmente hay una tregua desde junio de 2013- con el apoyo de Francia.

Notas:
(1) Alberto Cruz, “La nueva estrategia de defensa de EEUU: el último intento por mantener el dominio mundial”: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1355 
(2) RBC Daily, 7 de abril de 2014. 
(3) Ibid. 
(4) Novosti, 28 de abril de 2014. 
(5) Irán ha puesto una demanda millonaria contra Rusia por incumplimiento de contrato. Rusia sabe que va a perder la demanda y está negociando la entrega a Irán de otros misiles de capacidad similar, como los Tor, aunque Irán rechaza un cambio insistiendo en los S-300. Con la crisis de Ucrania se ha vuelto a hablar de un acuerdo Rusia-Irán sobre el tema, sin especificar en qué consistiría aunque se dice que incluiría la compra de petróleo iraní a pesar de las sanciones, así como la construcción de mini-refinerías o la explotación de yacimientos de gas en territorio iraní. 
(6) Bloomberg, 9 de abril de 2014. 
(7) Diario del Pueblo, 26 de febrero de 2014. 
(8) Xinhua, 8 de marzo de 2014. 
(9) Efe, 3 de marzo de 2014. 
(10) Global Times, 22 de abril de 2014.
(11) Alberto Cruz, “La cooperación entre Rusia y China: el nuevo enfoque geoestratégico que pone fin al poder de Occidente”http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1291 
(12) Diario del Pueblo, 13 de marzo de 2014. 
(13) Internacional New York Times, 16 de abril de 2014.

30 de abril de 2014

LA ILUSIÓN DEL METACONTROL IMPERIAL DEL CAOS

Jorge Beinstein. Ojos para la paz

La mutación del sistema de intervención militar de los Estados Unidos y sus consecuencias para América LatinaConferencia dictada por Jorge Beinstein en el Seminario “Nuestra América y Estados Unidos: desafíos del Siglo XXI”. Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Central del Ecuador, Quito, 30 y 31 de Enero de 2013.
Guerra y economía
Conceptos tales como “keynesianismo militar” o “economía de la guerra permanente” constituyen buenos disparadores para entender el largo ciclo de prosperidad imperial de los Estados Unidos: su despegue hace algo más de siete décadas, su auge y el reciente ingreso a su etapa de agotamiento abriendo un proceso militarista-decadente actualmente en curso.

En 1942 Michal Kelecki exponía el esquema básico de lo que posteriormente fue conocido como “keynesianismo militar”. Apoyándose en la experiencia de la economía militarizada de la Alemania nazi, el autor señalaba las resistencias de las burguesías de Europa y Estados Unidos a la aplicación de políticas estatales de pleno empleo basadas en incentivos directos al sector civil y su predisposición a favorecerlas cuando se orientaban hacia las actividades militares (2). Más adelante Kalecki ya en plena Guerra Fría describía las características decisivas de lo que calificaba como triángulo hegemónico del capitalismo norteamericano que combinaba la prosperidad interna con el militarismo descripto como convergencia entre gastos militares, manipulación mediática de la población y altos niveles de empleo (3).

Esta línea de reflexión, a la que adhirieron entre otros Harry Magdoff, Paul Baran y Paul Sweezy, planteaba tanto el éxito a corto-mediano plazo de la estrategia de “Manteca + Cañones” (“Guns and Butter Economy”) que fortalecía al mismo tiempo la cohesión social interna de los Estados Unidos y su presencia militar global, como sus límites e inevitable agotamiento a largo plazo.


Sweezy y Baran pronosticaban (acertadamente) hacia mediados de los años 1960 que uno de los límites decisivos de la reproducción del sistema provenía de la propia dinámica tecnológica del keynesianismo militar, pues la sofisticación técnica creciente del armamento tendía inevitablemente a aumentar la productividad del trabajo reduciendo sus efectos positivos sobre el empleo y finalmente la cada vez más costosa carrera armamentista tendría efectos nulos o incluso negativos sobre el nivel general de ocupación (4).

Es lo que se hizo evidente desde fines de los años 1990, cuando se inició una nueva etapa de gastos militares ascendentes que continúa en la actualidad, marcando el fin de la era del keynesianismo militar. Ahora, el desarrollo en los Estados Unidos de la industria de armas y sus áreas asociadas incrementa el gasto público causando déficit fiscal y endeudamiento, sin contribuir a aumentar en términos netos el nivel general de empleo. En realidad, su peso financiero y su radicalización tecnológica contribuyen de manera decisiva a mantener altos niveles de desocupación y un crecimiento económico nacional anémico o negativo transformándose así en un catalizador que acelera, profundiza la crisis del Imperio (5).

Por otra parte los primeros textos referidos a la llamada “economía de la guerra permanente” aparecieron en los Estados Unidos a comienzos de los años 1940. Se trataba de una visión simplificadora que, por lo general, subestimaba los ritmos y atajos concretos de la historia, pero que hoy resulta sumamente útil para comprender el desarrollo del militarismo en el muy largo plazo.

Hacia 1944 Walter Oakes definía una nueva fase del capitalismo donde los gastos militares ocupaban una posición central; no se trataba de un hecho coyuntural impuesto por la Segunda Guerra Mundial en curso, sino de una transformación cualitativa integral del sistema cuya reproducción ampliada universal durante más de un siglo, había terminado por generar masas de excedentes de capital que no encontraban en las potencias centrales espacios de aplicación en la economía civil productora de bienes y servicios de consumo y producción.

La experiencia de los años 1930, como lo demostraba Oakes, señalaba que ni las obras públicas del New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos, ni la construcción de autopistas en Alemania nazi, habían conseguido una significativa recuperación de la economía y el empleo: solo la puesta en marcha de la economía de guerra, en Alemania primero y desde 1940 en los Estados Unidos, había logrado dichos objetivos (6).

En el caso alemán la carrera armamentista terminó con una derrota catastrófica, en el caso norteamericano la victoria no llevó a la reducción del sistema militar-industrial sino a su expansión.

Al reducirse los efectos de la guerra, la economía de los Estados Unidos comenzó a enfriarse y el peligro de recesión asomó su rostro, pero el inicio de la guerra fría y luego la guerra de Corea (1950) alejaron al fantasma abriendo un nuevo ciclo de gastos militares.

En octubre de 1949 el profesor de la Universidad de Harvard Summer Slichter, de gran prestigio en ese momento, señalaba ante una convención de banqueros:[La Guerra Fría] incrementa la demanda de bienes, ayuda a mantener un alto nivel de empleo, acelera el progreso tecnológico, todo lo cual mejora el nivel de vida en nuestro país… en consecuencia nosotros deberíamos agradecer a los rusos por su contribución para que el capitalismo funcione mejor que nunca en los Estados Unidos” . Hacia 1954 aparecía la siguiente afirmación en la revista U.S. News & World Report: “¿Qué significa para el mundo de los negocios la Bomba H?: un largo período de grandes ventas que se incrementarán en los próximos años. Podríamos concluir con esta afirmación: la bomba H ha arrojado a la recesión por la ventana” (7).

Como lo señalaba a comienzos de los años 1950 T. N. Vance, uno los teóricos de la “economía de la guerra permanente”, los Estados Unidos habían ingresado en una sucesión de guerras que definían de manera irreversible las grandes orientaciones de la sociedad, después de la guerra de Corea solo cabía esperar nuevas guerras (8).

En su texto fundacional de la teoría, Walter Oakes realizaba dos pronósticos decisivos: la
inevitablidad de una tercera guerra mundial que ubicaba hacia 1960 y el empobrecimiento de los trabajadores norteamericanos desde fines de los años 1940, provocada por la dinámica de concentración de ingresos motorizada por el complejo militar-industrial (9).

Podemos en principio considerar desacertados a dichos pronósticos. No se produjo la tercera guerra mundial aunque se consolidó la Guerra Fría, que mantuvo la ola militarista durante más de cuatro décadas, atravesada por dos grandes guerras regionales (Corea y Vietnam) y una densa serie de pequeñas y medianas intervenciones imperiales directas e indirectas. Cuando se esfumó la Guerra Fría, luego de un breve intermedio en los años 1990 la guerra universal del Imperio prosiguió contra nuevos “enemigos” que justificaban su desarrollo (“guerras humanitarias”, “guerra global contra el terrorismo”, etcétera): la oferta de servicios militares, el “aparato militarista” y las áreas asociadas al mismo creaban, inventaban, su propia demanda.

Tampoco se precipitó el empobrecimiento de las clases bajas de los Estados Unidos; por el contrario, la redistribución keynesiana de ingresos se mantuvo hasta los años 1970, el nivel de vida de los trabajadores y las clases medias mejoró sustancialmente, funcionó la interacción positiva entre militarismo y prosperidad general. A eso contribuyeron varios factores, entre ellos la explotación de la periferia ampliada gracias a la emergencia de los Estados Unidos como superpotencia mundial apuntalada por su aparato militar, el restablecimiento de las potencias capitalistas afectadas por la guerra (Japón, Europa Occidental) que en la nueva era se encontraban estrechamente asociadas a los Estados Unidos y el enorme efecto multiplicador a nivel interno de los gastos militares sobre el consumo, el empleo y la innovación tecnológica. Algunos de estos factores, subestimados por Oakes, habían sido señalados a mediados de los años 1960 por Sweezy y Baran (10).
Sin embargo la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca (1980) marcó una ruptura en la tendencia (aunque ya desde los años 1970 habían aparecido los primeros síntomas de la enfermedad), y se inició un proceso de concentración de ingresos que fue avanzando cada vez más rápido en las décadas posteriores.

Entre 1950 y 1980 el 1 % más rico de la población de los Estados Unidos absorbía cerca del 10 % del Ingreso Nacional (entre 1968 y 1978 se mantuvo por debajo de esa cifra) pero a partir de comienzos de los años 1980 esa participación fue ascendiendo, hacia 1990 llegaba al 15 % y cerca de 2009 se aproximaba al 25 %.
Por su parte el 10 % más rico absorbía el 33 % del Ingreso Nacional en 1950, manteniéndose siempre por debajo del 35 % hasta fines de los años 1970, pero en 1990 ya llegaba al 40 % y en 2007 al 50 % (11).

El salario horario promedio fue ascendiendo en términos reales desde los años 1940 hasta comienzos de los años 1970 en que comenzó a descender y un cuarto de siglo más tarde había bajado en casi un 20 % (12). A partir de la crisis de 2007-2008 con el rápido aumento de la desocupación se aceleró la concentración de ingresos y la caída salarial: algunos autores utilizan el término “implosión salarial” (13).

Una buena expresión del deterioro social es el aumento de los estadounidenses que reciben bonos de ayuda alimentaria (“food stamps”), dicha población indigente llegaba a casi 3 millones en 1969 (en plena prosperidad keynesiana), subieron a 21millones en 1980, a 25 millones en 1995 y a 47 millones en 2012 (14).

Mientras tanto los gastos militares no dejaron de crecer, impulsados por sucesivas olas belicistas incluidas en el primer gran ciclo de la guerra fría (1946-1991) y en el segundo ciclo de la “guerra contra el terrorismo” y las “guerras humanitarias” desde fines de los años 1990 hasta el presente (Guerra de Corea, Guerra de Vietnam, “Guerra de las Galaxias” de la era Reagan, Guerra de Kosovo, Guerras de Irak y Afganistán, etcétera).

Luego de la Segunda Guerra Mundial podemos establecer dos períodos bien diferenciados en la relación entre gastos públicos y crecimiento económico (y del empleo) en los Estados Unidos. El primero abarca desde mediados de los años 1940 hasta fines de los años 1960 donde los gastos públicos crecen y las tasas de crecimiento económico se mantienen en un nivel elevado, son los años dorados del keynesianismo militar.


El mismo es seguido por un período donde los gastos públicos siguen subiendo tendencialmente pero las tasas de crecimiento económico oscilan en torno de una línea descendente, marcando la decadencia y fin del keynesianismo: el efecto multiplicador positivo del gasto público declina inexorablemente hasta llegar al dilema sin solución, evidente en estos últimos años de crecimientos económicos anémicos donde una reducción del gasto estatal tendría fuertes efectos recesivos mientras que su incremento posible (cada vez menos posible) no mejora de manera significativa la situación.


Así como el “éxito” histórico del capitalismo liberal en el siglo XIX produjo las condiciones de su crisis, su superador keynesiano también generó los factores de su posterior decadencia.

La marcha exitosa del capitalismo liberal concluyó con una gigantesca crisis de sobreproducción y sobreacumulación de capitales que desató rivalidades interimperialistas, militarismo y estalló bajo la forma de Primera Guerra Mundial (1914-1918). La “solución” consistió en la expansión del Estado, en especial su estructura militar, Alemania y Japón fueron los pioneros.

La transición turbulenta entre el viejo y el nuevo sistema duró cerca de tres décadas (1914-1945) y de ella emergieron los Estados Unidos como única superpotencia capitalista integrando estratégicamente a su esfera de dominación a las otras grandes economías del sistema. El keynesianismo militar norteamericano apareció entonces en el centro dominante de los Estados Unidos: el centro del mundo capitalista. Vance señalaba que “con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y el capitalismo mundial entraron en la nueva era de la Economía de la Guerra Permanente” (15). Fue así si lo entendemos como victoria definitiva del nuevo sistema precedida por una compleja etapa preparatoria iniciada en la segunda década del siglo XX.

Su génesis está marcada por el nazismo, primer ensayo exitoso-catastrófico de “keynesianismo militar”: su trama ideológica, que lleva hasta el límite más extremo el delirio de la supremacía occidental, sigue aportando ideas a las formas imperialistas más radicales de Occidente, como los halcones de George W. Bush o los sionistas neonazis del siglo XXI. Por otra parte, estudios rigurosos del fenómeno nazi descubren no solo sus raíces europeas (fascismo italiano, nacionalismo francés, etcétera) sino también norteamericanas (16). Aunque luego de la guerra el triunfo de la economía militarizada en los Estados Unidos asumió un rostro “civil” y “democrático”, ocultando sus fundamentos bélicos.

La decadencia del keynesianismo militar encuentra una primera explicación en su hipertrofia e integración con un espacio parasitario imperial más amplio donde la trama financiera ocupa un lugar decisivo. En una primera etapa el aparato industrial-militar y su entorno se expandieron convirtiendo al gasto estatal en empleos directos e indirectos, en transferencias tecnológicas dinamizadoras del sector privado, en garantía blindada de los negocios imperialistas externos, etcétera. Pero con el correr del tiempo, con el ascenso de la prosperidad imperial, incentivó y fue incentivado por una multiplicidad de formas sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada vez mayor peso interno.

Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).

En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.

La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de la industria.

El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.

El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos (financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares y el parasitismo en general aumentan, los los déficits crecen, la economía se estanca, la estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.

Gastos militares
Los gastos militares de los Estados Unidos aparecen subestimados en las estadísticas oficiales. En 2012 los gastos del Departamento de Defensa llegaron a unos 700 mil millones de dólares, si a los mismos se les adicionan los gastos militares que aparecen integrados (diluidos) en otras áreas del Presupuesto (Departamento de Estado, USAID, Departamento de Energía, CIA y otras agencias de seguridad, pagos de intereses, etcétera) se llegaría a una cifra cercana a los 1,3 billones (millones de millones) de dólares (18).

Esa cifra equivale a casi el 9 % del producto Bruto Interno, al 50 % de los ingresos fiscales previstos, al 100 % del déficit fiscal.Esos gastos militares reales representaron casi el 60 % de los gastos militares globales aunque si les sumamos los de sus socios de la OTAN y de algunos países vasallos extra-OTAN como Arabia Saudita, Israel o Australia se llegaría como mínimo al 75 %  (19)

A partir del gran impulso inicial en la Segunda Guerra Mundial y el descenso en la inmediata post guerra los gastos militares reales norteamericanos oscilaron en torno de una tendencia ascendente atravesando cuatro grandes olas belicistas: la guerra de Corea a comienzos de los años 1950, la guerra de Vietnam desde los años 1960 hasta mediados de los años 1970, la “guerra de las galaxias” de la era Reagan en los años 1980 y las guerras “humanitarias” y “contra el terrorismo” de la post guerra fría.

El keynesianismo militar del Imperio ha quedado en el pasado, pero la idea de que guerra externa y prosperidad interna van de la mano sigue dominando el imaginario de vastos sectores sociales en los Estados Unidos, son restos ideológicos sin base real en el presente pero útiles para la legitimación de las aventuras bélicas.

Néstor Kirchner, ex presidente de Argentina, reveló en una entrevista con el director Oliver Stone para su documental “South of the Border”, que el ex presidente de los Estados Unidos George W. Bush estaba convencido de que la guerra era la manera de hacer crecer la economía de los Estados Unidos. El encuentro entre ambos presidentes se produjo en una cumbre en Monterrey, México, en enero de 2004, y la versión del presidente argentino es la siguiente: “Yo dije que la solución a los problemas en este momento, le dije a Bush, es un Plan Marshall. Y él se enojó. Dijo que el Plan Marshall es una idea loca de los demócratas y que la mejor forma de revitalizar la economía es la guerra. Y que los Estados Unidos se han fortalecido con la guerra” (20).

Recientemente Peter Schiff, presidente de la consultora financiera “Euro Pacific Capital” escribió un texto delirante ampliamente difundido por las publicaciones especializadas cuyo título lo dice todo."¿Porque no otra Guerra mundial?” (21). Comenzaba su artículo señalando el consenso entre los economistas de que la Segunda Guerra Mundial permitió a los Estados Unidos superar la Gran Depresión y que si las guerras de Irak y Afganistán no consiguieron reactivar de manera durable a la economía norteamericana se debe a que “dichos conflictos son demasiado pequeños para ser económicamente importantes”.

Si enfocamos el análisis en la relación entre gastos militares, PBI y empleo constataríamos lo siguiente: los gastos militares pasaron de 2800 millones de dólares en 1940 a 91 mil millones en 1944 lo que impulsó al Producto Bruto Interno nominal de 101 mil millones de dólares en 1940 a 214 mil millones en 1944 (se duplicó en solo cuatro años), la tasa de desocupación apenas bajó del 9 % en 1939 al 8 % en 1940 pero en 1944 había caído al 0,7 %, el primer salto importante en los gastos militares se produjo entre 1940 y 1941 cuando pasaron de 2800 millones de dólares a 12700 millones equivalentes al 10 % del PBI (22) proporción bastante parecida a la de 2012 (u$s 1,3 billones, aproximadamente 9 % del PBI). Esto significa que el gasto militar de 1944 equivalía a unas siete veces el de 1941. Si trasladamos ese salto a cifras actuales eso significa que el gasto militar real de los Estados Unidos debería llegar en 2015 a unos 9 billones (millones de millones) de dólares equivalentes por ejemplo a siete veces el déficit fiscal de 2012.

La sucesión de saltos en el gasto público entre 2012 y 2015 acumularía una gigantesca masa de déficits que ni los ahorristas norteamericanos ni los del resto del mundo estarían en condiciones de cubrir comprando títulos de deuda de un imperio enloquecido.

Schift recuerda en su texto que los ahorristas norteamericanos compraron durante la Segunda Guerra Mundial 186 mil millones de dólares en bonos de deuda pública equivalentes al 75 % de la totalidad de gastos del gobierno federal entre 1941 y 1945 concluyendo que esa “proeza” es hoy imposible. Simplemente, nos explica Schift llevando al extremo su razonamiento siniestro, no hay de donde obtener el dinero necesario para poner en marcha una estrategia militar-reactivadora similar a la de 1940-45.

En realidad esa imposibilidad es mucho más fuerte. La economía de los Estados Unidos de 1940 estaba dominada por componentes productivas, principalmente industriales, actualmente el consumismo, toda clase de servicios parasitarios (empezando por la maraña financiera), la decadencia generalizada de la cultura de producción, etcétera, nos indican que ni aun aplicando una inyección de gastos públicos equivalente a la de 1940-45 se podría lograr una reactivación de esa envergadura. El parásito es demasiado grande, su senilidad está muy avanzada, no hay ninguna medicina keynesiana que lo pueda curar o que por lo menos sea capaz de restablecer una parte significativa de su vigor juvenil.

Privatización, informalización y elitización. Lumpen-imperialismo.
La guerra asiática, la más ambiciosa de la historia de los Estados Unidos, fracasó tanto desde el ángulo político-militar como del económico, la estrategia de dominación de la franja territorial que va desde los Balcanes hasta Pakistán pasando por Turquía, Siria, Irak, Iran y las ex repúblicas soviéticas de Asia central se encuentra hoy empantanada. Sin embargo, su desarrollo permitió transformar el dispositivo militar del Imperio convirtiendo su maquinaria de guerra tradicional en un sistema flexible a medio camino entre las estructuras formales regidas por la disciplina militar convencional y las informales agrupando una maraña confusa de núcleos operativos oficiales y bandas de mercenarios.

El proceso de integración de mercenarios a las operaciones militares tiene antecedentes en los tramos finales de la guerra fría, la organización de los “contras” en Nicaragua y de los “muyahidines” en Afganistán pueden ser consideradas como los primeros pasos en los años 1970 y 1980 de las nuevas estrategias de intervención. Decenas de miles de mercenarios fueron en esos casos entrenados, armados y financiados con resultados exitosos para el Imperio.

Según diversos estudios sobre el tema, los Estados Unidos y Arabia Saudita gastaron unos 40 mil millones de dólares en las operaciones afganas (donde comenzó su carrera internacional el por entonces joven ingeniero Osama Bin Laden) asestando un golpe decisivo a la URSS (23). Otro paso importante fueron las guerras étnicas en Yugoslavia durante los años 1990, donde los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, principalmente Alemania, desarrollaron una compleja tarea de desintegración de ese país cuyo éxito se apoyó en la utilización de mercenarios, el caso más notorio fue el de guerra de Kosovo donde se destacó el ELK (”Ejército de Liberación de Kosovo”) cuyos integrantes eran principalmente reclutados desde redes mafiosas (tráfico de drogas, etcétera) bajo el mando directo de la CIA extendiendo sus lazos hasta el ISI (servicio de inteligencia de Pakistán). Actualmente, el “estado” kosovar “independiente” aparece vinculado con la intervención de la OTAN en Siria, en Junio de 2012 el ministro de relaciones exteriores de Rusia exigía el cese de las operaciones de desestabilización de Siria realizadas desde Kosovo (24).

Estas nuevas prácticas de intervención fueron acompañadas por un denso proceso de reflexión de los estrategas imperiales disparado por la derrota en Vietnam. La “Guerra de Baja Intensidad” fue uno de sus resultados y las teorizaciones en torno de la llamada “Guerra de Cuarta Generación (4GW)” consolidaron la nueva doctrina en cuyo paper fundacional (1989) redactado por William Lind y tres miembros de las fuerzas armadas de los Estados Unidos y publicado en el “Marine Corps Gazete” (25) son borradas las fronteras entre las áreas civil y militar: toda la sociedad enemiga en especial su identidad cultural pasa a ser el objetivo de la guerra.

La nueva guerra es definida como descentralizada, poniendo el énfasis en la utilización de fuerzas militares “no estatales” (es decir paramilitares), empleando tácticas de desgaste propias de las guerrillas, etc. A ello se agrega el empleo intenso del sistema mediático tanto focalizado contra la sociedad enemiga como abarcando a la llamada “opinión pública global” (el pueblo enemigo es al mismo tiempo atacado psicológicamente y aislado del mundo) combinado con acciones de guerra de alto nivel tecnológico. En este último caso se trata de aprovechar la gigantesca brecha tecnológica existente entre el imperio y la periferia para golpearla sin peligro de respuesta, es lo que los especialistas denominan confrontación asimétrica “high-tech/no-tech”.

Las estadísticas oficiales referidas a los mercenarios son por lo general confusas y parciales, de todos modos algunos datos provenientes de fuentes gubernamentales, civiles o militares, pueden ilustrarnos acerca de la magnitud del fenómeno. En primer lugar el rol del Departamento de Defensa, principal contratista de mercenarios, su presupuesto destinado a esos gastos se incrementó en cerca de un 100 % entre el 2000 y el 2005 empleando modalidades propias de las grandes empresas transnacionales como la tercerización y la relocalización de actividades, lo que ha producido un gigantesco universo en expansión de negocios privados consagrados a la guerra… financiados por el Estado y generadores de intrincados entramados de corrupciones y corruptelas (26).

El llamado “Mando Central” militar de los Estados Unidos (US CENTCOM) dio a conocer recientemente algunos datos significativos: los mercenarios contratados reconocidos en el área de Medio Oriente-Asia Central llegarían a unos 137 mil trabajando directamente para el Pentágono, de ese total solo unos 40 mil serían ciudadanos norteamericanos. Aunque según datos del Departamento de Defensa sumando los datos de Afganistán e Irak estarían en el terreno unos 175 mil soldados regulares y 190 mil mercenarios: el 52 % del total (27).

A estas cifras debemos agregar en primer lugar a los mercenarios contratados por otras áreas del gobierno norteamericano, como el Departamento de Estado y luego los contratos en zonas del mundo como África donde el AFRICOM (mando militar norteamericano en ese continente) ha incrementado exponencialmente sus actividades durante el último lustro y luego debemos incorporar a los mercenarios actuando bajo el mando estratégico norteamericano pero contratados por países vasallos como las petromonarquías del Golfo Pérsico visible en los casos de Libia y Siria.

Deben ser también incluidos los mercenarios operando en otras regiones de Asia y en América Latina. Pero la cuenta no termina allí, ya que a ese universo es necesario agregar a las redes mafiosas y/o paramilitares agrupando en todos los continentes a un “personal disponible” que se autofinancia gracias a actividades ilegales (drogas, prostitución, etcétera) protegidas por diversas agencias de seguridad norteamericanas como la DEA o bien que integra “agencias de seguridad privada”, muy notorias por ejemplo en América Latina legalmente establecidas en los países periféricos y estrechamente vinculadas a agencias privadas norteamericanas y/a la DEA, la CIA u otras organismos de inteligencia del Imperio.

Y la lista sigue… recientemente apareció publicada en el “Washington Post” una investigación referida a la “América ultra secreta” (Top Secret America) de las agencias de seguridad que informa acerca de la existencia actual de 3202 agencias de seguridad (1271 públicas y 1931 privadas) empleando a unas 854 mil personas trabajando en temas de “antiterrorismo”, seguridad interior e inteligencia en general, instaladas en unos 10 mil domicilios en el territorio de los Estados Unidos (28).

Sumando las distintas cifras mencionadas y evaluando datos ocultos algunos expertos adelantan un total aproximado global (dentro y fuera del territorio de los Estados Unidos) próximo al millón de personas combatiendo en la periferia, haciendo espionaje, desarrollando manipulaciones mediáticas, activando “redes sociales”, etcétera. Comparemos por ejemplo ese dato con las aproximadamente 1 millón 400 mil personas que conforman el sistema militar público del Imperio.

Por su parte las tropas regulares han sufrido un rápido proceso de informalización, de ruptura respecto de las normas militares convencionales, conformando comandos de intervención inscriptos en una dinámica abiertamente criminal. Es el caso del llamado Comando Conjunto de Operaciones Especiales o “JSOC” (Joint Special Operations Command). Comando conjunto secreto en línea de mandos directa con el Presidente y el Secretario de Defensa con autoridad para elaborar su lista de asesinatos, tiene su propia división de inteligencia, su flota de drones y aviones de reconocimiento, sus satélites e incluso sus grupos de ciber-gerreros capaces de atacar redes de internet.

Dispone de numerosas unidades operativas. Creado en 1980 quedó sepultado por su estrepitoso fracaso en Irán cuando trató de rescatar al personal de la embajada norteamericana en Teherán, fue resucitado recientemente. En 2001 disponía de unos 1800 miembros, actualmente llegarían a 25 mil, en los últimos tiempos ha realizado operaciones letales en Irak, Pakistán, Afganistán, Siria, Libia y muy probablemente en México y Colombia, etcétera. Se trata de un agrupamiento de “escuadrones de la muerte” de alcance global, autorizado para realizar toda clase de operaciones ilegales, desde asesinatos individuales o masivos, hasta sabotajes, intervenciones propias de la guerra psicológica, etcétera. En Septiembre de 2003 Donald Runsfeld había dictado una resolución colocando al JSOC en el centro la estrategia “antiterrorista” global y desde entonces su importancia ha ido en ascenso pasando hoy a ser, bajo la presidencia del premio nobel de la paz Barak Obama, una suerte de ejercito clandestino de claro perfil criminal bajo la órdenes directas del Presidente (29).

Las fuerzas de intervención de los Estados Unidos tienen ahora un sesgo claramente privado-clandestino, en plena “Guerra de Cuarta Generación” funcionan cada vez más al margen de los códigos militares y las convenciones internacionales. Un reciente artículo de Andrew Bacevich describe las etapas de esa mutación durante la década pasada que culminan actualmente en lo que el autor denomina “era Wickers” (actual subsecretario de inteligencia del Departamento de Defensa) focalizada en la eliminación física de “enemigos”, el uso dominante de mercenarios, de campañas mediáticas, redes sociales, todo ello destinado a desestructurar organizaciones y sociedades consideradas hostiles.

A comienzos del año pasado la entonces Secretaria de Estado Hillary Clinton pronunció una frase que no requiere mayores explicaciones: “Los Estados Unidos se reservan el derecho de atacar en cualquier lugar del mundo a todo aquello que sea considerado como una amenaza directa para su seguridad nacional” (30).

Si sumamos a esta orientación mercenaria-gangsteril del Imperio, otros aspectos como la
financierización integral de su economía dominada por el cortoplacismo, su desintegración social interna con acumulación acelerada de marginales, con una población total que representa el 5 % de la mundial pero con una masa de presos equivalentes al 25 % del total de personas encarceladas en el planeta, etcétera, llegaríamos a la conclusión de que estamos en presencia de una suerte de lumpen imperialismo completamente dominado por intereses parasitarios embarcado en una lógica destructiva de su entorno que al mismo tiempo va degradando sus bases de sustentación interna (31).

La ilusión del metacontrol del caos.
Podríamos establecer la convergencia entre la hipótesis de la “economía de guerra permanente” y la del “keynesianismo militar”, este último expresó la primera etapa del fenómeno (aproximadamente entre 1940 y 1970). Fueron los años de la prosperidad imperial cuyos últimos logros ya mezclados con claros síntomas de crisis se prologaron hasta el final de la guerra fría. A esa etapa floreciente le sigue una segunda post keynesiana caracterizada por la dominación financiera, la concentración de ingresos, el desinfle salarial, la marginalización social y la degradación cultural en general donde el aparato militar opera como un acelerador de la decadencia provocando déficits fiscales, y endeudamientos públicos.

La opción por la privatización de la guerra aparece como una respuesta “eficaz” a la declinación del espíritu de combate de la población (dificultades crecientes en el reclutamiento forzado de ciudadanos a partir de la derrota de Vietnam). Sin embargo el remplazo del ciudadano-soldado por el soldado-mercenario o la presencia decisiva de este último termina tarde o temprano por provocar serios daños en el funcionamiento de las estructuras militares: no es lo mismo administrar a ciudadanos normales que a una masa de delincuentes.

Cuando el lumpen, los bandidos predominan en un ejército, el mismo se convierte en un ejército de bandidos y un ejército de bandidos ya no es un ejército. El potencial disociador de los mercenarios es a largo plazo de casi imposible control y su falencias en el combate no pueden ser compensadas sino muy parcialmente por despliegues tecnológicos sumamente costosos y de resultado incierto.

La conformación de fuerzas clandestinas no-mercenarias de élite, respaldadas por un aparato tecnológico sofisticado capaz de descargar golpes puntuales demoledores contra el enemigo, como es el caso del JSOC, son buenos instrumentos terroristas pero no remplazan las funciones de un ejército de ocupación y a mediano plazo (muchas veces a corto plazo) terminan por fortalecer el espíritu de resistencia del enemigo.

Podríamos sintetizar de manera caricaturesca a la nueva estrategia militar del Imperio a partir del predominio de diversas formas de “guerra informal” combinando mercenarios (muchos mercenarios) con escuadrones de la muerte (tipo JSOC), bombardeos masivos, drones, control mediático global, asesinatos tecnológicamente sofisticados de dirigentes periféricos. La guerra se elitiza, se transforma en un conjunto de operaciones mafiosas, se aleja físicamente de la población norteamericana y su cúpula dominante empieza a percibirla como un juego virtual dirigido por gangsters.

Por otra parte la adopción de estructuras mercenarias y clandestinas de intervención externa como forma dominante tiene efectos contraproducentes para el sistema institucional del imperio tanto desde el punto de vista del control administrativo de las operaciones como de las modificaciones (y de la degradación) en las relaciones internas de poder. El comportamiento gangsteril, la mentalidad mafiosa termina por apoderarse de los altos mandos civiles y militares y se traduce al comienzo en acciones externas, periféricas y más adelante (rápidamente) en ajustes de cuentas, en conductas habituales al interior del sistema de poder.

El horizonte objetivo (más allá de los discursos y convicciones oficiales) de la “nueva estrategia” no es el establecimiento de sólidos regímenes vasallos, ni la instalación de ocupaciones militares duraderas controlando territorios de manera directa sino más bien desestabilizar, quebrar estructuras sociales, identidades culturales, degradar o eliminar dirigentes, las experiencias de Irak y Afganistán (y México) y más recientemente las de Libia y Siria confirman esta hipótesis.

Se trata de la estrategia del caos periférico, de la transformación de naciones y regiones más amplias en áreas desintegradas, balcanizadas, con estados-fantasmas, clases sociales (altas, medias y bajas) profundamente degradadas sin capacidad de defensa, de resistencia ante los poderes políticos y económicos de Occidente que podrían así depredar impunemente sus recursos naturales, mercados y recursos humanos (residuales).

Este imperialismo tanático del siglo XXI, se corresponde con tendencias desintegradoras en las sociedades capitalistas dominantes, en primer lugar la de los Estados Unidos. Esas economías han perdido su potencial de crecimiento, hacia finales de 2012 luego de un lustro de crisis financiera oscilaban entre el crecimiento anémico (Estados Unidos), el estancamiento girando hacia la recesión (la Unión Europea) y la contracción productiva (Japón).

Los estados, las empresas y los consumidores están aplastados por las deudas, la suma de deudas públicas y privadas representan más del 500 % del Producto Bruto Interno en Japón e Inglaterra y más del 300 % en Alemania, Francia y los Estados Unidos donde el gobierno federal estuvo en 2011 al borde del default. Y por encima de deudas y sistemas productivos financierizados existe una masa financiera global equivalente a unas veinte veces el Producto Bruto Mundial, motor dinamizador, droga indispensable del sistema que ha dejado de crecer desde hace aproximadamente un lustro y cuyo desinfle tratan de impedir los gobiernos de las potencias centrales.

Se presenta entonces la ilusión de una suerte de metacontrol estratégico desde las grandes alturas, desde las cumbres de Occidente sobre las tierras bajas, periféricas, donde pululan miles de millones de seres humanos cuyas identidades culturales e instituciones son vistas como obstáculos a la depredación. Las élites de Occidente, el imperio colectivo hegemonizado por los Estados Unidos, están cada día más convencidas de que dicha depredación prolongará su vejez, alejará el fantasma de la muerte.

El caos periférico aparece a la vez como el resultado concreto de sus intervenciones militares y financieras (producto de la reproducción decadente de sus sociedades) y como la base de feroces depredaciones. El gigante imperial busca beneficiarse del caos pero termina por introducir el caos entre sus propias filas, la destrucción deseada de la periferia no es otra cosa que la autodestrucción del capitalismo como sistema global, su pérdida veloz de racionalidad. La fantasía acerca del metacontrol imperialista del caos periférico expresa una profunda crisis de percepción, la creencia de que los deseos del poderoso se convierten fácilmente en hechos reales, lo virtual y lo real se confunden conformando un enorme pantano psicológico.

En realidad la “estrategia” de metacontrol imperial del caos, sus formas operativas concretas la convierten en una maraña de tácticas que tienden a conformar una masa crecientemente incoherente, prisionera del corto plazo. Lo que pretende convertirse en la nueva doctrina militar, en un pensamiento estratégico innovador que responde a la realidad global actual facilitando la dominación imperialista del mundo no es otra cosa que una ilusión desesperada generada por la dinámica de la decadencia. Bajo la apariencia de ofensiva estratégica, irrumpen los manotazos históricamente defensivos de un sistema cuya cúpula imperial va perdiendo la capacidad de aprehensión de la totalidad real, la razón de estado se va convirtiendo en un delirio criminal extremadamente peligroso dado el gigantismo tecnológico de los Estado Unidos y sus socios europeos.

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(*), Conferencia dictada en el Seminario “Nuestra América y Estados Unidos: desafíos del Siglo XXI”. Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Central del Ecuador, Quito, 30 y 31 de Enero de 2013.
(1), Ron Suskind, “Without a doubt: faith, certainty and the presidency of George W. Bush”, The New York Times, 17-10-04.
(2), Su exposición desarrollada en la Marshall Society (Cambridge) en la primavera de 1942 fue publicada el año siguiente. Michal Kalecki, “Political Aspects of Full Unemployment”, Political Quaterly, V 14, oct.-dec. 1943.
(3), Michal Kalecki, The Last Phase in the transformation of Capitalism, Monthly Review Press, Nueva York, 1972.
(4), Paul Sweezy & Paul Baran, Monopoly Capital, Monthly Review Press, Nueva York, 1966.
(5), Scoot B. MacDonald, “Globalization and the End of the Guns and Butter Economy”, KWR Special Report, 2007.
(6), Oakes, Walter J., “Towards a Permanent War Economy?”, Politics, February 1944.
(7), Ambas citas aparecen en el texto de John Bellamy Foster, Hannah Holleman y Robert W. McChesney, “The U.S. Imperial Triangle and Military Spending”, Monthly Review, October 2008.
(8), Vance, T. N. 1950, “After Korea What? An Economic Interpretation of U.S. Perspectives”, New International, November–December; Vance, T. N. 1951, “The Permanent Arms Economy”, New International.
(9), Oakes, Walter J, artículo citado.
(10), Paul Sweezy & Paul Baran, libro citado.
(11), Thomas Piketty & Emmanuel Saez, “Top Incomes and the Great Recession: Recent Evolutions and Policy Implications”, 13th Jacques Polak Annual Research Conference, Washington, DC─November 8–9, 2012.
(12), Fuente: U.S. Bureau of Labor Statistics.
(13), Lawrence Mishel and Heidi, “The Wage Implosion”, Economic Policy Institute, June 3, 2009.
(14), FRAC, Food Research and Action Center- SNAP/SNAP/Food Stamp Participation ().
(15), Vance T. N, “The Permanent War Economy”, New International, Vol 17, Nº 1, January-February 1951.
(16), Doménico Losurdo, “Las raices norteamericanas del nazismo”, Enfoques Alternativos, nº 27, Octubre de 2006, Buenos Aires.
(17), Paul Kennedy, “Auge y caída de las grandes potencias”, Plaza & James, Barcelona, 1989.
(18), Chris Hellman, “$ 1,2 Trillon: The Real U.S. National Security Budget No One Wants You to Know About”, Alert Net, March 1, 2011.
(19), Fuentes: SIPRI, Banco Mundial y cálculos propios.
(20), El video de la entrevista Kirchner-Stone publicado por Informed Comment/Juan Cole está localizado en: -angrily-said-war-would-grow-us-economy.html&ei=BYYCUYCnC4P88QSX3oGACA
(21), Peter D. Schiff, “Why Not Another World War ?”, Financial Sense, 19 Jul 2010.
(22), Vance T. N, 1950, artículo citado en (14).
(23), Dilip Hiro, “The Cost of an Afghan ‘Victory’”, The Nation, 1999 February 15.
(24), “Una delegación de la oposición siria viajó a Kosovo, en abril de 2012, para la firma oficial de un acuerdo de intercambio de experiencias en materia de guerrilla antigubernamental”. Red Voltaire, “Protesta Rusia contra entrenamiento de provocadores sirios en Kosovo”, 6 de Junio de 2012.
(25), William S. Lind, Colonel Keith Nightengale (USA), Captain John F. Schmitt (USMC), Colonel Joseph W. Sutton (USA), and Lieutenant Colonel Gary I. Wilson (USMCR), “The Changing Face of War: Into the Fourth Generation”, Marine Corps Gazette, October 1989.
(26), David Isenberg, “Contractors and the US Military Empire”, Rise of the Right, Aug 14th, 2012.
(27), David Isenberg, “Contractors in War Zones: Not Exactly “Contracting”, TIME U. S., Oct. 09, 2012.
(28), Dana Priest and William M. Arkin, “Top Secret America. A hidden world, growing beyond control”, Washington
Post, July 19, 2010.
(29), Dana Priest and William M. Arkin, “Top Secret America, A look at the military’s Joint Special Operations
Command”, The Washington Post, September 2, 2011.
(30), Andrew Bacevich, “Uncle Sam, Global Gangster”, TomDispatch.com, February 19, 2012.
(31), Narciso. Isa Conde, “Estados neoliberales y delincuentes”, Aporrea, 20/01/2008, http://www.aporrea.org/tiburon/a49620.html.
Karen DeYoung and Karin Brulliard, “As U.S.-Pakistani relations sink, nations try to figure out ‘a new normal’”, The Washington Post /National Security, January 16, 2012